Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

16 agosto 2019

Triscando por lugares de nuestra historia


 Hoy he ido a entrenar a uno de mis lugares favoritos de la Sierra de Guadarrama, a la altura del Alto del León (1510 m). Normalmente hago la ruta suroeste hacia Cabeza Líjar y Peregrinos. Hoy he tomado la noreste, hacia La Peñota (1944 m) pasando por la Peña del Arcipreste de Hita, Cerro de Matalafuente, Peña del Cuervo y Cerro del Mostajo siguiendo el GR 10, que en el ataque a La Peñota lo hace por una subida a trepa que tiene sus bemoles (aprovecho para hacer público agradecimiento a los montañeros que mantienen las señalizaciones de los GR!!).
Siempre que corro por uno u otro de estos recorridos recuerdo a mi abuelo Paco. Le pilló la Guerra como Brigada en el Regimiento de Transmisiones de El Pardo, famoso por haber protagonizado una arriesgada huida de Madrid para incorporarse a las tropas nacionales. Aunque lo iban a hacer por el puerto de Morcuera, las dificultades para atravesar el tradicional feudo comunista de Colmenar Viejo, provocaron el desvío de la columna hacia Hoyo de Manzanares, mi Torrelodones y Collado Villalba para subir al final hacia Navacerrada.
A los muy pocos días, una vez al otro lado de la sierra acaba con su regimiento en el Alto del León. Pese a ser de Trasmisiones se los empeña en actuaciones puramente de Infantería. Tanta bravura mostró tanto el bando nacional como el republicano que desde entonces al puerto se le conoce comúnmente como el Alto de los Leones.
Cuando uno se mueve por aquellos caminos todavía se encuentran fortificaciones de la Guerra. Así no deja de impresionarme que hace demasiado poco nuestros compatriotas se mataran unos a otros, hermanos a hermanos por la dolorida geografía de España.
En esos riscos hirieron por primera vez a mi abuelo, ya ascendido a alférez. Recuerdo cómo me enseñaba las cicatrices que le dejó la metralla y que tantas historias hicieron bullir en mi aventurera imaginación. Recibió por ello la Medalla Militar Colectiva.
De allí mi abuelo iría a la Batalla de Brunete, a la de Teruel… allá donde más sangre se derramó. En Brunete, en el sector de Navalagamella, junto a su capitán, un sargento y un cabo, restablece las comunicaciones bajo un nutrido fuego en el que el capitán, Luis Díez Alegría, es herido de bala siendo evacuado a hombros por mi abuelo, acción por la que se le propone para la Medalla Militar Individual. Eran otros tiempos y la propuesta de recompensa a un mero alférez “chusquero” (mi abuelo para ascender en la escala social, pues era un mero campesino de Velilla de Jiloca, se reenganchó en la Mili y con ímprobos esfuerzos fue ascendiendo de soldado a cabo, sargento…)  simplemente quedó anotada en su Hoja de Servicios. El capitán herido, sin embargo, obtuvo un avance en la Escala.
En todo caso, el futuro general Díez Alegría siempre profesó un leal afecto a mi abuelo, con el que mantuvo cercana amistad hasta el final de sus días (los de mi abuelo). Algo muy reseñable pues mi abuelo a duras penas se retiró de comandante mientras que Luis Díez Alegría llegaría a ascender a teniente general, siendo el más joven de España en alcanzar dicho grado. Se le nombró Capitán General de la VII Región Militar y posteriormente fue Director General de la Guardia Civil, Jefe de la Casa Militar del entonces Jefe del Estado, Francisco Franco, hasta 1975 y Senador por designación Real entre 1977 y 1979. Ninguno de esos importantes cargos empeció de vanidad la amistad con quien a hombros le había salvado la vida.
En fin, que recorrer en mis entrenos estas cumbres me conecta no solo con la naturaleza que me circunda sino con la naturaleza humana de la que provengo. Espero algún día llegar a estar a la altura…

