Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

04 julio 2021

A veces sucede



Escribo hoy desde un salvífico estupor, desde una estupefacción medicinal. La que ha colonizado mi corazón tras la segunda lectura del “A veces sucede” de Simón Arriaga (Colección Intravagantes, Ed. Evohé, 2021). Nada de lo que pueda reflejar aquí alcanza siquiera la epidermis de la carga de profundidad de un libro que ya es parte consustancial de mi ser, prótesis de cadera con la que podré seguir vagando por esta estremecedora Tierra.

No muchos libros, quitándote el aliento, te lo dan, te dan un respiro ante tanta inanidad de lecturas y ante el hastío que “a veces sucede”, meramente el de vivir. Este es uno de ellos. Un secreto que merece ser develado. Un libro zekkei, 絶景, diría en el Japón que ahora habito: un paisaje tan espléndido que su sola visión, eso, nos deja sin aliento.

Contienen sus páginas una verdad que en ocasiones no comprenderemos con el pensamiento, y sin embargo la entenderéis, sin ambigüedades, con el espíritu. Cada uno su verdad.

“El ruido permanente en el que vivimos es la demencia del sistema elevada al rango de normalidad. Demencia normalizada. Sutura del espacio sonoro. Saturación de mensajes que nada dicen: ruido.

La memoria es un camino. Recordar es trazar una curva; nunca una recta. Normalmente más de una. Conectarlas y transformarlas hasta crear una espiral que permita transcurrir desde el exterior hacia el centro, desde el centro hacia afuera; abrir un sendero cuyos diferentes recorridos inversos permitan resignificar el presente: esa es la tarea de la memoria. Un labrado, un recorrido. Decantaciones: el agua en la roca caliza, estalactitas y estalagmitas, el hielo en los berrocales, la morrena diseminada aquí y allá, como hitos significantes.

El camino de la memoria es, habitualmente, un laberinto intrínseco. La esencia de un laberinto es recordarnos que la línea recta no es siempre la distancia más corta ni, desde luego, la más adecuada: la que conviene. La memoria no gana nada con los atajos. Freud lo sabía, se encontró con ello. Por eso prescindió de la hipnosis. Al sistema no le interesan los laberintos, no tiene tiempo. Por eso potencia la hipnosis, las sustancias audiovisuales psicotrópicas, la alienación de la productividad fuera y dentro de la fábrica, del hogar, de la oficina. El sistema no tiene tiempo que perder, tiempo para lo imprevisto. Lo imprevisible (ya quedó dicho) es el desecho del sistema, de cualquier sistema. Y el recorrido de la memoria es imprevisible, porque es un camino generador de sentido”.

 

En fin, hay tanta verdad en este libro que hace más repugnante la victoriosa corriente de las letras hispánicas hoy, que es la de la impostura, el puro impuro falso espectáculo, la presuntuosidad plagiadora, la simulación de lo que no  se es ni se tiene, el cartón piedra (o el croma actual) donde se finge que sucede lo que no es y nunca será.

Uno encuentra más de lo deseado “famosos” que venden miles de libros sobre el silencio o el desierto, sin conocer en verdad ni lo uno ni lo otro. Triunfadores de la impostura. Pero aquí Simón Arriaga escribe de lo que vive, no vive de lo que escribe. Su autenticidad desgarra sin dolor para zurcir delicadamente el alma del lector que sabe leer, arriesgándose en cada palabra.

Me entristece prever gentes que seguirán regalando su menguante tiempo a mamarrachadas: novelas de adolescentes en colecciones de adultos para evadirse; poemas sentimentaloides abrumados de ripios para buscar pareja; películas de desenlaces clónicos sabidos de memoria para sorpresa solo de los dueños de encefalogramas planos sin cartografía; exposiciones de arte de vanidad banal a la búsqueda exclusiva del escándalo con obras tan vistas, tan antiguas, tan sobadas ya como la burla.

Asistimos a la Dictadura de los escritores del vacío: no pueden expresar lo que sienten y piensan por dos motivos. Uno, por su penosa experiencia vital de acontecimientos cuya mayor hazaña es ir un día en Metro en vez de en taxi.

Justo lo contrario es Simón Arriaga, con una vida repleta de las hazañas de los que él denomina héroes cotidianos, y son mucho más que eso, cuando son como él. Son seres fundacionales de un mundo donde impera la Dignidad y la Emoción.

Y, dos, segundo de los motivos de los escritores hoy de lo inane: así escriben por su desconocimiento infinito de la lengua.

También Simón Arriaga está en sus antípodas. La riqueza verbal de Arriaga es prodigiosa. Y eso le permite adentrarse en los vericuetos y laberintos de la verdad cargado de palabras que la desvelan (sí, en sus dos acepciones: nos descubre lo oculto y, al hacerlo, nos impide ya conciliar el sueño):

“Por el contrario, el individuo que es, que a pesar de todo sigue siendo, lucha solo. Solo o al menos en alianzas evanescentes. Resiste, y eso es lo importante: contra el vértigo y el olvido; contra la fusión y la confusión, la fusión forzada de cualquier entidad imaginaria, deglutiente; contra sus juegos gástricos; contra las pirámides y la ilusión de la gloria; contra las catástrofes cimentadas y el lujo de la pertenencia; contra los contrarios superpuestos; contra la impostura del viento y la marea, contra el cálculo biliar de todas las probabilidades consumadas. Contra la idea de la Idea: de una única idea.

Dibuja espirales donde otros trazan círculos, condensa vapor de agua, talla cristales de cuarzo con las manos desnudas. Lucha para vencer la confusión dominante de los verbos entre los verbos: ser y tener, tener y temer, temer y desear, desear y amar. Amar y ser.

Solo, pero no aislado. Evitando el vértigo de lo inevitable; la anticipación del pasado en un incendio fastuoso, hipnótico y, por tanto, enclaustrante. Evitando la proeza de construir ruinas gregarias, torres de sacrificio, escuelas permanentes, puntos de calado, medidas extremas.

Sin olvidar que el olvido es mucho más que una derrota, porque es la victoria del nihilismo. Y el nihilismo es la muerte del sentido”.

 

Sé por desgracia que pocos, muy pocos (¿acaso alguno?) dedicarán sus entusiasmos a buscar este libro, esta joya y leerla. Así somos, ni entre nosotros, los cercanos, nos leemos: escritores, amigos, familiares o vecinos; ni que decir tiene los desconocidos. Peor para ellos, con perdón. Tampoco muchos habrán leído (aunque fatuos lo afirmen y solemnes lo juren) la Segunda Parte de El Quijote. Mejor lo sabe y dice Simón Arriaga:

El sistema y el ruido comparten muchas cosas, demasiadas como para obviarlas. Para empezar, ambos tienen una tendencia si no totalitaria, al menos sí totalizante. Está en su naturaleza: tienden a ocupar todos los espacios donde el sentido (siempre subjetivo) podría convivir con el silencio impidiendo así otras topologías, otras posibilidades. Nada al azar. 

Su método consiste en hacer colapsar la subjetividad sobre sus propios reflejos, haciendo de ellos reflejos condicionados y condicionantes. Pautas para el deseo, abrigos para la conciencia. Sustituyendo, antes de que emerja siquiera, la verdad por la fantasía, el silencio por el enmudecimiento, la acción por el entretenimiento, los productos del sentido por la productividad, la memoria por el almacenamiento. En el mayor grado posible.

La imaginación es así la sucesión de una imagen tras otra. En un continuo que no deja espacio para la emergencia del sentido. Todo es equiparable, porque todo es reducible a cifras en una cuenta de resultados: un balance: económico, político, sistémico.

