Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

22 junio 2024

Ángeles de Neón


Un buen amigo de Tokyo (Alex de Laiglesia) me dejó hace unos días el libro “Ángeles de neón. Fin de siglo en Madrid (1981-2001)” (Espasa Calpe). No me gusta que me presten libros. Por un lado porque, cuando son buenos, me entran ganas de no devolverlos y eso está muy feo. Y por otro, y más principal, porque no sé leer un libro sin mancillarlo convenientemente con mis ubicuos subrayados e incluso apostillas (cosa que siempre me recrimina, y con razón, el bueno de Luis Alberto de Cuenca).

El caso es que acepté el préstamo por no desagraviar una amistad naciente y por la evidente dificultad de tener acceso a él en Japón. Siendo el libro de un patrio compañero de generación o aledaños, por supuesto empecé a leerlo con la pereza, hastío e inquina del escritor muy fracasado que jamás ha publicado en una editorial como Espasa, entregado acaso solo al onanista y sospechoso placer de autopublicar mis insensateces apenas para la veintena de amigos que conservo.

Pero ya en casa, no sé muy bien por qué, en apenas dos párrafos, esos “Ángeles de Neón” me atraparon. No pude dejar sus páginas, increíblemente bien escritas (deliciosas frases de relativo más allá del sujeto+verbo+predicado simplón de nuestros instagrámicos días), hasta empaparme de él, llegando demasiado rápido a su última página y con deseos de volver a disfrutarlo más demoradamente. Algo contrario a mi naturaleza de letrófago.

El libro es extraordinario y de lo muy poco que ha conseguido mantenerme despierto en mis apneas del covid persistente que me atormenta. Crónica despiadada (hasta consigo mismo) y piadosa a un mismo tiempo, llena de humor y de ironía, a veces hiriente, pero nunca ensañada. Rebosante del certero desenmascaramiento de mediocres y a la vez sabiendo ensalzar a quienes han sido agraciados no solo por el talento sino por la capacidad de trabajarlo. Retrato de grandezas y miserias cargado de una indisimulable ternura, que nos muestra el camino de descenso, más bien de desplome, a los infiernos de la vulgaridad de la sociedad de aquellos ciudadanos que ya podemos (privilegio desconcertante) montar en tren con el descuento de la tarjeta Dorada. Que es lo mismo que decir el camino de la decadencia al completo de todo aquel país prometedor convertido al fin, una mitad en una inmensa agencia de calificación crediticia, y la otra mitad en una casposa agencia inmobiliaria. Todo eso además azotado por reguetones y otras venganzas satánicas.

En fin, da igual que alguien joven desconozca a unos cuantos o muchos (principalmente los de la crónica de los años 80), de los personajes que salen en este imprescindible libro, aunque otros pervivan en la cúspide de la fama (Almodóvar, Penélope Cruz, Nacho Cano…) y sean por tanto identificables por las nuevas huestes. Pero nada importa que no se sepa quiénes son unos u otros, pues los tipos humanos que describe extraordinariamente el autor y las peripecias que se relatan impresionarán y conectarán con cualquiera, los reconozca o no, sea hijo (también putativo, como yo) de la Movida, o sea Milenial, X, Z o la sigla denominativa que corresponda.

Porque aunque diga “Madrid, 1981-2001”, este es un libro universal. Como solo los buenos escritores son capaces de tocar la fibra de cualquier humano aunque localicen sus palabras concretas en un lugar de la Mancha o justo en Venecia o en un templo de Kyoto. Estos buenos escritores hablan a la humanidad y describen el planeta entero.

Por ejemplo, ese retrato de las contemporáneas clases aristocráticas (que decir nobles es mucho decir), en el sentido estamentario: los poderosos de la política y el arte entregados a los intercambios de favores y prebendas donde los unos (sic) se alquilan a los otros apartamentos o barquitos, se venden coches de segunda mano, se ofrecen puestos de trabajo (y rayas), se subcontratan, se apoyan (y cuando toca se aniquilan). Y, en resumen, se mueven en una solidaridad de clan, aunque, como digo, sin que les tiemble la mano para poner el cuello del que corresponda en la guillotina del desprecio si se sale del tiesto o no cumple las expectativas y códigos de deshonor de la camarilla … Estamento de los aristócratas que nunca ha desaparecido (venga de donde venga y tenga el nombre que tenga) por muchas revoluciones rusas o francesas que haya. Tan solo cambia de vestido y actividad pecuniaria. Igual que, en eso que se parece vagamente al arte, simplemente se ha pasado del mecenas y su personal esplendidez con cargo a su propio peculio, a la funcionarización evidente de quienes viven de la subvención anual, sin saltarse ni un bisiesto.

Pero en esa fauna, Juan Carlos de Laiglesia es capaz de encontrar y honrar también a todos aquellos seres que, siendo o no parte de la comparsa, son tipos que dignifican la existencia en la que les ha tocado vivir compartiéndose generosamente con nosotros. Por eso este libro impenitente deja un regusto permanente y final de esperanza, tal vez melancólica, pero sin duda de esperanza humana.

Por eso, sépase que quien no se eche a llorar a moco tendido en el capítulo 14 seguramente consideraré que no es de la misma especie natural a la que yo pertenezco, y le niegue la sal y los saludos.

Termino. Leed este libro, lo merece, nos lo merecemos. Fácil de encontrar puede que no sea, pero en las bibliotecas públicas y en librerías de viejo (y viejos), aunque no precisamente barato, se encuentra:

(https://www.iberlibro.com/servlet/SearchResults?cm_sp=SearchF-_-topnav-_-Results&kn=angeles%20de%20neon%20laiglesia&sts=t)

Y, fijaos las trampas que nos hace demasiado a menudo la esquiva realidad. Resulta que hace unos meses conocí personalmente al autor, en una cafetería tokyota. Si yo hubiese sabido que estaba ante el inmenso escritor que hoy, tras leerlo, he descubierto, todavía estaría allí genuflexo ante él. Pero los cretinos y solitarios solo sabemos lamernos la herida que nunca acaba de cerrar. Porque no dejamos de lamerla. Y eso que ya no sabe a nada.

24 mayo 2023

En un temblor, el polvo


Leo en un temblor “Polvo” de Blanca Morel.

Con la inmediatez de las cosas esenciales descubro desde los primeros versos que este libro tiene un algo indefinible. Innecesaria demostración empírica de que es poesía, poesía de alto vuelo. Poesía porque “es lo que es”, sin explicaciones, rumbos o paleografías.

Tiene, sí, un algo, precisamente, de “polvo”. Al leerlo me siento (se sentirán quienes a él se “avertiguen”), me siento rodeado, llovido por su diluvio de palabra pulverulenta. Y se me mete todo en las entrañas, por las comisuras de los ojos y los labios, se adhiere a mis pestañas con vocación de unánime, y sin embargo hecho de motas y motas, de individuales universos solos que me hacen comprender (sin saberlo, sin ser capaz de referirlo con palabras inteligibles) la visión de Blanca. Y ese significante de su mirada puesta en la realidad, me hace dudar de la fuerza de la gravedad…

 

“conozco el polvo como si hubiera muerto

su sabor

su sequedad

la belleza de ser traspasada por la luz

en una ingrávida traslación”

 

Avanzo en sus poemas y siento una levedad. Una ligereza en la que al más mínimo soplo revoloteo de mí mismo y me poso, dividido, esparcido, en todos los rincones de mi propia casa, que no es otra que mi cuerpo. Hogar solitario donde un “tú” (que debo ser yo) existe. El polvo existe, la poesía de Blanca existe. Pero nada, ni tú-yo, yo-tú, ni nada existe. Porque se está, siempre se está extraviado. Y sin testigos.

 Pero reconozco aún a esos seres: patatas olvidadas

 

“en un cajón de la cocina

echaron largas antenas

en la oscuridad

del cajón

fue hermoso y extraño contemplar

la persistencia de esos seres olvidados

supervivientes

no  eran alimento sino

delirio de vida

furia

ascensión”

 

Reconozco a esos seres, y hallo hermanos, ancestros, poluciones de futuro sin esperanza y viceversa.

