Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)
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12 febrero 2017

Pataxú, la inspiración de El Principito


 Ediciones Evohé presenta un libro delicioso: El pequeño Pataxú.
Se trata de la primera edición habida en castellano del libro Patachou, petit garçon del escritor francés Tristán Derème, publicado en 1929.
Portal para su adquisición:
Tristan Derème, seudónimo del narrador y poeta francés Philippe Huc (1889-1941), quien también utilizó los nombres de Théodore Decalandre y de Philippe Raubert, fue autor de una importante obra poética y en prosa (novela y artículo periodístico) de lo intimista, lo sencillo y lo cotidiano. En 1938 recibió el Gran Premio de Literatura de la Academia Francesa.
Fue fundador, junto a poetas como Francis Carco, de la L’École fantaisiste (Escuela Imaginativa, en la línea de la “Alta Imaginación” representada en España por autores como Rafael Pérez Estrada, 1934-2000), movimiento renovador de la poesía francesa de principios de siglo XX en contraposición a la figura de Stéphane Mallarmé y los simbolistas. Su repercusión fue limitada en el tiempo por el estallido de la I Guerra Mundial y la subsiguiente deriva desde la fantasía al realismo.
Según Michel Cointat, la estética de Derème se resume con las palabras: elegancia, simplicidad y amor a la naturaleza, así como por un característico uso del humor.
El motivo de publicar ahora este libro suyo es doble. Por un lado estamos ante un texto de una belleza espectacular por sí mismo.
El impacto que causó en su momento este libro no fue menor. Ya en la hora de su publicación tuvo enorme repercusión. Fue terminado de escribir el 17 de marzo de 1929 y se publicó inmediatamente, en Edition Émile-Paul Fréres. Como jamás ha sido editado en España hasta ésta nuestra publicación, el original sobre el que Carmen Álvarez Hernández ha realizado una inigualable traducción, lo conseguimos gracias al mercado global de libros de segunda mano. El ejemplar recibido era del mismo año de su presentación, 1929, pero ya señala la cubierta que se trata de ¡la vigésimo octava edición! (Como sorpresa adicional para nosotros, el ejemplar que adquirimos llevaba una dedicatoria autógrafa del autor a “Mademoiselle Yvonne V*** et qu’elle fasse bon accueil a Patachou, en respectueux hommage, Tristan Derème”).
Pero además de la importancia y belleza de la novela de Derème por sí misma, queremos traer a colación aquí el hecho de que diversos estudiosos consideran que esta novela fue la inspiración directa de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry (el libro más traducido de la historia tras la Biblia, desde su publicación en 1943).
Este descubrimiento nos ha supuesto uno de los más bellos momentos de nuestra editorial. Y queremos colocar en resonancia perfecta uno y otro libro, ambos obras excepcionales de la literatura universal, que se engrandecen el uno al otro.
No obstante, no se trata del único texto que pudiera haber influido a Exupèry. Pero sí que creemos que es el definitivo.
También inspiraron a Exupèry ciertos acontecimientos autobiográficas que en el relato son innumerables, como es sabido: el accidente del aviador en el desierto de Libia; los baobabs de sus escalas en Senegal; su amigo de doce años, Pierre Sudreau que siempre llevaba bufanda y al que llamaba “le petit Pierre”; o los volcanes de la tierra natal de su esposa Consuelo Suncín (viuda del escritor Enrique Gómez Carrillo de quien, por cierto, Ediciones Evohé publicó en la colección “El Periscopio” su libro Tierras mártires, 2015).
Pero las otras fuentes literarias de El Principito, además de la novela de Derème,  también son numerosas. Destacan los cuentos de su infancia, entre los que el propio autor señalaría los «de hadas de Hans Christian Andersen»; obras como El farolero de Marie Cummins (1854); País de 36.000 voluntades de André Maurois (1929); o El hombre de la Pampa de Jules Superville (1923) (libro escrito originalmente en francés pese a ser uruguayo su autor y que se abre con esta frase: «Ensueño y realidad, farsa, angustia, he escrito esta pequeña novela para el niño que fui y que me pide historias…». Aunque a nosotros, fuera de esta referencia concreta se nos hace más difícil encontrar relaciones influyentes directas con la obra de Exupéry).
También creemos que Mary Poppins influyó al autor. No en vano, Eugene Reynal, editor de la novela de Pamela Travers, fue impulso fundamental para que Exupéry escribiera su cuento (única obra de Exupèry escrita por encargo, en concreto como un cuento de Navidad), y después fue el primero en publicarlo.
Pero, a nuestro parecer y, por supuesto, el del profesor Denis Boissier, que mostró numerosas referencias cruzadas: la rosa, las estrellas, la boa, el zorro, el cordero…:
el relato que abunda en referencias y textos que muy razonablemente habrían iluminado, siempre para bien, a Saint-Exupéry y su Principito sería Patachou, petit garçon de Tristan Derème. Novela que relata las aventuras de la imaginación de un niño también de seis años, juguetón y curioso, especial y soñador. “Hábil en las fantasías, me recuerdas un niño que fui, en otro tiempo…”, dice el narrador de él, igual que Exupèry de su Principito.
Aunque historiadoras como Annie Renonciat niegan la deuda directa de la obra con Patachou, vinculando El Principito a la tendencia propia de la época, de busca de la simplicidad y la claridad. Algo que a nosotros nos parece improbable teniendo en cuenta que esa “tendencia” bien pudo ser la previa a la Gran Guerra en los movimientos contrapuestos al simbolismo francés, o la de los alegres años 20’, pero no, definitivamente, la del momento en que Saint-Exupéry comienza a escribir su obra universal, en plena II Guerra Mundial (inicios del verano de 1942).
Así, con esta edición lo que pretendemos es reivindicar un texto admirable, injustamente olvidado, y de paso incitar a todos a leer (o releer) El Principito con una nueva óptica.
En todo caso, nada disminuye para nosotros la valía de la obra del aviador francés el hecho de que pudiera estar influida o inspirada en la deliciosa historia Patachou de Derème. Como afirma certeramente Denis Boissier «…decir que Saint Exupéry plagió Pataxú es exagerado. Pretender que solamente se inspiró, es decir demasiado. En el primer caso, se insulta la memoria de Saint-Exupéry. En el segundo, no se hace justicia a Tristan Derème».
Las influencias literarias en la historia de la literatura universal muy a menudo no restan sino que complementan a las autobiográficas y viceversa. Del mimso modo aquí. El zorro es claro que evoca al fénec que domesticó Saint-Exupèry cuando estaba destinado en Cabo Juby (1927); pero tal vez fuera en el recuerdo de Patachou cuando lo imaginó como personaje. “¿Querrás enseñarme a domesticarlos?”, dice Patachou de los pájaros de los plataneros… “Haces avergonzar a los zorros”… cita más adelante. Y también encuentra un pozo imposible:
¡Un pozo, hay un pozo al final del jardín! Es la sorpresa. Pataxú se precipita…
… ¡Horror! Es un falso pozo. Es un mísero cilindro de cemento, instalado sobre el suelo, y coronado de un doble arabesco de hierro, cuya cima deja caer inocentemente una cadena demasiado corta y la vanidad de un cubo…
… Hemos colocado una tapa de madera sobre el pozo. ¿Qué ocurre bajo esa tapadera? Ya no lo sabemos muy bien. Basta con estar alejado de las cosas o no verlas más para imaginar libre y felizmente sobre ellas y atribuirles todos los misterios…
Así, avanzando por la extraordinaria narración de Derème, sentimos a Patachou como un hermano primogénito de El Principito al que éste, como todo hermano menor, emula. De este modo, como ya hemos apuntado más arriba, varios símbolos de uno aparecen en el otro.
Como el bozal que la tía Matilde pone a la cabrita con la que viajan en tren; o elefantes, boas y baobabs:
… centenas de elefantes que barritaban mientras afilaban sus impresionantes defensas contra los baobabs de tus ensueños…
… ¿Ignoras que su trompa es tan terrible como una boa, y que una boa puede asfixiar un buey? Los elefantes son enormes animales que tienen una boa en la punta de la nariz:
“Mon dessin ne représentait pas un chapeau. Il représentait un serpent boa qui digérait un éléphant”, El Principito. (“Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digería un elefante”).
Las montañas en las que el eco responde al Principito: “Estoy solo… estoy solo… estoy solo...”, evocan a Pataxú:
Lo esencial, ¿no es que él sea feliz, y que usted sea feliz como él? Y se puede ser muy feliz sin vivir en la gloria y sin ir a sentarse, al revuelo de ovaciones, a la cima del Himalaya. Piense que hace mucho frío en la cima de las montañas; se resfría uno fácilmente. Es un lugar peligroso y se está un poco solo…
La caja en la que podemos reconocer al único cordero que será por siempre el nuestro, o donde retendremos a nuestra estrella:
La otra noche, me pidió una estrella. Le dije que, quizá, con una red de mariposas que tuviera un largo mango... Vamos, que le prometí que atraparía una estrella y que la colocaría sobre la esquina de su almohada. Diez minutos después, dormía dulcemente. Pero al despertar:
¡La estrella! —gritaba— ¿Dónde está la estrella?
¿No ves que es de día? Se volvió a marchar. Tenías que levantarte más temprano. Ella estaba ahí, cerca de tu mejilla. Hubieras podido cogerla con tu mano.
Él me respondió:
La próxima vez, la pondrás en una cajita. Ya no podrá irse.
De nuevo he hecho lo que él quería. Tenemos una pequeña cajita.
 —No la abras —le digo—. La estrella se escapará.
Él gira la caja y la vuelva a girar:
¡No pesa mucho, tu estrella!
Pero está muy orgulloso de su tesoro. En secreto, le ha dicho a la vieja cocinera:
¡Chis! Tengo una estrella
¡Guárdala bien!...

