Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

12 junio 2012

Los Vencidos, de Ricardo Ruiz

Queridos amigos, os anuncio la aparición de otro poemario indispensable de nuestro gran poeta (y futuro Hazverso en 2013) Ricardo Ruiz (el tipo este que sale en la foto de aquí al lado con aspecto de imprescindible referente ético y moral para un mundo en naufragio urgente): "Los vencidos", Ed. Devenir.
Ricardo, una vez más, ha cuajado un libro sin concesiones del que yo particularmente me siento parte consustancial de cada una de sus palabras. Desde el título, inmejorable, hasta el colofón está repleto de contundencia, sabiduría, lirismo e imagen. Pocos son los escritores con el talento y la sensibilidad suficientes como para entender el mundo en que se vive (mundo público y peripecia privada, también) y transmitirlo en unos versos universales. Ricardo es uno de esos pocos escritores.
Libro de una contundencia poco frecuente y una contención abrumadora. En él es capaz Ricardo de incluir un poema que tiene un sólo verso aunque en ese verso incluye todos los que en la Historia se han escrito: "La vida no dura toda la vida".
Este libro ahonda en la espesura del viaje vital de Ricardo que empezó en "Kilómetros de nostalgia" (2000) y que pasando por "Tatuajes" (2002) y "Estación lactante" (2006) había desembocado en esa joya "El hombre crepuscular" (2009) (todos ellos en Devenir, afortunada editorial que cuenta con tamaño poeta). Y de ese periplo personal y compartido trasciende a la existencia de todos y cada uno de nosotros hoy y siempre.
Al fin y al cabo es éste un libro de y para los Vencidos que sin embargo no son derrotistas...

Me permito ahora trascribiros la presentación que del libro de Ricardo hizo Rodrigo Pérez Barredo el mes pasado en Burgos y que expresa mejor que yo sin duda el valor de este libro: Hoy estamos aquí para presentar un libro importante. Importante por muchos motivos. Los vencidos es esencia y resumen de toda una obra, de la trayectoria, me atrevo a decir impecable, de un poeta que es desde hace mucho tiempo imprescindible. Aunque este libro tal vez sea el más furioso, sin duda el más moral, encierra las coordenadas que han marcado su voz, los cimientos sobre los que el poeta ha sustentado su obra. Una obra que cautiva primero desde el lenguaje: este poeta se ha obsesionado tanto por su economía y desnudez, ha depurado tanto la expresión, la ha adelgazado con tanto talento que uno de sus grandes hallazgos, por inasible, ha sido el silencio. Es el suyo un lenguaje exacto, preciso. Quienes trabajamos con palabras sabemos que no hay forma más difícil de escribir que esa, con sencillez. Ricardo ha hecho de esa máxima su sello de estilo. Lleva años diciendo tanto con tan poco...