La fantasía queda como una realidad tan irrealizable como tranquilizadora. Transcurre en un movimiento hipnótico que hace que parezca que todo se mueve vertiginosamente. Todo excepto el sujeto, que queda reducido a una sola acepción de la palabra: sujeto, fijado, emplazado siempre y a la misma hora en su sitio. El sitio que le corresponde en tanto que elemento de una secuencia de repeticiones pautadas”.

 

Leer y subrayar lo leído. Porque sé que este libro es zanka 残花, las últimas flores que quedan en las ramas cuando todas las demás ya han caído. O tal vez solo porque por un instante (ruin, lo reconozco) uno vive la ficción de que aquello (que define exactamente mi propia vida, mis más auténticos sentimientos), lo haya escrito yo, y no Simón Arriaga. Pero no, palabras tan insondables solo las ha podido trazar quien atesora el valor (valor de coraje; valor de riqueza) como para derramarse en un texto como este “A veces sucede”: “Nos erigimos en ejemplos del mundo y sabemos tan poco del mundo como de lo que de él habita en nosotros”. “Desea, ama y goza, sabiendo que el deseo es siempre de lo que no se tiene, el amor solo de lo que se tiene y el goce nada más de lo que se es”.

 

Tantos años juntos, tantas cosas compartidas y comprender, asumir tras este libro, con su pequeña desolación, una vez leído y releído, que desconocía todo de Simón Arriaga. Solo me relacionaba con la cáscara/máscara. Pero hoy conozco la profundidad, la suya, y a través de ella, la mía. Y la de la Historia de la Humanidad entera, la de cuantos seres han hollado estos paisajes desde el albor de los Tiempos y aún se reúnen alrededor de un fuego a cantarse y a contarse, para conjurar las ofensivas armadas del ajarse, de la muerte y el olvido, de la maldad y sus espantos.

“Sobrevivir es un milagro cotidiano al que no damos la menor importancia.

Solo nos asombramos cuando deja de ocurrir”.

 

Creo que todo el tiempo de la vida de Simón Arriaga ha sido una travesía para llegar a este libro (como lo fue para Pierre Sansot navegar hasta su “Del buen uso de la lentitud”), a esta iluminación.

“En la rapidez se puede dirimir tal vez alguna técnica, útil, precisa; se pueden descifrar toda una serie de códigos alfanuméricos de donde emerja un respuesta quizá útil, quizá precisa. Sin embargo, para sostener lo que nos une sin dañarnos hace falta primero comprender los matices. Y el tiempo de comprender es el más lento de cuantos nos conciernen.

Hay que aprender dialectos, Hija. Y si no están disponibles hay que inventarlos. Porque el compromiso es el resultado de fuerzas mestizas.  

En la rapidez se producen, como en un acelerador de partículas, choques, conflagraciones, emergencias pasionales de toda índole. Transformaciones de la materia, liberación de energía. Gota a gota el tiempo concentrado del reconocimiento destila, sin embargo, verdades que no se dejan atrapar por los puños: verdades que nos conciernen en la intimidad de los espacios comunes; en la permeabilidad de la identidad como un proceso sin fin ni programa unitario; en la biodiversidad de esas zonas lacustres, vagamente imaginarias, en las que confluye el caudal de todas nuestras monografías; en la suspensión amortiguada de cada cresta pendiente, de cada condena al otro como un veredicto sobre uno mismo. Gota a gota, gesto a gesto”.

  

Sí, la vida de Simón Arriaga ha sido una travesía para llegar a este libro a esta iluminación iluminadora. Iluminación de su naturaleza más oculta con una resplandor tan intenso que irradia hacia el exterior, hacia todos sus lectores, en un “rompimiento de gloria” (esa apertura de los rayos del sol a través de las nubes que produce la ilusión –en su doble acepción, otra vez, siempre- de un espacio metafísico que conecta lo terrenal con lo sublime).

“Es difícil creer que un muerto haya sido un hombre. Más difícil aún creer que tu padre haya sido otra cosa que lo que la palabra padre contiene. Yo no le conocía desde cerca, como tal vez sus hermanos o sus amigos. Yo le conocí desde abajo. Y nunca pude llegar a su altura. Ni siquiera después de rebasar su edad. Porque nadie puede ser en su mente más viejo que su padre, aunque los calendarios de todo el mundo lo desmientan”.

“Herramientas. Mi padre era el constructor, así que el hombre de las herramientas en principio era él. Las de mi madre parecían más bien utensilios: dedales, tijeras… El tamaño nos fascina, ese es el problema. Lamentablemente, hace falta mucho tiempo para comprender que las cosas pequeñas, los movimientos finos, rutinarios, son elementos necesarios de los cuales el mundo está hecho también”.

 

Simón Arriaga, (Madrid 1962), licenciado en Psicología por la Universidad Complutense, ha trabajado casi siempre viajando y viajado siempre escribiendo. En ese trasiego, escribiéndose, fue poblando sus estanterías de manuscritos durante años. Inéditos en su enorme mayoría de edad y cantidad, apenas unos pocos han sido rescatados hasta la fecha: “Mejor era cuando te vayas”  (Libros de Letras) de 1998, y la selección de su obra “Después del silencio” en 2010, dentro de la colección «Hazversidades poéticas» publicada por Cuadernos del Laberinto. Además, ha hecho esporádicas apariciones en antologías generacionales, como Quinta del 63 en 2001, en la que entró, evidentemente, quitándose algo de edad para parecer más joven de lo que por entonces era.

Así es el Simón Arriaga biográfico, dylaniano (“I was so much older then / I’m younger than that now”) que en mi caso me deja ya huérfano de autoría de libros propios. ¿Para qué escribir después de leer este? Seguiré haciéndolo, claro, pero sabedor al fin de los límites de dimensión de mis palabras una vez que ya no puedo escribir este “A veces Sucede”.

De modo que quien no lo lea, sí, se salvaguardará de sus imborrables efectos colaterales, pero sepa que también omitirá en su pequeña existencia una de las escasas luces del Universo que desvelan lo que existe y también lo que no existe, aquello que deslumbra y en la instantánea ceguera que produce son otras las realidades que al final uno otea. (Que mi nombre, por ese azar que es la Amistad, se encuentre ya por siempre unido a este libro –en su inmerecida dedicatoria- es algo que le da la solidez del vuelo a la improbabilidad que llamo “mi vida”).

“Esta época que vivo… más que líquida como dicen algunos, me parece una época de cristal: una frágil solidez nos sostiene; la hipertrofia de la información ha creado una extensión rígida, bellamente pulida, sobre la que es cómodo deslizarse pero que no se deja fácilmente traspasar; reflejos irisados atrapan nuestra mirada y conducen nuestros pasos por ese ámbito, porque la inclinación del plano hace que se requiera de un gran esfuerzo para plantearse siquiera la posibilidad de detenerse y profundizar; la gente critica sin criterio, le hablan a su imagen duplicada en las pantallas diciendo cualquier cosa que pasa por su cabeza, sin preguntarse quién la puso allí ni con qué propósito; la transparencia de la intimidad no tiene precio porque se ha convertido en el regalo de los insensatos que juegan a ser famosos. Y todos quieren ser famosos aunque sea por un día, aunque sea a costa de no saberse.

Sí, vivimos una época de cristal. El común de los mortales ha sido seducido por un mandato general de transparencia exhibicionista, una desnudez de las opiniones y las creencias que a esta edad me resulta obscena. No sabría determinar cuándo comenzó exactamente, pero lo que sí veo es que ha ido creciendo, extendiéndose por nuestro mapa mental hasta ocupar lugares que a muchos antes nos parecían terrenos sagrados. Nunca tanto conocimiento disponible había sido tan despreciado.