Acepto entonces ser la fugacidad que ya me deshabita.

Y sin embargo, una especie de amparo me crece en el pecho al leer hermanos versos, donde Blanca dice:

 

“él cree que posee a las cosas

pero las cosas le poseen a él”

 

Y voy a buscar yo en mi “Obstinación” (Ediciones Evohé, 2023) y hallo mis propios ateridos versos de admonición y desencanto:

 

Las cosas y los dueños

                                    (Profesiones de fe sin esperanza, X) 

 

         Los objetos se vengan de sus dueños.

Para empezar, son ellos

los dueños de sus dueños, tiranizan

al que sueña que tiene, y es tenido.

 

Los objetos conservan con sarcasmo

la exacta memoria del día en que compramos

aquello que iba a ser

testigo del amor más legendario.

Hoy marcesible, sepulto, traicionado.

 

Los objetos se vengan de sus dueños.

Te prometen una eternidad que solo ellos,

aunque rotos, atesoran. En sus trozos,

la cerámica ateniense sobrevive en las vitrinas;

nada queda de aquel que la sostuvo,

que a sus labios trémulos la acercó un día.

Su ceniza, tal vez haya modelado

el barro de otro vaso. Pero, mira,

atentamente mira a tus objetos: espeluzna

saber que ellos seguirán en los estantes

cuando no seas tú ya, siquiera olvido;

nadie habrá para olvidarte, y todo

se habrá perdido para siempre, menos ellos,

los objetos que se ríen con insidia

de ti, de tu torpe ensoñación,

de tu quimera.

 

Regreso a los versos de Blanca Morel (también extraordinaria narradora, uno de cuyos libros se me quedó pendiente hacerle de partera en su camino hacia la luz y aún me pesa). Regreso a los poemas de Blanca, que juegan a engañarme con una supuesta simplicidad:

 

“cubierto de polvo

mi nombre desaparece

 

más allá

la música”,

 

hasta que luego releo, con el manso detenimiento del polvo que cae para posarse, y todo alcanza a descubrírseme  esencial. Y desvelarme lo que somos:

 

“… piedra

a punto de ser polvo

y la muerte percute…”.

 

Déjese llevar en posesión el lector como yo fui zarandeado por este “Polvo” de Blanca Morel (Eolas ediciones, 2023) y, aunque caducifolio, acepte al fin gozoso:

 

“el día

es una flor

que nace

sin memoria”.

 

Pero nace.

27 marzo 2023

En todo hay poesía. No todo es poesía


En todo hay poesía. Pero no, no todo es poesía.
Para encontrar la poesía inadvertida que pueda albergar cualquier cosa, hay que tener talento o sensibilidad. O, mejor, ambas cosas. Y este texto de la foto no, no es una poesía.
Teresita Fernández, poeta cubana, escribió una canción sobre una palangana vieja, sobre una botella rota. En sus versos sí había poesía. Pero en este "texto" de William González no, no hay poesía. Por no haber, ni siquiera hay literatura. ¿Redacción escolar? ¿Diario adolescente? Pues eso tal vez. Además de su poco de engreimiento de quien habla de tú a Rubén Darío sin despeinarse.
Y, hablando de "tal vez", tal vez en su premiado libro haya poemas de verdad, mejores o peores, pero auténticos poemas. No lo sé (hago mea culpa, no he leído el libro entero), aunque si alguien ha elegido de muestra justo este botón, mi esperanza, digamos, que se arruga. Cierto es, yo ya estoy algo viejo y me arrugo por casi todo.
Pero lo leeré, porque si es un libro homenaje a los migrantes, como asegura el anuncio, yo me digo: ¡albricias!, seguro que tendrá entonces algún verso que se acerque sin titubeos al poema "Peregrino", de Luis Cernuda, dado que ha ganado el premio Hiperion, y no las justas poéticas de Villamerite del Páramo. Deseando estoy leer todo el libro y encontrar algo como aquel "¿Volver?, vuelva el que tenga...", escrito por un Poeta con toda su mayúscula, migrante hasta el tuétano, expulsado de su patria por una guerra incivil cainita y vengativa.
En fin, en realidad, lo que siente mi corazón contrito con este enésimo ejemplo de la lírica contemporánea, del canon poético triunfante, es que me queda definitivamente confirmado: esta poesía ha tocado fondo, yace en el estercolero de la estupidez complaciente y la rampante mediocridad. Sólo en el planeta "Todo Vale" de esta galaxia, a esto lo llamarían un poema.
De modo que si ahora resulta que habitamos ese planeta, yo me exilio sin pena ni deseo alguno de regreso, ya digo, murmurándome las palabras de Cernuda: 

¿Volver? Vuelva el que tenga,
tras largos años, tras un largo viaje,
cansancio del camino y la codicia
de su tierra, su casa, sus amigos,
del amor que al regreso fiel le espere. 

Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,
sino seguir libre adelante,
disponible por siempre, mozo o viejo,
sin hijo que te busque, como a Ulises,
sin Ítaca que aguarde y sin Penélope. 

Sigue, sigue adelante y no regreses,
fiel hasta el fin del camino y tu vida,
No eches de menos un destino más fácil,
tus pies sobre la tierra antes no hollada,
tus ojos frente a lo antes nunca visto.

06 noviembre 2022

Gonzalo Sánchez-Terán aniquila las lindes del Mal


Una vez más, lo que ya se ha convertido en proverbial empecinamiento, viene Gonzalo Sánchez-Terán a sacarme de mi anomia social con la contundencia inmisericorde de sus versos: “Y corrí cual si el Mal tuviera Lindes” (Reino de Cordelia, 2022).

Libro que debería ser de obligada lectura en los colegios, y no esas vanas banalidades inanes de idiotas que aprendieron a darle con el dedito a la tecla del teléfono inteligente (ellos no) para separar en líneas cortitas la nada de sus pseudo-líricas divagaciones.

Autor que debería estar en las grandes Ferias de Libros: Frankfurt, Guadalajara, Madrid o Barcelona, en vez de tantos mamarrachos estafadores basílicos, raperas del acné, buscadores de taxis cuando llueve y nepotes conseguidores profesionales de premios exentos de vergüenza y tasas.

Perdón por el desafuero. Pero no puedo dejar de mostrar mi ira, acólito de Gonzalo, que ahora también deja vislumbrar la cólera en sus versos: “no habrá compasión para quien corra / en dirección contraria a los encuentros, / haciendo a los distintos, desiguales, / no habrá perdón, y ni saber ni fe / serán capaces de absolver su vida”. Sí, Gonzalo, tras veinte años de infamias, ha saltado del verso hímnico, al apocalíptico, flamígera espada justiciera en mano, sabedor de que “la propiedad privada no es un robo, / el robo es que jamás cambie de manos” y que “comprender el mal que habita el mundo / sin partirse la faz contra sus zarpas / es otra forma de justificarlo”.

Gonzalo, honrado, digno siempre, sin descanso siempre, sin ampararse cada día en su propio espejo de privilegiado. Laborando para los otros, los que no tienen brazos ni agua donde tomar las fuerzas. Gonzalo, reivindicando a la mujer de Lot, porque:

 

“Si no vuelves la vista atrás y miras

arder rebaños, casas y jardines,

el alarido atroz de tus hermanos

tallados por las llamas, su dolor,

si no observas el mal y reconoces

sus huevas en la singles de la historia,

si evitas contemplar la desventura

y no recuerdas…

… si tapas los oídos al espanto

y cercas tu vivac con alambradas,

cómo, Lot, te precaverás del fuego

cuando fundes tu próxima ciudad,

y quién acudirá con baldes de agua

si el viento trae la llama a tu tejado,

 

cómo, di, te reclamarás persona

si sabes como yo que quien no es lluvia

es otro palo más sobre la pira.

