Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)
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07 abril 2013

Música y poesía


Distinguían los griegos entre “techne”, el conocimiento propio de los artistas plásticos, y “sophia”, el conocimiento de los poetas y los músicos.

Así que este próximo viernes día 12 a las 1930 horas en la librería Rafael Alberti de Madrid (calle Tutor 57) compartiremos con todos vosotros algo de “sophia”, música y poesía:

Fernando Marín y yo mismo, (a la sazón en esta ocasión en el papel de mi heterónimo Jaime Alejandre) haremos un recital conjunto de música antigua (con lira de gamba) y poesía de mi último libro “Lo que queda” (Colección Signos, Ed. Huerga&Fierro).

Fernando Marín Corbí, es un destacado violagambista y violoncelista  especializado en instrumentos de arco del Renacimiento y del Barroco, interpretación histórica y música de cámara.  Especializado en música del renacimiento, su proyecto musical incluye un exhaustivo trabajo de investigación de este repertorio, que se completa con la construcción de instrumentos realizados a partir de las fuentes históricas caracterizándose por el uso de cuerdas de tripa, algo extraordinario y que demuestra su amor por la autenticidad, pues así consigue sonidos ricos en matices en los instrumentos de arco antiguos.

Entre sus grabaciones discográficas destacan, la obra polifónica completa de Juan Blas de Castro (1561-1631), The 2nd booke of songs and Ayres de Robert Jones (1601), La vihuela de Arco en la Corona de Aragón, Each Lovely Grace: The second booke of Ayres de William Corkine (1612)

El sello Quartz publicó su primer CD en solitario;  “eVIOLution”, donde sondea los orígenes de la viola da gamba. Y recientemente ha publicado un nuevo CD “sCORDAtura” con una cuidadosa selección de piezas de música antigua que incluye obras de J. S. Bach, A. Ferrabosco o D. Gabrieli, que nos interpretará este viernes.


Os invitamos a una velada distinta que esperamos que os emocione. Salud.


         El amor que fue entregado
en un descuido.
                            En un descuido
el azar se vuelve adverso.

         La felicidad inmerecida
que a tu puerta llama.
                                      A tu puerta aún
pueden llamar la tristeza y el desastre.

         Toma cuanto llegue
la hora en que te llegue.
No otra verdad sino que todo
cambia. Y al fin desaparece.

                (De “Lo que queda”, Jaime Alejandre)


Sobrecogimiento

(A Simón Arriaga, incólume)

Sumiso he marchado
cargando mi maleta,
mi propio equipaje
por mi propio pie.
Paciente y sometido.

¿Por qué no me debatí,
por qué no me resistí?
¿Qué esperanza me engañó?
¿Por qué no me llevaron
Maniatado, a rastras y por qué
no elevé jamás una protesta?

Y ni siquiera unos soldados,
un armado pelotón definitivo,
fue aquel que me condujo
sino apenas las tropas de mí mismo.

¿Qué obediencia devida me redujo
al escombro que ahora soy,
al desterrado de quien fui?
  
                (De “Lo que queda”, Jaime Alejandre)

06 mayo 2012

Admiraciones

A veces siente uno que el veneno del estilo de vida occidental infecta hasta aquello que no pretende nada, que no busca nada, que no tiene un interés evidente o subrepticio tras de una acción…

En estas mismas páginas hace un tiempo, las alabanzas a un escritor contemporáneo, aparentemente le incomodaron a él mismo, ¿Como si hubiera un desprestigio implícito en la firma de este admirador que soy yo? O ¿con la insultante modestia exagerada del que se sabe por encima de las alabanzas?

También una vez, en la vida, no en un blog, defendí a una persona de mí mismo y no me lo perdonó (seguramente en este caso con razón, pues el paternalismo no representa un beatífico exceso de cuidado y preocupación por el otro sino la desconsideración de creerlo incapacitado).

Sin embargo, lo que hoy importa en este blog es que esta persona a la que defendí de mí mismo sin preguntarle, me regaló a un autor exquisito, Javier Pérez Andújar. Y querría hoy agradecer a aquella persona ese inmerecido regalo que tanto me he demorado en disfrutar.