 

¿Cómo se pueden escribir 224 páginas y que nada sea relleno ni sobrero? Un libro al que no le excede ni le falta una palabra. No se puede contar en una novela mejor la infancia que en estos nueve párrafos que aquí transcribo (desconfiado de quienes se resisten a comprarse libros que no sean  los de moda y circunstancia, los reproduzco enteros, sabedor de que la mayoría de las gentes, en Internet no leen ya ni tuits, solo ven imágenes y en diagonal ojean las penosas frases de autoayuda que las acompañan):

“Quería impresionar a mi padre, que se viera en mí con orgullo manifiesto. Que me felicitara por una hazaña semejante a las suyas, una hazaña de campeón como él mismo me parecía que era. Vivir durante un instante en ese lugar de su mirada en el que nada era imposible y donde la voluntad y la decisión lo eran todo. Sabía que no podía ser como él, pero ansiaba al menos su reconocimiento.

Voy a saltar. Voy a saltar desde el trampolín más alto. Vas a ver cómo lo hago. Nunca he subido hasta allí pero voy a hacerlo, porque soy un héroe, porque quiero ser tu héroe, como tú lo eres para mí.

Recuerdo el frío del metal mojado de cada peldaño, la tierra alejándose de mí como una incógnita pendiente de resolución, el aire cada vez más difícil de retener. El primer trampolín atrás, el segundo trampolín atrás, el tercero y último tan lejos de ti que casi no te puedo ver. Pero te busco porque necesito que sepas que estoy aquí, en lo más alto y lo voy a hacer. Me acerco al borde de la tabla como el condenado de un barco pirata. Los hombres me dicen que dé la vuelta: este trampolín no es para críos; me preguntan si estoy solo, por qué no está mi padre conmigo. Y yo sé entonces que estoy solo, solo en tu mirada.

Miro hacia abajo y te imagino al borde de la piscina, tus ojos fijos en mí. Y pienso que piensas: Ese es mi hijo, es un atleta, es el mejor. Los va a dejar a todos anonadados. Traigo a mis músculos la tensión de tus músculos antes del salto. Tengo que igualarte, hacerlo exactamente como tú y todo saldrá bien. Los dedos de los pies aferrados al borde.

¿Te hubiera gustado que saltara? ¿De verdad te hubiera gustado que lo hiciera? ¡Tenía tan solo once años!  ¡Me hubiera matado, papá! ¡Me hubiera matado!

El cuadrilátero del agua allí abajo era tan pequeño que me habría resultado imposible acertar a caer dentro, y eso suponiendo que hubiera conseguido mantenerme recto como un clavo, como hacías tú, como te había visto hacer a ti tantas veces.

9.8 m/s: aceleración terrestre.

Mi descenso fue más lento. Escaleras abajo, hacia la vergüenza, hacia el fracaso, hacia la sobrevivencia. Cuando llegué a tu lado de nuevo me parecías más grande que antes. Tal vez porque yo nunca me había sentido tan pequeño. No hablamos, no me dijiste nada. Me acariciaste la cabeza como si perdonaras una chiquillada.

Normalmente suelen ser los padres los que piensan en dar la vida por sus hijos”.

 

Alguien que resulta que apenas vivió su infancia y adolescencia con sus padres y (sin creerlo él, además) resulta conocerlos mejor que tantos a los nuestros, pese a haber disfrutado vidas colmadas de años junto a ellos. Pero en ese conocimiento de Simón de sus propios progenitores se encierra la verdad de todos los padres del mundo y de la Historia. Y Simón parece aún no darse cuenta de su sabiduría, de su Iluminación.

Asistimos en este libro monumental  a una suerte de Diario Íntimo que va mucho más allá de la propia peripecia, de sus traspiés, de sus funambulismos. Amable y descarnada, fragilidad puesta al descubierto donde se desvela la irrompibilidad del corazón construido en el dolor. Amiel, Thoreau, Romain Gary, Renard, Leopardi, Pavesse le anteceden como miembros de una misma familia de autenticidad y contundencia.

El Padre, la Madre, la Hija y Él, Simón Arriaga, como nexo de unión consigo mismo. No un solo lazo sino un entramado tejido en el telar del amor y sus contradicciones. Desprendido de sí, nos habla con la mayor profundidad, a través de su pasado y su porvenir identificados en sus progenitores y su hija. Así nos ofrece sin coraza ni armadura su yo más íntimo. Su Simón más él. Y con ello consigue escribir la Crónica de Todos Nosotros.

Delicioso es creer que vas a internarte en un libro de aforismos y encontrarte con la Historia Moral de la Humanidad, concentrado en un largo poema sin hemistiquios ni metáforas prestidigitadoras, sino con la verdad a manos llenas, convertidas en puños que no atesoran puñados de violencia sino de serenidad y comunión con uno mismo y con nuestra propia existencia. Porque “Sucede” es la clave. Ruta, navegación, no meros hallazgos, casualidades, hitos o padrões.

Más sólido aún que Edmond Jabés, porque en las fragmentarias reflexiones vertidas en palabra por Simón Arriaga  hay una continuidad, un armazón, un propósito (sin intención), una construcción imprevista y descubierta. Cada uno hallará aquí la suya, su propia arquitectura. No un conjunto de teselas apiladas sin orden ni “con-cierto”, sino ese mosaico que bajo las arenas aflora y que al arrojar sobre él el agua de la lectura de nuestros ojos, centellea y deslumbra pero no para cegar sino para enseñarnos a vislumbrar.

Porque hay una sabiduría que ni siquiera la otorgan los años, hay que haber nacido con ella, en ella.

“Me he sobrepuesto a tu esfuerzo, a tu cansancio invisible y al mío, tanteando los bordes, el riesgo del fracaso, la ceguera de la altitud y de las trincheras”.

 

Así descubre el lector que no todos tienen que “matar al padre” para liberarse. A algunos, el padre (y la madre) se les mueren solos antes de la solidez personal, y entonces liberarse ya se convierte en algo innecesario. Se puede vivir, aunque solo se habite en el dolor. Aunque luego haga falta derramarse en un libro como este para conectar tu propio ser (el de Simón) con el Universo. Y, si no se puede llegar a comprenderlo, sí sentirlo inmenso en la propia carne:

“Tú, (padre) que desfilabas mejor que nadie, perdiste el paso. Perdiste mi paso.

Nuestras pulsaciones se alejaban una de la otra como dos relojes mal calibrados. Tus manos en anacrusa permanente, tu mirada buscándose. Dejaste de saber cómo celebrar la vida.

Este presente no hubiera existido sin aquel pasado. Este yo no sería el mismo. Porque mi tiempo fue también el tiempo de tu muerte. Mi tiempo de despertar.  

 

Paréntesis.

                   (                  )

Una prórroga o quizá un anticipo.

La tensión de una cuerda a punto de romperse

y golpearte en la cara.

Un camino cada vez más angosto

hasta dejar sitio solo para uno.

Y después

un campo minado de incógnitas”.

 

Dos lecturas llevo de este libro. Afortunado que es uno. Hace justo un año leí el manuscrito, ahora el libro impreso. Y constato que como los caleidoscopios, cada vez me muestra diferentes dimensiones, jamás se consume en sí mismo. Algo que solo ocurre con la más incomparable literatura. Como “La vida es sueño”, de Calderón de la Barca, o la película “Big fish” de Tim Burton, que cuanto más los visita uno más descubre.