24 julio 2019

Wiki literatura


Vergüenza ajena. Tristeza infinita. Parecen los nombres de alguna de las operaciones bélicas estadounidenses, pero no. Bochorno máximo.
Traspasados los límites más inauditos del estupor, miro con creciente desconsuelo los anaqueles de mi biblioteca y pienso que hoy se revuelven en su tumba Proust, Malraux, Simone de Beauvoir, Romain Gary (dos veces se convulsiona, Emile Ajar mediante), Marguerite Duras, Tahar Ben Jelloun, Amin Maalouf, Jean Echenoz, Jonathan Littell, Mathias Enard, por citar los premios Goncourt que he leído y aprecio. Otros premiados no me parecieron merecedores del prestigio que al premio Goncourt prestan tales autores, pero ninguno de los que me disgustaron llega al nivel de infamia de Eric Vuillard y su penosa ¿novela? “El orden del día”.
Por decirlo como lo diría él, Vuillard mismo, esto es, con una penosa frase hecha “no es oro todo lo que…”. Y tanto. No consigo salir del asombro de que un texto tan ramplón haya podido convencer de corazón a ningún jurado. No quiero ni pensar cómo será el resto de sus novelas, todas poseedoras de premios (5 galardones con sus 5 novelas escritas entre 2009 y 2016).
También desconozco la integridad de los panegiristas de este espanto de libro, críticos sin pudor que ponen frases elogiosas en las solapas de la cubierta, aparentemente sin que les entren bascas: “una novela fulgurante, una lección de literatura” (bueno, esto último es cierto, una lección de literatura… literatura pésima), “apasionante”, “muy brillante”… Al final, casi prefiero que se trate de apesebrados menesterosos que necesitan llegar a fin de mes con sus reseñas de encargo, pero que no creen lo que escriben. “Escenas robadas al olvido que nos sobresaltan”… ¿Que nos sobresaltan? Y tanto, menudos respingos da leer algo desolador y malo que no veas.
Sabed, no obstante, que, por ser ecuánime, reconoceré que algo bueno sí tiene el libro de marras: se lee en dos horas y se olvida para siempre jamás. Y puestos a reconocer, también confesaré que me lo he leído entero solo para poder echar completa mi peste por la boca sin titubeos. Así afirmo: creo que es la peor novela que he leído, porque otras, al verlas venir de tal cariz, las dejo a medias sin desconsuelo.
La cosa, el artefacto este ya apunta maneras desde la página inicial. Que la novelita se despacha con un primer párrafo de antología del disparate hecho para epatar a no sé qué burgués, cuando ya ni esos burgueses se epatan con la inanidad de cosas como: “El sol es un astro frío. Su corazón, agujas de hielo…”.
Pero claro, es que creo que el autor de este pastiche cogió con toda su ignorancia una página de wikipedia, se cayó de culo por cosas que cualquier bachiller conoce y se puso a saltar de enlace en enlace. Y, sorprendido por anécdotas bien sabidas por el ancho mundo, fue metiendo “cortas y pega” con entusiasmo directamente proporcional a su analfabetismo. Porque, mire, señor premio Goncourt, para contarme lo que ya está en wikipedia no me haga perder el tiempo. Si usted desconocía todas estas cosas y quiere escribirlas, ramplona y facilonamente, para milenials ágrafos que no conocen más allá de las peripecias de Tintín, de acuerdo, escríbalo, pero no se crea usted escritor. Si quiere hacer una narración pseudohistórica y realista no me venga con ucronías mal hiladas como decir, contemporáneamente al trascurso de su historieta, que el cuerpo de Hitler era virulento como un escupitajo
Y si va a escribir usted de guerra (más bien de sus prolegómenos) entérese un poco, antes, buen hombre. Decir de las maniobras del ejército alemán al otro lado de la frontera austriaca en vísperas del Anschluss (la anexión de Austria por Alemania en marzo de 1938): “Durante los días siguientes, el ejército alemán realizó maniobras de intimidación. Hitler había pedido a sus mejores generales que simularan que estaban preparando una invasión. Algo de lo más inusitado…”. Eso, eso, ¿es coña, no? ¿Inusitado? Como lo de llamar “Blitzkrieg” a la invasión de Austria, hecha sin pegar un solo tiro, sin los stukas bombardeando… Si le fascinó el vocablo y quería meter tal palabro en algún lugar relate usted la invasión de Polonia. Es un poner.
Pero bueno, lo que sí es inusitado de más es que, siendo tan corta (y tan pequeña, tan insignificante) esté repleta su novela de pasajes que son puro relleno: ¿que ya no sabía qué contarnos para completar los folios que lo habilitaran para presentarse a un premio? Pues nos arrea, sin venir a cuento, sucesivos corta y pega de wikipedia. Párrafos a troche y moche sobre la peripecia del pintor Louis Soutter, la neurosis obsesiva de Anton Bruckner, de unos artículos de Gramsci, de una anecdotita de un tal Bill Tilden, tenista… Algunos de los rellenos son apenas detalles sin interés alguno más allá de cubrir medio párrafo: que si el futuro universitario postbélico de Schuschnigg en la Universidad de Saint Louis en Misuri y tontunas de tal calibre, como explicar infantilmente el funcionamiento del motor de explosión; otros son pura presuntuosidad: aprovecha el escritorzuelo este que Suetonio contó no sé qué de Calígula para meternos en plan ensayo de Montaigne una frase suya que da una grima que no veas. O nos suelta de rondón que si según la Historia Augusta de tiempos de Diocleciano, el Senado romano pasó horas deliberando sobre la salsa de un rodaballo… Chuscas anécdotas de simplicísima conferencia de jueves por la tarde en el Centro Cultural de ancianos del ayuntamiento; necedades innecesarias, como un capítulo entero sin pies ni cabeza sobre una tienda de utilería en Hollywood. Relleno y relleno, hasta metiendo a medias la receta de una tarta que no viene a cuento de nada; relleno tras relleno, citando o glosando pasajes de Churchill, o cartas de Walter Benjamin, o artículos del periodista Joseph Kessel… Pero si no aporta usted, señor Vuillard, nada digno de talar un árbol y hacerlo pasta de papel, déjenos con los originales, por Zeus…
Y si lo que quería usted era contarnos la historia de los industriales alemanes que apoyaron a Hitler y se lucraron con la guerra y cuyos nietos siguen viviendo de la muerte causada por sus ancestros, mejor habernos remitido a ensayos históricos que lo abordan con profusión. Pero si, como parece, no es usted mucho de leer, recuerde, Netflix está repleto de documentales sobre el tema.
Pero ¡anda que quedarse apapanatado contando que, pese a las disposiciones del Armisticio, Alemania, desde los locos Años 20, había fabricado a escondidas un buen puñado de tanques! Cuando lo verdaderamente significativo fue cómo reconstruyó íntegramente su aviación. Cosa que hizo (esto sí que es para pasmarse) en pleno territorio de la Unión Soviética en el aeródromo de Lípetsk. Pasándose la expresa prohibición para Alemania de producir o poseer aviación militar del Tratado de Versalles de 1918 por el forro.
Por cierto que con esto de los arribistas industriales alemanes me da por maliciarme: a ver si igual a alguno de nuestros muy espabilados novelistas de bestseller, a la tenebrosa luz del éxito de esta infumable obra, le da por escribir la misma historia pero aquí, un episodio nacional sobre nuestros muy austeros generales que, tras la Guerra Civil española, pasaron a servirse de la victoria en beneficio propio acabando, sin méritos profesionales o intelectuales conocidos para ello, como Suanzes, presidente del INI veinte años. Con un par.
Lo dicho, literatura estilo wikipedia de alguien muy ignorante que tal vez presumiera al ponerse a malescribir su “El orden del día”, que los demás tampoco sabríamos gran cosa. Que no nos daríamos cuenta de que yendo él de hiperenlace en hiperenlace, sorprendido de cuanto desconocía, armado del corta y pega, compondría algo sin forma ni fondo a lo que llamó novela. Porque se puede haber nacido en 1968 y ser, no obstante, un ágrafo milenial, cuando lo único importante es cobrar el sueldo de los premios.
En fin, tras tantas reseñas mías estas semanas de magníficos libros, por una parte casi me alegro de poder decir lo que aquí he dicho, para que no se crea que mi personal criterio solo se apapanata con los libros que me da envidia no haber escrito; pero por otra parte me invade la tristeza de que justo esta infumable retahíla de palabras haya obtenido un reconocimiento tan inmerecido como el Goncourt.
Inmerecido por el fondo, la forma y todas las dimensiones que uno pueda llegar a imaginarse. No sé, igual su autorzuelo se cree que por hacer un innecesario y profuso/uso de la anáfora ya su inane texto se alinea entre las magníficas novelas líricas que en el mundo ha habido. Pero no, no se crea usted que las cansinas duplicaciones de sus frases alcanzan el nivel de la anáfora poética. Son en usted meras repeticiones, aburridas y prescindibles. Por poner tres veces seguidas “les bastó con entrever” no ha hecho usted un texto de lírica narrativa, ha hecho unas frases que el corrector de estilo debió cercenar y reescribirle.
Callo ya, que se me está poniendo amargo sabor a Cynar en la garganta. Si en algo apreciáis mi amistad, compañeros, no perdáis tiempo y dinero en este engendro cuya sola existencia justifica la increencia en los dioses y la dedicación al pirateo.
Sea.
(foto Diario de Sevilla)

18 julio 2019

Inventar la rueda


¡Que venga yo a glosar y alabar, trisagio mediante (santo, santo, santo…), al inalcanzable poeta que es Enrique Gracia Trinidad! ¡Menuda ocurrencia! Como inventar la rueda, ya digo.
Pero es que no puedo dejar de asombrarme por la infinita capacidad de Enrique para convertir en poesía la vida toda, con sus resortes ocultos para la mayoría de nosotros. Convertir la vida en poesía de la auténtica, la indispensable, la que forma parte del canon de nuestra lírica desde Almutamid a Rafael Pérez Estrada pasando por Quevedo o Florencia del Pinar. No puedo dejar de fascinarme con todos y cada uno de sus libros, destinados ya el mismo día en que se publican a ser clásicos.
Ahora ha visto la luz “Sustancia de los días”, una rareza editorial a cargo de Ediciones Detorres en Córdoba. Previsiblemente, desgraciadamente, no será libro que encuentren ustedes en la pila de papel higiénico impreso de las librerías de estación de tren o de aeropuerto junto a eméticos ejemplares de frases hechas de autoayuda “maluscritas” por belenestebanes en su más ásnica y buéyica forma de pesebre. Así que, quien sepa lo que es bueno, que acuda a la editorial a conseguir su volumen antes de que sea rareza inencontrable.
Enrique se deja poseer siempre en sus obras por una especie de entusiasmo vital que tanto admiro. También entusiasmo incluso cuando asoma en sus versos una cierta ira contra las tontunas patrióticas del hombre o frente a las ignominiosas injusticias del planeta.
Sin embargo, en esta ocasión, percibo yo una especie de melancolía desconocida. Una suerte de justificado hartazgo se trasluce esta vez en sus versos. Esa leve categoría de amargura que de repente en algunos escritores se asoma por detrás de su sarcasmo.
“Hoy no voy a negar las evidencias.
Sabed que estamos hechos de la insignificancia del mundo,
de las cosas menudas que a menudo olvidamos…”.
Bueno, de insignificancia estaremos creados los demás, no Enrique Gracia Trinidad, tú no, pero es justo y necesario que nos lo eches a la cara, no con demasiada acritud pero sí con estricta contundencia, como en tus poemas: “Hereje”, “Digamos que la vida”, “Este día”, “Las uvas de la ira”, “Salmo en el tiempo”:
… son jornadas de sombra y de ceniza
que han tenido su fuego y su presencia
y acaban por buscar un buen cobijo
entre las manos agrietadas, lentas,
entre los ojos que no ven apenas
en las espaldas que se duelen siempre,
en las rodillas que besó el cansancio…