Ovejas, sombreros, y la reivindicación de que el entendimiento de las gentes menudas es más profundo que el de los mayores:
Qué sería de mí si no tuviera a Pataxú, si no pudiera a todas horas oír sus silogismos, y si no me demostrara, cuando él gustase, la inutilidad de los sombreros. Es un peligroso sofista que le demostraría muy fácilmente, si se le antojara, que los niños pequeños conocen los secretos del universo mucho mejor de lo que pueden hacerlo los mayores. Pero el próximo verano, si hace mucho sol, me preguntará por qué las ovejas no tienen sombrillas…

También la máquina voladora a modo de cometa tirada por pájaros silvestres con que el Principito vaga entre los asteroides (cuya inspiración gráfica pudiera estar en The Man in The Moone, Londres, 1638, de Francis Godwin. Véase la imagen en http://www.lindahall.org/francis-godwin/):
… yo no te aconsejo cabalgar una nube; pasarías a través de ella.
Pero si pusieras un mango más grande a mi red de mariposas, y si atrapara una nube, quizá ella me llevaría… Cuando sea mayor, tendré una bella caballeriza, llena de nubes; tendrán cada una un nombre y una caseta; y cuando quiera pasearme en el aire, ¡engancharé dos o tres a mi carro volante!
¡Qué crío! Vaya a hablarle pues de prudencia. Repítale que simplemente solo hay que tratar de estar contentos, sin soñar que en otro lugar haya más felicidad: le responde enganchando nubes; y luego ríe, balanceando sus pies desnudos…

Ahora bien, el viejo tío de Patachou, quien nos narra sus peripecias, parece dirigirse al propio niño, mientras que Saint-Exupéry se diría que le habla a todos cuantos le leen. Pero de igual manera vemos a menudo reminiscencias del tono del tío de Patachou en las palabras de nuestro aviador a la espera de la amabilidad de alguien que le informe de que el Principito ha vuelto:
¡Cuántos hombres se parecen a Pataxú! En el fondo, quizá los hombres no sean más que niños cuyo candor está un poco marchitado.
Todo está en Pataxú: el sol, las estrellas y la misma luna. Todo le corteja. Habíamos viajado todo un día para venir a Passy. Habíamos atravesado Francia. Al anochecer, Pataxú, la nariz en el cristal del vagón, suelta un gran grito:
¡La luna!
Sí, es la luna.
Me ha seguido…