 

Gonzalo: más de veinte años organizando proyectos de emergencia (el mundo mismo es una perpetua emergencia en algunas latitudes, las de los desheredados) en campos de refugiados en Guinea Conakry, Liberia, Costa de Marfil, República Centroafricana, Chad, Dar Sila, Darfur, Etiopía, Somalia.

 

La imprenta del mundo (Jordania. Refugiados yemeníes, sirios y somalíes. Noviembre)

 

Honrad a quienes lloran sobre tumbas

con nombres de alfabetos que no entienden,

con símbolos de un dios en que no creen,

y ciertas son sus lágrimas saladas

pues fueron hombres los que allí reposan

por encima de lenguas y de credos.

 

Celebrad a quien cuida de sus árboles

porque son de la Tierra no por suyos,

y sus ojos son ojos de los puentes

que salvan el abismo entre las razas.

 

Honrad a quien descifra el firmamento

igual que honramos el olor a lluvia.

 

Amad.

         Amad a quienes la paz aman

y odiad a quien ama la paz a costa

de la justicia o de la paz ajena…

 

 

Gonzalo, en vez de aburrir a la existencia con sus adolescentes desamores habla por los otros, los que no tienen voz, ni tres comidas al día. Tantos que solo plañen en sus instagrames (yo el primero), olvidan que se llora mejor por los demás que por uno mismo. Con más elegancia y gallardía. Claro que para llorar en nombre de los otros hay que salir del concéntrico ombligo y arriesgarse. Y al parecer eso no se lleva.

 

Miles de millones de manantiales (Frontera entre Costa de Marfil y Guinea Conakry. Milicias armadas. Violencia. Septiembre).

 

No zarpan los navíos de los muelles

sino de la imaginación de un hombre

o una mujer con un papel y un lápiz.

Todo nace del sueño de un humano,

del alma prisma expuesta a la luz blanca

como incienso de sándalo que ocupa

los almacenes desabastecidos.

 

De nosotros.

                   No hay mano que no pueda

firmar un armisticio. No es posible

que tomen nuestros pies cada camino

pero inventamos las encrucijadas.

Inventamos el libro, por ahora

la única derrota que la muerte

ha sufrido en el cosmos.

 

                            De nosotros,

de la rama a la que se aferra el caos,

parten las fechas hacia su jornada

y cuanto existe parte hacia su nombre.

Sin nosotros la vida no sería

más que existencia. Solamente tiempo

cumpliendo espacio por la eternidad

Somos el tabernáculo encendido

donde se ovilla la belleza en celo,

quienes hacemos con el Todo un ambos.

 

No zarpan los navíos de los muelles,

no brotan las auroras de la noche,

barcos y auroras nacen de las manos

que procrean el bien y los poemas,

nacen de ti y de mí, hermano mío.

 

Pero Gonzalo sí, Gonzalo nos arroja las treinta monedas de sus versos dignos repartiéndolos “En las fronteras”, “Personas que caminan”, “El sentido” y “Proemio a las obras completas del mañana” (obras completas, por cierto, que se resiste Gonzalo a dejarme publicar, por una especie de incomprensible pudor de quien cree que está aún por construir su perfección de poeta indispensable).


Sabe Gonzalo que “somos jaurías o familia somos”, no existen más opciones en este mundo, sí, binario, donde de una parte campa la Dignidad, de otra el Mal. Por eso, en la encrucijada (inventada por nosotros, ya lo dice nuestro poeta), hay que optar. Negarse una vida, y por la otra decidirse. Y él, Gonzalo, lo sabe. Porque ha estado allí, en todas las encrucijadas del mundo del horizonte de los ojos y del corazón, él sabe que “más bello fue vivir creyendo en algo”.

 

Poemas los de este libro de Gonzalo con referencia solo al lugar y al mes (apenas uno de ellos incluye el año de redacción), porque en este mundo en avanzado estado de putrefacción, todos los años se repite la misma miseria, lo que hace inútil, superflua, la datación Carbono 14 o no mediante. “Guinea. Campo de tránsito para refugiados liberianos de Nonah. Marzo”, “De camino a Tezamira. Norte de Etiopía. Tercer año de sequía”.

O datado en Gbarnga, en el interior de Liberia, caminando por la ciudad saqueada tras el último ataque rebelde, su monumental poema Anclas de corcho: “En el fondo / sabemos que ser justo es ser extremo…”.

 

En conclusión, quien se respete a sí mismo, que deje de escribirnos y colgarnos en estas redes su poema autoplagiado año tras año sobre su pena propia. Que en su casa escuche la Tercera Sinfonía “de las lamentaciones” (Opus 36) de Henryk Górecki. Y que corra “cual si el Mal tuviera lindes” a comprar este libro indispensable para decidirse a amanecer cada mañana. Todavía.

 

Estrategia de acción directa.

 

         Los hombres crecen como las ciudades,

alejándose de su centro histórico,

dejando atrás callejas bautizadas

por antiguos oficios de artesanos

para agrandarse en anchas avenidas

con nombres de soldados y políticos

hasta desconocerse  en carreteras

anónimas o en urbanizaciones

uniformes, silentes, indistintas,

y crecen hasta que entre su ciudad

y la ciudad siguiente ya no hay campo.

 

Así crecen los hombres.

 

Y también crecen como las iglesias,

traicionando el mandato de su origen

-la verdad, el amor y la justicia,

partir los panes al caer la tarde-

para alzar templos como fortalezas

donde juntar el oro de sus fieles

y convocar milicias que lo guarden,

besando el manto y acatando el orden

de quienes persiguieron a su apóstol,

hasta reconocerse solamente

en el temor a las demás iglesias.

 

También así crecen los hombres.

 

Yo quisiera crecer como el olivo,

la encina, el fresno, el álamo, la higuera,

que no saben en qué país arraigan

ni buscan otra plata que la lluvia,

protegen aves, y hallan su grandeza

no creciendo más, sino siendo bosques.

30 octubre 2022

Tras las huellas de Aníbal. Y de Arturo Gonzalo Aizpiri


La fortuna inescrutable de la amistad puso en mis manos este “Tras las huellas de Aníbal” (Editorial Almuzara, 2022) antes de su publicación. Pero no hay nada como disfrutar de un libro en su formato de verdad, editado en papel de imprenta, no en una pantalla, ni siquiera en meros laborales folios.

Así que leyéndolo ahora por segunda vez, he pasado unas gozosas horas de emoción y aprendizaje. Pues sus más de doscientas páginas se leen en dos tardes de un fin de semana. Mejor actividad me cuesta encontrar a estas bajuras de mi vida. Navegar las pasiones de un amigo.

Ahora, que ya me cuesta tanto (literalmente) leer, porque me quedo dormido, covid persistente mediante a las primeras de cambio; ahora que me aburren soberanamente muchas de las cosas que intento leer. Adentrarme en las páginas de este libro ha sido un gozo de luminosidad.

Porque hay obras que van mucho más allá de lo mucho que ya prometen y anuncian. Y entre esas está la de Arturo Gonzalo Aizpiri. Recorriendo los paisajes patrios (matria llaman ahora a España quienes, oportunistas, parecen ignorar que se dice “madre patria” desde inmemorables tiempos), yendo aparentemente hacia momentos históricos de hace más de dos mil años, Arturo, sin embargo, nos desvela realidades y naturalezas que nos definen hoy en día como humanos: “… la razón de la amnesia que profesamos hacia lo púnico… nosotros tenemos a gala un prurito de europeidad: somos griegos, romanos, visigodos o carolingios; no hay herencia más propiamente nuestra que la que viene del continente europeo. Lo otro, lo africano o asiático, a pesar de los siglos infundiéndose en nuestro ADN biológico, histórico y antropológico, no pasa de ser un pintoresco ornamento epidérmico, superficial. Romanos y visigodos están en el perímetro del “nosotros”. Árabes y cartagineses están en el del “ellos”… expresión de xenofobia de baja intensidad…”.