Tardío autor de mi generación del que he leído sus libros “Paseos con mi madre” y “Los príncipes valientes” (Ed. Tusquets), Javier Pérez Andújar. Además de haberme proporcionado el goce intransferible de la memoria hecha literatura sin más pretensión que la de la emoción (que es donde la verdad se encuentra con la sagacidad), también me ha descubierto hechos que mi enciclopédica ignorancia desconocía. Por ejemplo la amistad admirativa entre Edgar Allan Poe y Julio Verne.

Así, leyéndole, he añorado un tiempo, o un paisaje, o una Historia donde los escritores, incluso los coetáneos puedan admirarse, imitarse sin plagiarse, culminar uno la obra del otro. Pero hoy, como decía al inicio de esta entrada, ni siquiera cuando uno alaba la obra de otro escritor vivo encuentra siempre la aceptación (para nada el agradecimiento) del otro. Será que tanta crítica, tanta atención justo para desprestigiar a los compañeros convierte en sospechosas todas las alabanzas y en aviesas todas las intenciones.

Pero yo siempre he confesado que escribo porque leo. No porque haya leído, que también. Sino porque leo. Porque al leer un libro me calo, me empapo de ensoñación y empiezo a apuntar en la última página del propio libro (la de cortesía en blanco, que en la gran mayoría de mi biblioteca está arrancada por tal motivo) frases, poemas, cuentos que me vienen a la imaginación por el anzuelo echado en mi corazón por el autor que esté leyendo.

Y cuando leo busco también (sin buscar, sólo con la deliciosa sorpresa de encontrar inesperadamente), busco palabras, materia prima no sólo de la obra literaria sino de la naturaleza más humana de los hombres.

Leo, por ejemplo, “No son cuentos” de Max Aub (Ed. Huerga & Fierro) y a la devastación del alma que producen estas magistrales historias de nuestra Guerra Incivil (y esa tercera España venida al mundo sólo para sufrir) se une el placer insultante de que su autor me haga acudir al diccionario treinta o cuarenta veces. Y allí, descubriendo la precisión y sonoridad de esas palabras que desconocía, comprendo la fortuna que recibí apenas de adolescente cuando empecé a escribir por leer (a Pessoa, a Yourcenar, a Cohen, a Calderón…). Pues ser partícipe del milagro del alfabeto con el que se forman miles de palabras es como ser siempre niño y hacer magia ante los amigos, sacando de la chistera conejos, o sea, palabras en un texto…

Gozad de estas palabras, y son sólo algunas, que en apenas ocho cuentos, cien páginas, se me descubrieron como un tesoro invalorable: zollipar, reburujón, carcavinar, acezar, ahélito, morra, toletazo, bitongo, atafagar, azacaneo, bojeo, helgado, runfla, tesis (¡su primera acepción!), abertal, jorfe, heñir, lubricán… Conceptos que me obligan a usar frases enteras y que sin embargo se pueden expresar, con absoluta perfección con una sola palabra. Pero ya lo dice Pérez Andújar, sobre el que ahora vuelvo: “Las palabras son siempre más completas, mejores, que su definición”.

Mi favorita, encontrada no sé dónde: cazcalear. ¡Quién no conoce y/o sufre en su trabajo a quien toda la jornada no hace sino cazcalear…!

Leer en estos días a Pérez Andújar me ha sacado de mi adversidad paralizante, me ha puesto manos a la obra, recordándome que “la escritura es inmediata y urgente, y hay que hundir la cabeza en ella como quien la sumerge en un cubo lleno de tinta, para, si es preciso, ahogarse en literatura, porque puede que luego ya sea demasiado tarde para ahogarse en nada”. Y “es necesario escribir, es preciso dejar constancia, en un afán notarial de levantar acta de la vida, acaso ya intuyendo que la democracia de la historia reside en que no sólo la escriban los vencedores…”. Y “pedalear y escribir son un mismo acto, se escribe como se va en bicicleta, sin buscar ir a ninguna parte, sólo por el gusto de mantener el equilibrio, y mantenerse en equilibrio y mantenerse vivo son una misma cosa…”.

