Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

04 junio 2018

Laico réquiem para Elvira Daudet


Elvira Daudet. Elvira, siempre en nosotros:

Pequeña en su grandeza,
frágil en su tenacidad,
esperanzada en su escepticismo,
doliente en su vivacidad,
ilusionada en sus decepciones,
débil en su fortaleza,
alegre en sus dolores,
terrible en su palabra,
dulce en su dureza,
sarcástica en su inocencia,
íntegra en su diversidad,
sagaz en su ingenuidad,
serena en toda turbamulta,
resistente en su contrariedad,
adusta en su simpatía,
feliz en su infortunio, que fueron infortunios,
soñadora en sus insomnios,
somera en su profundidad,
sosegada en su audacia,
sencilla en su complejidad,
transparente en sus turbiedades,
cautivadora en su independencia,
liviana en su rotundidad,
solidaria en su refugio,
seductora en su mirar,
elegante en su pasear la tierra,
simple en su laberinto,
pacífica en su acero,
guerrera en toda paz,
firme ante la adversidad,
contenida en su desmesura,
generosa con largueza en su precariedad,
creadora en su mundo, en su familia,
amiga en su soledad,
ligera en su contundencia,
indispensable en su humildad…

Elvira:
insobornable, solidaria, jamás triste, implacable contra la maldad…
Todo esto fue, es y será en nuestros corazones Elvira Daudet.
Para muchos la imagen en sus versos de unos zapatos vacíos nos recordarán siempre la profunda ligereza con que la Gran Dama de la Poesía Española, nos regaló su tiempo, su caminar a nuestro lado.
Elvira Daudet:
escritora, periodista, comprometida, apasionada, novelista, poeta, infinitamente bella.
Elvira Daudet: mujer, mujer, mujer. Y lo repito una vez más: mujer.

Para Jorge, Isla, Álvaro y Río con todo el Amor.

14 mayo 2018

¡Ay, dolor de lo irreparable!...


Según Wikipedia, la extinción masiva del Pérmico-Triásico, llamada también de manera informal la Gran Mortandad,  ocurrida hace unos 250 millones de años, ha sido la mayor extinción habida en la Tierra. Desaparecieron casi el 95 % de las especies marinas y el 70 % de las de vertebrados terrestres. Con tan poca biodiversidad resultante, la vida tardó mucho tiempo en recuperarse. Numerosas ramas evolutivas del árbol de la vida fueron cercenadas. Durante largo tiempo la Tierra solo fue un páramo desértico dominado por los hongos.
Leyendo al Arcipreste de Hita, obligado a acudir cada dos o tres estrofas al Diccionario para entender la exactitud y preciosidad de sus vocablos, siento que la extinción masiva del Pérmico es una broma comparado con la asolación sufrida por nuestra lengua. Y tampoco hace falta irse siete siglos atrás a buscar palabras precisas y preciosas por doquier que ya no utilizamos. Tantas veces como el Arcipreste, obliga Max Aub a tirar de diccionario para encontrar con una sola palabra expresado (y con mayor exactitud y claridad) lo que hoy sólo acertamos a definir usando una frase entera y lexicalmente bastante pobretona.
Creo que mi pasión por el léxico nació en mí leyendo a Delibes, cuando en un libro suyo descubrí que donde yo habría escrito: “la pelusilla que hay debajo de las camas”, él había dicho sin más “el tamo”. Y también cuando quise un día describir la dulce sensación de acariciar la piel amada al amanecer, dentro del lecho, definiendo “esa ligera humedad que cubre la superficie del cuerpo, sin llegar a ser sudor”; cuando habría bastado con decir, el “mador” de la persona amada…
En fin, valga el final de la entrada de Wikipedia sobre la Gran Mortandad para expresar lo que me malicio que hacia el porvenir se trasluce: “Con tan poca biodiversidad resultante, la vida tardó mucho tiempo en recuperarse... Durante largo tiempo la Tierra solo fue un páramo desértico dominado por los hongos”.
Apenas quince segundos de escuchar a tanto televisivo (Eurovisión, tertulianos, políticos, ciudadanos cualesquiera entrevistados por la calle…) y hasta a tanto universitario o a tantos jueces… sirven para confirmar que ya estamos dominados por los hongos…
De muestra una mercería, más que un botón:
                                            
Colombroño: Tocayo.

Dríade: Ninfa de los bosques, cuya vida duraba tanto como la del árbol a que se suponía unida.

Cuelga: Regalo que se da a alguien en el día de su cumpleaños.

Balumba: Bulto que hacen muchas cosas juntas; Conjunto desordenado y excesivo de cosas.

Ejido: Campo común de un pueblo, lindante con él, que no se labra, y donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras.

Escálamo: Estaca pequeña y redonda, encajada en el borde de la embarcación, a la cual se ata el remo.

Marfuz: Repudiado, desechado; Falaz, engañoso.