“Mi propio viaje… me ha traído felizmente lo suficientemente sano y a salvo de veleidades a este Mar de la Tranquilidad en que ahora vivimos juntos los tres. Este pequeño fragmento del espacio y el tiempo en que residimos puede parecer menos que un minúsculo satélite, y tal vez lo sea para la lógica planetaria, pero para mí es su centro. Porque el centro de la Tierra, más allá de la imaginación de Verne y de la adecuación geológica, está siempre aquí: en la superficie habitable de las relaciones, en los entrecruzamientos significantes, en las grandes hazañas cotidianas de los héroes anónimos, en los gestos que preparan y anticipan, en el recibimiento y la gratitud, en una sola mirada de reconocimiento humano”.

 

Libro que se erige como epístola moral a la altura de Séneca, Bertrand Russell, o Tolstoi. Indagación asombrosa en el laberinto del lenguaje que lo hermana con Wittgenstein y no parece un burdo intercambio de fluidos, aunque sean los suyos seminales, simiente de la sabiduría.

“Ahora cabes en mis manos como una incógnita”.

 

No es este un libro fácil. Ni lo pretende; pero no pretende tampoco arcanas oscuridades en donde enmascarar en verdad incapacidades narradoras. Este libro no pretende nada; se ofrece como el amanecer cada mañana. Sin presuntuosidades. Y, sin embargo, repleto de maravilla y de milagro.

No, no es un libro fácil. Tampoco la vida lo es y la gente la vive de corrido y sin entrenamiento ni ordalías. Pero ahora que lo siento, sí, es el libro más fácil. También la vida lo es: dejarse conducir hacia la divinidad.

“Y sin embargo yo escribo.

Coloco palabras a un lado y a otro en montones, como cascotes después de un bombardeo: lo irreconocible, lo útil, lo salvable, lo que ya no tiene remedio. Intento levantar de nuevo la ciudad destruida, sabiendo que incluso en el mejor de los casos será otra. Hay demasiadas cosas que no sé dónde iban, demasiado tumulto a mi alrededor: gritos, sirenas de ambulancia, humo por todas partes. Necesito un mapa, pero todos han desaparecido en el incendio.

Es una tarea imposible, como todas las que he acometido antes. Por eso debo continuar”.

 

Este libro indispensable, te deja en el espíritu la misma naturaleza de fosforescencia que otros como “El mundo de ayer” de Stephan Zweig o “Tierra de hombres” de Saint-Exupéry o “Crónicas, 1944-1948” de Albert Camus.

Pues en este libro habita una cosmogonía de la geografía interior y exterior del Hombre. Por eso confirmo así que necesito sus páginas ya siempre en mi equipaje. Vaya donde vaya. Kit de supervivencia. De sobrevivencia. De hipervivencia. Para volar más alto. O sea, en mi caso, alto.

Porque es tan infinito que no deja un rincón sin arrojarle luz. Hasta describe implacable lo que somos los que fuimos la Transición, aquellos que ahora arañamos los sesenta:

 “A nosotros, sin embargo, creo que el torbellino nos llevó por delante, barriendo el suelo que pisábamos, el arbolado contiguo, los libros de texto. Nos empujó hacia un tramo del río de escollos sobresalientes y rápidos para el que a muchos nos faltaban destreza, convicción, fuerza y desde luego experiencia. Creo que lo mismo le ocurrió a la generación de nuestros progenitores: nada les había preparado para ello. A los jóvenes parecía bastarles con las ganas y la ideología, pero nosotros estábamos tan perdidos como me parece que estaban nuestros  propios padres, ninguno dejando traslucirlo. Eso me permite comprenderlos mejor ahora, más de cerca, con la complicidad de aquel desconcierto bífido que nos atraía y nos expulsaba por igual”.

 

En fin, “que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído” dejó dicho, inmenso, Jorge Luis Borges. Ese es mi caso… a la fuerza. Pero más que orgullo envidia ruin es lo que siento, amarga impotencia, cuando leo libros como “A veces sucede”, de Simón Arriaga. Amigo, si se puede llamar amigo a quien uno desearía usurparle todo cuanto es. Perfecto Intravagante.

Empequeñecido yo ya, y para siempre, como hijo, como padre, como lector, como escritor, coloco este libro de pedestal en mi existencia, en la mochila siempre a punto para el viaje, para poder alzarme a él y desde sus palabras probar cada día a vislumbrar la vida, mi pasado, mi propio ser.

Gracias, Simón Arriaga.

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06 junio 2021

Una acacia en el corazón

El segundo volumen de mi obra viajera ("Mundo puzle") acaba de publicarse. Este se titula “Una acacia en el corazón” (Ediciones Evohé), y en él relato algunas de mis idas y venidas por el continente africano, donde he recorrido diecinueve países, desde Burkina Faso a Madagascar, desde Egipto a Suráfrica, desde Uganda a Tanzania (donde en 2015 subí el Kilimanjaro).

(https://www.amazon.es/dp/8412163451/ref=sr_1_1?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&dchild=1&keywords=una+acacia+en+el+coraz%C3%B3n&qid=1622979459&sr=8-1)
Las geografías concretas que componen el portulano de este nuevo libro de viajes (y del viaje) incluyen mi travesía de la memoria de nuestro pasado colonial en Guinea Ecuatorial, el único país del África Negra que habla español; mi experiencia en la última contienda bélica de la Guerra Fría en Angola, donde viví casi un año en 1992; la permanente sorpresa en la diversidad inabarcable de Etiopía; el enfrentamiento al acoso y la persecución en el encuentro con la mítica Tombuctú en Malí; las jornadas desérticas en la ingenuidad primordial de Namibia; y el asombro ante la majestuosidad de la naturaleza en Botswana y Zimbabwe.
Etapas africanas del relato de mi vida de peregrino a la busca de un sueño imposible, de un horizonte ilusorio: la libertad. No, la libertad no existe. Mientras no podamos vivir diez, cien mil vidas en esta sola, todo lo que hay es conformarse. Pero puestos a ello, pasemos por este mundo, al menos, caminando. En el equipaje del alma, apenas lo que en Japón llaman Kakugo, la resignación con entereza ante el destino. Y que nada nos detenga.
https://bit.ly/3fDHeve
Todas las fotografías © Jaime Alejandre.


















01 febrero 2021

Aviso para despistados ripiados. Reseña de un libro que no hay que leer.

(“Si esto sirviera para hablar del río”, Gonzalo Sánchez-Terán, Ed. Franz)

Querido ripiero, o séase, rapero, que te llaman. Tú no leas este libro. Ripiero convencido por ti mismo de que por rimar leño con ceño porteño y seño del empeño eres poeta: ¡no leas este libro, no lo leas! Sigue, en alto micro y puño, declamando tus cositas de prehistórico cuño, ese truño de pezuño. Manténte a salvo en tus penosos ripios (que no por casualidad, ripio, además de ser “palabra o frase inútil o superflua que se emplea viciosamente con el solo objeto de completar el verso, o de darle la consonancia o asonancia requerida”, significa “pedrusco, cascajo o fragmentos de ladrillos, guijarros y otros materiales de obra de albañilería desechados o quebrados, que se utiliza para rellenar huecos de paredes o pisos”), a resguardo leyéndote solo a ti mismo y a tus lerdos influencers.

Pero no, no leas este libro. Hazme caso, raso, paso a paso, dándole con un cazo (pronúnciese con ese para que rime, como en vuestras cancioncillas). No lo leas ni de día ni de noche, ni en un coche ni a troche y moche, no hagas tal derroche. No lo leas.

Que este libro está cargado hasta la extenuación de Poesía necesaria.