Poemas como “De nuevo la incomodidad” en el que, en esa leve derrota que palpita en su último libro, invoca a sus iguales: “Este es un poema para náufragos, / absténganse los que han llegado a puerto… Un poema para los desahuciados, / que den un paso atrás los que andan en su casa / preparándose un baño de espuma. / Este es un poema desbocado, / que se aparten los que han pisado el freno tantas veces que no recuerdan vértigos…”.
En fin, aunque me lo piden el cuerpo y el corazón, no voy trascribir aquí todos los poemas que me han zarandeado el alma, no quiero reventaros el libro (eso que ahora la peste milenial llama hacer un espoiler), ya que apenas tiene 27 poemas. Un libro corto, pero no pequeño. Un libro en el que, siguiendo la marca identificadora de nuestro inmenso poeta Enrique Gracia Trinidad, hasta cuando el desaliento parece que quiere colarnos por las rendijas un soplo de abatimiento, la toalla, aparentemente tirada al cuadrilátero, emprende el vuelo y gana las alturas de los espíritus inmortales:
“Desconcierto y temblor”

Pongámonos en lo peor:
Que mañana amanezca igual que siempre y nadie entienda que ese es el milagro más hermoso.
Que las puertas de la desolación se nos abran como una amante tierna.
Que después de gritar, el grito se haga yeso y ceniza, madera y alquitrán.
Que cada tarde tenga más sombras, más heladas, más despropósito de enmienda.

Pongámonos en lo peor
y esperemos que nada hay que esperar,
que se ponga de luto la boca del espejo y nos niegue el saludo,
que los compatriotas acumulen miserias que podrían ser las tuyas,
que no haya más que piedras en la orilla, y dos pájaros muertos, y una luz miserable.

Pongámonos en lo peor
y hagamos cuentas de los pasos que acaban en un saco sin fondo,
de las palabras que se estrellan en una espalda que se aleja,
en un vaso de vino desquiciado o en el banco de un parque con la lluvia de fondo.

Pongámonos en lo peor,
hablemos de las últimas noticias con su sangre lejana y con su olvido,
hablemos de ese miedo que vestido de vieja pedigüeña nos visita,
del dolor que nos tiene arrinconados en la escalera del torpe desamparo.

Pongámonos en lo peor. O alcemos la cabeza.

Enrique Gracia Trinidad nos regala, una vez más en su infinita generosidad, dosis indispensables de esperanza desprovista de edulcorante o de buenismos. Sustancia de los días, sustancia de la vida misma. Un libro corto, pero no pequeño. Ya lo dijo André Maurois, “la vida es demasiado corta para ser pequeña”. Nada de cuanto toca Enrique con su varita mágica de crear conciencia, emoción  y belleza, es pequeño. Su grandeza está más allá de donde la mayoría de los meramente humanos ni siquiera sabemos soñar.

(foto de Enrique Gracia Trinidad junto al Alejandre © Daniel Mordzinski)

28 junio 2019

Ya no quedan junglas...


¡¡Menudo mes de junio llevo!! Para que luego vaya yo, me ponga de listo y estupendo y diga que la Feria del Libro no vale más que para la hoguera de las vanidades… Recojoñeta, ¡que no vale para nada!, con el baúl de inigualables libros que me he trasportado a casa.
Aunque, me reafirmo en lo de la hoguera de las vanidades, pues lo cierto es que hoy pienso que ha quedado reducida a eso, a pira de la jactancia, pero ya más a causa de los paseantes que de los propios autores.
Resulta que al personal le ha dado por encontrarle “como” cierto sentido a su vida yendo al Retiro madrileño, canícula mediante, para identificar y reconocer a los escritores en sus jaulas, acercarse a ellos, hacerles señas, no comprar un solo libro, pero sí tomarse un selfi, echarle un piropo/cacahuete apenas para sacar su fotográfica sonrisa, y solazarse con los errabundos repetidos movimientos de todos y cada uno de los animalitos escritores en sus  embalajes… En fin, no es de extrañar que la Casa de Fieras in Franco’s times estuviera allí mismo, donde hoy se ponen las casetas editoriales…
Pero a lo que voy, que a mí este año la Feria me ha puesto en las manos tantos libros buenos, extraordinarios, impresionantes, leche, que no doy abasto de asombro y de envidia. Y quiero dejar testimonio de ello.
Vaya hoy mi admiración hacia Carlos Augusto Casas y su escalofriante novela “Ya no quedan junglas adonde regresar” (M.A.R. Editor, Miguel Ángel de Rus).
Una de las mejores novelas negras que he leído en mi vida. Y digo “una de las” porque solo me quedo en mi biblioteca con las de Francisco González Ledesma, Manuel Vázquez Montalbán, Jean Claude Izzo y Raymond Chandler. Nada de tontunas adolescentoides tipo Stieg Larsson (del que solo se salva la recreación del personaje de Lisbeth Salander, pero no las tramas ni los diálogos ni nada más). Sí, como lo oyen, la novela de Carlos Augusto Casas se codea a sus anchas con uno de los dioses que en la tierra habitaron, Raymond Chandler. Órdago.
El relato compone una serie de tramas convergentes escritas con una maestría no al alcance de los más. El texto está repleto de hallazgos lingüísticos, muy a la altura de aquel prodigioso periodista malogrado por un puto cáncer que fue José Luis Alvite y sus “Historias del Savoy. Almas del nueve largo”. Párrafos los de Casas trufados de frases tan contundentes como el disparo de un 38” a bocajarro: “Poseía un rostro ante el cual, según la inspectora, solo cabía preguntarse: ¿Gravetiense, Solutrense o Magdaleniense?”, “Tina alzó la vista. Fue la primera vez que sonrió. Una sonrisa tan descarnada y amarga que era mejor verla llorar”, “Los papeles giraban y giraban, hipnotizando a la mujer en su insólita danza, derviches albos girando para escapar de la sordidez”, “Sus ojos clavados como crampones en la cara del viejo”, “Se notaba que había sido hermosa, aún lo era. El tiempo dudaba en arrancarle toda la belleza del pasado. Aunque al final lo haría”, “El despacho era el paradigma de cualquier macho alfa de los negocios. Exhibiendo la santísima trinidad de los triunfadores: muebles de maderas nobles (mira cuánto dinero tengo), diplomas cubriendo las paredes (mira lo listo que soy), y la foto dándole la mano al rey (mira qué amigos tengo)”, “La ropa de él permanecía colgada impertérrita, como ahorcados olvidados esperando recibir sepultura”, “En sus ojos, las pupilas diminutas no paraban de girar, como hormigas ciegas a las que les han arrancado las antenas”...
Nada sobra, nada falta, lo que no es barro. Entre las imágenes de violencia inusitada (pero para nada gratuita o a la busca de la satisfacción de los amantes del gore), se encuentra alguna inolvidable, espeluznante, destinada a perdurar cuando ya pocos sonetos, casi ningún haiku y ninguna letra de rap de penosos pareados resistan la implacable hoz del olvido.
El autor crea una legión de personajes inigualable. Fiel al género, sin pretender inventar recursos absurdos con la sola finalidad de otros, la de “épater les critiques littéraires”, nos desboca al galope hacia una trama y unas peripecias vitales inigualables que desembocan en unos desenlaces impecables. Novela de la que no se sale sin rasguños, sin heridas, sin bajas, pero gracias a la cual uno entiende mejor la vida del mundo y los límites de sí mismo. ¿Hasta dónde se puede llegar en una sociedad que ha elevado a la condición de dios único y verdadero a la violencia?...
Tiene también la novela algunos homenajes a quienes sean referentes, supongo, del autor, pero, sinceramente, en aquellos que yo he identificado supera Casas sin duda a los originales. Véase esa patrulla de limpieza tarantiana. Pero en la novela de nuestro autor es absolutamente creíble, sin pretender la risa fácil. ¡Cualquiera se ríe con esta novela! Vamos, para nada. Esta novela te corta la respiración, haciéndote leerla en apnea, quieras o no.
Ale, ahí lo dejo, porque es de ley invertir algo del tiempo de uno y escribir el panegírico. Aunque sé que nada descubro: la novela va por la octava edición y según dicen la va a llevar a la pantalla grande, casualidades de la vida, un buen amigo mío… ¡Qué ganas!
Ya no quedan junglas adonde regresar. Cierto. Pero sí quedan novelas impresionantes como esta de Carlos Augusto Casas. No la dejen pasar. Que yo ahora me arrojo sobre el resto de libros de la Feria con el ánimo dispuesto a seguir maravillándome…

