Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

26 abril 2026

Sin palabra


Mi madre, Ana María, que hoy cumpliría 98 años, pintó este cuadro con 21. Titulado “El camarada perdido”. Es mi favorito de sus óleos. La tristeza, el abatimiento del perro ante la cuna ya vacía para siempre, me hace volver a reflexionar sobre el poder de las palabras y cómo el ser humano ha sido capaz de inventar una para enunciar cada cosa de la existencia. Por raro que parezca.

De modo que, en todo momento, un solo vocablo sirve para expresar una realidad para la que, sin esa exacta enunciación, necesitaríamos una frase entera. Apenas escribiendo “tamo” significamos la “pelusilla que se cría debajo de las camas y otros muebles por falta de aseo”. Y con “mador”, la “ligera humedad que cubre la superficie del cuerpo, sin llegar a ser verdadero sudor”. Increíble.

Y así en todos los idiomas habidos y por haber. Donde el japonés, por cierto, alcanza cotas de expresividad inimaginables.

Y, sin embargo, que yo conozca, hay un solo concepto en el mundo entero, que los humanos, sea cual sea su idioma, se han negado a darle una palabra.

Me refiero a que existe la palabra viudo, y huérfano. Ambas expresan la situación en la que queda el que ha perdido a un cónyuge o a un progenitor.

Pero hay algo tan atroz (y sin embargo tan común) que, aparentemente, en ninguna lengua existe la palabra que nombraría lo inimaginable: al padre que ha perdido a su hijo. No, no existe término alguno que lo defina. No obstante ser una realidad absolutamente reiterada.

En todas las guerras los padres entierran a sus hijos. Y la muerte infantil ha sido y es tan ubicua que, por ejemplo, en Madagascar ni siquiera bautizan a los niños hasta los cinco años. Así, los muchos que mueren antes, no han existido, y no haberlos bautizado es el único modo de sobrellevar la pena. Lo que no se nombra no existe. También en España era habitual poner el mismo nombre al siguiente hijo nacido tras haber perdido al anterior. Intentar por cualquier medio huir de lo más terrible: la muerte de un hijo.

Porque estamos ante un concepto inconcebible, demoledor, que destruye la propia esencia de la existencia humana. Es el hecho contra natura por excelencia y por eso el hombre se resiste a nombrarlo, en un deseo final de que, repito, por no nombrarlo, no exista jamás tal realidad.

Pero existe. Por eso mi madre pintó aquel óleo que hoy me viene a la memoria de hijo huérfano de ella hace demasiado tiempo siempre.