“Si esto sirviera para hablar de un río”, de Gonzalo Sánchez-Terán en Ediciones Franz.

https://www.edicionesfranz.com/?portfolio=si-esto-sirviera-para-hablar-del-rio

Sus poemas son pura ascensión. A los infiernos, pero ascensión. Con cada uno de sus versos se va tomando altura en el vuelo de leer a Sánchez-Terán como quien tiembla, lector expuesto al vértigo de verse a sí mismo, al fin desnudo de vergüenzas.

Libro que transita la insumisión, la rebeldía y a la vez el aterimiento, la indefensión ante la muerte, la venganza concienzuda de un planeta sometido a la barbarie humana. Libro en el que Gonzalo hace un brutal ejercicio de mixturar la última esperanza (a la fuerza) y la derrota final. Y vuelta a invocar levantamiento y resistencia. Libro que avanza en la intemperie que la peste del covid hizo manifiesta para dibujar la miseria más brutal del hombre, esa miseria que ya existía sin coronavirus, confinamientos, espectáculo de falsos aplausos y real pasión por las cafeterías. Pero… ¡nos daba tanta pereza, nos causaba tanto hastío mirarla!... Es que no era nuestra.

“Pronto hará un año que llegó la peste

hasta nuestras ciudades y labores.

Y quién negará que si la pobreza

de media humanidad fuera la causa

de no poder besar a nuestros padres

ni estrechar al amigo entre los brazos,

del declinar de nuestra economía

y de la prohibición de hacer viajes,

si la pobreza atroz de medio mundo

fuera la responsable del lamento

de los derechos nuestros y de nuestra

prosperidad, quién negaría, hermanos,

que todos los poderes de la Tierra,

las universidades, los científicos,

los pensadores y los Parlamentos,

todos trabajarían sin descanso,

compitiendo los unos con los otros,

para acabar con ella: la miseria

de los seres humanos;

                                      y los medios

de comunicación solo hablarían

de la inmensa pobreza, día y noche,

y nosotros, tú y yo, solo hablaríamos

de aquellos que no tienen paz, comida,

si en lugar de ser lo que es, la pobreza

hubiera sido la razón, la causa

de que desde hace meses no podamos

ni besar ni abrazar a los abuelos,

del declinar de nuestra economía

y de la prohibición de hacer viajes”.

 

No muchos se han ganado el derecho a levantar su voz en la plaza. Gonzalo Sánchez-Terán, sí. Él no habla de oídas, sino de idas, de idas al vórtice mismo del espanto en el que ha vivido, en África, más años de los que caben en un cabal calendario. Por eso él puede espetar “Si votas a un hombre abiertamente racista da igual lo que pienses de ti mismo: eres un racista”. Por eso él puede arrojar certero la piedra primera, y negar tres veces que cuando acabe la peste cambiaremos:

“Yo no lo creo. Caminé ciudades

en guerra, casas destruidas, pueblos

arrasados en lágrimas, he visto

el espanto en los ojos de los hombres

a ambos lados de todas las fronteras,

y he sabido que el miedo parte almas

como deshace pólvora el mortero,

para que los demás tu miedo teman.

Padecer juntos no es compadecer.

No cambiaremos por temer lo mismo

(la enfermedad, la muerte, la miseria),

únicamente si lo mismo amamos

(la libertad, la paz y la justicia)

valdrá el dolor reimaginar el mundo.


Libro que nos escupe sin acritud a la cara que “cuando irrumpió la peste… la enfermedad confinó nuestros cuerpos… (pero) nosotros solos precintamos nuestro espíritu”. Libro que nos deslumbra y ciega porque nos recuerda que solo lloramos cuando nos duele nuestra propia intranquilidad y en ella nos ahogamos complacidos, desterrando una vez más y una vez más y otra vez más de las noticias del telediario las imágenes de las pateras, las de los refugiados de guerra, las de los asesinatos selectivos dron mediante… Mejor lo dijo Amos Oz: “Lo peor de vivir en medio del conflicto entre israelíes y palestino es que nuestro dolor no nos deja tiempo o energía para preocuparnos por el dolor de los demás”. Después de milenios de importarnos un guano la pena y la miseria de los otros, un invisible virus nos da la coartada tanto tiempo anhelada.

“Muchos dicen que todo cambiará

cuando acabe la peste…

…entenderemos que la tierra es una

y nosotros sus huéspedes y ayos.

Nos dijeron que todo cambiaría,

que nada volvería a ser lo mismo,

también al prosternarse las dos torres

y durante la crisis financiera,

mas no fue así. Tras asentarse el polvo

en pie permanecía el viejo orden,

la libertad fue más alanceada

igual que un jabalí por los zarzales,

y la desigualdad tensó sus cabos,

y se saciaron las excavadoras

en la garganta inerme de los valles.

Ni el dolor, ni la fuerza, ni las plagas

cambian el mundo. Las ideas, sí…·”.

 

Libro que sin concesiones nos anuncia el “Modelo de sociedad tras el confinamiento”: “el trueque de seguridad por libertad es el más antiguo en el manual de déspotas y ventajistas, y el más amenazador”:

“Quien te obligue a elegir entre salud

y libertad busca quitarte ambas.

No hilamos alfabetos, no escrutamos

las facciones del bien, no hicimos lumbre

contra la oscuridad, saber adentro,

no inventamos la imprenta y la asamblea

para ser menos libres.

Quien nos fuerza a elegir entre intemperies,

la de la mente frente a la del cuerpo,

intenta confinarnos en su puño…

Del miedo no se sale cabizbajo.

Si entregamos el hacha a los verdugos

harán empalizadas que nos guarden,

y después, con más leña, harán cadalsos…

De este dolor emergeremos juntos

braceando hacia el aire, no hacia el fango”.

 

Libro admonitorio que nos pone ante la obligación de elegirnos, porque aún hay tiempo si no nos faltan valor ni generosidad:

“Si en la celebración de los reencuentros,

tras abrazar a quienes tanto amamos,

nos faltaran los otros, los que moran

en un confinamiento vitalicio

de niebla, de injusticia, de pobreza,

si alcanzáramos a llorar la pérdida

de cada humano por la peste como

llorarían las tildes por la muerte

de una vocal,

                            quizás si nos tratáramos

como nos trata el virus: como iguales,

si echáramos de menos a los presos

aherrojados en cárceles distantes

por defender la libertad sagrada

como nos falta un hijo o un hermano

en la celebración de los reencuentros,

mereceremos, cuando vuelva le fuego

hasta nuestros tejados y cosechas

(porque regresará, no lo dudéis,

y será un vasto incendio que ninguna

aldea ni país ni continente

podrá extinguir por separado, solo),

mereceremos, cuando el fuego vuelva,

que acudan todos, desde todas partes,

con sus lagos y ríos, con sus pozos,

sus baldes y sus almas, a apagarlo”.

 

En fin, ripiera, tú no leerás este libro. Porque estos versos van y no tratan del ombligo, santo y único, ecuménico y atolónico del poeta mismo, sino del cordón umbilical de todos, ese cordón que nos une en el goce y la desgracia de los hombres.

Porque este libro de Gonzalo Sánchez-Terán, un hombre hecho de una pieza, la de la dignidad humana, es un “regreso al silencio y la palabra en busca del fanal que nos guie tiniebla adentro”, (donde) “creció la convicción de que por el sistema sanguíneo del mundo corren las plagas, sí, pero también circulan las ideas transformadoras, los sueños compartidos”. Incorregible Gonzalo en su hímnica esperanza de que el hombre se redima un día a sí mismo.