22 junio 2019

No hay tres sin cuatro. Y estrambote


Hace apenas una semana navegaba la felicidad de los últimos libros de Ana Montojo, J.M. Barbot y Murdoch Mallako. Y en estos días ha sido la embriagadora continuidad de la dicha de leer obras magistrales, ahora a bordo de un ferrocarril. El del “Diario de Cercanías” de Rafa Mora, ese hombre sin el cual la dignidad del mundo estaría demasiado cariacontecida.
En estos tiempos de clones y artificiales inteligencias que deben suplir la falta de natural agudeza, encontrar escritores que se parecen a ellos mismos y nada más, es proeza que hace abrir tanto los ojos que a veces se desgarran. Pero ahí están los versos y los soliloquios de Rafa Mora para enseñarnos que uno puede ser él mismo y universal y todos. Y siempre para todos.
Su libro (Huerga&Fierro Editores) me parece indispensable, pero sépase, para no aducir engaño luego, que su lectura se resuelve en un agotador (salvífico) ejercicio de pleamar de talento en el que hay que bucear, apnea mediante, entregándose sin mirar por la propia supervivencia. Ahogarse en la belleza, la entereza moral, el compromiso humano de Rafa Mora es lo mejor que puede sucederle a un homínido que aún desee serlo. Y no pretenda seguir sometido a ser máquina, mero objeto parido por influencers de la oligofrenia.
Todo libro, toda obra de verdad auténtica, nos conecta con algún interno paisaje nuestro. Yo he recorrido en el alma estos días la memoria de mi padre epigramista. Nuestro poeta dice que naufragio a naufragio se convirtió al final en su propia brújula. Pero también, amigo, la de muchos otros. La mía, querido autor, sed de paisajes…
No obstante he de reconocer dos plañidos. Uno, la cosa ya empieza molestarme.  Que otros escriban los libros que yo desearía “autorizar”. Y que me gaste tanto pastizal en bolígrafos de colores de los que uso para subrayar versos ajenos y que últimamente se me agotan que no veas… Vale ya, amigos autores y desconocidos escritores, dadme cuartelillo un rato, dejad que me crea útil leyendo solo versos instagrámicos de adolescentes de cuarenta años tan cursis como tarjetas de felicitación…
Por cierto, me ha encantado también, la admonición de género con la que el libro se nos presenta: “texto literario”. Frente a la monomanía de tantos críticos apasionados por la parafilia del estabular los géneros para entenderse ellos mismos, me parece tan acertada la definición del libro de Rafa Mora que creo que pediría que mis “sobras completas” así se apostillen cuando yo falte, si es que merecen el gasto de celulosa. Tampoco sería mal epitafio para poner en mi tumba, pero prefiero mis cenizas esparcidas en una papelera.
En fin, al margen de las inabarcables virtudes literarias de este libro, debo reseñar también el placer de leer la obra de un hombre bueno, de un ser que dignifica el aire, un guerrero que se pone con cada uno de sus versos en el paredón de los humildes, de los ajusticiados justos que no conocieron la justicia, ni a Dios.
En fin, entréguense a la emoción integral de los textos de Rafa Mora (con precioso prólogo de su hermano Juanlu. Mayor sea mi envidia, por cierto, yo, tipo de muy menguante familia), integral emoción. Que no solo hay rebeldía, dolor, lucha, también planea ese humor imprescindible que es amor escrito con hache. Déjense invadir pacíficamente por los inacabables hallazgos que no pretenden epatar al burgués (pero pásmense con el de “Vaivén”, página 21), sino que nos sirven a todos para comprender el mundo en que vivimos y a la mayoría a entender lo que compone nuestro propio espíritu de humanos.
El libro está estructurado en tres partes (“Deshilando horizonte”, “Destejiendo distancias” e “Hilvanando futuros”). Todas indispensables, pero de la primera, estremecedora, no creo que me recupere en mucho tiempo. Elegir una sola muestra me parece la hazaña más complicada para un pobre reseñador que con estas palabras solo pretende hacer profesión de admiración. Todas las páginas las tengo subrayadas (la serie “Aprendizaje” vale por sí misma lo que una parte de la ardida biblioteca de Alejandría; epigramas como “El desamor es un espejo de ambas caras”, contienen más certeza que buena parte de las incomprensibles circunvoluciones de Kant redactadas por él para su propio ditirambo). Pero me someteré a ello, trascribiré aquí unos “textos literarios” de Rafa. Por hacerme la ilusión al teclearlos de que fueran míos. Por darme ese placer que a nadie causa daño…

APRENDIZAJE I
De dios, aprendí a crear sin control de calidad.
Del espantapájaros, a ser respetado siendo uno mismo.
De la luna, que las distancias son relativas.
De la muerte, aprendí a desear la vida.
De los espejos, que el reflejo es un espejo más.
De la oscuridad, que no siempre es la ausencia de luz.
De la rosa, que la belleza también está en la espina.
De la tierra, aprendí a luchar para dar frutos.
Y del ser humano, aprendo que todo lo anterior es humo cuando la duda le invade.

CANCIÓN DE HIEL
Como un dios sin títere al que abandonar.
Como un silencio agazapado en el ruido.
Como la libertad maquillada con sangre.
Como la gota, a punto de caer.
Como la lluvia que descansa en el cristal.
Como un ángel que deserta del paraíso.
Como un verso libre en mitad de un soneto.
Como un poema en plenas fiestas patronales.
Así hay gente que vive,
sin batalla.
Con la luz destemplada y el corazón reiniciando.
Como un pájaro herido que busca el calor de su jaula y confunde el horizonte con el papel pintado de la casa.

APRENDIZ DE GEOMETRIA (APRENDIZAJE IV)
Del círculo, aprendí...

Bueno, éste ya no lo trascribo (solo os apunto que del triángulo aprendió Rafa Mora que el amor es complejo; y ¡tanto!, ya dijo en una novela suya Jorge Franco Ramos: ‘Siempre he pensado que en el amor no hay parejas, ni triángulos amorosos, sino una fila india donde uno quiere al que tiene delante, y éste a su vez al que tiene delante de sí y así sucesivamente, y el que está detrás me quiere a mí y a ése lo quiere el que lo sigue en la fila y así sucesivamente, pero siempre queriendo a quien nos da la espalda. Y al último de la fila no lo quiere nadie’. A lo que un tal Jaime Reis añadió: ‘Y el primero de la fila no quiere a nadie, pero es el único que ve sin obstáculos hacia dónde va’).
No, no trascribo el poema/texto de Rafa Mora, quedaos con las ganas, buscadlo, conseguid el libro, descubríos leyéndolo y sed felices y completos.