Asombroso es el dominio que Arturo (químico de formación) tiene de este muy desconocido margen de la historia española (en el que, como dice el autor, muere el helenismo). Pero además está el modo en cómo lo relata. Un placer frente a tanta podredumbre ágrafa como puebla las publicaciones hoy en día. Sí. Por si fuera poco lo que nos enseña de historia antigua, Arturo suma la belleza de sus descripciones de paisajes, personas, esculturas. Y no solo con la palabra, sino con el asombroso regalo de sus dibujos y sus “cartelas”. Quienes conocemos a Arturo siempre hemos admirado con ojos abiertos como galaxias que escriba con letra de molde a mano alzada cuanto redacta.

Dice Arturo que “ningún linaje –ni el genealógico, ni el botánico, ni el literario, ni el gentilicio- está asegurado: a todos les incumbe el azar del paso del tiempo”. Cierto es, pero difícil se me hace creer que esta obra suya no perdure muchos, muchos años más allá de lo que lo hará su propio artífice. Él mismo lo sabe, cuando dice: “el poder taumatúrgico de las palabras: cada una de las que escribimos es eterna”.

Especial emoción me ha causado su reflexión sobre algo que siempre me ha intrigado y atraído: el hecho de que haya tantas ciudades que, después de haber gozado de notoriedad, se perdieran bajo el peso de la ceniza y el olvido. A menudo he recorrido en mis nomadeos algunas de éstas: Fatepur Sikri, en la India; Saba, en Etiopía; Famagusta, en Chipre… Lugares heridos donde me he sentido siempre todavía más insignificante de lo que soy a diario. Qué estremecimiento saber que gracias al saber de los arqueólogos, una capa de ceniza se convierte en el más elocuente relato de la historia. “Reconcilia con lo efímero de la existencia humana, asevera Arturo, advertir que el nombre de los soñadores de ciudades ha resistido mejor la erosión del tiempo que su obras, por muy hechas de piedra que estuvieran. Lo que sobrevive es el poder de la imaginación y el relato compartido”. Repito: lo que sobrevive es el poder de la imaginación y el relato compartido. Esa sola frase bastaría para definir la obra de Arturo vertida en este libro.

Comentando de su admirado Montaigne, dice Gonzalo Aizpiri: “los sucesos perduran en el tiempo como un temblor en la epidermis de los lugares donde ocurrieron”. Sí, pero a muy pocos les es dado vislumbrar ese temblor y compartirlo con los demás. Así me sucedió a mí con Ulaca, descrita por Aizpiri, y por la que anduve en dos ocasiones. Una en solitario y otra llevado por las palabras de Arturo. Solo entonces descubrí la profundidad espiritual que contenían aquellas piedras solitarias de los campos helados de Ávila.

¡Es tan reconfortante sentir, apenas leyendo, que el lector ya no está en el salón de su casa sino caminando al lado del autor (quien mejor “entiende el lenguaje del granito, el arroyo y el horizonte”) por caminos de invierno, a la busca de las sombras del solsticio! Sentir un viento helado que decora de verosimilitud el hogar de la pasiva lectura. Saber que compartes “el poderoso arrebatamiento, anclado en la suerte de panteísmo lírico con que, en ocasiones, se expresa mi emoción (la de Arturo) ante la naturaleza”.

Confiesa también Arturo: “me gusta decir que basta un instante para contener una vida entera. Como basta la manzana de una ciudad para dibujar una civilización”. Y, sí, basta adentrase en “Tras las huellas de Aníbal”, de Arturo Gonzalo Aizpiri, para aprender del ayer en el hoy para el acaso. Y ello sin autocensurarse las visiones nunca complacientes que tiene. De modo que, si hay un jardín en el que honradamente haya que meterse, Arturo lo hará: crítica y elogio el fenómeno del turismo; o la acción/inacción de las administraciones públicas (y las impúdicas), por ejemplo.

En definitiva, un texto delicioso en el que “además” aprenderemos lo sucedido con cartagineses, tartesios, vetones o vacceos…, españoles, al fin y al cabo. Un texto convertido en apotropaico, defensa mágica o espiritual, contra la ignominia de la ignorancia. Así mismo nos lo descifra nuestro autor: “¿Es posible ocupar el espacio del pensamiento de otros hombres y mujeres? Parece algo inalcanzable, a no ser que admitamos que tal vez haya en nosotros resortes comunes, longitudes de onda del espíritu humano que nos hagan vibrar por resonancia o, utilizando uno de los más felices términos de la física, por simpatía”. Sí, resortes hay, pero solo algunos como Arturo Gonzalo Aizpiri son capaces de pulsarlos para hacernos vibrar al unísono de la belleza y el conocimiento. Hoy, siguiendo las huellas de Aníbal y encontrando, en la ruta de Arturo, tal vez nuestros propios vestigios arqueológicos…

27 enero 2022

Lidl versus Liddell

Digamos que Lidl es una marca de supermercados baratos, de cuestionable calidad. Y que Liddell, Angélica, para más señas, le sigue los pasos, o le adelanta los pasos, en lo suyo, que es lo del teatro, barato, aunque no, no de equívoca valía; en esto no hay duda ninguna: sus virtudes aún esperan en el limbo de los nonatos. Eso sí, ambos (mercado alemán y dramaturga Rodríguez catalana) tienen de todo, pero cualquiera sabe que si quieres comprar algo bueno es mejor irse a otro lugar.

Viene esto a cuento de que hace unos días tuve la desafortunada ocasión de asistir al espectá-culo (sic) “Una costilla sobre la mesa: Padre” de la mencionada Liddell. Me invitó un buen amigo. Conste que nuestra amistad sigue incólume.

Pero como no consigo quitarme de la cabeza el bochorno, escribo esto, aunque ya tal vez llegue tarde para aviso de otros navegantes. Entono, pues, mi trisagio: por mi culpa, por mi culpa por mi gran culpa. Uy, perdón que el trisagio es lo de santo, santo, santo.

En fin, recuerdo cuando era adolescente que mi profesor de lengua y literatura, un heterodoxo de corazón, al leer mis primeros escritos me hizo una perfecta admonición: “Jaime, no quieras meter en tu primera novela todo lo que sabes, y mucho menos todo lo que te ha pasado a ti…”.

Pues la mencionada Angélica parece desatada en su disposición a endilgarnos todo lo que “se” le ha ocurrido en la vida, venga a cuento o no. Preferiblemente, no.

Y lo que es peor, creyéndose la pobre que alguien se puede escandalizar porque la buena señora mee en un vaso en el medio del escenario ante el público. Mire, hacer el conjunto de patochadas que usted resuelve en escena, incluido lo de mear en un vaso, es, como mucho, una estimable demostración de habilidades físicas, como las de los pintores de caricaturas en las plazas de las ciudades turísticas. Pero talento no, el talento está en el verdadero artista arrebatado de autenticidad, no en el amanuense que pinta vírgenes clónicas con tizas en el suelo. Porque para que orinar en un vaso y otras lindezas sirvan a la trama tiene que haber un porqué, sino es puro artificio para decirle al mundo qué chula soy. Y como el mundo a menudo no se interroga, pues vale. Pero si uno rasca en el argumento descubre que lo mismo vale  para su obra la escena orinatoria que otra atando un perro con longanizas.

Lo dicho, por mucho que se empeñe, esto que usted representa no escandaliza a nadie que haya vivido y leído un poco. Hace cuarenta años en la España recién postfranquizada, sí que escandalizaban tales sucesos (véanse ciertas películas de Almodóvar, o las obras de Els Joglars); hace setenta, en la Europa de postguerra puede que también el tema consiguiera santiguar a una cierta mayoría. Pero hace justo un siglo, cuando Los Locos Años 20, sin embargo, no, no escandalizaban las simplezas mingitorias. Y en 1785, cuando el Marqués de Sade escribió “Las ciento veinte jornadas de Sodoma o la escuela de libertinaje”, tampoco. Es lo que tienen los tiempos en lo que respecta a la moralidad oficial. Que vienen y van.