Finalmente, al margen de símbolos concretos, también las reflexiones del narrador o del propio niño nos evocan al Principito. Por ejemplo aquellas sobre rosas y estrellas “Una rosa marchita, una estrella apagada, ¿no es lo mismo?...”; o ésta sobre los pájaros:
… es así cómo podía darnos el sabio consejo de recolectar los días; es decir, de coger, de la rama, las rosas y las naranjas en el momento en que están a nuestro alcance. Pero es algo, me temo, que nosotros jamás sabremos hacer. Nosotros siempre estamos esperando, y mientras tenemos ante nosotros una pequeña alegría permitida, miramos al aire, pensando en los bellos pájaros de ayer, que ya han levantado el vuelo. Cuando bajamos la mirada para volver a las cosas reales, la dicha sencilla, que nos esperaba sin embargo con paciencia, también ha echado a volar. Ese será nuestro arrepentimiento de mañana. Y le pregunto, ¿acaso nuestro arrepentimiento de hoy nos ha hecho alcanzar los pájaros de ayer?...

También el inquietante concepto del regreso de viajes tanto reales como ficticios:
… querría tener alas.
¿Para hacer el qué?
Para ir a otro lugar.
Y, ¿cuándo estés en otro lugar?
Regresaré.
Entonces no merece la pena moverse. Tú estás aquí, sentado a mi lado; solo tienes que suponer que has hecho un gran viaje…
Y qué decir del hecho de ver lo esencial con más clarividencia con los ojos cerrados:
¿Por qué los hombres no caminan hacia atrás?
No lo sé, Pataxú. Es, tal vez, porque no tienen ojos detrás de la cabeza. Siempre quieren ver dónde van. ¿Siempre…? Se podría reflexionar sobre eso. Sé de muchos que, en la vida, cierran los ojos. Se abandonan a las bellas esperanzas, y para estar más seguros de que el destino no contradice sus sueños, solo se miran a sí mismos, donde están todas sus quimeras…

En definitiva, queremos compartir con todos vosotros este libro de Tristan Derème, una de las más reconfortantes narraciones que hemos leído, cargada de inocencia, de significados (una gallina que se llama Clitemnestra, acaso hermana de Cástor, convertido aquí en perro de la familia; el gato Clodomiro, rebosante de filosofía, que no conoce el resentimiento; la tortuga Ulises, como el intrépido guerrero y navegante, que también se replegaba sobre sí mismo para volverse más fuerte…), de alegría, y de profundas reflexiones vitales. Todo ello hoy tan necesario en un mundo que tal vez se va deshaciendo de sus referentes éticos en un viaje “directo a bandazos” hacia el caos. Como diría con fina ironía Patachou: “voy derecho como una zeta a la inmortalidad”.
Finalmente, con este extraordinario libro que aquí glosamos, Ediciones Evohé presenta el lanzamiento de su nueva colección: “Ultravagantes”, dedicada a autores que ya hace años se marcharon a escribir a los Campos Elíseos, el Nirvana, los Campos de Aaru, el Jardín del Edén, el Valhala, la Yanna…
Recuperar aquí textos tal vez desconocidos junto a otros famosos (como nuestra próxima publicación, que será La lámpara maravillosa de Ramón María del Valle-Inclán acompañada de un pormenorizado estudio de Juan José Martín Ramos, titulado Poética de una matemática celeste) se convertirá para nosotros en una empresa de infatigable entusiasmo que haga más ciertas aún las palabras del tío de Patachou “los hombres viven así, por lo general, con una vana pero agradable esperanza”.
Os recomendamos vivamente compartir con nosotros el extraordinario goce de leer las historias del pequeño Patachou. Dice Derème en su novela que en una cuba, o bajo el hocico de una cabrita, uno puede llegar a descubrir la imagen de los recuerdos que se querrían olvidar. Pero que a veces, aunque uno pueda tratar de bebérselos, permanecerán en el fondo de la cuba, precisamente los más amargos.
Muy al contrario, tras leer este indispensable libro, en el fondo de la cuba de vuestros corazones quedarán unos recuerdos que desearéis no olvidar jamás. Precisamente los más dulces.
Jaime Alejandre, editor


