Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

06 marzo 2019

Las calles del perro cojo, Fernando Sanz Félez


La fortuna a veces nos hace un regalo inesperado. Por ejemplo, cuando apareció aquel “baúl lleno de gentes” en el que Fernando Pessoa guardó sus infinitas páginas inéditas. Tardamos cincuenta años en que alguien las recogiera y ordenara y editara, pero al final pudimos leer “El libro del desasosiego”, uno de los pilares de la literatura humana del siglo XX.
Menos mal que en esta ocasión apenas hemos tenido que aguardar diez años, los que median entre que Fernando Sanz Félez escribiera una de las mejores novelas del siglo XXI español, y que algunos tuviéramos no solo el privilegio de leerla sino de publicarla.
En efecto, “Las calles del perro cojo” (ediciones Evohé, https://bit.ly/2UIXJKx) es una novela de esas, muy pocas, con las que a uno le vuelve arrebatado el gusto por la narrativa, después de haberse refugiado en el ensayo huyendo de tanta mediocridad novelística contemporánea.
La forma de narrar y el contenido de la propia historia de Fernando son absolutamente extraordinarios. Y se lee de un tirón, con esa facilidad con la que solo los verdaderos maestros saben urdir párrafos de una dificultad que muy pocos son capaces de afrontar como escritores. Así, como si nada. Igual que las piruetas del trapecista parece que las haría cualquiera… Ya, ya... cualquiera…
No voy a desvelar el contenido de la novela para mayor disfrute de los que se decidan a poner a un lado tanta tontuna y entregarse al placer absoluto de esta historia de historias en la que la descripción de los personajes (la más perfecta descripción que yo recuerdo en años), no se hace mediante adjetivos y retratos, sino escogiendo con inigualable ojo las experiencias esenciales de una persona imbricándolas desde el pasado en el presente. Componiendo así la verdadera personalidad de los protagonistas, personalidad que reside en contar que sea alto o bajo, rubio o moreno, ni en relatar de pé a pá las vicisitudes de su existencia pretérita y actual, sino precisamente en saber escoger las claves, sencillas o complejas, de un ser para hacérnoslo identificable claramente y que sea imposible confundirlo ya con nadie.
En fin, hay novelas que a uno lo noquean, como “Viaje al fin de la noche” de Celine… Ésta no dejará indiferente a ningún lector. Y nos causa envidia y sonrojo a más de uno de los que nos la damos de escritores. Ya, ya… escritores…
Eso sí, como “las perfección es fascista”, que dijo aquel, tendré que señalar un error garrafal de esta imprescindible novela de Fernando Sanz Félez. Es insoportable el hecho de que solo tenga 224 páginas cuando uno habría deseado disfrutar de ella en un millar de resmas… Esperemos a la siguiente con quijotesca expectación.