Pegujar o pegujal: Pequeña porción de terreno que el dueño de una finca agrícola cede al guarda o al encargado para que la cultive por su cuenta como parte de su remuneración anual.

Zatico: Mendrugo o pedazo de pan; Hombre que antiguamente tenía en palacio el cargo de cuidar del pan y alzar las mesas.

Albardán: bufón, truhan.

Postema: apostema: Persona pesada o molesta.

No criarle, o no hacérsele, a alguien postema algo: Descubrir fácilmente a otros lo que sabe, y con especialidad cuando es secreto; Manifestar sin dilación y con franqueza a alguien las quejas o resentimientos que tiene de él.

Carlanca: Collar ancho y fuerte, erizado de puntas de hierro, que preserva a los mastines de las mordeduras de los lobos.

Ajobar: Llevar a cuestas, cargar con algo; Dicho de dos personas o animales de distinto sexo: juntarse, emparejarse.

Bausán: Figura humana, embutida de paja, heno u otra materia semejante y vestida de armas, que se hacía para simular un combatiente; Persona boba, simple, necia.

Tuero: leño grueso que se pone en el fondo del hogar.

Trashoguero: Dicho de una persona perezosa: Que se queda en su casa y hogar, cuando los demás van al trabajo y salen al campo.

Coime: Hombre que cuida del garito y presta con usura a los jugadores; Mozo de billar; (en Germanías: dios “Grande, sagrado coime”).

Sobrevienta: Sobresalto, sorpresa.; Furia, ímpetu.  

Harnero: Especie de criba;  estar alguien hecho un harnero: Tener muchas heridas.

Pastrija: Patraña, embuste.

Adafina: Olla que los hebreos españoles preparaban el anochecer del viernes y conservaban en un recipiente cerrado cubriéndolo con rescoldo y brasas, para comerla el sábado en que su religión les prohibía cocinar

Freza: desove.; Surco que dejan ciertos peces cuando se restriegan contra la tierra del fondo para desovar; Tiempo en que, durante cada una de las mudas, come el gusano de seda; (Frezar: limpiar las colmenas de las inmundicias producidas en su interior).

Cibera: Residuo de los frutos después de exprimidos.

Badil: Paleta de hierro o de otro metal, para mover y recoger la lumbre en las chimeneas y braseros.

Tarabilla: Zoquete pequeño de madera que sirve para cerrar puertas y ventanas; Listón de madera que por torsión mantiene tirante la cuerda del bastidor de una sierra; Persona que habla mucho, deprisa y sin orden ni concierto; Tropel de palabras dichas deprisa y sin orden ni concierto; soltar alguien la tarabilla:  Hablar mucho y deprisa.

Cítola: Tabla de madera, pendiente de una cuerda sobre la piedra del molino harinero, para que la tolva vaya despidiendo la cibera, y para conocer que se para el molino, cuando deja de golpear

Amelga: Faja de terreno que el labrador señala en un haza para esparcir la simiente con igualdad y proporción.

Mielga: Horca de aventar y cargar.

Lebrillo: Vasija de barro vidriado, de plata u otro metal, más ancha por el borde que por el fondo, y que sirve para lavar ropa, para baños de pies y otros usos.

Gallofo: Cuento de poca sustancia; Calendario del rezo y oficio divino para todo un año.

Bodigo: Panecillo hecho de la flor de la harina, que se suele llevar a la iglesia por ofrenda.

Albogue: Especie de flauta simple y rústica, o doble y de mayor complejidad deforma, generalmente de madera, caña o cuerno, propia de juglares y pastores; Cada uno de los dos platillos pequeños de latón que se usan para indicar el ritmo en las canciones y bailes populares.

Segur: Hacha grande para cortar; hoz.; Hacha que formaba parte de cada una de las fasces de los lictores romanos.

Loro: De color amulatado o de un moreno que tira a negro.