“… Pataxú no se inmuta; pone su gesto más serio:
No puedes estar más en lo cierto: hecho.
¿Cómo?
Sí, he hecho un gran viaje.
¿Y eso cuándo, caballero? No nos hemos enterado.
La otra noche.
Y, ¿dónde has ido? ¿Qué has visto?
Me fui de puntillas cuando creí que dormías. Había un gran claro de luna. Atravesé el prado. Todos los pequeños champiñones blancos, que tienen la parte de abajo rosa, danzaban sobre un pie.
¿Danzaban?
Sí. Durante el día tienen miedo de que los cojas; se hacen muy pequeñitos, no se mueven. Pero cuando estás dormido, todos bailan y saltan por encima de las luciérnagas…
Y luego,  ¿dónde fuiste?
¿Luego…? ¡Oh! Sabes, aún soy muy pequeño. Así que no puedo mentir durante mucho tiempo.
¿Cómo? ¿Mientes?
¡Oh! Ya no miento, puesto que digo que mentía… Pero, ¿por qué dices que los viajes son inútiles porque luego se vuelve a casa? Es muy necesario volver a contárselos a alguien.
Es, en efecto, el mayor disfrute de los viajes.
Las avutardas y las torcaces continúan pasando por encima de las colinas.
¿Qué haces, Pataxú…?
Sacude los pequeños plataneros y mira los pájaros gritando: «¡Inútil!».
No ves que —me responde Pataxú—muevo los plataneros para que los pájaros los vean bien. Van a creer que están en África, y les digo que es muy inútil ir más lejos ya que deben volver a pasar por aquí en primavera. Si lo consigo, se posarán en el prado y podremos retenerlos todo el invierno. ¿Querrás enseñarme a domesticarlos?
¡Agitemos los plataneros para hacer descender a los pájaros hermosos! Los hombres, Pataxú, no hacen otra cosa; pero los sueños alados continúan deslizándose en el firmamento, sin oír nuestros deseos ni saber de nuestras lágrimas…”.


(Fragmento de El pequeño Pataxú, Ed. Evohé, Colección Ultravagantes, 2017).

(Diseño de la Colección Ultravagantes: Juan Pedro de Gaspar)
(Diseño de la portada y autora de la ilustración: Sandra Delgado)

14 diciembre 2016

El Principito


El Principito de Saint-Exupéry: según dicen la obra escrita más difundida en el mundo tras la Biblia. 145 millones de ejemplares vendidos. Qué pena, qué minucia… si en un solo día como hoy habitan la Tierra 7500 millones de humanos, y ni me imagino el acumulado de humanoides que han morado nuestro planeta desde 1943… que sólo 145 millones lo hayan leído (y en verdad un poco menos pues tengo yo en mi biblioteca medio centenar largo de ediciones, incluidas bastantes en diferentes idiomas, desde el japonés al amhárico…) es un despropósito que explica bastante bien hacia dónde nos dirigimos.

En fin, cifras, cifras… eso que nos vuelve locos en la era del capitalismo rampante… pero ya lo dijo él mismo: “… A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le  gusta  coleccionar  mariposas?".  Pero  en  cambio  preguntan: "¿Qué  edad  tiene? ¿Cuántos  hermanos?  ¿Cuánto  pesa?  ¿Cuánto  gana  su  padre?".  Solamente  con  estos detalles  creen  conocerle.  Si  les  decimos  a  las  personas  mayores:  "He  visto  una  casa preciosa  de  ladrillo  rosa,  con  geranios  en  las  ventanas  y  palomas  en  el  tejado",  jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil francos". Entonces exclaman entusiasmados: "¡Oh, qué preciosa es!"…”.

12 mayo 2016

Aviones de papel, Saint-Exupéry

“Antoine de Saint-Exupéry”, aviones de papel”, Montse Morata, Editorial Stella Maris, 2016, (313 pp), finalista del II Premio Stella Maris de biografías y memorias.