En fin, valgan estas digresiones, en el fondo, para haber recomendado los libros de Max Aub y Javier Pérez Andújar que he mencionado más arriba (“el libro que estamos leyendo vale por todos los que queremos leer”). Max Aub, fallecido, supongo que no se quejará por ello o lo hará en esa baja, humilde voz suya de siempre por la que los españoles lo hemos leído tan escasamente. Y Javier Pérez Andújar espero que entienda que mi admiración (que tiene, claro, dosis tóxicas de envidia por no saber escribir lo que él) es, sin embargo una admiración sincera, serena. Admiración de dar, no de pedir. Una admiración que querría ser como la de Verne por Poe, la lealtad entre escritores, que sirve para escribir.

Yo, así lo he hecho. En la última página de uno de sus libros, he escrito este conato de poema que sin tener que ver con lo que en su obra escribe él, sé que no habría salido de mi corazón a través de mi mano sin leerle. Escribo porque leo, ya lo he dicho:


Tengo una tristeza de elefante herido
que no sabe dónde irá a morir,
y sigue caminando bajo el sol.
Es esa la dignidad que hoy me queda,
la del prescindible moribundo. Hay días
en que aparto del camino los recuerdos
fingiendo que avanzar es dar mis pasos.
Pero en el silencio interno de mi sombra
sé que yendo a lo que voy es regresar.
Porque mi historia es la de la soledad
de quien no tuvo familia, sólo libros.

Tengo una tristeza de oso blanco extenuado
que no encuentra un iceberg donde pararse
y bracea sin cesar árticos mares
sabiendo, sin saber, que cuando falten
fuerzas, ilusiones y banquisas, se hundirá.
Como solo quien a nadie tiene se hunde.
Sin remedio, ni testigos, ni un amor,
ni un amigo o una familia que no hubo.

Así avanzan,
el oso, el elefante,
hacia su muerte.
Hacia su muerte y saben
que nunca han existido, ni siquiera
en el sueño de algún sueño, porque fueron
niños pero no tuvieron más cómplice
que su propia soledad de libros
en los alféizares vacíos del estío.

         (© Jaime Alejandre, 2012, inédito)


Leer. Leer es salvarse. Si a fin de cuentas la vida es –será- un naufragio, leer es salvarse. Leer, lo dice Pérez Andújar. Como sea. Leer. “Atreverse a leer al margen de lecciones y de castigos, elegir un prestigio propio frente al prestigio común, aprender que un lector es un héroe solitario, y que hay más democracia y más libertad en el individuo que lee, que en la multitud que atiende”. Y entonces comprender que leer nos permitirá un día, en ese naufragio que es, lo sabemos, al final, toda existencia “constatar que lo definitivo no es más fuerte que uno mismo”.