En apnea se queda uno…

23 marzo 2018

Carlos Blanco, integrador del saber


Diez años ya de Ediciones Evohé… Ello merece comentario aparte un día de estos, pero valga ahora señalar que comenzamos las celebraciones de nuestro Décimo Aniversario con la presentación ayer del extraordinario libro “La integración del conocimiento” de Carlos Blanco.
Autor que ha venido a sumarse al extraordinario elenco de nuestra colección Didaska (Fernando Lillo, José Tono Martínez, Pilar González Serrano, Fernando R. Genovés, Alberto Bernabé, Fernando Castelló, Daniel Tubau, María R. Gómez Iglesias, Manuel J. Prieto, Carlos García Gual…).
Y lo ha hecho con un ensayo filosófico de una profundidad indispensable en la atonía intelectual que nos asalta por doquier. Libro que constituye la teoría de la epistemología de Carlos Blanco y que está destinado a ser un hito en la filosofía, no solo hispánica, sino universal. Enorme el desafío aceptado por nuestro autor de acometer los resultados de las diferentes ramas del saber insertándolas en un marco más amplio y por lo tanto más claro e iluminador de la realidad en la que vivimos (a la manera de Peter Watson en su libro de divulgación científica “Convergencias”).
Pero valga este comentario no sólo para reseñar lo evidente, la altura intelectual de la obra de Carlos Blanco, sino también para permitirme compartir su excelencia personal, tan rara avis en el mundo de las vanidades de los escritores que demasiado a menudo convierten la labor del editor en un gólgota por obra y gracia de una fatuidad injustificada.
Sin embargo nuestra relación con Carlos Blanco ha sido un cúmulo de facilidades, agradecimiento, flexibilidad, apoyo y empatía. Algo que uno creía que ya jamás vería en su vida mortal. La excelencia humana, intelectual, literaria y científica de Carlos Blanco debería ser un faro a seguir en la oscuridad no solo del conocimiento sino de las emociones que nos hacen humanos.
No en vano Carlos viene a ser un moderno Athanassius Kircher, aquel jesuita barroco de talento tan variado que fue llamado “el último hombre en saberlo todo” (no en vano publicó 44 volúmenes, como su obra “El arte de cómo pensar”, incluyendo estudios de chino, copto, matemática, magnetismo, geología…). Así a la luz de la biografía de nuestro autor (ha publicado una veintena de libros, se licenció simultáneamente con 21 años en filosofía, química y teología, ingresó en la Asociación Española de Egiptología a los once años y ha sido elegido miembro de la World Academy of Art and Science, entre otra miríada de hazañas intelectuales), tal vez hubiéramos de cambiar el epíteto de Kircher por el de “el penúltimo hombre que los upo todo”.
En definitiva, lean el nuevo libro de Carlos Blanco pues es todo un privilegio sumergirse en el pensamiento de un hombre sencillo que pese a ostentar una sabiduría enciclopédica se nos presenta siempre cercano a los que ni con un telescopio astral podremos alcanzar a vislumbrar sus alturas. Y tanto. Si un cráter de la Luna recibió en su día el nombre de Kircher, estamos seguros de que pronto algún cuerpo celeste llevará el nombre de Carlos Blanco.
Aprovecho antes de que tal evento ocurra para hacerle una petición. Ahora que ya contamos con su Teoría Ontológica y su Epistemología, cuando cree su personal Teoría del Lenguaje nos permita a la editorial hacernos partícipes de sus hallazgos.
Finalmente no quiero dejar de reseñar aquí la participación esencial, profunda y restauradora de las esperanzas de este descreído mortal, del doctor Ricardo Pinilla, director del Departamento de Filosofía de la Universidad Pontificia de Comillas. Infinitas gracias por su apoyo al libro de Carlos.

06 febrero 2018

Interpretando a los grandes maestros. Exposición


Decía el escritor y crítico Cyril Connoly que “la recompensa del arte no es ni la gloria ni el éxito, sino la intoxicación”. En efecto, no hay artista auténtico sin enamoramiento. El poeta, el pintor, el músico que no vive en arrebatada comunión exaltada con la creación artística, no sólo con la propia, sino también con la de nuestros predecesores, jamás llegará siquiera a entrever otra luz que la de la soberbia tras la cual apenas se refleja una inane banalidad.
Por eso es tan interesante la propuesta que nos llega hoy de la mano de la pintora Silvia Anel. Esta exposición colectiva que reúne a veintiún autores interpretando a algunos de los grandes maestros del lienzo como Picasso, Van Gogh, Klimt, Modigliani, Mondrian o Egon Schiele.
Magnífica idea. Copiar, calcar, es cosa de primates, pero artista es el ser que convive con la realidad, la observa, y la reinterpreta para que, gracias a su talento, otros podamos descubrir apariciones que estaban veladas a nuestra limitada visión.
Pero esa realidad no tiene por qué ser solo la de naturaleza, los acontecimientos históricos, la mitología, los retratos. También está constituida por la visión primera de los artistas que nos precedieron.
Así, interpretar, reinterpretar la obra de otros, en especial la de los grandes maestros, es una forma extraordinaria de entender nuestro mundo, nuestras inquietudes comunes, nuestra iluminación sobre las verdades ocultas de la existencia.
Y es un modo inigualable para descubrir los mimbres más arcanos de nuestra propia personalidad. En las afinidades entre autores que aquí se plasman encuentran sentido las peripecias vitales de los que ya no están, unidas a los que ahora viven. Y en esa cartografía que se crea, pueden unos y otros identificar las rutas hacia uno mismo y hacia los lugares compartidos y cómplices que nos sustentan como seres humanos.
Porque, al fin y al cabo, ¿qué es crear? Una vez que la nada desapareció en la nebulosa del Big Bang, sólo podemos alcanzar a configurar nuestra época recomponiendo las perspectivas que hemos heredado. Ello no resta un ápice de autenticidad a las obras contemporáneas sino que constituye diversas especies de religiones de iguales que se comunican más allá del Tiempo.
Y, por otro lado, no debemos olvidar que, incluso allá donde creemos estar solos ante la verdad y el mundo, también nos limitamos a reinterpretar: la luz, los recuerdos, la experiencia, las emociones. Ya lo dijo Pessoa: “Todo cuanto hacemos, en el arte o en la vida, es la copia imperfecta de lo que hemos pensado hacer... Todo esfuerzo, cualquiera que sea el fin hacia el que tienda, sufre, al manifestarse, los desvíos que la vida le impone; se convierte en otro esfuerzo, sirve a otros fines, consuma a veces exactamente lo contrario de lo que se pretendía... Lo que pensamos y sentimos es siempre una traducción”.
Disfrutemos hoy de la traducción de estos veintiún artistas, no sólo de sus propias emociones, sino incluyendo la traslación que refleja y amplifica las iluminaciones de autores que, a través de la perspectiva de los autores traídos por Silvia Anel, se hacen más grande, ellos y aquellos que los inspiran.
Una última recomendación para los pintores aquí antologados. Dijo Simon Leys que “cualquiera que, al final de su andadura, tenga la impresión de haber tenido éxito en su vida, es que no debía aspirar muy alto en el punto de partida”.
Sea mi recomendación, entonces, la de sentir el fracaso diario; la de aspirar a la ruina como acicate para siempre seguir desafiándonos; la de nunca darnos por satisfechos; y creernos a todas horas en tránsito hacia el mejor de nosotros mismos que  jamás alcanzaremos.