Y casi mejor, ripieros. No, no lo leeréis porque en él no está escrita la palabra polla. Por ejemplo aquel inigualable verso-siglo XXI: “nunca le he pedido que me coma la polla”, que en tus manos de ripiero continuaría con cebolla y olla consonantes. Al parecer indispensable es en la poesía contemporánea juvenil de escribidores con ínfulas de epatadores de burgueses, de escandalizadores de meapilas, escribir sin santiguarse “polla”.

Poetitas que son jóvenes apenas de pensamiento (monocelular), obra (véase la quinta acepción del DRAE) y omisión (de lecturas y saberes). Y ya al fin, lo de ser jóvenes de palabra les queda un poco, un muy, un mucho grande. Que diría Mariano. Y no de Larra.

Larra, desesperado se descerrajó un tiro. Pero va Gonzalo Sánchez-Terán, el hombre que ha vivido en su carne tanto horror, y aún nos regala la esperanza, “El afán de los fareros”. Bendito sea. Un trisagio elevo en su honor siempre.

“De la elegía al madrigal iremos,

del cepo a las atmósferas ganadas,

y de ese redoblar de los cerrojos

al plectro de las almas volveremos,

porque eso es lo que hacemos las personas,

es ese nuestro don, obrar milagros,

transubstanciar lo inanimado en arte,

trascender en hogazas las espigas.

 

No sabemos muy bien por qué ni cómo

pero somos la especie de la alquimia,

capaz de compartir con los extraños,

de cuidar un jardín que no veremos,

de mudar el dolor en ovaciones.

 

Qué otro animal, en medio de la lucha

por la supervivencia, sueña auroras

más lúcidas, más justas para todos.

 

Y qué otra bestia libremente iría

al lugar donde yacen infectados

para ayudar a algún desconocido.

 

Opulentos de mente y de lenguaje,

sobrepujamos al temor con odas,

designios y el afán de los fareros

que se imparten en luz cuando la noche,

afán que nos define y nos absuelve.

 

Desde la desunión al haz, al ágora,

ascenderemos como al viento el polen,

porque eso es lo que hacemos los humanos,

conversar, aprender, partir el pan

y ponernos en pie de amanecida,

para abrir otra senda en la espesura”.

 

(fotografía del autor mchmaster.com)

31 enero 2021

Virtud de las mudanzas

Traen consigo las mudanzas pérdidas y encuentros; roturas y reparaciones. Ahora que, tras cuatro meses haciendo turismo oceánico por el Índico, por fin han llegado mis cosas a Tokyo, han aparecido entre cajas y carpetas, por sorpresa, olvidados poemas como estos. Bien está darles su luz tras 25 años de olvido...


        Tira el viento las hojas, las caducas.

Tira el Hombre los amores por la borda.

Tira el buey de su sombra, de mercurio.

Tira piedras el niño al manantial.

Tira línea tras línea el Delineante.

 

Caen las hojas porque han muerto

y en vano se mantienen en el aire.

Destroza con su arado el buey su sombra,

y en ella él mismo va ya hacia la muerte.

Se hunden sin remedio los tesoros

de piedra del muchacho en la negrura.

Al infinito van, y ya no vuelven,

las líneas delgadas, es la vida.

 

Y el amor del Hombre no perdura.

Estalla en cuanto toca y pinta todo

de luces que no existen y arcoíris

de colores no nombrados todavía.

Pero es breve su paso por la estancia:

hoja que cae, sombra que pasa,

piedra pequeña que se hunde o línea

que no se ve jamás tras horizontes,

el amor del Hombre no perdura.


                     (Jaime Alejandre, ‘Fosa Común’, 1996-1998, inédito)

 

 



QUE PREVIENE EL VÉRTIGO DE LA VIDA QUE COMIENZA

                                                                                   A Arturo Gonzalo Aizpiri

 

        Inaugurábamos la edad tormenta,

los años del amor pausado, el viaje

que va a nosotros mismos: un paisaje

atroz algunas veces, que violenta

 

la rendición cobarde con que cuenta

el hombre al que le asusta el equipaje

de su vida. A la infancia cabotaje

- con prisas unos y otros con la lenta

 

navegación de calma azul - la altura

sobrevino con su riesgo y su promesa,

su seducción, su escala y con su muro.

 

En fin, tenemos miedo, nada dura,

y enormes son las dudas, y esta empresa

tal vez no traiga más que... otro futuro.

 

                    (Jaime Alejandre, ‘Sonetos’)


(Fotografía © Jaime Alejandre, 2020, Sado-ga-shima, Japón)


16 enero 2021

Perspectivas del mundo este (y oeste)

Visión 1 del mundo oeste: Personajillas tipo Sol Manuel o Luna Miguel o Nebulosa Abel, o Avel Vete Palcarajo que se creen trasgresoras por informar al ancho y hastiado mundo de que se confabulan para hacerse una paja y un poema cada día. Algo que nadie ha osado antes, claro está. Y por ello merece sin duda la pena tamaña iniciativa intelectual, artística y monocigótica.

A no ser que esto no sea sino la señal inequívoca de que el aburrimiento, aliado con supina ignorancia, se enseñorea ya de los albores de la extinción de la especie, polo norte magnético a la deriva mediante.

Quien solo se lee a sí mismo y solo consigo mora no es lo malo que se masturbe sexualmente a diario sino que lo haga intelectualmente y se crea a la vanguardia sin haber leído, verbi gratia, al Marqués de Sade (quien hoy en día recibiría una buena ratahíla, digo retahíla, de denuncias de abogados cristianos y fundamentalistas islamistas, dado que en no pocas de las páginas que se atrevió a escribir colgaba con donosura sus “Me cago en Dios”. Pero seguro que el mal buen marqués nunca fue capaz de tamaña hazaña como pajearse y versearse a diario).

Visión 2 del mundo este: mientras la antecitada personajilla se da gusto inguinal y versifica a un tiempo, convertida en arquetipo de cierto páramo literario actual triunfante y tunante, otra persona que conozco, y que al parecer no tiene tanto tiempo para aburrirse y ombliguearse con fruición,  me comunica que está muy contenta allá donde vive. Porque ha dado positivo en coranavirus. Y la han confinado en un hotel. ¿Su contento? Que durante el tiempo que deba estar aislada tendrá baño propio y para ella sola.

Mira tú, esta conocida mía ahora también podrá hacerse, por fin con intimidad, su diaria paja. Y lo mismo le alcanza incluso para escribir un poema para la inclusa. Confiemos que no, que todo quede en privativa autosatisfacción sin espectadores ni lectores (y no en privada ídem, la de la otra, pero privada, entiéndase, de la mínima sesera y discernimiento). Confiemos que esta buena mujer amiga mía, gracias a sus interminables jornadas laborales no haya tenido tiempo de hastiarse del mundo y ahora en su encierro, además de baño propio, tenga una televisión y puede dedicarse a ver documentales de Netflix sobre la inquietante evolución del cerebro humano y no a dar el espectáculo o por especta-culo al resto de humanos.

Colofón de las Perspectivas del mundo este (y oeste): "… En el mundo del arte, dicha metodología es ya un clásico. Los artistas más mediocres o irrelevantes, aquellos que en realidad no tienen nada que decir, recurren sistemáticamente a la provocación como forma de ocultar la ausencia sustancial de cualquier mensaje. Con ello, al tiempo que se suple la evidencia de una carencia de contenidos efectivos, se pueden alcanzar los célebres 15 minutos de gloria a los que, según Andy Warhol, tendría derecho todo el mundo" (Manuel Ruiz Zamora).

Amén.