Por fin una biografía de Saint-Exupéry escrita por una autora española. Una biografía que tal vez alcance a desmontar el triste lugar común que tergiversó malintencionadamente la obra de Saint-Exupéry presentándola como la de un escritor juvenil si no infantil. Nada más lejano de la realidad. Saint-Exupéry es uno de los grandes humanistas del siglo XX a la altura de Albert Camus. Otra cosa es que el cainismo de turbios personajes como el general Charles de Gaulle se impusiera la tarea de vilipendiar al hombre libre que fue siempre el autor de “Tierra de hombres” y otros libros inmensos entre los que destaca “El Principito”, obra maestra de la concisión, la reflexión y la sensibilidad del Hombre Nuevo que aspiraba alentar Saint-Exupéry en el momento mismo (la II Guerra Mundial) en el que toda la Humanidad pendía del hilo de la extinción.
Montse Morata, magnífica periodista y escritora de la que apenas conocíamos su poesía, viene a cubrir un vacío incomprensible, el del conocimiento del autor francés, apenas ocupado por algunas buenas publicaciones pero menores por su alcance, como lo escrito sobre el novelista y aviador francés en Letras Libres por Pedro Sorela, prologuista también de la edición del volumen que contiene “Tierra de los hombres”, “Carta a un rehén” y Carta al general X”, traducidos por Gabriel Mª Jordà Lliteras, en Círculo de Lectores, 2000.
Biografías, memorias o escritos conexos sobre Saint-Exupéry ya conocíamos traducidos al español estudios indispensables como el de Luc Stang “Saint-Exupéry visto por sí mismo”, Editorial Magisterio Español, 1971, un texto preciso y precioso que ahonda en la etopeya del autor “más soñador que travieso”, Señor del Desierto, que “junto con T.E. Lawrence y André Malraux es el prototipo del escritor que comprometió su vida en su obra”.
A esta biografía podemos añadir en español dos más editadas en álbumes ilustrados, “El piloto y el Principito. La vida de Antoine de Saint-Exupéry” de Peter Sís, Editorial Sexto Piso, 2014, y esa delicia polícroma a cargo del creador de Corto Maltés, Hugo Pratt, que se tituló “El último vuelo”, Editorial Norma, 1995, con prólogo de Umberto Eco y extenso estudio preliminar de Frédéric d’Agay (“la vida siempre se impone a las fórmulas. La derrota puede llegar a ser el único camino hacia la resurrección”). Hugo Pratt nos relata y dibuja con su sorprendente economía de medios ese último vuelo de Exupéry del 31 de julio de 1944 poblado de entusiasmo (en-theus, estar poseído por el espíritu de la divinidad) en una conversación del piloto consigo mismo alumbrando relevantes momentos como sus recuerdos sobre su madre sobrevolando su casa (“Si me hieren, tendré quien me cuide. Si me matan, tendré a quien esperar en la eternidad. Si regreso, tengo a quien volver…”), el ya final encuentro con su Principito entre nubes que parecen corderos, la enigmática aparición de la Patagonia, hombres del desierto, el accidente de Guatemala, amigos, compañeros del aire, amores, España en su guerra incivil, y ese final estremecedor mientras su avión se precipita en las aguas del Mediterráneo: “Si quisiera despertarme, lo haré únicamente al norte del último sueño… Saint-Ex, no tomes la dirección de los recuerdos… es como visitar un cementerio…”. Y la viñeta final dibujando un horizonte solitario en el mar, especular imagen de la línea de la duna del desierto en la que desapareció El Principito.
Y ahora a ello sumamos el extraordinario libro de Montse Morata que con un inicial enfoque de memoria literaria nos desvela las claves esenciales de la peripecia vital de Exupéry en un contexto marcado por lo político (las guerras), lo aventurero (pionero de la aviación), lo literario (periodístico como novedad) y también por las contradicciones amorosas de una existencia marcada por la soledad pese a (o más bien “debido a”) sus relaciones sentimentales, muy especialmente en lo concerniente a su madre y a Consuelo, su esposa y “rosa” de El Principito.
Y precisamente porque cuando Montse Morata se deja arrebatar por su pasión literaria es cuando nos ofrece sus mejores y más emocionantes páginas es por lo que creo que cuanto más despoje a su texto de su inicial carácter de tesis doctoral más contundente será para nosotros, lectores. Lo que tiene sentido en un pasaje académico, la repetición de algunos extremos como la premeditada venganza de de Gaulle y algunas otras que se encuentran en el libro, no son necesarias en un ensayo literario y le pueden restar frescura a la narración de una biografía de una viada que como la del aviador es más novelesca que una auténtica novela. Algo que además tiene que ver con la propia manera de redactar de Exupéry, cuyos libros navegan las engañosas aguas de la novela y del ensayo… tanto como para que alguno de sus libros se publicara como novela en unos países y como ensayo en otros.