En Espacio para el Arte, Carretera de Galapagar, 27, Torrelodones (Madrid). Inauguración el sábado 10 de febrero a las 1900 h.

19 enero 2018

Escriversario

Hace 39 años, un 19 de enero de 1979, viernes, cuando yo tenía quince, al llegar a mi cuarto desde el colegio, escuchando una canción de Leonard Cohen, escribí mi primer poema. Poema pésimo y adolescente. Pero iniciático también de quién y cómo quería ser yo en la existencia, escritor. Aquí lo copio pues aún lo conservo junto a la fecha exacta en su trascripción con la Olivetti de mi padre. Desde entonces la palabra escrita ha sido mi patria. Afortunadas han sido y son mis horas por ello.
Uno de los últimos jalones de esa insensatez de la memoria escrita (poema no mejor que aquél, ni menos adolescente, e iniciático también, a su manera) acompaña asimismo estas palabras de mi 39 “escriversario”.
Vayan también dos fotos: una de antes de empezar a escribir versos; la otra, la última que me han tomado, hace tres semanas; ambas llevando “prenda de cabeza”. Entonces por imperativo materno-legal; hoy por los rigores del frío en mi despejado cráneo…
Vivir es un enigma, pero el más bello enigma que hombres o dioses pueden siquiera alcanzar a imaginar.
Seguir viviendo, un regalo que disfrutar detenida, intensa, apasionadamente… Con los ojos asombradamente abiertos cada segundo. Sigo…

         Hoy soy yo por fin yo mismo
con contrato indefinido,
tras años de ser, si es que eso es ser,
a tiempo parcial, hombre.

Me anula el amor
los convenios colectivos
de la miseria y de lo triste,
y descubro la curiosa
ley de la meteorología:
que nube y lluvia son
accidentes atmosféricos y sale
el sol cuando uno quiere.

Aprendo que lo feo,
la palabra “cortijo”, por ejemplo,
no tiene por qué estar
en los versos que me crecen.
Y celebro sin perplejidad
ya la vida que no tiene

límite, sólo horizontes.


18 noviembre 2017

¿Por qué?

Me pregunta el maestro Rafael Borge: ¿es necesaria la poesía en nuestra vida de homínidos comunes? ¿Por qué escribe poesía Jaime Alejandre?