12 diciembre 2018

Paso a tres, Juan Vicente Monte

Hace casi tres años presentaba Juan Vicente Monte su primera novela, extraordinaria y, en el mejor sentido de la palabra, desasosegante, “Cuarteto para un concierto final” (Ed. Evohé). Hoy nos enfrenta a una nueva trama, titulada “Paso a tres” (ed. Evohé) (https://bit.ly/2St6U0v).
Integrada de alguna manera en la anterior novela (aunque puede ser abordada de forma independiente, sin haber leído previamente la anterior) ésta nos adentra, como espeleólogos sin carburero, en los subterráneos de la vida, para dejarnos sorprender por la iluminación propia solo de las cavernas del conocimiento.
Juan Vicente Monte (nacido en Madrid en 1960), Doctor en Filosofía de la Ciencia por la Universidad de Missouri en el área de Genética, ha compaginado su actividad de investigador con el mundo de la empresa, aunque, según él mismo, sus pasiones más íntimas desde su infancia son la búsqueda introspectiva de respuestas al misterio que nos envuelve y su devoción por la música clásica. O sea, nos encontramos ante un melómano exégeta. “Exégeta melómano”. “Exégeta melómano”. No es descripción que yo desdeñara si se me diera la oportunidad de elegir el epitafio de mi propia sepultura. Aunque lo cierto es que, si hay algo que sí podemos elegir en la existencia es precisamente eso, la frase que acompañe nuestra lápida. Lo que sucede es que pocos tienen la gallardía y el pundonor de hombres como Juan Vicente de atreverse a ser ellos mismos.
Hoy Juan Vicente sigue siendo ese muchacho fotografiado para la solapa de su segunda novela que lleva puesto un verdugo, como se llamaba entonces al pasamontañas. Verdugo. Lo que demuestra que nada cuanto es obra del hombre es inocente y menos que nada el lenguaje, invención humana para denominar cuanto existe.
En fin, pese a mi proverbial descreimiento, llego a pensar hoy que nada es casual, y me malicio que fuera cosa prescrita en las circunvoluciones del cerebro del Universo y de la Creación que justo un día como hoy (11 de diciembre), hace muchos años, fusilaran a un ciudadano tan heterodoxo como nuestro autor, al general Torrijos. Y que también en esa fecha naciera el compositor Héctor Berlioz.
Pero hablaba más arriba del lenguaje, evidentemente, porque nos reencontramos hoy con un autor una de cuyas máximas bienaventuranzas es el magistral uso de la palabra, palabra que, en contra de tantos pésimos componedores de historias huecas, Juan Vicente, justo al revés, la orienta al servicio de su imaginación prodigiosa, esa misma imaginación de la que era maestro Sören Kierkegaard. No es de extrañar que uno sienta hermanarse al brutal e inclemente Johannes, perversor de Cordelia en la novela “Diario de un seductor” del filósofo danés, con el Ricardo Quesada de nuestro Juan Vicente, un donjuán, un calavera contemporáneo que merced a su desvergonzada intromisión en donde nunca le llaman, se topa con sujetos atormentados (Luciano, Casimiro…), tan envilecidos como él, a través de los cuales, graciosamente, sin embargo, podemos vislumbrar el destino de la humanidad. Destino, ¿absurdo o sistemático? Eso nadie podrá nunca saberlo.
Dejó dicho John Donne en el prefacio de su “Biathanatos” que Gorionides observa que son cuatro los tipos de lectores. Me valgo de la idea para transformar la tipología a cuatro categorías, pero de escritores. Los escritores esponja, que atraen todo sin distinguir y nos arrean novelones infumables donde vierten todo cuanto han vivido aunque sus peripecias no importen un carajo a la humanidad; no está entre ellos Juan Vicente Monte. Los escritores reloj de arena, que sueltan tan rápidamente como reciben y creen que su inspiración vale por todo el trabajo del mundo y nos ofrecen bodrios sin refinar; no busquen tampoco en esta categoría al autor de “Paso a tres”. Siguen los escritores saco, que retienen sólo los posos de las especias y dejan escapar el vino porque no saben distinguir lo importante de lo anecdótico y nos aburren con ficciones desabridas y tediosas; jamás Juan Vicente Monte en ese anaquel. Y por fin, sí, el lugar de nuestro autor, el de los escritores auténticos, los escritores cedazo, que sólo retienen lo mejor y lo vierten al lenguaje de los humanos para hacernos comprender lo inefable. Por ejemplo aquello que nos dijo Enodio de Pavía, hagiógrafo, poeta galorromano y Padre de la Iglesia, algo que con tanta maestría destila Juan Vicente Monte en su “Paso a tres”: que está en la naturaleza de los más malvados pensar de los demás el mal que ellos mismos merecen; y éste es todo el consuelo que tienen los culpables: no encontrar a ningún inocente...
Ahondando en lo formal en la obra de Juan Vicente Monte, diremos que las aventuras de Ricardo Quesada, nuestro libertino, plagadas de apuntes siniestros en los que una galería de figuras mitológicas ahonda en las llagas existenciales, quedan dispuestas, como no podía ser menos, en forma de tríptico (Abismo, Los durmientes, y La antorcha). Un tríptico dantesco en el más concreto sentido del término.
Diáfanas correspondencias existen entre la famosa obra del Dante y la de Juan Vicente. Nada que objetar sino, muy al contrario, todo para celebrar. Del mismo modo(véase Joseph Cambell), el poeta florentino fallecido hace ochocientos años tomó a su vez la inspiración para su Divina Comedia del místico sufí Ibn ‘Arabi de Murcia. Las regiones infernales, los paraísos astronómicos, los círculos de la rosa mística, los coros de ángeles alrededor del centro de luz divina, los tres círculos que simbolizan la Trinidad: todos estos elementos están descritos por Dante exactamente como los representó Ibn ‘Arabi un siglo antes. Aquel nos relata cómo a medida que iba a ascendiendo en el Paraíso, su amor se fortalecía y su visión espiritual se intensificaba al contemplar la belleza cada vez mayor de Beatriz. Y ello del mismo modo que el siglo anterior el poema de Ibn ‘Arabi cantaba a Nizam, platónico amor del filósofo hispanoárabe. Ambos poetas, por supuesto, ante la ortodoxia campante y rampante, tuvieron que declarar en su momento que entender sus versos como de amor sensual más que intelectual o piadoso era mero equívoco. Hubo de jurar el italiano que nada había en sus versos de pasión carnal sino solo de puro, inmaculado canto a la asunción virginal a los cielos; y también el musulmán tendría públicamente que asegurar que no era su poesía sino celebración del Mi’raj, o sea, de la Ascensión del Profeta Mahoma.
¿Deberá hoy Juan Vicente confesar “sensu contrario” cuál es la inspiración terrenal de sus ficciones místicas, de su Antorcha, su Espejo del Arcángel, la Caverna de Babar, la Escalera Celeste, o el Círculo Blanco…? Téngase en cuenta que, preguntado por ello expresamente, asegura Juan Vicente de su propia obra que la idea principal del texto es la redención, la capacidad de sobreponernos a nuestros genes y circunstancias, de romper los muros de la cripta social y avanzar hacia la Luz. Porque hasta el Diablo se redime, afirma el autor, lo que parece muy cierto pues Diablo y Dios son en nuestra mitología universal un mismo ser. Y aún sigue Juan Vicente arrojando entendimiento sobre su propia obra asegurando que la vida es un preludio maravilloso aunque caigamos en una sima; porque lo mejor está siempre por llegar, y esa es la clave por la que, pese a la apariencia engañosa del tiempo, podemos ser eternamente jóvenes. Porque solo podemos ser felices aquí y ahora; porque el Amor, con su mayúscula, ya sea traducido en amistad o en entrega incondicional a un hombre o a una mujer, es lo único esencial, de modo que nos convierte en inmortales.
Y todavía añade Juan Vicente más señales para recorrer el camino de su ficción cuando asevera que el universo interior es muchísimo más vasto de lo que miden los astrofísicos y no existe lo interior y lo exterior en un universo holográfico; que somos chispas divinas condenadas a una ascensión interminable. Y que por todo ello, en este mundo hoy ensombrecido por la confusión de la velocidad y la tecnología, y por la ausencia de reflexión, “la humanidad debe despertar de una puñetera vez de esta insidiosa pesadilla”.
Sí, Juan Vicente Monte, en la más estricta línea hispánica de Calderón nos sume en unos encuentros sucesivos, enloquecidos y de naturaleza épica donde lo onírico y lo metafísico convergen con los últimos avances de la ciencia en un intento de identificar a través de la niebla el misterio que envuelve a la humanidad.
Y muy al contrario de lo dicho por Novalis de que “La vida no es un sueño, pero puede llegar a ser un sueño”, el relato de Juan Vicente, todo él en clave tan desenfadada que alcanza la jocosidad sarcástica (el único regalo indispensable para el hombre, la risa), a través de la historia antedicha de redención y heroísmo, amistad y sacrificio a lo largo de una laberíntica pesadilla, simboliza la existencia. Pesadilla de la que sus protagonistas, no obstante, no consiguen despertar. Pero, ¿quién lo hace, quién lo hizo acaso una sola vez en la historia de los hombres, que no somos sino eso, chispas divinas, diminutas briznas de polvo sideral revoloteando en un planeta insignificante en el caos de un Universo inimaginable?
Y sin embargo, tras el sarcasmo de Juan Vicente Monte, (sarcasmo, mimbre narrativo recurrente sobre el que se sustenta su propio instinto de supervivencia), se vislumbra la poética del amor. Porque, como dice nuestro autor: él quiere con toda su alma a sus amigos y a las personas bondadosas, vivas o ya a la vera de Dios, que en su vida ha conocido. Y por si fuera poco pone en los labios de su personaje Bertha Oblak estos versos que sonrojarían hasta inducir al harakiri a los marwanes que por las redes sociales impunes habitan. Dice Bertha:

Búscame detrás del horizonte de los sueños, sal de la bruma,
corre los visillos del crepúsculo, nada en sus reflejos,
danza con mi eco entre las estrellas, sé mi salvación,
préstame tus lágrimas, nace con mi risa,
bébeme a pequeños sorbos como un joven dios.