Salud y República, jaime alejandre

08 marzo 2012

Fantasmas de mi infancia



Ángela Reyes (Jimena de la Frontera, Cádiz), una de esas bellísimas y dulces personas que todavía quedan, una de esas personas tan necesaria siempre en tiempos de tribulación, y que además es una magnífica narradora y poeta, cofundadora de la resistente Asociación Prometeo de Poesía, ha publicado recientemente un nuevo poemario: “Fantasmas de mi infancia” en la editorial de esas otras dos magníficas personas que siguen siendo Charo y Antonio al frente de la rebeldía vindicarte de su Huerga&Fierro Editores.
El libro es deslumbrante, en especial en estos tiempos de clonación de todo, porque se sale del molde no sólo formal sino también de tono y de tema.
Ya desde el primer poema me he sentido cómplice. Yo recuerdo aún con mucha intensidad y no poca nostalgia al mielero que venía a mi casa de la Ventilla de Madrid a principios de los 70. Verle manejar su paleta de madera redonda y llenar los tarros sin dejar caer una sola gota es uno de los recuerdos visuales más intensos de mi infancia. Y como bien dice Ángela “la vida, al recordarla, duele”, pero cuando se recuerda de la mano de poemas como los suyos, es un dolor a veces bueno. Es curioso pero en Lengua de Signos Española (para personas sordas) el signo de dolor y de dulce con las manos es el mismo sólo cambiando la expresión de los ojos… Por algo será.
La rememoración de un tiempo y sobre todo de la persona de la madre de la autora me parece tremendamente original en estos momentos (y en todos los tiempos; un libro de una hija a una madre es una genuina rareza). Y los poemas de Ángela lo abordan con una sensibilidad exenta de la previsible sensiblería de manera cercana y cómplice para el lector. El poema de la página 41 hablando de las cosas “quizás” innecesarias pero que las tormentas no pueden desvanecer, como una nana “que no hay reloj que la recuerde” pero que a la autora (y al lector) se le espesa en la garganta… es un poema que produce una turbadora nostalgia.
Y ello trufado de versos rotundos que obligan a subrayar el libro sin mesura: “…un hombre / con la misma estatura de Dios envejecido… … con tristeza indecisa…”, “¿Quién se olvida de una mujer / disuelta entre la bruma de los anocheceres, / untada en la brea de viejos marineros, / envuelta en el dulzor de la llovizna…”.
Sensaciones trasmitidas por Ángela con una delicadeza y una precisión lírica estremecedora: “¿Qué voy a hacer si todo lo recuerdo? / Qué parte de mi vida arrojo a los gorriones / y qué otra parte guardo en agua de morera…”
Y poemas completos que se erigen como estandartes de todo el libro (“y 3” página 26). Poemas esenciales de toda poética que se precie como ése también de la página 37 dedicado a su primera maestra de la que no recuerda el nombre. ¡No puedo imaginar ningún escritor que no haya deseado alguna vez escribir este poema!
Poemas inclementes como el alegato que nos recuerda (página 39) que “en todas las familias hay un muerto / que no se queda frío, que no se deja sepultar. / Su nombre se nos pega entre los labios…”. Qué bello poema para incorporar, por ejemplo, a tanta tristeza como necesariamente encierran las asociaciones de Memoria Histórica de cualquier país…
Y cómo no señalar ese estremecedor poema con Salgari (¡mi Salgari! de los piratas de Mompacén) acompañando la conversión en espuma del corazón púber de la poeta…
En fin, enhorabuena por tu extraordinario libro y sobre todo gracias por haberlo escrito.
Sí, Ángela, gracias por escribir. Que no nos falte nunca tu palabra, Jaime alejandre

“Entre mis cosas guardo un viejo libro
más alto que una torre,
a donde me asomaba cuando la pubertad
me puso el corazón lleno de espuma
y en el cuerpo
un vocerío de campana.

La historia que contaba era de ángeles guerreros,
de jinetes hermosos, húsares y piratas
que a galope tendido iban por mi niñez.
Al pasar me rozaban y encendían mi talle
con su mano templada.
Al pasar y mirarme con sus ojos de vidrio
yo me hacía de sal y melancólica.

Madre, cuántos guerreros de Salgari
corrían por las páginas del libro.
Salgari y sus jinetes, Salgari y sus corsarios
y yo tan sola
con todo el peso del amor primero,
doblándome bajo la lluvia;
esa lluvia del hombre, la que empapa
y colma el corazón hasta sus vértices.

La inocencia se acaba con el primer temblor.
Lo demás, es un largo beso
que se adhiere a los labios
y los marca
y los duele con su borde de sable.

Ya no tiemblo,
pero guardo ese libro
que aún no he acabado de leer
por miedo a que se borren los chicos de Salgari,
por miedo a que mis ojos y sus aguas
los disuelvan
y nunca más pueda besarlos.
El libro aún conserva una marca de lumbre
con todos los temblores
que me tuvo en vigilia y fatigada".

(“Fantasmas de mi infancia”, Angela Reyes, Huerga&Fierro editores, 2011)
(Fotografía © Marta Muñoz, 2011, http://www.marmotarroja.blogspot.com/)