Porque un animal, aun sin saber que lo hace y sin intención por hacerlo, puede pintar o hacer música, pero no puede escribir un verso.
Porque es un milagro que 27 signos se combinen para componer miles de palabras en miles de idiomas. Y quién en su sano juicio no querría ser parte de un milagro.
Porque me temo que con la oratoria sólo se convence a los que ya piensan como nosotros. Y escribiendo y leyendo poesía eres capaz de cambiar de opinión.
Porque, ya lo he dicho, la foto de una puerta sólo puede ser esa puerta, y la palabra puerta en un verso es todas las puertas.
Y escribo para sacármelo de lo cabeza, aunque a veces lo haga mal y siempre lo haga a medias y saque la mitad de la mitad de lo que estuvo en mi pensamiento.
Porque tampoco hace tanto que el hombre escribe, en verdad hace muy poco, 5.300 años y hay tanto que contar y recordar... por ejemplo que la rueda sólo nació doscientos años antes que la escritura en Sumer...
Porque la escritura es lo único que permite almacenar y transmitir el conocimiento.
Porque es tal vez la única actividad en la que no hay que dar explicaciones.
Porque no sé pintar.
Porque sin texto no hay Historia.
Porque Gilgamés, abrumado por la muerte de su amigo Enkidu a manos de Isthar, la diosa del amor Isthar (diosa que bajo otro de sus nombres, como Astarté va y se cuela en las novelas de mi amigo Arturo cinco milenios después), Gilgamés, digo, abrumado ante el espectáculo de la desaparición de Enkidu se propone conquistar la eternidad... y lo consigue con la ayuda del inmortal matrimonio superviviente del Gran Diluvio Universal... aunque luego la “planta de la juventud” se la robe una serpiente y por eso las serpientes cambiando de piel si no son inmortales sí son eternamente jóvenes... y todo esto lo sabemos por un poema titulado “Quien todo lo vio” escrito antes casi de que todo sucediera.
Porque recuerdo a mi padre y veo a mis hijas y sé que Sary, escriba egipcio talló en piedra estos versos: “Un hombre ha desaparecido, su cuerpo polvo es, / toda su parentela ha vuelto a la tierra, / pero un libro hace que lo mencione la boca de quien lee”.
Porque escribir poesía es el territorio único y perfecto de lo más sagrado que para el hombre hay, la libertad.
Porque si una sola persona en el mundo leyendo un verso mío se emociona una milésima parte de lo que yo con la Ilíada de Homero, el Quijote de Cervantes, el Diablo Mundo de Espronceda o la Caída de Camus, me sentiré feliz, y creeré haber devuelto al mundo honradamente algo de la infinita felicidad inmerecida que he recibido en mi vida de lector.
Escribo también por una vanidad que creo que se redime por sí misma puesto que no busca el halago por el halago sino solo descubrir hermanos de emoción y sentimiento. Así el mundo cobra sentido porque no estoy solo.
Escribo versos porque a vosotros, gente mía (gente, como diría Dersu Uzala), os gusta.
Y porque soy curioso y no me canso.
Secretamente, incluso para mí mismo, supongo que empecé a escribir poemas para ganarme el respeto y la admiración de mi padre, lector empedernido e inédito escritor.
Escribo versos porque así no se perderá en el olvido, resistiendo al menos una hora, pongamos, el tsunami que en mi corazón supuso caminar por el laberinto de la ciudad de Mari (Tell Hariri), a orillas del Éufrates, construida hace 7.000 años. Un lugar que hoy a un turista a la busca y captura de algún fotograma exótico lo dejará con el vacío de la estafa y que sin embargo a mí me conmocionó. Muros aparentemente vanos que no otro sino Hammurabi destruyó. Mis huellas sobre sus huellas.
Hago versos porque en la escritura hay algo que es iluminación: me descubre en el más amplio sentido de la frase “me descubre”. Y porque empecé a hacerlo en el mismo momento de mi infancia en que comencé a ser yo mismo y no puedo pararlo. Y porque en las horas de desaliento (más editorial que escritorial) en que “decido” dejar de escribir lo pienso en forma literaria y no descanso hasta que escribo el verso que dice que ya no escribo.

Porque tras haber vivido (o sea, tras haber visitado latitudes impensables; tras haber edificado una familia; tras haber transitado las horas con un puñado inefable de amigos; tras haber amado y visto tanto y tanto), o sea, tras haber vivido, para cuando ya no viva, el Paraíso lo concibo como un lugar sin lugar donde no hay acción, un lugar donde transcurre infinito el tiempo sin tiempo, un lugar donde leo y leo y leo, aprendiendo, conociéndolo todo por lo escrito. “Casas de vida” llamaban en tiempo de Ramsés II a las bibliotecas. Hospital del alma ponía a la entrada de la de Alejandría. Y si el Paraíso que imagino en la nebulosa de la inexistencia es una biblioteca, ¿cómo no desear ser partícipe de la inacabable construcción de ese paraíso?, ¿cómo no escribir si acaso un verso?

10 noviembre 2017

Benkei

Cuenta Basho, viajero y poeta japonés (1644-1694), que cerca de Hiraizumi visitó el refugio de Yoshitsune, el más amado de los jóvenes héroes medievales (recuerda Marguerite Yourcenar).
Yoshitsune era el hermano menor del primer shôgun de Japón, el jefe supremo militar Minamoto-no-Yorimoto, quien precisamente debía a aquel joven hermano haber alcanzado tal rango de poder.
Como a menudo ocurre, el primogénito, no contento con no agradecérselo, lo perseguía para acabar con su vida. La vista de quienes nos recuerdan nuestra propia infamia se hace tan insoportable que sólo eliminándola pueden sobrevivir los indignos.
Pero lo estremecedor de esta historia no reposa en el atávico odio de un hermano. La verdadera belleza se erige en la leyenda según la cual, cuando Minamoto-no-Yorimoto tendió su emboscada a Yoshitsune, éste fue defendido por su intrépido escudero, Benkei, que murió traspasado por decenas de flechas, quedando sostenido en pie por su propia armadura ensangrentada, sin dejar de proteger el umbral del refugio para que su señor Yoshitsune pudiera entregarse al sagrado ritual del seppuku y alcanzar así la muerte con honor.
¡Ay de aquel que, tras una larga vida, no haya sido capaz de conquistar siquiera el corazón de un solo amigo que, más allá de su propia existencia, defienda la nuestra!