Por todo ello las más altas cotas de emoción se encuentran en el libro de Morata en su primer capítulo que no casualmente se titula “¡Hay que ser un incendio!”, y que tengo subrayado de principio a fin; igual que el de la conclusión “Escribir con la muerte” donde la autora y doctora en periodismo por la UCM nos agarra por el pecho, nos zarandea el alma y nos deja sin resuello. Como debe ser.
En todo caso la prosa de Morata, a imagen y semejanza de la de su biografiado, rezuma lirismo y es de una altura a la que ya estamos poco acostumbrados. Y hay que agradecer a Morata su esfuerzo de años para ofrecernos este libro. Como dice Luc Stang, “hace falta heroísmo y genio para dar cuerpo siendo ya hombre a lo que de niño se ha soñado”. Montse Morata ha derrochado heroísmo, talento y generosidad en su obra.
Finalmente, por todo esto, en las “peticiones del oyente” me atrevería a solicitarle a Montse Morata y sus editores que en la segunda edición de su libro (ya pronto en imprenta imagino, pues todo parece indicar que ha vendido en tiempo récor dos mil ejemplares, inquietante señal de que en España no todo es Belén Esteban… ¡renace la esperanza!) se incluya un anexo con la traducción de la propia Montse Morata de esos artículos periodísticos de los que nos habla y que bien merecen ser publicados (más aún si, como dice nuestra autora, -páginas 168 y 210- ni siquiera están recogidos en las Oeuvres complètes de La Pléiade). Esta petición mía se basa en que precisamente Montse Morata en esta biografía dedica especial atención a una faceta muy poco conocida de Exupéry, la de periodista (algo que hizo a la fuerza movido por necesidades económicas), y es uno de los grandes aciertos de su premiada biografía.  
No obstante, al menos los artículos periodísticos de Exupéry en L’Intransigeant y en Paris-Soir referentes a la Guerra Civil española (y hasta su “Carnets”, Cuaderno de notas) se pueden consultar íntegros en “Un sentido a la vida. Visiones de España 1936-1938”, Antoine de Saint-Exupéry, edición, traducción y prólogo de Gabriel Mª Jordà Lliteras, Círculo de Lectores, 1995.
Quiero añadir que la extraordinaria biografía de Morata además nos permite conocer la visión de Exupéry de la dolorida España del 36 así como la interpretación de la iconografía de El Principito en la auténtica vida del escritor francés.
En definitiva no dejen de leer esta magnífica obra con la que no sólo conocerán en profundidad al autor del libro más vendido y traducido del mundo junto con la Biblia y el Corán, (incluida la decepción que a uno le puede causar saber que Exupéry consultaba a videntes… lo que se compensa, en todo caso, con las hazañas que protagonizó recorriendo desiertos y montañas, cruzando inmensidades a través del cielo) sino que ahondarán, ustedes, lectores, en los valores del humanismo, el individuo (que nada tiene que ver con su contrario, individualismo), la libertad de pensamiento, la resistencia a los arquetipos y prejuicios, el papel esencial de la amistad para entender el mundo, el heroísmo y la audacia, contrarios a la temeridad, la importancia de la acción (y de la inacción), la necesidad de la invención para progresar pero la cautela a la vez ante la amenaza del maquinismo asolador del hombre, la responsabilidad moral de cada uno de nosotros por crear lazos y no exclusiones, etcétera. Y también en relación con el pequeño mundo de los escritores aprenderemos en esta biografía gracias a Exupéry que “la perfección no se consigue cuando no hay nada más que sumar (a lo escrito) sino cuando no hay nada más que restar”. Sí sus concisos libros ofrecen una contundencia inigualable, tan difícil de conseguir que él bien sabía que su escritura estaba impregnada de elitismo, pero no del que establece una superioridad moral sino el que pretende atraer a todos hacia lo más alto. No obstante Exupéry siempre dijo preferir vender apenas cien ejemplares de un libro que no le hiciera enrojecer que seis millones “de un nabo”.