21 septiembre 2020

De premios y otras basuras incinerables (enésima edición)


Acierta una vez más el bueno de don Enrique Gracia Trinidad

https://www.facebook.com/enrique.graciatrinidad/posts/10222837945552856?notif_id=1600634687249654&notif_t=close_friend_comment&ref=notif

pero es algo de lo que hemos escrito tanto y tantos ya, del muladar de los premios literarios en España, que ya tal vez convendría dirigir nuestros ánimos hacia otras inquietudes también relacionadas con el tema.

Porque puede que siempre haya sido así, que en el siglo XIX los folletineros vendieran más obras que los Galdós o Clarín. Pero me temo que la dimensión de lo que hoy ocurre supera todo lo pasado y todo lo imaginable. Señal de que con la literatura no sucede sino otra vertiente más de la decadencia integral de los tiempos en que vivimos: medran los peores, triunfan los papanatas, obtienen transitoria fama y notoriedad los corruptos. En todos los órdenes de la vida en sociedad: escritores, políticos, empresarios, servidores públicos, artistas…

Me sorprenden entonces en el artículo reseñado de El País, escrito por Peio H. Riaño, varias cosas.

La primera es precisamente que se publique en ese periódico, boletín oficial de una editorial concreta, entre cuyas páginas de crítica literaria solo una vez al año, como quien dice, dejan colarse comentarios de libros “ajenos”, aunque siempre menores e inaccesibles, como para lavar su conciencia, algo que ni Ajax pino con cloroxilenol conseguiría.

Mi segundo asombro radica en esta frase: “Este modelo de negocio del libro está anclado desde los años cincuenta, cuando la curiosidad y el consumo cultural fueron arrasados por la dictadura. Setenta años después, el mercado editorial no sabe andar sin estas muletas”. Tela marinera. Y mira que yo soy de los que denuncio las largas repercusiones de la dictadura sobre nuestros aciagos días contemporáneos. Que los grandes prebostes de las -más grandes aún- empresas de todo tipo y ralea, a poco que escarbes, descubres que son hijos o nietos de ministros de Franco. Pero echar la culpa de la atonía y anomia literaria a la dictadura (en la que también ganaban premios y publicaban poetas como Blas de Otero, Goytisolo, junto a penosos Pemanes, cierto, pero no espantajos Cabalieres). Eso de echarle la culpa a la dictadura, ya es rizar el rizo y desenfocar de que el verdadero monstruo fagocitador de los buenos escritores actuales no es otro que el capitalismo salvaje. O sea, más ajustada a la verdad es la confesión de esos otros editores y libreras que en el artículo señalan que “es el mercado”. Pero no un mercado ajustado y necesario, fenicio él, que pone al servicio de unos las obras de otros, sino este mercado especulativo neoliberal del siglo XXI cuyos hilos los mueven tipos que no han leído en su vida más que las cifras (no escribo guarismos, que se me pierden) de los billetes y cuyo único objetivo no es el cuento sino la cuenta de resultados. En el mundo literario en concreto, hace ya más de treinta años que en la “grandes” editoriales desembarcaron tipos ágrafos pero acorazados con sus MBA, sus dobles grados y sus conocimientos de mercadotecnia, dispuestos a salvar a los sellos quitándoselos de las manos a los anteriores dueños y gestores, gentes ignorantes que solo habían leído libros en su vida, no balances contables, y entonces cometían dislates del tamaño de publicar a Rafael Soler en vez de a Pérez Reverte.

Tercer asombro, el desparpajo con el que se cita a Belén Bermejo. La muerte es cosa triste y más si sucede a una persona demasiado joven para el encuentro con la Parca, pero atravesar la laguna Estigia no lava los pecados, porque se hace en barca y no a nado. Pecado es que la citada editora “Bermejo había dedicado mucho tiempo y esfuerzo a conseguir un manuscrito de quien nunca había publicado nada”. Así, sin gastar papel en sus idioteces, debería haber quedado el tema del presunto escribano Rafael Cabaliere, arquetipo de mediocridad intelectual ante quien Paolo Coelho merecería el Olimpo, que no la Olympus en la que algunos empezamos a escribir hace décadas. Pero lo hicimos no sin antes haber leído centenares de libros para, al fin, saber distinguir de nuestro propio presuponible “talento” lo que apenas eran lugares tan comunes que daban vergüenza y asco.

¿Que quieren publicar a autores que “tiritan de inédito”, que diría el maestro Pérez Estrada? Perdón por la autocita, pero que hagan como el menda lerenda en su colección Hazversidades Poéticas y apuesten por un Rafael Borge, un Maxi Rey, un Simón Arriaga… No tendrán hoy miles de seguidores abúlicos en las redes, pero serán los poetas leídos dentro de cien años.

Mi cuarta y principal reflexión en este comentario mío: “Ana Rosa Semprún, tomó la palabra para aclarar a los cuatro miembros el objetivo: vender muchos libros. Y solo su candidato lo podía lograr porque, según apuntó, tenía cientos de miles de seguidores en las redes sociales”… He aquí el meollo de la cuestión. Aunque ya señalaba al principio que puede que este fenómeno no sea para nada nuevo, que los más vulgares escritores en todos los tiempos hayan “vendido” siempre más que los autores de verdad, los indagadores de la palabra, los innovadores del arte. Pero me temo que en este renqueante y disparatado nuevo Milenio, la magnitud del desastre es inconmensurable. Si un inválido del conocimiento y de la emoción como el tal Cabaliere tiene cientos de miles de seguidores es que la debilidad del espíritu ha infectado a la gran mayoría de humanos, en una pandemia que deja en broma de mal gusto a la del Covid. Si miles de elementos prefieren “versos” como estos:

 

“No te apresures

las cosas llevan su tiempo,

no todo es ahora o nunca.

Hay que saber esperar,

dejar a la vida hacer lo suyo” (R. Cabaliere),

 

a estos:

 

TIEMPO ESCUÁLIDO

“Con la mirada fija en la ventana

de un país mordido por la niebla,

en el que nunca estuve y terco me vomita.

Tiempo escuálido, de vejez y ceguera,

descerrajado sobre mí cerebro

como la maldición de un dios desmesurado.

Despedidos los últimos invitados

y de nuevo restaurado el silencio,

vuelvo al plato del día del dolor

como única comida.

Ejercicio diario del caníbal

que espera desnudarse

de la última máscara

y anidar en la piedra

para el sueño postrero” (Elvira Daudet)

 

es inequívoca señal de que la Decadencia del Imperio Romano es filfa comparada con el detrito en el que habitamos.

 Pero ¿no será que estos miles y miles de lectores cuentan además con la complicidad delictiva y entusiasta de demasiados tipos que, en el ámbito de la literatura, son libreros/editores/críticos que, una de dos, o son tan ignorantes como sus autores o tan corruptos como su empresas? ¿Y que solo les ofrecen a aquellos ávidos lectores porquería de fácil digestión para engancharlos al menú de literaria comida basura donde no hay obra sino solo incesante consumo?

Vivimos tiempos en que todo es espectáculo impostado protagonizado por infames personajes que más recuerdan a ciertos pasajes de la Roma caligúlica que a otra cosa. Así es la vida.

Cuando alguien tiene que robar 20.000 euros y la notoriedad de un premio literario para “desmentir que sea un robot” queda todo dicho de la altura de su obra.