Órdago… ¡Ay, cómo querría cualquier hombre verdaderamente razonable alcanzar la sosegada lentitud de Juan Vicente Monte, que permite entrar en la resonancia perfecta de algo como la antraquinona y descubrir la Iluminación desde lo pequeño a lo inefable, guiado por el sabio aserto de Wittgenstein de que, “ante lo sagrado, se impone el silencio”.
Javier Baonza dijo que si la literatura no sirviera para otra cosa, con que nos permita conectar a dos extraños que jamás se habrían conocido si no fuera por un libro, ya sería suficientemente necesaria e indispensable para la felicidad. No hay que desdeñar esta gran verdad y optar entonces por un libro que construirá a los lectores un vínculo con un ser humano indispensable como es Juan Vicente Monte.
Concluyo. Una admonición final hago: para disfrutar y a la vez sentiros atrapados por el mensaje subliminal de esta novela bosquiana, sabed que tenéis que dejaros llevar por sus páginas como ante el Tríptico del Jardín de las Delicias de El Bosco: sin interrogaros por racionalidad aparente alguna. Ya llegará la Iluminación, pero para ello no os resistáis ante las imágenes, los paisajes, las arquitecturas desnortadas de Juan Vicente. Recordad a ese genio insultante para los meros mortales que fue Manuel Vázquez Montalbán cuando imaginó un palacio donde vivirían realmente los presidentes norteamericanos, los cuales apenas de cara a los ciudadanos, seguirían simulando habitar en la Casa Blanca. Este palacio presidencial yanquee, supuestamente construido por Reagan en el aire,  quedaba oculto por una sustancia gaseosa y superfría que transparentizaba (perdón por el palabro, es cita textual de don Manuel), transparentizaba, digo, la corporeidad de la construcción… Tramas urbanas e intelectuales como ésta aparecerán y desaparecerán en la novela de Juan Vicente haciéndoos creer que se trata apenas de las artimañas de un escritor del caos, pero los lectores avisados tendréis al final la oportunidad de vislumbrar la Iluminación última tras la cual, desgraciadamente, solo queda el eterno apagamiento. Ya lo dice el omnisciente narrador de esta esencial novela: este canalla primero te salva y luego te ejecuta

21 septiembre 2018

55 años, 187 días, 18 horas, 14 minutos


Tras 55 años y 167 días habitando esta apasionante tierra, preparados los ánimos, las piernas, la voluntad y los riñones, el sábado pasado viví las siguientes 18 horas y 14 minutos de mi existencia disfrutando de mi sierra, mi querida Sierra de Guadarrama. La re“corrí” de este a oeste y la crucé de sur a norte en un ultra maratón de 102,5 kilómetros: desde Plaza de Castilla a Tres Cantos-Colmenar Viejo-Manzanares el Real-Mataelpino-Cercedilla (pasando por la Barranca, oh oh)-Puerto de la Fuenfría y por Riofrío dejarse caer hasta el Acueducto de Segovia. Todo con un desnivel de subida de +2.092 metros y -1,820 de bajada.
Siempre he dicho que el verdadero triunfo de alguien que hace atletismo (en mi caso desde hace 40 años, cuando empecé a entrenar 400 metros vallas en Vallehermoso con el mítico entrenador Martin Siebelist, imbatido plusmarquista de pentatlón desde 1969), el verdadero triunfo, digo, es ponerse en la línea de salida. Lo de llegar a la meta es magnífico y reconfortante. Pero el mayor esfuerzo se hace antes.
Por eso nunca hay que deprimirse si es que uno no consigue los resultados deseados (mi objetivo era hacer 16 horas y media). Ya lo dijo Wilma Rudolph (una atleta que, pese a haber tenido poliomielitis a los seis años, llegaría con un tesón inimaginable a conseguir ser record mundial de los 100 metros lisos y ganar tres medallas de oro en las Olimpiadas de 1960, además de ser activista contra la segregación racial en EEUU): “la clave para ganar es saber perder; nadie gana siempre; si puedes levantarte después de una derrota devastadora y vuelves a intentarlo, algún día serás una campeona”.
Sí, lo bueno del atletismo, en especial cuando ya se es viejuno como yo, es que uno solo tiene que intentar ser campeón de sí mismo.
No obstante, la satisfacción de llegar a la meta es cosa que también a veces merece celebrarse, como hago ahora. Aunque lo hago hoy porque es de justicia reconocer que son muchos los copartícipes en la marca que pueda conseguir uno (en esta última Madrid-Segovia llegué el 22 de mi categoría, la de los más viejunos).
La familia son los primeros indispensables de todo triunfo. Marga. Y nuestras hijas. Sin ellas y su generosidad nunca llegaría yo a las metas. Ellas me apoyan cómplices cuando me escuchan estupefactas salir a las seis de la mañana en pleno mes de agosto y su ola de calor, dispuesto a mi entreno de cuatro horas metiéndome algo más de 30 km por Cabeza Líjar y Peguerinos. Y me acompañan pacientes un fin de semana a hacerme la (durísima) media maratón del Ocejón, y encima me esperan empapadas (literalmente) en la línea de llegada bajo el órdago de una granizada de gota fría, pero que muy fría…
Otros sin los que no habría podido hacer ninguna de mis carreras en estos 40 años de atletismo y a los que quiero mencionar al menos hoy, tras mis 102,5 km del sábado, son Martin Siebelist, al que ya he citado; Jose Kili, con el que he corrido los últimos años (y con quien ascendí el Kilimanjaro en 2015).
Y, en este último año, muy especialmente quiero reseñar y recomendaros a quienes tanto me han ayudado con su excelencia. A Sergio, mi fisio; y Alex, mi nutricionista, ambos extraordinarios en su profesionalidad y sensibilidad. Os dejo sus datos pues son absolutamente recomendables:
Sergio, Fisioterapia Aequilibrium, 918429718
 Alejandro Gómez, Dietista-Nutricionista, 610853558, alexgomezvivas@gmail.com
¡Vaya aquí mi agradecimiento a todos por mis marcas, que no son mías sino nuestras!
En fin, un ultra maratón, como me dijo ingeniosamente alguien, en el fondo no es una carrera, es un viaje. Muy cierto en el más amplio sentido de la palabra viaje… El sábado pasado tuvimos que sobrellevar primero un calor excesivo subiendo La Barranca, inmediatamente una tormenta que nos dejó empapados, y, después de un rato, tras habernos secado, ya subiendo hacia el puerto de la Fuenfría, una granizada de cuarenta minutos que nos dejó helados. Pero la visión de la lejanía, los pinares y helechos de Valsaín, el atardecer incomparable no se pueden disfrutar de mejor manera que hoyando la tierra bajo las zancadas del que corre y siente su sangre bombear infatigablemente.
40 años entrenado, y le he dado más de una vuelta a la tierra, no exageran mis cálculos, más de 40.000 kilómetros han caído, sí… pero todavía no me jubilo de las zapatillas, las distancias y los caminos, porque en ellos encuentro la belleza inabarcable del horizonte y converso conmigo mismo sin disimulos, siendo quien soy.
Bueno os dejo ya, con la carrera del sábado a vista de pájaro… cinco minutos que resumen muchas horas de triscar por los bellísimos paisajes de nuestra sierra madrileña…