[[[Estrambote.
Aunque cada vez queda menos tiempo en la lunática, menguante biografía de uno, qué indescriptible placer las relecturas.
A la luz del homenaje operado hace tres días “contra” Jesús Urceloy, vivito él y coleando, he regresado a su “Diciembre. Noticias desde el yermo”, con el Claro de Luna de Debussy acolchando los pliegues de mis insatisfacciones. Va aquí uno de tantos tesoros del escritor principal, “colúmnico”, de nuestros tiempos que es Urceloy:
LA CASA DEL POETA
El poeta llega a su casa y ve la puerta rota,
ve la puerta que rompe siempre la policía para entrar,
que sangra toda la vida, derribada, siempre,
una puerta que aguanta incendios y galernas, que a menudo sirve
también como asidero los días de diluvio.
El poeta llega a su casa desde la frontera de los inciertos,
un horizonte desposeído,
y entra en su casa, pues el acto de entrar en su casa es salir del mundo, salir de toda posguerra, salir de toda libertad
y entrar en otro concepto de democracia…
El poeta no sale de su casa: entra en el mundo,
no llega a su casa: sale a la plaza
a contar en silencio las astillas,
el voto de los que carecen de lo imprescindible:

De los que dejaron un mechón de pelo, una tira de piel, un rostro desconcertado, un zapato sin pie, un cuerpo sin vida tras el terror y los homenajes.
De los que hallaron la gracias y el sosiego tras una curva peligrosa, en un hoyo, en el tajo, de un tajo, en un trasbordo, en la sucia mentira con distintivo azul.
De los que fueron encontrados en soledad junto a unas bolsas, un muero caído, un canal, del regreso feliz de las vacaciones.
La sangre urgente de los necesitados.
La sangre urgente que regresa a casa]]].







17 junio 2019

TRES MOMENTOS DE FELICIDAD



“Balas de Plata”, de Murdoch Mallako (Ed. Huerga & Fierro Charo Fiero). Un libro de esos en los que te cortas la yema de los dedos con cada página y su escozor incurable te recuerda a cada instante que estás vivo aunque te empeñes en pasar entre el dolor como si nada.
Emparentadas por primer lazo de consanguineidad con el “Diccionario del Diablo” de Ambrose Bierce (“Amistad: barco de tamaño suficiente para llevar a dos con buen tiempo pero a uno solo en caso de tormenta”, “Perseverancia: humilde virtud por la cual la mediocridad consigue un vergonzoso éxito”…), las Balas de Plata de Mallako son un prodigio de inteligencia contundente. En tiempos en los que la brevedad se ha convertido en el recurso de demasiados incapaces, sin embargo en Mallako es muestra de que el talento está al alcance de muy pocos. Lee uno de primeras alguno de sus balazos y se queda sorprendido, pero lo relee con detenimiento, no solo con entretenimiento, y entonces entiende hasta el tuétano su intención, la profundidad de su ironía, su sagacidad exquisita. Así cae el lector desarmado por este pistolero del que ya esperamos su regreso. Como Gary Cooper, solos ante el peligro. Vuelve pronto escritor de largo recorrido. (“El tiempo todo lo cura, pero nada duele tanto como él”, “Lo que somos es como las arenas movedizas, cuanto más nos movemos para intentar huir más nos hundimos”, “El misterio de la melancolía: a pesar de que se alimenta de sí nunca se agota”, “El perdón no existe: solo hay expiación”, “Hay naufragios en los que hasta que uno no se ahoga y lo pierde todo no logra llegar a tierra”… y así hasta 310 balazos).

“Daños colaterales”, de Ana Montojo (Ed. Huerga & Fierro Charo Fiero). Ana es ya una escritora consagrada. En el más amplio sentido de la palabra. Entre sus versos algunos podemos sentir el privilegio, el de sabernos a refugio pese a ser hueste de los perseguidos.
El dominio del endecasílabo de Ana, la conecta con la mejor tradición de la poesía española de los mejores tiempos, que no son precisamente todos los tiempos de hoy. Su voz en ocasiones evoca a la de Luis Alberto de Cuenca, y eso la hace doblemente grande, porque Luis Alberto no es solo un poeta indispensable sino una persona extraordinaria. Y Ana también.
Montojo ya se había convertido por derecho propio en la poeta del dolor, como apenas pudo serlo recientemente una Elvira Daudet, pero en este libro trasciende de su propia palabra conocida para alcanzar la esperanza más allá de lo vivido. Imágenes en sus versos que no pueden encontrarse en la inanidad de poetastritos cantarines autores de infantiles ripios que pueblan hoy con demasía las redes que no atrapan un solo pez.

TEDIO
“Parece que tengo
la dura obligación de ser feliz…
No sé cómo inventarme cada día
una razón que acabe con el tedio,
un motivo, aunque sea
de ayer –como el pan duro-…
Hoy me dejo llevar por los relojes
derretidos de hastío
y voy aquí y allá como un autómata
sin más motivación que la costumbre…
Ya no sé en qué recóndito rincón
de mi cuerpo se esconde
el impulso de amar, la dulcísima fiebre
de sentirme en unos brazos,
sinuosos humedales de deseo,
sin proyectos ni horarios ni planes ni futuro,
esa clase de amor sin condiciones
que siempre acaba mal pero era hermoso”.


“Agua serás y lo olvidaste”, de J.M. Barbot (Ed. Lastura, Lidia López Miguel). ¡Ay, uno de los libros que más me ha zarandeado en los últimos años! Zarandeado. A mí. Al mí más yo. Y menos mío. Y me llevan los diablos. ¿Dónde estaba el Alejandre despistado tan lejos y tan fuera de la génesis de estos versos?
Extraordinario libro que deja sin aliento al lector. Como al que en el agua se ahoga, supongo, y no lo olvida. Y sí lo olvidan, a él.
Barbot está destinado a ser una de las voces esenciales de nuestra poética actual. Aunque sabiendo cómo está desde hace tantos años el patio, la excelencia indiscutible de sus versos tal vez no halle pronto el eco que merece. A Zeus ruego que no sea el caso, porque un escritor como él es justo y necesario que obtenga ya ese galardón con el que los grandes escritores reciben el espaldarazo que los empuja a escribir una obra inmortal. Y esta ya lo es.
En fin, tanta es la envidia que siento por estos versos, versos que yo no he escrito, que he remitido a la editora una muy justa “fe de erratas”. Confío que salga en la portada de las posteriores ediciones: “Donde dice J.M. Barbot, debe decir Jaime Alejandre”.
Elegir uno solo de los 28 poemas literalmente indispensables que componen el poemario es delito de lesa humanidad, pero sea para que los más iluminados salgan ya a la búsqueda de este libro exterminador de indiferencias.

AUTORRETRATO EN SEPIA
“A pesar de estar solo,
vienen a acompañarme esos hombres que fui,
los que pude haber sido,
los que nunca seré,
el azogue que escapa de los ángulos
y el que sigue encerrado mirándome a los ojos,
memorioso y tenaz como el cauce del agua.

Y vuelvo a ser el niño que esquiva los perfiles
y bucea en los charcos,
ese niño que salta la rayuela
sin mirar hacia tras,
aunque nunca termine de aprender a pintar
sin rebasar los bordes.

También soy el anillo y el barro de las botas,
esa tarde que muere cada tarde
y el olvido por dentro de los párpados,
el corsario latente en mis silencios,
fugaz en mi mirada delatora,
valiente y victorioso, pero falso.

Desvelo los secretos del ladrillo,
del asfalto y el verde que crece en sus heridas.
Soy la tierra que pisé y la que estoy pisando,
y esa que algún día
                            será peso y cobijo,
negro en el que fundirme para ser
sustancia y alimento,
como un anillo anónimo y oscuro.
Ese anillo que alguien encontrará en el fango,
lo limpiará con agua y desmemoria
y, descifrando solo a medias
la leyenda grabada y sus misterios,
se lo pondrá en el dedo y seguirá adelante,
hacia un cielo de tiza
                                 dibujado en la acera”.