(© Jaime Alejandre, 2017, inédito)

08 noviembre 2017

Pero ¡¡qué país!! o Las furias

Vi anoche “Las furias”, película escrita y dirigida por Miguel del Arco, con un deslumbrante cartel de actrices y actores. Y un plantel de profesionales extraordinario. La música  de Arnau Vilà impecable. ¿Es posible que una obra maestra como ésta pase desapercibida en España? ¿Y que siga triunfando lo soez, el chiste fácil, la mediocridad; o también lo pretencioso, banal y pedante?
La película me parece una de las grandes de la historia del cine de este país en cuarto menguante desde hace siglos. Diálogos aparentemente sencillos (que venga otro a escribirlos si sabe) con una carga de profundidad en cada una de sus palabras de esas que te dejan noqueado unos segundos después, cuando asumes la hondura de lo dicho. Diálogos alejados de la rimbombancia inane en la que tan a menudo caen los que apenas son capaces del relumbrón de la fachada tras la cual no se sostiene edificio alguno de emoción y de conocimiento de la naturaleza humana. Narración, relato, que tomando el arquetipo, que es la recurrencia natural de la vida humana, compone una alegoría de la existencia real, palpable, verdaderamente sabia.
Leo pasadas críticas, en general elogiosas pero tibias. Y alguna de antología del disparate, del típico “pobre hombre quiero y no puedo”: "Sobre el papel, elementos más que suficientes para que 'Las furias' funcione. Pero algo pasa y el juguete nace averiado. (...) las piezas no acaban de encajar y el exceso acaba por devorar a la intensidad. (...) Puntuación: ★★ (sobre 5)"… En fin, también algunos críticos de nombre hoy afortunadamente olvidado pusieron a caldo muchas de las películas de Willy Wilder…
“La primera película” de Miguel del Arco, dicen los títulos de crédito… Que Don Bosco, santo patrono del cine, asista a tantos como reman las procelosas aguas de la mediocridad cinematográfica patria de dislate en dislate, solo con el dudoso refrendo de la taquilla, julietas y noches boreales mediante. En todas partes cuecen habas: cualquier novela bestseller, ramplona y simplicissimus; cualquier tonadilla sol-do-fa de penoso cantautor o  clónico grupo pop; cualquier cuadro previsible y mononeuronal; multiplican por “ene” la “taquilla” de las grandes obras de la literatura, la música, la escultura… contemporánea actual.

Pero cuando entre tanta oscuridad nos llega, aunque sea por casualidad, el mínimo destello del talento, el crecimiento que se opera en nuestro espíritu hace merecer tanta travesía del desierto, tanto desconsuelo…