O sea, que los botarates que aplaudían a rabiar la pésima obra de la señora Liddel me temo que son la representación diáfana de cómo los últimos años de conservadurismo urbi et orbi han alcanzado a las gentes de hoy provocándoles asombros solo sustentados en la ignorancia y el papanatismo. Todo ello a manos llenas, las de aplaudir, no las de coger un libro previamente e informarse de la literatura universal antes de quedarse ojipláticos.

En definitiva lo que es escandaloso es que ese centón de imposturas sin argumento que es la obra de Angélica en los Teatros del Canal escandalice a alguien. (Por cierto no quiero ni pensar qué Armagedón se habría desatado en cierta parte de la saciedad, perdón, sociedad madrileña si la obra se hubiera representado en un teatro público bajo el mandato político de una Carmena o similar).

Sí, lo que escandaliza es que escandalice. A quien lo haga, porque mi hija de veinte años, que me acompañaba y que hace teatro buscando huecos como puede en sus estudios universitarios de arquitectura, sin embargo, no se sintió abochornada por escenas metidas sin ton ni son: como una señora que se unta los cabellos con bosta de caballo; o un anciano al que se saca a escena desnudo con el solo propósito de que la autora/protagonista se le acerque y le manosee un segundo el pene. ¿Con qué arcano mensaje? Vaya usted a saber. Provocación, pero la provocación solo la siente en este caso el ignaro.

Por su parte, mi hija, serenamente, a la salida me dijo que solo se había sentido azorada porque “es que la obra no tiene ningún hilo” (sic). En efecto, apenas es una enciclopedia de intentos de llamar la atención a gritos (literalmente a gritos, con esa pretensión actoral que algunos comediantes tienen de que por aprenderse un largo parlamento y recitarlo con alaridos y de corrido a la velocidad del rayo que ni cesa ni se entiende, ya se es buen actor o actriz). Tal vez sea ese el precio que hay que pagar por mantenerse (mantenerse de ser mantenido, me explico, subvenciones mediante): saberse obligado a exagerarse a sí mismo hasta el esperpento.

Pero, ay, la zafiedad es siempre mucho más sencilla que la sutileza. Ésta no está al alcance de todos, pero es mucho más contundente que la pobre exposición impudorosa de las asadurillas. Sutileza era la de Jardiel Poncela, digamos, en pleno franquismo con su obra “Madre, el drama padre”, en la que unos hermanos cuatrillizos se enamoran de otras cuatrillizas. Van a casarse y en uno de los actos descubren que son hermanos todos entre ellos. Tela. Tela, porque Jardiel decide escribir que el amor es más fuerte incluso que el posible incesto decidiendo los protagonista seguir adelante con sus planes de matrimonio. Del desenlace no digo más por no destripar (eso que ahora los milenials llaman hacer spoiler) la comedia.

Y, en fin, el tema Lidl/Liddell no tendría más importancia ni más repercusión sino fuera porque vivimos en un mundo de recursos finitos, y mientras su prescindible obra sin argumento ni ideas innovadoras ocupa un espacio público privilegiado, otros escritores, jóvenes y no tan jóvenes, dotados no solo de talento, sino de honradez y tesón, seguramente estén escribiendo en la absoluta soledad de las sombras sin eco… Y eso no es justo. 

04 julio 2021

A veces sucede



Escribo hoy desde un salvífico estupor, desde una estupefacción medicinal. La que ha colonizado mi corazón tras la segunda lectura del “A veces sucede” de Simón Arriaga (Colección Intravagantes, Ed. Evohé, 2021). Nada de lo que pueda reflejar aquí alcanza siquiera la epidermis de la carga de profundidad de un libro que ya es parte consustancial de mi ser, prótesis de cadera con la que podré seguir vagando por esta estremecedora Tierra.

No muchos libros, quitándote el aliento, te lo dan, te dan un respiro ante tanta inanidad de lecturas y ante el hastío que “a veces sucede”, meramente el de vivir. Este es uno de ellos. Un secreto que merece ser develado. Un libro zekkei, 絶景, diría en el Japón que ahora habito: un paisaje tan espléndido que su sola visión, eso, nos deja sin aliento.

Contienen sus páginas una verdad que en ocasiones no comprenderemos con el pensamiento, y sin embargo la entenderéis, sin ambigüedades, con el espíritu. Cada uno su verdad.

“El ruido permanente en el que vivimos es la demencia del sistema elevada al rango de normalidad. Demencia normalizada. Sutura del espacio sonoro. Saturación de mensajes que nada dicen: ruido.

La memoria es un camino. Recordar es trazar una curva; nunca una recta. Normalmente más de una. Conectarlas y transformarlas hasta crear una espiral que permita transcurrir desde el exterior hacia el centro, desde el centro hacia afuera; abrir un sendero cuyos diferentes recorridos inversos permitan resignificar el presente: esa es la tarea de la memoria. Un labrado, un recorrido. Decantaciones: el agua en la roca caliza, estalactitas y estalagmitas, el hielo en los berrocales, la morrena diseminada aquí y allá, como hitos significantes.

El camino de la memoria es, habitualmente, un laberinto intrínseco. La esencia de un laberinto es recordarnos que la línea recta no es siempre la distancia más corta ni, desde luego, la más adecuada: la que conviene. La memoria no gana nada con los atajos. Freud lo sabía, se encontró con ello. Por eso prescindió de la hipnosis. Al sistema no le interesan los laberintos, no tiene tiempo. Por eso potencia la hipnosis, las sustancias audiovisuales psicotrópicas, la alienación de la productividad fuera y dentro de la fábrica, del hogar, de la oficina. El sistema no tiene tiempo que perder, tiempo para lo imprevisto. Lo imprevisible (ya quedó dicho) es el desecho del sistema, de cualquier sistema. Y el recorrido de la memoria es imprevisible, porque es un camino generador de sentido”.

 

En fin, hay tanta verdad en este libro que hace más repugnante la victoriosa corriente de las letras hispánicas hoy, que es la de la impostura, el puro impuro falso espectáculo, la presuntuosidad plagiadora, la simulación de lo que no  se es ni se tiene, el cartón piedra (o el croma actual) donde se finge que sucede lo que no es y nunca será.

Uno encuentra más de lo deseado “famosos” que venden miles de libros sobre el silencio o el desierto, sin conocer en verdad ni lo uno ni lo otro. Triunfadores de la impostura. Pero aquí Simón Arriaga escribe de lo que vive, no vive de lo que escribe. Su autenticidad desgarra sin dolor para zurcir delicadamente el alma del lector que sabe leer, arriesgándose en cada palabra.

Me entristece prever gentes que seguirán regalando su menguante tiempo a mamarrachadas: novelas de adolescentes en colecciones de adultos para evadirse; poemas sentimentaloides abrumados de ripios para buscar pareja; películas de desenlaces clónicos sabidos de memoria para sorpresa solo de los dueños de encefalogramas planos sin cartografía; exposiciones de arte de vanidad banal a la búsqueda exclusiva del escándalo con obras tan vistas, tan antiguas, tan sobadas ya como la burla.

Asistimos a la Dictadura de los escritores del vacío: no pueden expresar lo que sienten y piensan por dos motivos. Uno, por su penosa experiencia vital de acontecimientos cuya mayor hazaña es ir un día en Metro en vez de en taxi.

Justo lo contrario es Simón Arriaga, con una vida repleta de las hazañas de los que él denomina héroes cotidianos, y son mucho más que eso, cuando son como él. Son seres fundacionales de un mundo donde impera la Dignidad y la Emoción.

Y, dos, segundo de los motivos de los escritores hoy de lo inane: así escriben por su desconocimiento infinito de la lengua.

También Simón Arriaga está en sus antípodas. La riqueza verbal de Arriaga es prodigiosa. Y eso le permite adentrarse en los vericuetos y laberintos de la verdad cargado de palabras que la desvelan (sí, en sus dos acepciones: nos descubre lo oculto y, al hacerlo, nos impide ya conciliar el sueño):

“Por el contrario, el individuo que es, que a pesar de todo sigue siendo, lucha solo. Solo o al menos en alianzas evanescentes. Resiste, y eso es lo importante: contra el vértigo y el olvido; contra la fusión y la confusión, la fusión forzada de cualquier entidad imaginaria, deglutiente; contra sus juegos gástricos; contra las pirámides y la ilusión de la gloria; contra las catástrofes cimentadas y el lujo de la pertenencia; contra los contrarios superpuestos; contra la impostura del viento y la marea, contra el cálculo biliar de todas las probabilidades consumadas. Contra la idea de la Idea: de una única idea.