El poeta sabe, como Borges, que “sólo una cosa no hay: el olvido”. Y sólo hay una medicina contra el olvido, que es la memoria, pilar esencial en la obra de Ricardo. La memoria porque somos memoria; porque todo es memoria. Y la memoria es recorrer kilómetros de nostalgia. “Te quiero -dice el poeta- casi tanto como te recuerdo”. Y en ese cántico, que es tantas veces clamor, ya se asume la derrota de manera anticipada; y ya, desde el principio, con intachable dignidad, con admirable decencia. Ya es demasiado tarde, escribe Ricardo, para perder lo que nunca tuvimos. Demasiado tarde. Pero no lo dice un hombre vencido, no lo dice un poeta marcado con el estigma de un fracaso. Lo dice un hombre que se sabe mortal, que lleva siglos admitiendo que sólo se es pleno en el silencio; un hombre que lleva toda la vida habitando el vacío, acariciando las cosas innombrables, despojándose de todo para adentrarse desnudo en el mar de su destino.
Hay, a menudo, fatalismo en su discurso poético, un sentimiento de desposesión inevitable porque el tiempo es el enemigo, el que nos devora, el que nos van hurtando los sueños. La reflexión que sobre el paso del tiempo nos ha regalado Ricardo a lo largo de toda su obra es excepcional, y está tan medida, tan filtrada, que no puede evitarse el estremecimiento. Ha vertido en esa reflexión toda la angustia, una carga de existencialismo que, en tono elegíaco, deslumbra por su condición certera. Esa reflexión es un fogonazo en el que hay, decíamos, derrotismo, pero también asombro, perplejidad, desde luego incertidumbre, pero también resistencia. “Un día abrirás los ojos al invierno para comprobar que nadie te venció pero nunca ganaste la batalla”. Hay amargura también, pero también ternura. Tiene este poeta unos versos impagables que acreditan esta última afirmación. Con dedicatoria a su hijo Álvaro escribe: “En tus ojos saltan los peces del gran río de la vida”. Son versos demasiado hermosos para no intuir cuánto dolor hay tras ellos, cuánto de feliz lamento tienen, porque aquí el hombre se enfrenta a la fugacidad de la vida a partir del brillo poderoso que emite quien tiene todo el tiempo delante; alguien que es una extensión del primero, que es su carne, que tiene una parte de su alma.
Y llegamos al amor, un territorio expresivo que el poeta atraviesa siempre con apasionamiento, a pecho descubierto. Una evocación del amor que siempre está transida de sensualidad, donde el deseo palpita con el rugido de la sangre pero en la que también hay dolor, frustración, nostalgia. Por eso ruge, por eso se desliza -y recurro aquí a la terminología que siempre emplea al poeta- por los muslos de la vida, que ha sido filtrada a través de los labios del destino con boca, lengua y saliva, símbolos todos ellos que definen al poeta en esta intimidad. Hay evocación animal, puramente instintiva “Desnúdate, no perdamos tiempo hablando del amor”, escribe. También remembranza melancólica, definitiva: “Del amor regresas vencido, abandonado, enamorado. Tan lleno y tan vacío”. Amor acechado siempre por la condición azarosa de la vida y del tiempo; sometido a desgastes y trampas, ajado por la letra pequeña de los días, las urgencias, las miserias en las que tantas veces nos reconocemos. Pero amor con mayúsculas, amor de amante voraz que necesita ser amado con el mismo apetito. Y que añora con una voz antigua, que a veces es un grito, el deseo. Que clama desesperadamente contra la pasión que se extingue. “Con algo. Ámame. Al menos con tus ojos”.
Y está el hombre. Ese poeta que se enfrenta a sí mismo. A todos sus fantasmas. Un hombre que observa cuanto le rodea, que escruta la realidad de lo que es, de lo que somos, de la manera más pura y valiente, que es afrontándolo solo. Un poeta ante el vasto horizonte del futuro incierto. Un poeta en los límites del vacío, al que no agota el sufrimiento y explora en su ser, doliéndose. Un hombre consciente de su inmensa fragilidad. “Hay días que hasta la soledad me deja solo”, escribe en Los vencidos. Es un poeta escéptico, que rechaza toda contaminación, que se aferra al único asidero posible: la dignidad. Y que acepta lo que es aun cuando no sea como imaginaba. Un tipo solitario. Un lobo que aúlla. Muchas de las referencias icónicas de sus últimas obras son esclarecedoras a este respecto. El poeta se presenta solo en territorios reconocibles que beben de un cine y una literatura concretos para habitarlos como aquellos personajes desesperanzados, seres humanos que emanan piedad; que, como escribe el poeta, saben que” la vida es el aprendizaje de la despedida”.
Me gusta mucho mirar ahora a Ricardo. Es, definitivamente, un hombre tranquilo. En paz. Todo lo que es ya lo ha escrito. Todo lo que soñó un día. Todo lo que ha vivido. Es John Wayne mirando el horizonte en Centauros del desierto. Ese hombre que ha exorcizado sus demonios interiores desde la más profunda soledad. Que los ha combatido con honestidad y audacia, sin ningún temor al abismo, en una lucha cuerpo a cuerpo que le ha llenado de cicatrices; heridas que, él lo sabe, le morderán siempre, porque no se puede extinguir todo el dolor cuando se ha vivido furiosamente. Hoy es Ricardo un hombre que se está observando a sí mismo desde un lugar lejano. Es un poeta cuya voz no es sólo inconfundible, sino que es importante y necesaria, porque su eco trasciende y las palabras son zarpazos, disparos a la conciencia y al corazón de un tipo lúcido, descarnado y tierno a la vez. Terriblemente humano. Un hombre que tiembla. Pero también un hombre que se sigue muriendo por vivir.

Apenas para abrir la boca de vuestros espíritus y corazones, os transcribo tres poemas:

POEMA PRÓLOGO

Los vencidos duermen en las ramas de los árboles.
Los vencidos caminan sobre las aguas del desierto.
Los vencidos hablan verbos de silencio.
Los vencidos extirpan el corazón de los tiburones.
Los vencidos arrancan las alas de los cuervos.
Los vencidos regalan a las bestias su ternura.
Los vencidos arden en el fuego del paraíso.
Los vencidos juegan a la ruleta rusa de la felicidad.
Los vencidos dibujan sueños con la tinta de la noche.
Los vencidos construyen castillos de arena en las playas del infierno.
Los vencidos disparan balas cargadas de memoria.
Los vencidos bailan eb la cuerda floja de la vida.
Los vencidos esconden caramenlos en los bolsillos del corazón.
Los vencidos conservan la dignidad de la derrota.


En otra edad fui un hombre afortunado.
Amé la vida y la vida me amó en ocasiones.
Amé mujeres que también me amaron.
Bailé y canté hasta el amanecer de mis huesos.
Coleccioné sueños como los piratas tesoros.
Hoy soy el hombre cansado de jugarse la vida
a los dados esquivos de la felicidad,
de perseguir mi destino en busca de El Dorado.


Un día abrirás los ojos al invierno para comprobar
que tus hijos se han hecho a la mar
que la noche te agarra por el cuello
que el amor dejó de mirarte a los ojos
que en tu corazón sólo se oye el eco de un viejo tocadiscos
que el viento de la tarde arrastra tus sueños como frágiles hojas de otoño
que nadie te venció pero nunca ganaste la batalla.

Querido Ricardo, enhorabuena con toda mi envidia. Y por una vez, sin que sirva de precedente, envidia sana de quien se sabe hermano tuyo en esto de ser quienes somos. jaime alejandre