20 septiembre 2017

Sutiles territorios de memoria

Vivimos una sociedad en la que la velocidad infinita y los cambios hiper-acelerados han convertido a la novedad y a la “juventud” en un valor en sí mismo, al margen éste de demostración empírica. Todo lo nuevo es bueno. Todo lo joven es mejor.
Esta tautología, sin apropiada argumentación caso a caso, se ha trasladado en el ámbito de la poesía a la infalible vaticana verdad de que sólo los poetas muy jóvenes escriben versos interesantes. Cierto es que mucha frescura bienvenida hay en algunos de estos jóvenes, pero desgraciadamente (será cosa de los tiempos rancios que vivimos) la mayoría lo que hacen es replicar cosas ya manidas hasta el sarcasmo. Que sus autores se crean muy vanguardistas con sus poemas de exabruptos y otros futurismos no demuestra otra cosa que lo poco que han leído algunos de las nuevas generaciones.
Sin embargo la realidad es renuente a las modas así que se empeña en dar sorpresas a quien intente estar si acaso un poco atento, aunque sea con un ojo avizor y el otro tuerto por las necesidades que impone esta sociedad de consumo estresante.
Perdón por este largo introito a lo que de verdad interesa, que no es otra cosa que hacer pública alabanza y reverencia al libro de poemas que acabo de degustar, cuyo autor puede presumir de estremecedora juventud a la luz de sus versos aunque su dni se chive de que sus lustros de lustres ilustres años van más allá de la docena con ganas.
El libro en cuestión es “Sutiles territorios de memoria” (Ediciones Vitruvio, 2017, número 628 de la colección Baños del Carmen, que se dice pronto. Algún homenaje ya habría que hacer a su muñidor, Pablo Méndez, que tanto hace por la salud poética de este país). Su autor, el poeta Manuel Cortijo Cieza (Plasencia, Cáceres, autor de los libros De un pájaro de amor que anidó primavera al oriente de Capadocia, Romanza del halcón y el agua, Alba espuma y Hazversidades Poéticas).
El libro es uno de los más importantes del año sin duda y me atrevería a decir de la década. Es metáfora en estado puro. Esto es, en él la verdadera ars poética late en cada una de sus letras. Libro integralmente (salvo en poemas de las páginas 23 y 43) de poemas encabalgados: recurso innovador y acertadísimo, para nada gratuito y por llamar la atención sino que expresa de exacta manera formal ese territorio sin fronteras que es la memoria, objeto concreto de este texto.
Ahora os voy a pedir que confiéis ciegamente en mí y que busquéis este libro si  mucho más sesudo análisis postergador del goce de su lectura. Porque verdaderamente me resultaría imposible ponerme aquí a hacer un “análisis” de sus versos: por un lado, con mi limitada capacidad, no estaría ni a la altura de lo que se arrastra por no saber elevar la mirada; y por otro lado, allá donde fuera que yo comentara, sería un insulto a la rotunda belleza del mensaje y mensajero de este libro. Eso sí, de él tengo que decir, como de algunos otros pocos, que ha consumido toda la tinta de mi bolígrafo subrayándolo. Entonces ¿cómo honrarlo con palabras importadas o impostadas mías? ¿Cómo no faltar a su respeto y mucha altura citando lugares comunes de diletante filólogo sin título?
Creedme, este impresionante libro sólo se explica y se transmite por sí mismo. Para acercarse a lo que contiene exclusivamente se podría hacer trascribiendo aquí todos y cada uno de sus versos indispensables. ¿O no lo son estos?:
“… como el árbol en su magnificencia
vivo de lo que tengo sepultado”.
En fin, desdiciéndome a mí mismo y simplemente para lanzar el anzuelo para vuestros líricos apetitos, vayan aquí unos versos:
HAY UN LUGAR
“… Soy roca, sangre, agua,
brújula marcando hacia nostalgia…
… Sucede que te busco
náufrago de mí, anhelo de mi patria,
terrenal bastión de cielo.
Temprano sin ayuda te ocultaste, madre,
apuntalé los ojos para verte,
dispuse las pupilas para asirte
pero el dolor de crecer sin contigo,
inundó el calendario sin ti.
La vida se  me hizo árbol de piedra
hojas perennes de piedra los días
ramas perennes de piedra los años…”

VIVIR A DIARIO
“Aún ganando latitud a la locura,
agota vivir a diario…
… asear la conciencia,
inventariar las heridas.
Agota enfrentarse al desafío
continuo de imaginarlo todo,
mentirse a cada instante,
navegar enemigo del monzón
en un mar a la deriva.
Mejor que este vivir a diario
es morir prematuramente,
desoír la respuesta oficial,
predicar la palabra “no”,
desvanecerse en la letra minúscula.
Hoy…
… me crucifico a tu nombre para siempre”.

HAY UN NIÑO QUE MIRA
“… Tenía siete años,
me enseñaron el miedo y sus preceptos,
pronto aprendí a sostenerme
sin la ayuda de largos dictados,
me usurparon
los besos maternales por decreto,
los sueños en bruto,
los cuentos jamás estrenados,
crecí en soledad.
Y ocurrió que mataron al Hombre,
modélico en clase forjaron a Dios,
instauraron los rezos, las calles prohibidas,
la amenaza extraterrestre
del pecado en versión original…”.

En conclusión, creo que leer este impresionante libro nos acerca a lo inefable, a lo más bello que en el hombre habita pese a todas las insidias con las que nuestra especie tiene a mal recubrirse.
No tardéis que:
“Como nieve vencida
lento el crepúsculo se entrega…”.