25 agosto 2018

Memoria (histórica) de poetas olvidados


Gentes hubo ya entonces, hace cuarenta años, que se rebelaron contra una Transición en la que unos ponían el olvido y otros la impunidad. También los hubo que se plegaron, y con razón, ante la damocles amenaza del muy hispano espadón golpista.
Al final, la Transición la decidieron los muchos que salían ganando con que se mirara hacia otro lado y allí nos las den todas: venga la reconversión industrial a redimirnos, temamos más a la inflación que a los muertos de hace decenios. Amén.
Los defraudados, generosamente, aceptaron esa “Tra(ns)ición”, sabedores de que su voz de ciudadanos agotados en la discriminación y la persecución, esa voz suya doliente, a tan poco volumen ya llegaba que apenas ellos la escuchaban.
Entre los que se negaron a aceptar el olvido de los muertos, no solo los de las cunetas sino de los que perdieron su vida civil, recuerdo hoy a la poeta Ángela Figuera Aymerich (1902-1984). Fue, para empezar, una de las primeras mujeres en la peculiar historia de España en conseguir el título de bachiller. Y en 1933 superó las oposiciones de catedrática de Lengua y Literatura para Institutos de Segunda Enseñanza. Pero ignoraba ella entonces que este título, como el de tantos otros perdedores de la Guerra Incivil, estaba al albur de las vesanias de los golpistas. Al finalizar la guerra, como represalia por haber permanecido fiel a la II República, perdió su plaza y su título universitario; al igual que el resto de la familia, quedó literalmente en la calle, sin trabajo ni bienes. A unos se los mataba de un tiro en el paredón o la cuneta y se acabó. A otros, con refinada mezquindad, se les daba muerte civil día tras día durante incontables años.
Así, creo que hoy, personas como la poeta Ángela Figuera Aymerich se merecen, aunque sea tardía, la satisfacción moral de que el tirano sea desenterrado y sepultado en un lugar a la ridícula altura de su propia persona. Y si la familia de Franco decidiera no hacerse cargo de sus despojos, tal vez no sería mal osario echarlos en cualquiera de las fosas comunes de tantos pueblos como hubo y hay. Aunque por respeto a los allí fusilados mejor sería naufragarlos al oscuro fondo de alguno de sus muchos pantanos.

Miedo
“También yo tendría miedo de los ángeles.
Son demasiado puros para mí”.
(Ernst Wiechert)
        
Señor, guarda tus ángeles contigo.
Son demasiado puros para mí. Me dan miedo.
No pesan. No vacilan. Tienen cuerpos sin hambre,
sin fiebre, sin lujuria. Pies que no dejan huella.
Labios sin sed que saben tu palabra.
Sus ojos que no lloran son atroces.
En sus cándidas manos
llevan cálices, palmas, incensarios, coronas,
pavorosas espadas con el filo candente.

Me dan miedo tus ángeles. Los pienso luminosos.
Terribles de pureza. Crueles de hermosura.
Impávidos, ungidos por suavísima sangre.
Sus alas sobre todo, sus alas, ¿te das cuenta,
Señor que me soldaste los pies a esta montaña,
de cómo me dan miedo sus alas poderosas?
Y Tú, que me humillaste la frente con ceniza,
¿no ves cómo me espantan sus frentes inmortales?

Te alabo por tus ángeles, Señor, pero los temo.
Consérvalos contigo. Son tus pájaros, cantan
en tu oído el hosanna de la dicha perfecta.
Te rodean y giran decorando tu gloria.
Movilizan la brisa que perfuma tu trono.
Pero Tú solo puedes contemplarlos sin miedo.
Sólo Tú disciplinas sus magníficas huestes.

Me dan miedo tus ángeles. Si yo encontrara alguno,
Si un día, al despertarme,
lo viera intacto y fúlgido a los pies de mi cama,
yo carne castigada, llorosa podredumbre,
pecado repetido hacia la muerte,
tendría que clavarme las uñas en los ojos.

Belleza cruel

Dadme un espeso corazón de barro,
dadme unos ojos de diamante enjuto,
boca de amianto, congeladas venas,
duras espaldas que acaricie el aire.
Quiero dormir a gusto cada noche.
Quiero cantar a estilo de jilguero.
Quiero vivir y amar sin que me pese
ese saber y oír y darme cuenta;
este mirar a diario de hito en hito
todo el revés atroz de la medalla.
Quiero reír al sol sin que me asombre
que este existir de balde, sobreviva,
con tanta muerte suelta por las calles.

Quiero cruzar alegre entre la gente
sin que me cause miedo la mirada
de los que labran tierra golpe a golpe,
de los que roen tiempo palmo a palmo,
de los que llenan pozos gota a gota.

Porque es lo cierto que me da vergüenza,
que se me para el pulso y la sonrisa
cuando contemplo el rostro y el vestido
de tantos hombres con el mido al hombro,
de tantos hombres con el hambre a cuestas,
de tantas frentes con la piel quemada
por la escondida rabia de la sangre.

Porque es lo cierto que me asusta verme
las manos limpias persiguiendo a tontas
mis mariposas de papel o versos.
Porque es lo cierto que empecé cantando
para poner a salvo mis juguetes,
pero ahora estoy aquí mordiendo el polvo,
y me confieso y pido a los que pasan
que me perdonen pronto tantas cosas.

Que me perdonen esta miel tan dulce
sobre los labios, y el silencio noble
de mis almohadas, y mi Dios tan fácil
y este llorar con arte y preceptiva
penas de quita y pon prefabricadas.

Que me perdonen todos este lujo,
este tremendo lujo de ir hallando
tanta belleza en tierra, mar y cielo,
tanta belleza devorada a solas,
tanta belleza cruel, tanta belleza.

Si no has muerto un instante
“Todas las mañanas al alba
mi corazón es fusilado en Grecia”
(Nazim Hikmet)

Si no has de permitir que tu corazón tierno
trabaje un cupo diario de horas extraordinarias
para sentirse fusilado en Grecia;
si tu pulida frente no llega a golpearse
contra el hierro y la roca
de una cárcel distante de mil o dos mil kilómetros;
si no has caído nunca con la nuca partida
por las balas que silban en algún rincón de Asia;
si no has notado nunca que se hielan tus huesos
porque los fugitivos duermen en las cunetas;
si no dejas a veces que tu estómago aúlle
porque a orillas del Ganges no hay arroz para todos;
si no has sentido nunca tus manos desolladas
cuando un hombre concluye su jornada en la mina;
si no has agonizado cualquier noche sin sueño
en la sala de un blanco pabellón de incurables;
si tus ojos no crecen
hasta los cuatro puntos de la tierra
para encontrar las vetas del dolor escondido
y aumentar los caudales represados del llanto,
si no has muerto tú mismo solamente un instante,
una vez tan siquiera, porque sí, porque nada,
porque todo, por eso: porque el hombre se muere,
entonces no prosigas. Al hoyo y acabado.