© fotografía Rafael Cabaliere


27 julio 2020

Llovizna de humildad


Bastantes somos los letraheridos que en público y privado nos dolemos del silencio que circunda nuestra obra. Yo no es que me sienta confortado por el “mal de muchos”, ni por la avisa visión del cuento de la cerillera (la del ruin sentimiento de revancha que disfrutan algunos al calor del hogar o el restaurante solo cuando ven en la calle a un mendigo suplicando caridad).
Al revés, creo. Al revés. Cuando descubro las azarosas vidas literarias y humanas de algunos de mis escritores más admirados, me doy cuenta de que no tengo ningún derecho a levantar mis sollozos más allá de mi propia garganta.
Max Aub me viene hoy a la memoria. Uno de nuestros más grandes autores del siglo XX. Escritor integral (novelista, dramaturgo, poeta, periodista, paremiólogo, guionista de cine…) tan olvidado en vida como hoy.
Escritor dueño de uno de los mayores conocimientos de nuestra propia lengua que conozco. No hay libro suyo que lea que no me haga tirar del Diccionario de la RAE al menos una vez cada tres páginas (una curiosidad: en las varias temporadas que pasó en diferentes campos de concentración franceses tras su exilio de la España franquista al final de nuestra Guerra Incivil, Aub solo dispuso para leer de un tomo de las obras de Quevedo y de un diccionario). Qué sabiduría, qué talento, qué dominio de la precisión del lenguaje. Cómo no llevar él mismo impreso en su más profundo sentir que “toda la desesperación humana radica en la imposibilidad de expresarse con exactitud”, “No es que no sepamos lo que quieren decir las palabras. Es que las palabras, en el fondo, no dicen gran cosa. La inteligencia tiene tales límites que dan ganas de llorar”.
En esto, y en tantas otras cosas más me recuerda a Fernando Pessoa, que bien sabía que “Todo cuanto hacemos, en el arte o en la vida, es la copia imperfecta de lo que hemos pensado hacer... Todo esfuerzo, cualquiera que sea el fin hacia el que tienda, sufre, al manifestarse, los desvíos que la vida le impone; se convierte en otro esfuerzo, sirve a otros fines, consuma a veces exactamente lo contrario de lo que se pretendía... Lo que pensamos y sentimos es siempre una traducción” (Bernardo Soares, Libro del desasosiego).
Y sin embargo, un escritor de la talla de Max Aub tuvo que penar “lo que no está escrito” con su pasión literaria: él mismo se pagaba de su bolsillo las ediciones de sus obras, y Fondo de Cultura Económica se limitaba a distribuirlas; en diciembre de 1971 publica “La gallina ciega”, una prodigiosa reflexión sobre la naturaleza de los españoles, y cuando siete meses después se produce su fallecimiento, se habían vendido apenas cincuenta ejemplares. Repito, cincuenta… Sin palabras, o las desalentadas suyas: “Con seguridad tardarán todavía muchos años en darse cuenta de que soy un gran escritor. ¿Lo siento? Sí, lo siento, pero no puedo llorar”.
Todos deberíamos sentirlo, y avergonzarnos aún hoy. Lo mínimo que merece un autor como Aub es un generoso reconocimiento en vida. Pero no. La España cainita no podía glosar a un socialista liberal partidario (como afirma Javier Quiñones) de una especie de tercera vía, “movido por un sentimiento de solidaridad, dice de sí mismo Max Aub, un deseo de que los que no tienen vivan mejor. No es una idea, añade, sino un anhelo tan viejo como la sociedad”.
En fin, si algo no perdona España es el talento, y la heterodoxia, la iluminación, la capacidad de ver entre la sombras inquisitoriales tan patrias nuestras. Y ya lo que excita los peores ánimos es el desparpajo con que algunos pocos, como Aub, nos echan a los pies sus increíbles intuiciones: “Camilo José Cela dedica todas las horas posibles a su negocio, que es la gloria. Sueña todas las noches con el premio Nobel. No hay nada escrito acerca de que no lo consiga…”.
Demasiado disidente, demasiado auténtico, condenado de antemano al silencio. No otra cosa para quien, ilustrado, afirma: “Arte es creación, no reproducción. El arte no es vida, sino muerte que produce vida. Reproducción es vida que produce vida, no necesita más que artesanos”. Tal vez su principal problema lo identificó él mismo cuando dijo “Se escribe para iguales”. Qué pocos lectores a la altura del genio de Aub. “Siempre se acaba siendo lo que se parece”. Él fue un ignorado, un incomprendido.
No es de extrañar que su último rasgo de talento lo utilizara para escribirse su propio epitafio: “No pudo más”.
© Foto EFE en valenciaplaza.com

30 marzo 2020

El retablo de Isenheim y el Covid19


Vaya, hay casualidades que impresionan. Estaba rebuscando entre viejos cuadernos viajeros míos y me he encontrado inesperadamente una libretita con un manuscrito de hace justo veinte años, cuando por fin conseguí visitar una obra de arte que siempre había estado en mi más profundo imaginario. El retablo de Isenheim.
Estas son las notas que escribí:
“Por fin frente al retablo de Isenheim y de repente las crispadas manos me parecen más dulces y relajadas a cómo las recordaba, que era en el momento feroz de la agonía. Y ahora caigo en la cuenta de que ese momento ya ha pasado, el cuerpo crucificado ahora está ya en la inicial laxitud de la muerte. Más esperpénticos se me aparecen los pies retorcidos, las llagas que cubren toda la piel de Cristo, el deshilachado y roto pedazo de tela que cubre su sexo inútil. El resplandor de cera en la cara de la Magdalena abandonada, primera monja que ‘vivirá sin vivir en ella’ un amor terrenal imposible. Debajo de la tabla central está el enterramiento, con rostros expresionistas y con esos pies otra vez, más evidentes aún, desvencijados. Los cabellos de la Virgen como los de una loca. Pequeñas estacas clavadas en el cuerpo de Cristo como si fueran dardos de un San Sebastián (santo protector de las pestes, que en realidad está a su izquierda, tan sereno en la muerte que parece marmóreo). La espesa sangre que se resiste a caer goteando desde el reclinatorio de los pies. La líquida sangre que mana del costado lanceado por Longinos y también del pecho del Agnus Dei al Cáliz. Los ojos de la Virgen, que aparecen bajo el translúcido velo como por milagro. Entre las costillas y las caderas, el cuerpo del crucificado se deforma. Imagino al autor, Matthias Grünewald (a quien tomó a cinco años pintar esta obra maestra, de 1511 a 1516), adoptando esa postura él mismo para comprender el dolor que iba a plasmar. La cruz más auténtica que he visto. Sin embargo parece que los clavos debieran haberse puesto en las muñecas para evitar el desgarro. Es otro diferente el paño que cubre su sexo en el enterramiento. Y no parece que les hubiera dado tiempo a cambiarlo, pues la corona de espinas se encuentra allí, junto a la tumba, en el suelo. Todo está repleto de simbolismo, Oh, Rey de los Judíos, destronado ya. Un cuadro tan extremo invoca al desequilibrio. Por eso tal vez ni siquiera Cristo está centrado en el retablo. El centro de la tabla cae en la completa oscuridad…”.
Y resulta que mis notas incluyen una referencia a que una de las pestes que asoló Europa desde la antigüedad fue la llamada Peste de Fuego, o ergotismo, también conocida como “mal de los ardientes”. Los enfermos sufrían de graves y dolorosas llagas en brazos, piernas y pies, padecían de grandes fiebres y morían. De acuerdo con la tradición, San Antonio, anacoreta del siglo IV, tenía el poder de curar el mal. En el siglo X se fundó la orden de los Antonianos con el propósito de asistir y curar a estos enfermos. Se fundaron gran cantidad de conventos de la orden por toda Europa. El retablo fue encargado para el convento de Isenheim, en Alsacia, para ser utilizado como retablo sanador en la capilla del hospital de la orden.
Así que vaya aquí el retablo de Isenheim para acompañar nuestra sanación individual y común.