26 agosto 2017

Rafael López de Ceráin

Me entero hoy de que el pasado día 10 de agosto falleció, demasiado joven, apenas 53 años, el poeta Rafael López de Ceráin, y me viene a la memoria con no poca tristeza aquel día de junio de hace exactamente diez años en que tuve el privilegio de presentar su antología “Seguro es el pasado”.
La desaparición de un poeta es siempre una tragedia y sin embargo demasiado a menudo pasa como el viento entre las espigas, con un rumor injustamente imperceptible. Por eso con mis palabras quiero hacer hoy de altavoz de este mundo agradecido por su obra.
Además, en estos tiempos que malvivimos en los que la dedicación a la política, a lo público, se denuesta metiendo torticeramente en el mismo cajón a corruptos confesos y a otros muchos que simplemente dedican sus horas, sus desvelos y su entusiasmo en beneficio de los demás para cambiar las cosas a mejor, merece la pena recordar también al hombre comprometido y solidario que fue Rafael. Hombre involucrado con la vida hasta las más profundas consecuencias. Quien tenga memoria de lo que era España y en especial Euskadi y Navarra hace veinte años, o quien haya leído recientemente esa espectacular novela que es “Patria” de Fernando Aramburu, podrá reconocer el coraje, la enorme dignidad humana que ha de tenerse para haber sido concejal del ayuntamiento de Pamplona en aquellos años de plomo y de dolor.
Pero honrando ahora al escritor, quien se adentre en la obra de Rafael descubrirá cómo el poeta que ya era al nacer, se fue desarrollando, creciendo hasta encontrar su máxima altura precisamente en la hora que antecede al punto de inflexión de su vida, cuando en 1999 pasó a exprimir el zumo indispensable de la existencia desde una silla de ruedas. Pero escribir para Rafael fue evidentemente una salvífica enfermedad endémica (con el oficio de las letras ocurre como con el pescado crudo japonés: sabes que pillarás el anisakis, pero no puedes aguantar la tentación y repites y repites).
En fin, la poesía de Rafael permite a sus lectores trazar el arco de ballesta de su propia existencia. Sus primeros poemas, de los libros ‘Trabajos de amor disperso’  y ‘Olvidos y presencias’ nos anunciaban ya al escritor en crecimiento sostenido:
“… tener que ser el mismo cada día
abotonar la risa, sentir el aguacero
de esta vida que –polvo y sombra- llueve
horas veloces…”

“Somos los umbrales de esas puertas
que hemos cerrado a la vida
esos caminos que no hemos recorrido
ese sí, dubitativo, a tientas…”

Pero después llegaría un libro pleno y esencial ‘Breviario de esperanza’, en el que la vida (y la muerte) atravesaron sin compasión la obra de Rafael convirtiéndolo en sí mismo. Se descorchó en aquellos versos el insomnio de Cohen, el último suspiro de Japlin hasta que dijo basta, y Rafael se puso incluso la voz de un Nexus-6 para decirnos: ‘Es la hora de partir. Así es la vida’.
Por eso tal vez Fonollosa entró en sus versos con la contundencia equívoca del que escribe ‘has malgastado tu vida apurándolo todo’, cuando sabía Rafael que es precisamente lo contrario, la vida la malgastan los que no se han atrevido a intentar habitar todos los lugares.
Toda obra de creación es un puente tendido entre el autor y los hombres, un puente que tiene la virtud de poder traspasar la barrera de la muerte, como en este momento en que Rafael no está pero siguen en nosotros sus palabras. Y como todos los puentes tienen una clave, una piedra central, ni mayor ni menor que el resto de piezas pero esencial, sin la cual todo el arco se derrumba, yo quiero traer aquí su poema “Deseo”, (uno de sus poemas titulado “Deseo”, ya que escribió varios con ese título, algo que sólo sorprendería a quien habite despreocupadamente esta apasionante tierra, sin saber que existir es esforzarse).

DESEO

‘Me has entregado la vida
la que yo quise terminar
lanzándome al vacío
golpeando llanamente
una acera fría,
un término para mis dolores,
una ciega depresión
que atajó mi pensamiento
agotando mi razón.
De tal suerte que no existe
memoria de aquellos días
soy un pasado inhóspito
una decadencia completa
un mañana sin ayer.
Mi hoy trasiega mi vida
llena las horas con pasividad
nada espera de mañana
porque el día anterior
nada luchó ni entregó sus momentos
a un ayer reprimible.
El silencio del pasado
resuena hoy, a fondo
tan solo espero vivir
lo que la muerte ha usurpado”.

Es en este instante cuando comprendemos lo que a veces ni el propio escritor alcanza a entender. Porque los escritores somos instrumentos de algo más grande que nosotros que a menudo ignoramos. Aquí, en una aparente melancolía por lo perdido:

“Esta vida se ha convertido en un vacío
lacerado mi cuerpo, mi apetito vano
inhóspitamente pasan los días
como si nada quedase por hacer.
La tristeza y el aburrimiento
inundan este ajeno paraíso…
… una maldita tarde primaveral
en la que mi vida se arruinó…”

en Rafael López de Ceráin ya afloraba sin embargo el propósito de vivir de quien se reconcilia con la existencia y la apura hasta los posos. Y a nosotros, los lectores, lo que por las noches escribía López de Ceráin, colega de insomnio, indudablemente mejoró nuestras vidas.
Sí, hace diez años escribí a Rafael: “Espera pues la muerte con la indiferencia del no saber de la fecha más que la seguridad de que habrá de llegar, pero que se llevará sólo tu carcasa, en fin, lo que no importa, quedando aquí siempre tu memoria…”.
Ahora con tristeza ya sabemos la hora de partir que para ti estaba destinada, Rafael, pero tu obra, fieramente humana, nos conforta… Sit tibi terra levis…

(fotografía de noticiasdenavarra.com)