Dibuja espirales donde otros trazan círculos, condensa vapor de agua, talla cristales de cuarzo con las manos desnudas. Lucha para vencer la confusión dominante de los verbos entre los verbos: ser y tener, tener y temer, temer y desear, desear y amar. Amar y ser.

Solo, pero no aislado. Evitando el vértigo de lo inevitable; la anticipación del pasado en un incendio fastuoso, hipnótico y, por tanto, enclaustrante. Evitando la proeza de construir ruinas gregarias, torres de sacrificio, escuelas permanentes, puntos de calado, medidas extremas.

Sin olvidar que el olvido es mucho más que una derrota, porque es la victoria del nihilismo. Y el nihilismo es la muerte del sentido”.

 

Sé por desgracia que pocos, muy pocos (¿acaso alguno?) dedicarán sus entusiasmos a buscar este libro, esta joya y leerla. Así somos, ni entre nosotros, los cercanos, nos leemos: escritores, amigos, familiares o vecinos; ni que decir tiene los desconocidos. Peor para ellos, con perdón. Tampoco muchos habrán leído (aunque fatuos lo afirmen y solemnes lo juren) la Segunda Parte de El Quijote. Mejor lo sabe y dice Simón Arriaga:

El sistema y el ruido comparten muchas cosas, demasiadas como para obviarlas. Para empezar, ambos tienen una tendencia si no totalitaria, al menos sí totalizante. Está en su naturaleza: tienden a ocupar todos los espacios donde el sentido (siempre subjetivo) podría convivir con el silencio impidiendo así otras topologías, otras posibilidades. Nada al azar. 

Su método consiste en hacer colapsar la subjetividad sobre sus propios reflejos, haciendo de ellos reflejos condicionados y condicionantes. Pautas para el deseo, abrigos para la conciencia. Sustituyendo, antes de que emerja siquiera, la verdad por la fantasía, el silencio por el enmudecimiento, la acción por el entretenimiento, los productos del sentido por la productividad, la memoria por el almacenamiento. En el mayor grado posible.

La imaginación es así la sucesión de una imagen tras otra. En un continuo que no deja espacio para la emergencia del sentido. Todo es equiparable, porque todo es reducible a cifras en una cuenta de resultados: un balance: económico, político, sistémico.

La fantasía queda como una realidad tan irrealizable como tranquilizadora. Transcurre en un movimiento hipnótico que hace que parezca que todo se mueve vertiginosamente. Todo excepto el sujeto, que queda reducido a una sola acepción de la palabra: sujeto, fijado, emplazado siempre y a la misma hora en su sitio. El sitio que le corresponde en tanto que elemento de una secuencia de repeticiones pautadas”.

 

Leer y subrayar lo leído. Porque sé que este libro es zanka 残花, las últimas flores que quedan en las ramas cuando todas las demás ya han caído. O tal vez solo porque por un instante (ruin, lo reconozco) uno vive la ficción de que aquello (que define exactamente mi propia vida, mis más auténticos sentimientos), lo haya escrito yo, y no Simón Arriaga. Pero no, palabras tan insondables solo las ha podido trazar quien atesora el valor (valor de coraje; valor de riqueza) como para derramarse en un texto como este “A veces sucede”: “Nos erigimos en ejemplos del mundo y sabemos tan poco del mundo como de lo que de él habita en nosotros”. “Desea, ama y goza, sabiendo que el deseo es siempre de lo que no se tiene, el amor solo de lo que se tiene y el goce nada más de lo que se es”.

 

Tantos años juntos, tantas cosas compartidas y comprender, asumir tras este libro, con su pequeña desolación, una vez leído y releído, que desconocía todo de Simón Arriaga. Solo me relacionaba con la cáscara/máscara. Pero hoy conozco la profundidad, la suya, y a través de ella, la mía. Y la de la Historia de la Humanidad entera, la de cuantos seres han hollado estos paisajes desde el albor de los Tiempos y aún se reúnen alrededor de un fuego a cantarse y a contarse, para conjurar las ofensivas armadas del ajarse, de la muerte y el olvido, de la maldad y sus espantos.

“Sobrevivir es un milagro cotidiano al que no damos la menor importancia.

Solo nos asombramos cuando deja de ocurrir”.

 

Creo que todo el tiempo de la vida de Simón Arriaga ha sido una travesía para llegar a este libro (como lo fue para Pierre Sansot navegar hasta su “Del buen uso de la lentitud”), a esta iluminación.

“En la rapidez se puede dirimir tal vez alguna técnica, útil, precisa; se pueden descifrar toda una serie de códigos alfanuméricos de donde emerja un respuesta quizá útil, quizá precisa. Sin embargo, para sostener lo que nos une sin dañarnos hace falta primero comprender los matices. Y el tiempo de comprender es el más lento de cuantos nos conciernen.

Hay que aprender dialectos, Hija. Y si no están disponibles hay que inventarlos. Porque el compromiso es el resultado de fuerzas mestizas.  

En la rapidez se producen, como en un acelerador de partículas, choques, conflagraciones, emergencias pasionales de toda índole. Transformaciones de la materia, liberación de energía. Gota a gota el tiempo concentrado del reconocimiento destila, sin embargo, verdades que no se dejan atrapar por los puños: verdades que nos conciernen en la intimidad de los espacios comunes; en la permeabilidad de la identidad como un proceso sin fin ni programa unitario; en la biodiversidad de esas zonas lacustres, vagamente imaginarias, en las que confluye el caudal de todas nuestras monografías; en la suspensión amortiguada de cada cresta pendiente, de cada condena al otro como un veredicto sobre uno mismo. Gota a gota, gesto a gesto”.

  

Sí, la vida de Simón Arriaga ha sido una travesía para llegar a este libro a esta iluminación iluminadora. Iluminación de su naturaleza más oculta con una resplandor tan intenso que irradia hacia el exterior, hacia todos sus lectores, en un “rompimiento de gloria” (esa apertura de los rayos del sol a través de las nubes que produce la ilusión –en su doble acepción, otra vez, siempre- de un espacio metafísico que conecta lo terrenal con lo sublime).

“Es difícil creer que un muerto haya sido un hombre. Más difícil aún creer que tu padre haya sido otra cosa que lo que la palabra padre contiene. Yo no le conocía desde cerca, como tal vez sus hermanos o sus amigos. Yo le conocí desde abajo. Y nunca pude llegar a su altura. Ni siquiera después de rebasar su edad. Porque nadie puede ser en su mente más viejo que su padre, aunque los calendarios de todo el mundo lo desmientan”.

“Herramientas. Mi padre era el constructor, así que el hombre de las herramientas en principio era él. Las de mi madre parecían más bien utensilios: dedales, tijeras… El tamaño nos fascina, ese es el problema. Lamentablemente, hace falta mucho tiempo para comprender que las cosas pequeñas, los movimientos finos, rutinarios, son elementos necesarios de los cuales el mundo está hecho también”.

 

Simón Arriaga, (Madrid 1962), licenciado en Psicología por la Universidad Complutense, ha trabajado casi siempre viajando y viajado siempre escribiendo. En ese trasiego, escribiéndose, fue poblando sus estanterías de manuscritos durante años. Inéditos en su enorme mayoría de edad y cantidad, apenas unos pocos han sido rescatados hasta la fecha: “Mejor era cuando te vayas”  (Libros de Letras) de 1998, y la selección de su obra “Después del silencio” en 2010, dentro de la colección «Hazversidades poéticas» publicada por Cuadernos del Laberinto. Además, ha hecho esporádicas apariciones en antologías generacionales, como Quinta del 63 en 2001, en la que entró, evidentemente, quitándose algo de edad para parecer más joven de lo que por entonces era.