El cielo

Colegas queridísimos, estetas defensores
del pájaro y la rosa y el mundo está bien hecho
etcétera, y cantemos al cielo en primavera
porque es azul y estala de gracia y poesía,
amigos y enemigos, es cierto, estáis sobrados
de sólidas razones. Seguir vuestro camino
acaso lograría salvarme de estas cosas.
De tantos anatemas comiéndose mis versos.
Pensándolo, es loable. El cielo azul tan lindo.
El cielo bondadoso de Dios y de sus ángeles.
Precioso. Pero, amigos, decidme, por los clavos
de Cristo, por los clavos del hombre, ¿estáis seguros?
¿Creéis que un bello cielo nos cubre todavía?
¿Aún brilla luminoso sobre el cieno?
¿Y sigue siendo alegre sobre el llanto?
¿Y sigue siendo azul sobre la sangre?
Yo, así, lo cantaría con toda unción. Palabra.
Con versos bien rimados, para dormir tranquila
sabiendo que tenía mi puesto asegurado
en las Antologías del Arte más conspicuo.
Pero es casi imposible. Pues yo no veo el cielo.
No acierto a verlo, hermanos, desde hace largas fechas.
Desde hace mucho llanto me falta de los ojos.
Porque no puede verse vuestro cielo perfecto
desde un mundo entoldado con las nubes más hoscas.
Y no puede mirarse con la espalda doblada.
Ni se goza su lumbre con la nuca partida.
No puede verse el cielo con el pecho quemado
en la boca del horno,
ni se ven sus fulgores con los párpados sucios
del sudor más espeso,
ni su luz nos alcanza tanteando en las simas
de las cuencas mineras,
ni podemos mirarlo retirando las redes
con la sal en los ojos.
No es posible encontrarlo a través de la efigie
coronada de gloria del tirano sangriento,
ni se encuentra en las togas de los negros fiscales
ni en el frío destello de los sables de gala
en los bellos desfiles,
ni durmiendo en la iglesia mientras suenan las preces
por los fieles difuntos.

No se llega hasta el cielo desde tantas prisiones,
desde tantos cuarteles con sargentos y piojos,
desde tantas escuelas con los bancos helados,
desde tantos lugares con letreros que dicen:
se prohíbe la entrada.

No puede verse el cielo desde el fondo del cáncer,
desde el fondo más honde del infiernos más negro,
desde el fondo de todos los que están en el fondo,
los que son tierra sucia que pisáis sin mirarla
cuando vais extasiados
por las líricas nubes.

Poemas del libro “Belleza cruel”, de 1958, publicado en México para driblar a la censura franquista, con prólogo del indispensable León Felipe.
Sesenta años han trascurrido pero la voz de Ángela Figuera Aymerich resuena con contundente y estremecedora actualidad. Cuántos poetas hoy deberíamos tomar el testigo de la denuncia de la humana injusticia con la contundencia poética de esta indispensable escritora hoy apenas celebrada en el olvido…

24 agosto 2018

¡Ay, dolor de lo irreparable!... (2)


A la carga vuelvo con esta especie de rescate de preciosas, sorprendentes palabras de nuestro renqueante idioma. Es parte de mi inútil cruzada contra la dictadura de la paupérrima lengua con la que televisivos y tuiteros nos acosan.
Tal cruzada la comparto con  mi gran amigo Jaime Denis que encontró para mí una palabra que buscaba sin fortuna desde hacía muchos años. De adolescente, leyendo un libro de Miguel Delibes, descubrí que la infinita riqueza del español tenía una palabra incluso para definir esa “pelusilla que se cría debajo de las camas y otros muebles por falta de aseo”. Olvidé apuntarla entonces y después anduve a su busca infructuosamente. Hasta que mi amigo me la descubrió: tamo. Impresionante…
Vaya aquí entonces otra retahíla de sorprendentes vocablos. Aquellos que he encontrado en algunos de los libros que leo. Libros de los grandes conocedores de nuestro idioma que ha habido, como el Arcipreste de Hita, y los que aún hay entre nuestros escritores recientes: Max Aub…
En todo caso, pongo solo los de uso en España, no los americanismos por bellos que sean, y aunque estén en el DRAE, como “merolico” que significa, en México: curandero callejero, charlatán, vendedor ambulante; o íngrimo, que en Venezuela es solitario, abandonado, sin compañía; o cabanga: melancolía, tenue tristeza, añoranza, nostalgia en Costa Rica.
Vaya aquí mi selección de hoy, léanse sentados, para evitar caídas por el desmayo que provocan:

zahúrda: pocilga
zahorar: sobrecenar, cenar por segunda vez, a deshora (ya sabéis, trasnochadores que, de madrugada, entre copas vais a meteros algo sólido para continuar el bebercio, zahorar es lo que hacéis)
gafete: broche metálico de macho y hembra
cendal: tela de seda o lino muy delgada y transparente. Barbas de la pluma. Embarcación moruna muy larga, con tres palos y aparejo de jabeque y armada en guerra por lo común. Especie de guarnición para el vestido. Algodones que se ponían en el fondo del tintero
cacoquimio: dicho de una persona: Enferma de tristeza
parva: mies tendida en la era para trillarla, o después de trillada, antes de separar el grano (esta y la siguiente me las enseñó mi madre poco antes de fallecer)
agrazón, acigüembre: uva silvestre, o racimillos que hay en las vides, que nunca maduran...

Bueno, y a partir de aquí, para no aburrir a quien no esté interesado e incitar al que sí lo esté a “tirar” de diccionario, van solo los vocablos, sin sus definiciones. Pero no dejo de recomendar buscarlas en el DRAE y descubrir con inigualable asombro los significados:

halda, adafina, tascar el freno, agio, bieldo, volatería, lustrina, presea, godeo, escriño, fautor, peculado, poterna, almocafre, congio (de donde proviene la más conocida cangilón), epizootia, tríbada, carquesa, rimero, álveo, perquirir, escamondar, tabanco, pegunte, parancero, enjalma, modillón, alboroque, tabardillo, guadamecí, escachar (enseñada por mi madre), ecolalia, múrice, zacapela, estrave, esmegma, ayustar, crotal, acidia, lechigado, alcatifa, chambón, usina, torozón, escabuchar, añusgarse, escamondar, paila, mistagogo, detumescencia, mugrón, antruejo, azacanear, bizmar, dicasterio, heliasta, regatón, hieródulo, avechucho, quiral, miera, hiemal, albarrán, venero (la segunda acepción: raya o línea horaria en los relojes de sol), parusía, catamenial, almádena, filacteria, dragomán, truchimán, copela, agiosimandro, estilóbato, alógeno, nepente, fayenza, uniata, taina, taheño, bastida, vibrión, melisma, estrave, nevasca, ancila, rebalaje, ritón, aporía, sabir, cabrio, equimosis, birlocho, plectro, pujo, trinacrio, hipocorístico, muga, trapalear, inope, aceña, redingote, arrezagar, polímata, precesión, prosopagnosia, cardumen, trastumbar, hocino, playo, valeo, baleo, timar, bezoar, frezar, albéitar, alburno, cresa, álveo, afuciado, yatagán, pátera, albérchigo, rábula, liento, sopaipa, cuévano, munificencia, hopalanda, precito, ajedrea, fardel, bazucar, teame, lía, saúco, expletivo, herma, escopo, lueñe, desmogar, sistro, trápala, alcacer, barda, cantarle a un herniado la potra, alcaucil, alarife, pestorejo, galladura, carral, electuario, codoñate, alfeñique, estomaticón, alacridad, apodíctico, propincuo, mur, alaroz, alaroza, collazo, pihuela, sayón, tumbal, albalá, caloña, planto, escuerzo, estrena, estafermo, zoilo, potala, pedicoj, afirolar, flavo, reato, alcándara, mersa, ripostar, tondo, cisco, vicetiple, tiple, cobla, euforbio, apotropaico, coevo, sicigia, docetismo, escaldo, apocatástasis, trismo, enfurtir, anguarina, cordón (tercera acepción: conjunto de puestos de tropa o gente colocados de distancia en distancia para cortar la comunicación de un territorio con otros e impedir el paso), peal, cordel (segunda acepción: distancia de cinco pasos), rozagante, esponsales (siempre pensaba que era sinónimo de boda pero no: mutua promesa de casarse que se hacen y aceptan el varón y la mujer), telega, bejín, azacán, azacanear, gecónido, zaleo, robla, roblón, alaqueque, cospel, alfareme, parasceve, almaizar, orifrés…

En fin, todos cuantos desconocemos estas y tantas otras palabras del español sepamos que sufrimos de anomia (trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre)… Así que sirvan estas aquí recogidas de indicio de lo que, al comprobar nuestra infinita ignorancia, debería ser nuestro pródromo (malestar que precede a una enfermedad)…



04 junio 2018

Laico réquiem para Elvira Daudet


Elvira Daudet. Elvira, siempre en nosotros:

Pequeña en su grandeza,
frágil en su tenacidad,
esperanzada en su escepticismo,
doliente en su vivacidad,
ilusionada en sus decepciones,
débil en su fortaleza,
alegre en sus dolores,
terrible en su palabra,
dulce en su dureza,
sarcástica en su inocencia,
íntegra en su diversidad,
sagaz en su ingenuidad,
serena en toda turbamulta,
resistente en su contrariedad,
adusta en su simpatía,
feliz en su infortunio, que fueron infortunios,
soñadora en sus insomnios,
somera en su profundidad,
sosegada en su audacia,
sencilla en su complejidad,
transparente en sus turbiedades,
cautivadora en su independencia,
liviana en su rotundidad,
solidaria en su refugio,
seductora en su mirar,
elegante en su pasear la tierra,
simple en su laberinto,
pacífica en su acero,
guerrera en toda paz,
firme ante la adversidad,
contenida en su desmesura,
generosa con largueza en su precariedad,
creadora en su mundo, en su familia,
amiga en su soledad,
ligera en su contundencia,
indispensable en su humildad…

Elvira:
insobornable, solidaria, jamás triste, implacable contra la maldad…
Todo esto fue, es y será en nuestros corazones Elvira Daudet.
Para muchos la imagen en sus versos de unos zapatos vacíos nos recordarán siempre la profunda ligereza con que la Gran Dama de la Poesía Española, nos regaló su tiempo, su caminar a nuestro lado.
Elvira Daudet:
escritora, periodista, comprometida, apasionada, novelista, poeta, infinitamente bella.
Elvira Daudet: mujer, mujer, mujer. Y lo repito una vez más: mujer.

Para Jorge, Isla, Álvaro y Río con todo el Amor.

14 mayo 2018

¡Ay, dolor de lo irreparable!...


Según Wikipedia, la extinción masiva del Pérmico-Triásico, llamada también de manera informal la Gran Mortandad,  ocurrida hace unos 250 millones de años, ha sido la mayor extinción habida en la Tierra. Desaparecieron casi el 95 % de las especies marinas y el 70 % de las de vertebrados terrestres. Con tan poca biodiversidad resultante, la vida tardó mucho tiempo en recuperarse. Numerosas ramas evolutivas del árbol de la vida fueron cercenadas. Durante largo tiempo la Tierra solo fue un páramo desértico dominado por los hongos.
Leyendo al Arcipreste de Hita, obligado a acudir cada dos o tres estrofas al Diccionario para entender la exactitud y preciosidad de sus vocablos, siento que la extinción masiva del Pérmico es una broma comparado con la asolación sufrida por nuestra lengua. Y tampoco hace falta irse siete siglos atrás a buscar palabras precisas y preciosas por doquier que ya no utilizamos. Tantas veces como el Arcipreste, obliga Max Aub a tirar de diccionario para encontrar con una sola palabra expresado (y con mayor exactitud y claridad) lo que hoy sólo acertamos a definir usando una frase entera y lexicalmente bastante pobretona.
Creo que mi pasión por el léxico nació en mí leyendo a Delibes, cuando en un libro suyo descubrí que donde yo habría escrito: “la pelusilla que hay debajo de las camas”, él había dicho sin más “el tamo”. Y también cuando quise un día describir la dulce sensación de acariciar la piel amada al amanecer, dentro del lecho, definiendo “esa ligera humedad que cubre la superficie del cuerpo, sin llegar a ser sudor”; cuando habría bastado con decir, el “mador” de la persona amada…
En fin, valga el final de la entrada de Wikipedia sobre la Gran Mortandad para expresar lo que me malicio que hacia el porvenir se trasluce: “Con tan poca biodiversidad resultante, la vida tardó mucho tiempo en recuperarse... Durante largo tiempo la Tierra solo fue un páramo desértico dominado por los hongos”.
Apenas quince segundos de escuchar a tanto televisivo (Eurovisión, tertulianos, políticos, ciudadanos cualesquiera entrevistados por la calle…) y hasta a tanto universitario o a tantos jueces… sirven para confirmar que ya estamos dominados por los hongos…
De muestra una mercería, más que un botón:
                                            
Colombroño: Tocayo.

Dríade: Ninfa de los bosques, cuya vida duraba tanto como la del árbol a que se suponía unida.

Cuelga: Regalo que se da a alguien en el día de su cumpleaños.

Balumba: Bulto que hacen muchas cosas juntas; Conjunto desordenado y excesivo de cosas.