17 abril 2019

Netflix y Satán



Un karma, incomprensible para mí, se ha instalado en el mundo del cine y de las series… un karma contra Netflix, considerado como el magíster lucifer del pensamiento único que ya sin paliativos va a conquistarnos. Gran parte con quienes hablo se echan a temblar augurando un mundo donde los “contenidos” audiovisuales estarán dominados por los pérfidos netflixadores y acabará la heterodoxia intelectual. (Curiosamente estos que hablan no se espantan de igual manera por HBO o Amazon Prime, o… Misterios).
Mi visión del tema no puede ser más distinta.
Para pensamiento único del de verdad de toda la vida ya tenemos decenas de años de la dictadura hollywoodiense del happy end, la dialéctica de la venganza en superhéroes y meros mortales, y el sacrosanto modelo de familia cristiana del pleistoceno.
Sin embargo, muchas series y películas que hoy por fin se producen y a las que tenemos acceso (por el precio de dos paquetes de tabaco) incluyen narrativas de la diversidad humana en un amplísimo sentido. En la oferta convive la posibilidad de optar por series trasgresoras o puras comedias, películas románticas o documentales sobre el heroísmo en las guerras del siglo XX.
Creo que gracias a las plataformas están llegando a la pantalla propuestas que antes se perdían en el olvido. ¿Qué televisión, qué distribuidor, qué sala de cine habría emitido "Black man, white skin", un documental del director español José Manuel Colón sobre las atrocidades cometidas sobre los albinos en África?
¿De verdad creemos que una serie tan extraordinaria como “After life” (gracias Iñigo Pereyra Urdíroz por el soplo. No os la perdáis, amigos) habría visto la luz en los canales tradicionales?
Bienvenida sea la oferta cultural que hoy se ha ampliado considerablemente y que permite elegir (o rechazar) con mayor libertad. De un modo más ancho y profundo que el de gran parte de la industria cinematográfica norteamericana. Industria que también producía rarezas, no lo dudo, pero en menor medida y a menudo solo visibles en festivales.
En fin, tal vez me equivoque. Eso ni siquiera sería lo peor. Ya lo dijo Gregorio Marañón: “El hombre que no duda es un peligro para los demás”.

06 abril 2019

Buen viaje, compañero. Jaime Alejandre


Palabras para la presentación de “Buen viaje, compañero”, de Jaime Alejandre, Ed. Cinca:

… querría explicar que la brevedad de mi “novelita” se debe a dos circunstancias. Por un lado, la historia fue escrita en un momento de arrebato, en dos tardes y una mañana de agosto pasado. Por otro lado, la contundencia emocional de lo que se relata creo que habría caído en el exceso y por tanto en la irrelevancia de haber alargado el texto.
A este respecto, para no dar una falsa impresión de que no le haya puesto todo mi saber y mis ganas al libro que hoy presentamos, recordaré la frase de la pintora Carle Vernet a propósito de un cuadro suyo que, al parecer, vendía bastante caro. Dijo “Es verdad, pintarlo me requirió solo una hora de trabajo… y toda la vida”. Ciertamente, en estas pocas páginas está todo lo que he aprendido en cuarenta años escribiendo libros y cincuenta y seis habitando este planeta.
A menudo me he preguntado por qué tantos cientos de miles de personas se dejaron conducir dócilmente hacia las cámaras de gas. Sin rebelarse. A veces imagino que era porque conservaban una última esperanza en la clemencia, en que tanta maldad no pudiera producirse. Pero en otras ocasiones pienso que era porque ya solo la muerte podía tener la fuerza de devolverles la dignidad humana perdida en los campos de concentración, los guetos, los trenes de ganado. Aunque enseguida me desdigo y pienso que en verdad la muerte no dignifica nada en absoluto, porque extingue ese postrer reducto de nobleza humana que es la vida, la vida sea como sea.
Este pensamiento se unía en mi corazón con una verdad que había conocido hace casi diez años, al entrar en un contacto íntimo con el mundo de la discapacidad y aprender de madres de personas sordociegas, o autistas, o parapléjicas o con profundo síndrome de Down, el hecho de que ellas llegaran a creer, que cuando ellas, las madres, faltaran, solo la muerte de sus hijos podría garantizar la pervivencia de su dignidad. En efecto, no pocas madres me han venido confesado su espeluznante deseo de que antes de fallecer ellas, murieran sus propios hijos. Para que no se quedaran solos, desamparados en un mundo inhumano que los excluye.
Esto me zarandeó y ha estado rondando mis reflexiones todos estos años. Hasta que el pasado mes de agosto entré en una especie de arrebato que me hizo escribir esta novelita en unas horas, como he dicho.
En fin, me parece perfecto que haya una literatura de puro y simple entretenimiento. Pero yo he preferido siempre la literatura que pretende interpretar el mundo como parte del proceso de cambio, de transformación de la realidad. Una literatura donde uno puede reconocerse, encontrarse, y encontrar a otros; una literatura que permite entender lo que apenas se vislumbra. Esa es la que yo he anhelado escribir.
Por eso, finalmente di el paso de escribir esta novela, inclemente, pero intentando llenarla de espiritualidad y de emoción positiva. Un poco al darme cuenta de que el mundo de la discapacidad estaba siendo asaltado, no solo por magníficas obras como “Campeones” de Javier Fesser, sino por advenedizos. Películas como la de Fesser, o antes “Intocable”, mantenían un reconfortante equilibrio entre el humor y la tragedia. Muy necesaria la visión no catastrofista ni victimista pero de repente sentí el peligro de lo contrario, o sea de que por películas de “buen rollito” como la francesa “Sobre ruedas”, caigamos en la banalización de la existencia de cuatro millones de españoles, más su familias, para quienes la desigualdad de oportunidades supone una vida infinitamente más complicada. Tengamos cuidado para no colaborar en mandar un mensaje contrario a la realidad de las personas con discapacidad y la carrera de obstáculos que una sociedad no inclusiva les pone por delante todos y cada uno de los minutos de su existencia. Cuando el humor es vehículo para hacer que las personas con vida estandarizada y facilona identifiquemos las azarosas vidas de otros, bien está, pero no caigamos en el hecho de desposeer de épica unas vidas que no deberían jamás estar obligadas a superar barrera tras barrera. Obstáculos que dicen muy poco bueno de nuestra sociedad.
Sentí que con mi novela había “peleado la buena batalla”, como acostumbra a decir Luis Cayo, cuando en diciembre pasado, con mi texto ya en galeradas en la editorial, compartí charla pública con mi amigo Jesús Martín, quien me hizo ver que el extendido uso del término “personas con capacidades diferentes” se había convertido en un perjudicial eufemismo tras el cual los biempensantes podíamos amparar nuestras propias vergüenzas. Todos somos personas, todos tenemos capacidades diversas unos de los otros. Eso es una penosa obviedad. Pero resulta que hay cuatro millones de personas en España que, por culpa de una condición concreta de su personalidad y por una sociedad egoísta, deben afrontar cada día hazañas impensables. Digamos, pues, “personas con discapacidad”… con toda su crudeza. Hasta que una sociedad plenamente inclusiva permita que la palabra persona no precise de adjetivos.
Pero, mientras tanto, entendamos la verdad de qué significa decir persona con discapacidad contraponiéndolo a persona con vida normalizada, quiero decir con una vida estándar. Yo lo entiendo, por ejemplo, cada vez que me detengo en una gasolinera y me atiende un hombre o una mujer con síndrome de Down y salgo de allí mucho más feliz y equilibrado por su infinita amabilidad, su educación, su simpatía y las ganas de vivir que derrochan y transmiten.
Así que, sencillamente, se trataba en mi novela, como me decía Jesús Martín, de ponerme a la tarea de hacer de la discapacidad una “circunstancia corriente”. Aunque para ello comprendí que tenía que empezar por hacer patente la verdadera dimensión d las implicaciones de la discapacidad. Desvelar sus múltiples elementos a todos los lectores. No solo a las personas sin discapacidad sino también a muchos discapacitados. Y a sus familias. Ese era el granito de arena que pretendía ofrecer mi novela, sabedor con Atahualpa Yupanqui que la arena es un puñadito pero que hay montañas hechas de arena.
Por ello, el relato no solo aborda la exclusión social en su forma más cruel, la de las vejaciones públicas, las burlas, los desprecios, sino la exclusión por omisión, por ser ignorado, por no contar para el mundo, por resultar irrelevante para los otros, una exclusión que en el más doloroso de sus aspectos empieza a veces en los propios familiares: padres que rehúyen su paternidad, como el Javier de mi novela. Pero exclusión de la que más a menudo somos responsables el resto de ciudadanos. Y cuidado, sutil puede ser la denigración que provoquemos, ya lo hagamos activa o pasivamente, pero sepamos que ello no resta un ápice de brutalidad a  nuestros actos. Y por eso a todos los causantes de discriminación debemos denominarlos “verdugos”.
Porque, cuando alguien detecta el rechazo social por una característica intrínseca suya, por algo absolutamente trivial como su propio aspecto, algo de lo que no puede desprenderse, contra lo que no puede hacer nada, como cambiar el color de su piel, la forma de sus ojos, o su cociente intelectual… Entonces, ¿podemos comprender qué desamparo se instala en esos corazones? ¿Es lícito consentir que se acepte la injusticia de que unos pocos decidan arrogarse el derecho a definir qué es la “normalidad”, perdón, qué es lo estándar, y además se permitan el lujo de organizar la convivencia y la sociedad entera según tal concepto de normalidad, generando entornos invencibles de exclusión?
Muchos podemos sentir ser ninguneados en algún momento de nuestra vida: en la familia, el trabajo, el mercado, la autopista, pero demasiados experimentan este ninguneo diariamente, y ello por la fortuna (ni buena ni mala) de la apariencia de sus atributos personales, físicos o cognitivos. Nada más atroz. Sobre todo porque jamás debemos olvidar que lo que queda al final de la exclusión es el sufrimiento gratuito causado a un ser humano.
Como dice el profesor Morales en la introducción del extraordinario estudio de mi amigo Saulo Fernández sobre la humillación y la acondroplastia, la sociedad pretende olvidar que las personas excluidas no han elegido su destino, que son otros los que lo han elegido para ellas. Y añado yo que la sociedad olvida asimismo que los excluidos tampoco han elegido las características físicas o sicológicas que los hacen “merecedores” de la exclusión. En definitiva es la sociedad la que genera la exclusión.
Pero, como señala mi novela, apuntar a la sociedad no debe utilizarse como un karma salvífico, una eximente de la responsabilidad individual. Todos y cada uno de nosotros hacemos sociedad y somos motores de los cambios del mundo. Cito a Saulo Fernández: solo cada uno de nosotros en su día a día cotidiano puede conseguir que los miembros de colectivos excluidos en un plano personal se sientan dignificados. Y mientras esto no ocurra, nuestra sociedad será el territorio de la indecencia. Porque la humillación, en palabras del filósofo Avisahi Margalit, es un atentado “DEL” hombre contra la esencia del ser humano, contra aquello que nos distingue y nos hace únicos como especie.
De modo que la discapacidad no se sufre, solo se vive, porque se basa en unas características propias de un ser humano, que son suyas y se viven, repito, no se sufren. Lo que se sufre es la exclusión, lo que se sufren son las dificultades gratuitas, que algunos afrontan en su cotidiana lucha por conquistar la normalización. Una “normalidad” que, precisamente al contrario, para las personas con discapacidad no es gratuita sino infinitamente cara en términos económicos y también emocionales.
Citando otra vez a los pensadores Saulo Fernández y Avishai Margalit, probablemente la esencia de nuestra humanidad reside en nuestra necesidad de pertenencia, que se desarrolla gracias a la interrelación comunicativa, emocional y empática de hombres y mujeres. Por ello quienes son excluidos de la interrelación humana son cosificados, y nada hay más humillante que te consideren como un objeto y no un sujeto. La dignidad de todo ser humano, dicen estos dos pensadores, reside en la capacidad para sentirse aceptado por los otros, aceptación que deberíamos con justicia sentir todos los seres humanos independientemente de nuestros logros, méritos, aptitudes y capacidades.
En este sentido, el pretendido mensaje de mi novela viene a destacar, más que ninguna otra cosa, más que la humillación y la exclusión, el amor. Cuando alguien lea la novela quiero creer que no le quedará finalmente el amargo regusto de la injusticia y de la indecencia de nuestra sociedad sino la conmoción ante el poder inigualable del amor. Porque la dignidad humana se nutre principalmente de nuestra capacidad de amar y de sentirnos unidos a los otros.
Voy terminando. Otra de mis obsesiones que se ha colado irremediablemente en mi novela es mi afinidad chomskiana. He querido traer el tema a mi relato en relación con que el ser humano se caracteriza fundamentalmente por su capacidad lingüística, el hecho de que de que solo existe lo que se nombra. El hombre nombra todas las cosas y precisamente al nombrarlas no solo las define sino que las crea.
En todos los idiomas (orales y de signos) existen palabras para definir cualquier concepto, todos ellos. En español por ejemplo existe una palabra para definir la pelusilla que se forma debajo de las camas, el tamo; o esa imperceptible humedad de la piel que no llega a ser sudor, el mador. Y sin embargo, hay un solo concepto que no tiene palabra que lo defina en idioma alguno del mundo. No es sorprendente que así sea. Me explico: podemos decir huérfano para definir al hijo que ha perdido a sus padres. Yerno para precisar una relación de parentesco. Pero no hay ningún idioma en el que una palabra nombre lo inimaginable: el padre que ha perdido un hijo. No existe. Creo que porque es un concepto inconcebible, demoledor, que destruye la propia esencia de la existencia humana. Es el hecho contra natura por excelencia y por eso el hombre se resiste a nombrarlo, en un deseo final de que, por no nombrarlo, no exista jamás tal realidad. En Madagascar ni siquiera bautizan a los niños hasta los cinco años. Así los muchos que mueren antes no han existido y no haberlos bautizado es el único modo de sobrellevar la pena. Lo que no se nombra no existe.
Concluyo ya. Los que leáis la novela y tal vez os arrebate su apasionamiento pensad que no se trata de una novela triste, en la medida que la vida jamás puede serlo. Las circunstancias de una vida, algunos instantes, sí, pero la Vida con su mayúscula, ese milagro, la Vida nunca puede ser triste. Así en mi novela he querido traer el legado de la emoción, porque la emoción crea la belleza. Y a la vez estoy convencido de que la propia belleza genera la emoción humana en una simbiosis increíble.
Pondría el punto final al acto de hoy recordando que entre los papeles póstumos de mi madre encontré apuntada de su puño y letra una frase de un tal Fares Asad con la que querría, entonces, despediros. Con la invitación a la voluntad de ser felices que subyace en mi novela: “hay que sonreír cada mañana porque dios se ha despertado antes que tú y ha colgado el sol en tus ventanas”.
Sea.