Así es el Simón Arriaga biográfico, dylaniano (“I was so much older then / I’m younger than that now”) que en mi caso me deja ya huérfano de autoría de libros propios. ¿Para qué escribir después de leer este? Seguiré haciéndolo, claro, pero sabedor al fin de los límites de dimensión de mis palabras una vez que ya no puedo escribir este “A veces Sucede”.

De modo que quien no lo lea, sí, se salvaguardará de sus imborrables efectos colaterales, pero sepa que también omitirá en su pequeña existencia una de las escasas luces del Universo que desvelan lo que existe y también lo que no existe, aquello que deslumbra y en la instantánea ceguera que produce son otras las realidades que al final uno otea. (Que mi nombre, por ese azar que es la Amistad, se encuentre ya por siempre unido a este libro –en su inmerecida dedicatoria- es algo que le da la solidez del vuelo a la improbabilidad que llamo “mi vida”).

“Esta época que vivo… más que líquida como dicen algunos, me parece una época de cristal: una frágil solidez nos sostiene; la hipertrofia de la información ha creado una extensión rígida, bellamente pulida, sobre la que es cómodo deslizarse pero que no se deja fácilmente traspasar; reflejos irisados atrapan nuestra mirada y conducen nuestros pasos por ese ámbito, porque la inclinación del plano hace que se requiera de un gran esfuerzo para plantearse siquiera la posibilidad de detenerse y profundizar; la gente critica sin criterio, le hablan a su imagen duplicada en las pantallas diciendo cualquier cosa que pasa por su cabeza, sin preguntarse quién la puso allí ni con qué propósito; la transparencia de la intimidad no tiene precio porque se ha convertido en el regalo de los insensatos que juegan a ser famosos. Y todos quieren ser famosos aunque sea por un día, aunque sea a costa de no saberse.

Sí, vivimos una época de cristal. El común de los mortales ha sido seducido por un mandato general de transparencia exhibicionista, una desnudez de las opiniones y las creencias que a esta edad me resulta obscena. No sabría determinar cuándo comenzó exactamente, pero lo que sí veo es que ha ido creciendo, extendiéndose por nuestro mapa mental hasta ocupar lugares que a muchos antes nos parecían terrenos sagrados. Nunca tanto conocimiento disponible había sido tan despreciado.

 

¿Cómo se pueden escribir 224 páginas y que nada sea relleno ni sobrero? Un libro al que no le excede ni le falta una palabra. No se puede contar en una novela mejor la infancia que en estos nueve párrafos que aquí transcribo (desconfiado de quienes se resisten a comprarse libros que no sean  los de moda y circunstancia, los reproduzco enteros, sabedor de que la mayoría de las gentes, en Internet no leen ya ni tuits, solo ven imágenes y en diagonal ojean las penosas frases de autoayuda que las acompañan):

“Quería impresionar a mi padre, que se viera en mí con orgullo manifiesto. Que me felicitara por una hazaña semejante a las suyas, una hazaña de campeón como él mismo me parecía que era. Vivir durante un instante en ese lugar de su mirada en el que nada era imposible y donde la voluntad y la decisión lo eran todo. Sabía que no podía ser como él, pero ansiaba al menos su reconocimiento.

Voy a saltar. Voy a saltar desde el trampolín más alto. Vas a ver cómo lo hago. Nunca he subido hasta allí pero voy a hacerlo, porque soy un héroe, porque quiero ser tu héroe, como tú lo eres para mí.

Recuerdo el frío del metal mojado de cada peldaño, la tierra alejándose de mí como una incógnita pendiente de resolución, el aire cada vez más difícil de retener. El primer trampolín atrás, el segundo trampolín atrás, el tercero y último tan lejos de ti que casi no te puedo ver. Pero te busco porque necesito que sepas que estoy aquí, en lo más alto y lo voy a hacer. Me acerco al borde de la tabla como el condenado de un barco pirata. Los hombres me dicen que dé la vuelta: este trampolín no es para críos; me preguntan si estoy solo, por qué no está mi padre conmigo. Y yo sé entonces que estoy solo, solo en tu mirada.

Miro hacia abajo y te imagino al borde de la piscina, tus ojos fijos en mí. Y pienso que piensas: Ese es mi hijo, es un atleta, es el mejor. Los va a dejar a todos anonadados. Traigo a mis músculos la tensión de tus músculos antes del salto. Tengo que igualarte, hacerlo exactamente como tú y todo saldrá bien. Los dedos de los pies aferrados al borde.

¿Te hubiera gustado que saltara? ¿De verdad te hubiera gustado que lo hiciera? ¡Tenía tan solo once años!  ¡Me hubiera matado, papá! ¡Me hubiera matado!

El cuadrilátero del agua allí abajo era tan pequeño que me habría resultado imposible acertar a caer dentro, y eso suponiendo que hubiera conseguido mantenerme recto como un clavo, como hacías tú, como te había visto hacer a ti tantas veces.

9.8 m/s: aceleración terrestre.

Mi descenso fue más lento. Escaleras abajo, hacia la vergüenza, hacia el fracaso, hacia la sobrevivencia. Cuando llegué a tu lado de nuevo me parecías más grande que antes. Tal vez porque yo nunca me había sentido tan pequeño. No hablamos, no me dijiste nada. Me acariciaste la cabeza como si perdonaras una chiquillada.

Normalmente suelen ser los padres los que piensan en dar la vida por sus hijos”.

 

Alguien que resulta que apenas vivió su infancia y adolescencia con sus padres y (sin creerlo él, además) resulta conocerlos mejor que tantos a los nuestros, pese a haber disfrutado vidas colmadas de años junto a ellos. Pero en ese conocimiento de Simón de sus propios progenitores se encierra la verdad de todos los padres del mundo y de la Historia. Y Simón parece aún no darse cuenta de su sabiduría, de su Iluminación.

Asistimos en este libro monumental  a una suerte de Diario Íntimo que va mucho más allá de la propia peripecia, de sus traspiés, de sus funambulismos. Amable y descarnada, fragilidad puesta al descubierto donde se desvela la irrompibilidad del corazón construido en el dolor. Amiel, Thoreau, Romain Gary, Renard, Leopardi, Pavesse le anteceden como miembros de una misma familia de autenticidad y contundencia.

El Padre, la Madre, la Hija y Él, Simón Arriaga, como nexo de unión consigo mismo. No un solo lazo sino un entramado tejido en el telar del amor y sus contradicciones. Desprendido de sí, nos habla con la mayor profundidad, a través de su pasado y su porvenir identificados en sus progenitores y su hija. Así nos ofrece sin coraza ni armadura su yo más íntimo. Su Simón más él. Y con ello consigue escribir la Crónica de Todos Nosotros.

Delicioso es creer que vas a internarte en un libro de aforismos y encontrarte con la Historia Moral de la Humanidad, concentrado en un largo poema sin hemistiquios ni metáforas prestidigitadoras, sino con la verdad a manos llenas, convertidas en puños que no atesoran puñados de violencia sino de serenidad y comunión con uno mismo y con nuestra propia existencia. Porque “Sucede” es la clave. Ruta, navegación, no meros hallazgos, casualidades, hitos o padrões.

Más sólido aún que Edmond Jabés, porque en las fragmentarias reflexiones vertidas en palabra por Simón Arriaga  hay una continuidad, un armazón, un propósito (sin intención), una construcción imprevista y descubierta. Cada uno hallará aquí la suya, su propia arquitectura. No un conjunto de teselas apiladas sin orden ni “con-cierto”, sino ese mosaico que bajo las arenas aflora y que al arrojar sobre él el agua de la lectura de nuestros ojos, centellea y deslumbra pero no para cegar sino para enseñarnos a vislumbrar.

Porque hay una sabiduría que ni siquiera la otorgan los años, hay que haber nacido con ella, en ella.