Ejido: Campo común de un pueblo, lindante con él, que no se labra, y donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras.

Escálamo: Estaca pequeña y redonda, encajada en el borde de la embarcación, a la cual se ata el remo.

Marfuz: Repudiado, desechado; Falaz, engañoso.

Pegujar o pegujal: Pequeña porción de terreno que el dueño de una finca agrícola cede al guarda o al encargado para que la cultive por su cuenta como parte de su remuneración anual.

Zatico: Mendrugo o pedazo de pan; Hombre que antiguamente tenía en palacio el cargo de cuidar del pan y alzar las mesas.

Albardán: bufón, truhan.

Postema: apostema: Persona pesada o molesta.

No criarle, o no hacérsele, a alguien postema algo: Descubrir fácilmente a otros lo que sabe, y con especialidad cuando es secreto; Manifestar sin dilación y con franqueza a alguien las quejas o resentimientos que tiene de él.

Carlanca: Collar ancho y fuerte, erizado de puntas de hierro, que preserva a los mastines de las mordeduras de los lobos.

Ajobar: Llevar a cuestas, cargar con algo; Dicho de dos personas o animales de distinto sexo: juntarse, emparejarse.

Bausán: Figura humana, embutida de paja, heno u otra materia semejante y vestida de armas, que se hacía para simular un combatiente; Persona boba, simple, necia.

Tuero: leño grueso que se pone en el fondo del hogar.

Trashoguero: Dicho de una persona perezosa: Que se queda en su casa y hogar, cuando los demás van al trabajo y salen al campo.

Coime: Hombre que cuida del garito y presta con usura a los jugadores; Mozo de billar; (en Germanías: dios “Grande, sagrado coime”).

Sobrevienta: Sobresalto, sorpresa.; Furia, ímpetu.  

Harnero: Especie de criba;  estar alguien hecho un harnero: Tener muchas heridas.

Pastrija: Patraña, embuste.

Adafina: Olla que los hebreos españoles preparaban el anochecer del viernes y conservaban en un recipiente cerrado cubriéndolo con rescoldo y brasas, para comerla el sábado en que su religión les prohibía cocinar

Freza: desove.; Surco que dejan ciertos peces cuando se restriegan contra la tierra del fondo para desovar; Tiempo en que, durante cada una de las mudas, come el gusano de seda; (Frezar: limpiar las colmenas de las inmundicias producidas en su interior).

Cibera: Residuo de los frutos después de exprimidos.

Badil: Paleta de hierro o de otro metal, para mover y recoger la lumbre en las chimeneas y braseros.

Tarabilla: Zoquete pequeño de madera que sirve para cerrar puertas y ventanas; Listón de madera que por torsión mantiene tirante la cuerda del bastidor de una sierra; Persona que habla mucho, deprisa y sin orden ni concierto; Tropel de palabras dichas deprisa y sin orden ni concierto; soltar alguien la tarabilla:  Hablar mucho y deprisa.

Cítola: Tabla de madera, pendiente de una cuerda sobre la piedra del molino harinero, para que la tolva vaya despidiendo la cibera, y para conocer que se para el molino, cuando deja de golpear

Amelga: Faja de terreno que el labrador señala en un haza para esparcir la simiente con igualdad y proporción.

Mielga: Horca de aventar y cargar.

Lebrillo: Vasija de barro vidriado, de plata u otro metal, más ancha por el borde que por el fondo, y que sirve para lavar ropa, para baños de pies y otros usos.

Gallofo: Cuento de poca sustancia; Calendario del rezo y oficio divino para todo un año.

Bodigo: Panecillo hecho de la flor de la harina, que se suele llevar a la iglesia por ofrenda.

Albogue: Especie de flauta simple y rústica, o doble y de mayor complejidad deforma, generalmente de madera, caña o cuerno, propia de juglares y pastores; Cada uno de los dos platillos pequeños de latón que se usan para indicar el ritmo en las canciones y bailes populares.

Segur: Hacha grande para cortar; hoz.; Hacha que formaba parte de cada una de las fasces de los lictores romanos.

Loro: De color amulatado o de un moreno que tira a negro.

En apnea se queda uno…

23 marzo 2018

Carlos Blanco, integrador del saber


Diez años ya de Ediciones Evohé… Ello merece comentario aparte un día de estos, pero valga ahora señalar que comenzamos las celebraciones de nuestro Décimo Aniversario con la presentación ayer del extraordinario libro “La integración del conocimiento” de Carlos Blanco.
Autor que ha venido a sumarse al extraordinario elenco de nuestra colección Didaska (Fernando Lillo, José Tono Martínez, Pilar González Serrano, Fernando R. Genovés, Alberto Bernabé, Fernando Castelló, Daniel Tubau, María R. Gómez Iglesias, Manuel J. Prieto, Carlos García Gual…).
Y lo ha hecho con un ensayo filosófico de una profundidad indispensable en la atonía intelectual que nos asalta por doquier. Libro que constituye la teoría de la epistemología de Carlos Blanco y que está destinado a ser un hito en la filosofía, no solo hispánica, sino universal. Enorme el desafío aceptado por nuestro autor de acometer los resultados de las diferentes ramas del saber insertándolas en un marco más amplio y por lo tanto más claro e iluminador de la realidad en la que vivimos (a la manera de Peter Watson en su libro de divulgación científica “Convergencias”).
Pero valga este comentario no sólo para reseñar lo evidente, la altura intelectual de la obra de Carlos Blanco, sino también para permitirme compartir su excelencia personal, tan rara avis en el mundo de las vanidades de los escritores que demasiado a menudo convierten la labor del editor en un gólgota por obra y gracia de una fatuidad injustificada.
Sin embargo nuestra relación con Carlos Blanco ha sido un cúmulo de facilidades, agradecimiento, flexibilidad, apoyo y empatía. Algo que uno creía que ya jamás vería en su vida mortal. La excelencia humana, intelectual, literaria y científica de Carlos Blanco debería ser un faro a seguir en la oscuridad no solo del conocimiento sino de las emociones que nos hacen humanos.
No en vano Carlos viene a ser un moderno Athanassius Kircher, aquel jesuita barroco de talento tan variado que fue llamado “el último hombre en saberlo todo” (no en vano publicó 44 volúmenes, como su obra “El arte de cómo pensar”, incluyendo estudios de chino, copto, matemática, magnetismo, geología…). Así a la luz de la biografía de nuestro autor (ha publicado una veintena de libros, se licenció simultáneamente con 21 años en filosofía, química y teología, ingresó en la Asociación Española de Egiptología a los once años y ha sido elegido miembro de la World Academy of Art and Science, entre otra miríada de hazañas intelectuales), tal vez hubiéramos de cambiar el epíteto de Kircher por el de “el penúltimo hombre que los upo todo”.
En definitiva, lean el nuevo libro de Carlos Blanco pues es todo un privilegio sumergirse en el pensamiento de un hombre sencillo que pese a ostentar una sabiduría enciclopédica se nos presenta siempre cercano a los que ni con un telescopio astral podremos alcanzar a vislumbrar sus alturas. Y tanto. Si un cráter de la Luna recibió en su día el nombre de Kircher, estamos seguros de que pronto algún cuerpo celeste llevará el nombre de Carlos Blanco.
Aprovecho antes de que tal evento ocurra para hacerle una petición. Ahora que ya contamos con su Teoría Ontológica y su Epistemología, cuando cree su personal Teoría del Lenguaje nos permita a la editorial hacernos partícipes de sus hallazgos.
Finalmente no quiero dejar de reseñar aquí la participación esencial, profunda y restauradora de las esperanzas de este descreído mortal, del doctor Ricardo Pinilla, director del Departamento de Filosofía de la Universidad Pontificia de Comillas. Infinitas gracias por su apoyo al libro de Carlos.