Gracias al cielo y pese a sus bochornosos detractores, Exupéry trascendió su propia existencia, corta (apenas 44 años) pero intensa, y hoy y siempre pervive y perdurará para señalarnos a cada uno el camino de ascensión a nosotros mismos, habitando él el lugar que le corresponde, seguramente un asteroide cercano al B 612, en la inalcanzable gloria de los más luminosos soñadores.

08 julio 2015

Saint-Exupéry

El próximo 31 de julio hará 71 años que murió en una acción de reconocimiento al mando de su avión el escritor Antoine de Saint-Exupéry. Uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX, víctima de esa II Guerra Mundial por la que los que la desencadenaron activamente y los que miraron para otro lado en la indiferencia de sus teutones privilegios deberían expiar su culpa ad aeternum.
Ahora que demasiados en la derecha ideológica y mediática de esta España que por mitades nos hiela el corazón invocan la Guerra Civil, quiero traer algunas de sus reflexiones a modo de acicate para que no cejemos en la empresa de hacer más grande al ser humano frente a las miserias de los ruines…
Reflexiones sobre la Guerra Civil española (“Un sentido a la vida”, Círculo de Lectores):
“Ése es el milagro de la especie humana: no existe ni dolor ni pasión que no se irradie y adquiera una importancia universal…
… en la guerra civil, la frontera es invisible; pasa por el corazón del hombre… una guerra civil no es una guerra, es una enfermedad… esta lucha no consiste en expulsar a un enemigo del territorio, sino curar un mal. E n una guerra civil uno lucha contra sí mismo. Y por esta razón, sin duda, esta guerra adquiere una forma tan terrible: se fusila más que se combate… y Franco ha podido pronunciar esta frase atroz: “¡aquí ya no hay comunistas!”, como si una junta de clasificación hubiera realizado una selección…
La grandeza del hombre no reposa sólo en el destino de la especie: cada individuo es un imperio…
Aquí tenemos a un general que, a la cabeza de sus marroquíes, condena a muchedumbres, con la conciencia muy tranquila, cual profeta que aplasta un cisma. Aquí se fusila como quien tala árboles… se ataca al hombre como a un árbol, con lentitud. Él se mantiene erguido, pero cada golpe se añade a los ya recibidos…
Siempre nos encontramos con esta contradicción: ¿cómo se puede imponer la inteligencia por la fuerza, cuando, por definición, la fuerza nada sabe de la inteligencia?...”.

Y un estrambote sacado de “Carta a un rehén” (Círculo de Lectores), en la que nos recuerda que “si difiero de ti, lejos de perjudicarte, te enriquezco”:
“¡Respeto al hombre! ¡Respeto al hombre!... Esta es la piedra de toque. Cuando el nazi respeta exclusivamente a quien se le parece, no respeta nada más que a sí mismo. Rechaza las contradicciones creadoras, arruina cualquier esperanza de ascensión y, en lugar del hombre, funda para mil años el robot de un hormiguero. El orden por el orden castra a l hombre en su poder esencial, el de transformar el mundo y a sí mismo. La vida crea el orden, pero el orden no crea la vida.
La verdad de mañana se nutre del error de ayer, y es en las contradicciones que tenemos que superar donde está el auténtico abono de nuestro crecimiento… La verdad de ayer está muerta; la de hoy, aún por  edificar. No se vislumbra ninguna síntesis válida y cada uno de nosotros sólo posee una parcela de la verdad. No pudiendo imponerse por convicción, las religiones políticas recurren a la violencia…

¡Respeto al hombre! ¡Respeto al hombre!... Si el respeto del hombre se instala en el corazón de los hombres, los hombres, consecuentemente, terminarán por fundar el sistema social, político y económico que consagre tal respeto. En primer lugar, una civilización se funda en la substancia. Se inicia en el hombre cuando, ciego, anhela recibir un poco de calor. Después, el hombre, de error en error, halla por fin el camino que conduce al fuego…”.

(Dedicado a Montse Morata, verdadera experta en Saint-Exupéry. Quien quiera saber, que lea su tesis y sus artículos).