“Me he sobrepuesto a tu esfuerzo, a tu cansancio invisible y al mío, tanteando los bordes, el riesgo del fracaso, la ceguera de la altitud y de las trincheras”.

 

Así descubre el lector que no todos tienen que “matar al padre” para liberarse. A algunos, el padre (y la madre) se les mueren solos antes de la solidez personal, y entonces liberarse ya se convierte en algo innecesario. Se puede vivir, aunque solo se habite en el dolor. Aunque luego haga falta derramarse en un libro como este para conectar tu propio ser (el de Simón) con el Universo. Y, si no se puede llegar a comprenderlo, sí sentirlo inmenso en la propia carne:

“Tú, (padre) que desfilabas mejor que nadie, perdiste el paso. Perdiste mi paso.

Nuestras pulsaciones se alejaban una de la otra como dos relojes mal calibrados. Tus manos en anacrusa permanente, tu mirada buscándose. Dejaste de saber cómo celebrar la vida.

Este presente no hubiera existido sin aquel pasado. Este yo no sería el mismo. Porque mi tiempo fue también el tiempo de tu muerte. Mi tiempo de despertar.  

 

Paréntesis.

                   (                  )

Una prórroga o quizá un anticipo.

La tensión de una cuerda a punto de romperse

y golpearte en la cara.

Un camino cada vez más angosto

hasta dejar sitio solo para uno.

Y después

un campo minado de incógnitas”.

 

Dos lecturas llevo de este libro. Afortunado que es uno. Hace justo un año leí el manuscrito, ahora el libro impreso. Y constato que como los caleidoscopios, cada vez me muestra diferentes dimensiones, jamás se consume en sí mismo. Algo que solo ocurre con la más incomparable literatura. Como “La vida es sueño”, de Calderón de la Barca, o la película “Big fish” de Tim Burton, que cuanto más los visita uno más descubre.

“Mi propio viaje… me ha traído felizmente lo suficientemente sano y a salvo de veleidades a este Mar de la Tranquilidad en que ahora vivimos juntos los tres. Este pequeño fragmento del espacio y el tiempo en que residimos puede parecer menos que un minúsculo satélite, y tal vez lo sea para la lógica planetaria, pero para mí es su centro. Porque el centro de la Tierra, más allá de la imaginación de Verne y de la adecuación geológica, está siempre aquí: en la superficie habitable de las relaciones, en los entrecruzamientos significantes, en las grandes hazañas cotidianas de los héroes anónimos, en los gestos que preparan y anticipan, en el recibimiento y la gratitud, en una sola mirada de reconocimiento humano”.

 

Libro que se erige como epístola moral a la altura de Séneca, Bertrand Russell, o Tolstoi. Indagación asombrosa en el laberinto del lenguaje que lo hermana con Wittgenstein y no parece un burdo intercambio de fluidos, aunque sean los suyos seminales, simiente de la sabiduría.

“Ahora cabes en mis manos como una incógnita”.

 

No es este un libro fácil. Ni lo pretende; pero no pretende tampoco arcanas oscuridades en donde enmascarar en verdad incapacidades narradoras. Este libro no pretende nada; se ofrece como el amanecer cada mañana. Sin presuntuosidades. Y, sin embargo, repleto de maravilla y de milagro.

No, no es un libro fácil. Tampoco la vida lo es y la gente la vive de corrido y sin entrenamiento ni ordalías. Pero ahora que lo siento, sí, es el libro más fácil. También la vida lo es: dejarse conducir hacia la divinidad.

“Y sin embargo yo escribo.

Coloco palabras a un lado y a otro en montones, como cascotes después de un bombardeo: lo irreconocible, lo útil, lo salvable, lo que ya no tiene remedio. Intento levantar de nuevo la ciudad destruida, sabiendo que incluso en el mejor de los casos será otra. Hay demasiadas cosas que no sé dónde iban, demasiado tumulto a mi alrededor: gritos, sirenas de ambulancia, humo por todas partes. Necesito un mapa, pero todos han desaparecido en el incendio.

Es una tarea imposible, como todas las que he acometido antes. Por eso debo continuar”.

 

Este libro indispensable, te deja en el espíritu la misma naturaleza de fosforescencia que otros como “El mundo de ayer” de Stephan Zweig o “Tierra de hombres” de Saint-Exupéry o “Crónicas, 1944-1948” de Albert Camus.

Pues en este libro habita una cosmogonía de la geografía interior y exterior del Hombre. Por eso confirmo así que necesito sus páginas ya siempre en mi equipaje. Vaya donde vaya. Kit de supervivencia. De sobrevivencia. De hipervivencia. Para volar más alto. O sea, en mi caso, alto.

Porque es tan infinito que no deja un rincón sin arrojarle luz. Hasta describe implacable lo que somos los que fuimos la Transición, aquellos que ahora arañamos los sesenta:

 “A nosotros, sin embargo, creo que el torbellino nos llevó por delante, barriendo el suelo que pisábamos, el arbolado contiguo, los libros de texto. Nos empujó hacia un tramo del río de escollos sobresalientes y rápidos para el que a muchos nos faltaban destreza, convicción, fuerza y desde luego experiencia. Creo que lo mismo le ocurrió a la generación de nuestros progenitores: nada les había preparado para ello. A los jóvenes parecía bastarles con las ganas y la ideología, pero nosotros estábamos tan perdidos como me parece que estaban nuestros  propios padres, ninguno dejando traslucirlo. Eso me permite comprenderlos mejor ahora, más de cerca, con la complicidad de aquel desconcierto bífido que nos atraía y nos expulsaba por igual”.

 

En fin, “que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído” dejó dicho, inmenso, Jorge Luis Borges. Ese es mi caso… a la fuerza. Pero más que orgullo envidia ruin es lo que siento, amarga impotencia, cuando leo libros como “A veces sucede”, de Simón Arriaga. Amigo, si se puede llamar amigo a quien uno desearía usurparle todo cuanto es. Perfecto Intravagante.

Empequeñecido yo ya, y para siempre, como hijo, como padre, como lector, como escritor, coloco este libro de pedestal en mi existencia, en la mochila siempre a punto para el viaje, para poder alzarme a él y desde sus palabras probar cada día a vislumbrar la vida, mi pasado, mi propio ser.

Gracias, Simón Arriaga.

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06 junio 2021

Una acacia en el corazón

El segundo volumen de mi obra viajera ("Mundo puzle") acaba de publicarse. Este se titula “Una acacia en el corazón” (Ediciones Evohé), y en él relato algunas de mis idas y venidas por el continente africano, donde he recorrido diecinueve países, desde Burkina Faso a Madagascar, desde Egipto a Suráfrica, desde Uganda a Tanzania (donde en 2015 subí el Kilimanjaro).

(https://www.amazon.es/dp/8412163451/ref=sr_1_1?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&dchild=1&keywords=una+acacia+en+el+coraz%C3%B3n&qid=1622979459&sr=8-1)
Las geografías concretas que componen el portulano de este nuevo libro de viajes (y del viaje) incluyen mi travesía de la memoria de nuestro pasado colonial en Guinea Ecuatorial, el único país del África Negra que habla español; mi experiencia en la última contienda bélica de la Guerra Fría en Angola, donde viví casi un año en 1992; la permanente sorpresa en la diversidad inabarcable de Etiopía; el enfrentamiento al acoso y la persecución en el encuentro con la mítica Tombuctú en Malí; las jornadas desérticas en la ingenuidad primordial de Namibia; y el asombro ante la majestuosidad de la naturaleza en Botswana y Zimbabwe.
Etapas africanas del relato de mi vida de peregrino a la busca de un sueño imposible, de un horizonte ilusorio: la libertad. No, la libertad no existe. Mientras no podamos vivir diez, cien mil vidas en esta sola, todo lo que hay es conformarse. Pero puestos a ello, pasemos por este mundo, al menos, caminando. En el equipaje del alma, apenas lo que en Japón llaman Kakugo, la resignación con entereza ante el destino. Y que nada nos detenga.
https://bit.ly/3fDHeve
Todas las fotografías © Jaime Alejandre.