06 febrero 2018

Interpretando a los grandes maestros. Exposición


Decía el escritor y crítico Cyril Connoly que “la recompensa del arte no es ni la gloria ni el éxito, sino la intoxicación”. En efecto, no hay artista auténtico sin enamoramiento. El poeta, el pintor, el músico que no vive en arrebatada comunión exaltada con la creación artística, no sólo con la propia, sino también con la de nuestros predecesores, jamás llegará siquiera a entrever otra luz que la de la soberbia tras la cual apenas se refleja una inane banalidad.
Por eso es tan interesante la propuesta que nos llega hoy de la mano de la pintora Silvia Anel. Esta exposición colectiva que reúne a veintiún autores interpretando a algunos de los grandes maestros del lienzo como Picasso, Van Gogh, Klimt, Modigliani, Mondrian o Egon Schiele.
Magnífica idea. Copiar, calcar, es cosa de primates, pero artista es el ser que convive con la realidad, la observa, y la reinterpreta para que, gracias a su talento, otros podamos descubrir apariciones que estaban veladas a nuestra limitada visión.
Pero esa realidad no tiene por qué ser solo la de naturaleza, los acontecimientos históricos, la mitología, los retratos. También está constituida por la visión primera de los artistas que nos precedieron.
Así, interpretar, reinterpretar la obra de otros, en especial la de los grandes maestros, es una forma extraordinaria de entender nuestro mundo, nuestras inquietudes comunes, nuestra iluminación sobre las verdades ocultas de la existencia.
Y es un modo inigualable para descubrir los mimbres más arcanos de nuestra propia personalidad. En las afinidades entre autores que aquí se plasman encuentran sentido las peripecias vitales de los que ya no están, unidas a los que ahora viven. Y en esa cartografía que se crea, pueden unos y otros identificar las rutas hacia uno mismo y hacia los lugares compartidos y cómplices que nos sustentan como seres humanos.
Porque, al fin y al cabo, ¿qué es crear? Una vez que la nada desapareció en la nebulosa del Big Bang, sólo podemos alcanzar a configurar nuestra época recomponiendo las perspectivas que hemos heredado. Ello no resta un ápice de autenticidad a las obras contemporáneas sino que constituye diversas especies de religiones de iguales que se comunican más allá del Tiempo.
Y, por otro lado, no debemos olvidar que, incluso allá donde creemos estar solos ante la verdad y el mundo, también nos limitamos a reinterpretar: la luz, los recuerdos, la experiencia, las emociones. Ya lo dijo Pessoa: “Todo cuanto hacemos, en el arte o en la vida, es la copia imperfecta de lo que hemos pensado hacer... Todo esfuerzo, cualquiera que sea el fin hacia el que tienda, sufre, al manifestarse, los desvíos que la vida le impone; se convierte en otro esfuerzo, sirve a otros fines, consuma a veces exactamente lo contrario de lo que se pretendía... Lo que pensamos y sentimos es siempre una traducción”.
Disfrutemos hoy de la traducción de estos veintiún artistas, no sólo de sus propias emociones, sino incluyendo la traslación que refleja y amplifica las iluminaciones de autores que, a través de la perspectiva de los autores traídos por Silvia Anel, se hacen más grande, ellos y aquellos que los inspiran.
Una última recomendación para los pintores aquí antologados. Dijo Simon Leys que “cualquiera que, al final de su andadura, tenga la impresión de haber tenido éxito en su vida, es que no debía aspirar muy alto en el punto de partida”.
Sea mi recomendación, entonces, la de sentir el fracaso diario; la de aspirar a la ruina como acicate para siempre seguir desafiándonos; la de nunca darnos por satisfechos; y creernos a todas horas en tránsito hacia el mejor de nosotros mismos que  jamás alcanzaremos.

En Espacio para el Arte, Carretera de Galapagar, 27, Torrelodones (Madrid). Inauguración el sábado 10 de febrero a las 1900 h.

19 enero 2018

Escriversario

Hace 39 años, un 19 de enero de 1979, viernes, cuando yo tenía quince, al llegar a mi cuarto desde el colegio, escuchando una canción de Leonard Cohen, escribí mi primer poema. Poema pésimo y adolescente. Pero iniciático también de quién y cómo quería ser yo en la existencia, escritor. Aquí lo copio pues aún lo conservo junto a la fecha exacta en su trascripción con la Olivetti de mi padre. Desde entonces la palabra escrita ha sido mi patria. Afortunadas han sido y son mis horas por ello.
Uno de los últimos jalones de esa insensatez de la memoria escrita (poema no mejor que aquél, ni menos adolescente, e iniciático también, a su manera) acompaña asimismo estas palabras de mi 39 “escriversario”.
Vayan también dos fotos: una de antes de empezar a escribir versos; la otra, la última que me han tomado, hace tres semanas; ambas llevando “prenda de cabeza”. Entonces por imperativo materno-legal; hoy por los rigores del frío en mi despejado cráneo…
Vivir es un enigma, pero el más bello enigma que hombres o dioses pueden siquiera alcanzar a imaginar.
Seguir viviendo, un regalo que disfrutar detenida, intensa, apasionadamente… Con los ojos asombradamente abiertos cada segundo. Sigo…

         Hoy soy yo por fin yo mismo
con contrato indefinido,
tras años de ser, si es que eso es ser,
a tiempo parcial, hombre.

Me anula el amor
los convenios colectivos
de la miseria y de lo triste,
y descubro la curiosa
ley de la meteorología:
que nube y lluvia son
accidentes atmosféricos y sale
el sol cuando uno quiere.

Aprendo que lo feo,
la palabra “cortijo”, por ejemplo,
no tiene por qué estar
en los versos que me crecen.
Y celebro sin perplejidad
ya la vida que no tiene

límite, sólo horizontes.