06 marzo 2019

Las calles del perro cojo, Fernando Sanz Félez


La fortuna a veces nos hace un regalo inesperado. Por ejemplo, cuando apareció aquel “baúl lleno de gentes” en el que Fernando Pessoa guardó sus infinitas páginas inéditas. Tardamos cincuenta años en que alguien las recogiera y ordenara y editara, pero al final pudimos leer “El libro del desasosiego”, uno de los pilares de la literatura humana del siglo XX.
Menos mal que en esta ocasión apenas hemos tenido que aguardar diez años, los que median entre que Fernando Sanz Félez escribiera una de las mejores novelas del siglo XXI español, y que algunos tuviéramos no solo el privilegio de leerla sino de publicarla.
En efecto, “Las calles del perro cojo” (ediciones Evohé, https://bit.ly/2UIXJKx) es una novela de esas, muy pocas, con las que a uno le vuelve arrebatado el gusto por la narrativa, después de haberse refugiado en el ensayo huyendo de tanta mediocridad novelística contemporánea.
La forma de narrar y el contenido de la propia historia de Fernando son absolutamente extraordinarios. Y se lee de un tirón, con esa facilidad con la que solo los verdaderos maestros saben urdir párrafos de una dificultad que muy pocos son capaces de afrontar como escritores. Así, como si nada. Igual que las piruetas del trapecista parece que las haría cualquiera… Ya, ya... cualquiera…
No voy a desvelar el contenido de la novela para mayor disfrute de los que se decidan a poner a un lado tanta tontuna y entregarse al placer absoluto de esta historia de historias en la que la descripción de los personajes (la más perfecta descripción que yo recuerdo en años), no se hace mediante adjetivos y retratos, sino escogiendo con inigualable ojo las experiencias esenciales de una persona imbricándolas desde el pasado en el presente. Componiendo así la verdadera personalidad de los protagonistas, personalidad que reside en contar que sea alto o bajo, rubio o moreno, ni en relatar de pé a pá las vicisitudes de su existencia pretérita y actual, sino precisamente en saber escoger las claves, sencillas o complejas, de un ser para hacérnoslo identificable claramente y que sea imposible confundirlo ya con nadie.
En fin, hay novelas que a uno lo noquean, como “Viaje al fin de la noche” de Celine… Ésta no dejará indiferente a ningún lector. Y nos causa envidia y sonrojo a más de uno de los que nos la damos de escritores. Ya, ya… escritores…
Eso sí, como “las perfección es fascista”, que dijo aquel, tendré que señalar un error garrafal de esta imprescindible novela de Fernando Sanz Félez. Es insoportable el hecho de que solo tenga 224 páginas cuando uno habría deseado disfrutar de ella en un millar de resmas… Esperemos a la siguiente con quijotesca expectación.


12 diciembre 2018

Paso a tres, Juan Vicente Monte

Hace casi tres años presentaba Juan Vicente Monte su primera novela, extraordinaria y, en el mejor sentido de la palabra, desasosegante, “Cuarteto para un concierto final” (Ed. Evohé). Hoy nos enfrenta a una nueva trama, titulada “Paso a tres” (ed. Evohé) (https://bit.ly/2St6U0v).
Integrada de alguna manera en la anterior novela (aunque puede ser abordada de forma independiente, sin haber leído previamente la anterior) ésta nos adentra, como espeleólogos sin carburero, en los subterráneos de la vida, para dejarnos sorprender por la iluminación propia solo de las cavernas del conocimiento.
Juan Vicente Monte (nacido en Madrid en 1960), Doctor en Filosofía de la Ciencia por la Universidad de Missouri en el área de Genética, ha compaginado su actividad de investigador con el mundo de la empresa, aunque, según él mismo, sus pasiones más íntimas desde su infancia son la búsqueda introspectiva de respuestas al misterio que nos envuelve y su devoción por la música clásica. O sea, nos encontramos ante un melómano exégeta. “Exégeta melómano”. “Exégeta melómano”. No es descripción que yo desdeñara si se me diera la oportunidad de elegir el epitafio de mi propia sepultura. Aunque lo cierto es que, si hay algo que sí podemos elegir en la existencia es precisamente eso, la frase que acompañe nuestra lápida. Lo que sucede es que pocos tienen la gallardía y el pundonor de hombres como Juan Vicente de atreverse a ser ellos mismos.
Hoy Juan Vicente sigue siendo ese muchacho fotografiado para la solapa de su segunda novela que lleva puesto un verdugo, como se llamaba entonces al pasamontañas. Verdugo. Lo que demuestra que nada cuanto es obra del hombre es inocente y menos que nada el lenguaje, invención humana para denominar cuanto existe.
En fin, pese a mi proverbial descreimiento, llego a pensar hoy que nada es casual, y me malicio que fuera cosa prescrita en las circunvoluciones del cerebro del Universo y de la Creación que justo un día como hoy (11 de diciembre), hace muchos años, fusilaran a un ciudadano tan heterodoxo como nuestro autor, al general Torrijos. Y que también en esa fecha naciera el compositor Héctor Berlioz.
Pero hablaba más arriba del lenguaje, evidentemente, porque nos reencontramos hoy con un autor una de cuyas máximas bienaventuranzas es el magistral uso de la palabra, palabra que, en contra de tantos pésimos componedores de historias huecas, Juan Vicente, justo al revés, la orienta al servicio de su imaginación prodigiosa, esa misma imaginación de la que era maestro Sören Kierkegaard. No es de extrañar que uno sienta hermanarse al brutal e inclemente Johannes, perversor de Cordelia en la novela “Diario de un seductor” del filósofo danés, con el Ricardo Quesada de nuestro Juan Vicente, un donjuán, un calavera contemporáneo que merced a su desvergonzada intromisión en donde nunca le llaman, se topa con sujetos atormentados (Luciano, Casimiro…), tan envilecidos como él, a través de los cuales, graciosamente, sin embargo, podemos vislumbrar el destino de la humanidad. Destino, ¿absurdo o sistemático? Eso nadie podrá nunca saberlo.
Dejó dicho John Donne en el prefacio de su “Biathanatos” que Gorionides observa que son cuatro los tipos de lectores. Me valgo de la idea para transformar la tipología a cuatro categorías, pero de escritores. Los escritores esponja, que atraen todo sin distinguir y nos arrean novelones infumables donde vierten todo cuanto han vivido aunque sus peripecias no importen un carajo a la humanidad; no está entre ellos Juan Vicente Monte. Los escritores reloj de arena, que sueltan tan rápidamente como reciben y creen que su inspiración vale por todo el trabajo del mundo y nos ofrecen bodrios sin refinar; no busquen tampoco en esta categoría al autor de “Paso a tres”. Siguen los escritores saco, que retienen sólo los posos de las especias y dejan escapar el vino porque no saben distinguir lo importante de lo anecdótico y nos aburren con ficciones desabridas y tediosas; jamás Juan Vicente Monte en ese anaquel. Y por fin, sí, el lugar de nuestro autor, el de los escritores auténticos, los escritores cedazo, que sólo retienen lo mejor y lo vierten al lenguaje de los humanos para hacernos comprender lo inefable. Por ejemplo aquello que nos dijo Enodio de Pavía, hagiógrafo, poeta galorromano y Padre de la Iglesia, algo que con tanta maestría destila Juan Vicente Monte en su “Paso a tres”: que está en la naturaleza de los más malvados pensar de los demás el mal que ellos mismos merecen; y éste es todo el consuelo que tienen los culpables: no encontrar a ningún inocente...
Ahondando en lo formal en la obra de Juan Vicente Monte, diremos que las aventuras de Ricardo Quesada, nuestro libertino, plagadas de apuntes siniestros en los que una galería de figuras mitológicas ahonda en las llagas existenciales, quedan dispuestas, como no podía ser menos, en forma de tríptico (Abismo, Los durmientes, y La antorcha). Un tríptico dantesco en el más concreto sentido del término.
Diáfanas correspondencias existen entre la famosa obra del Dante y la de Juan Vicente. Nada que objetar sino, muy al contrario, todo para celebrar. Del mismo modo(véase Joseph Cambell), el poeta florentino fallecido hace ochocientos años tomó a su vez la inspiración para su Divina Comedia del místico sufí Ibn ‘Arabi de Murcia. Las regiones infernales, los paraísos astronómicos, los círculos de la rosa mística, los coros de ángeles alrededor del centro de luz divina, los tres círculos que simbolizan la Trinidad: todos estos elementos están descritos por Dante exactamente como los representó Ibn ‘Arabi un siglo antes. Aquel nos relata cómo a medida que iba a ascendiendo en el Paraíso, su amor se fortalecía y su visión espiritual se intensificaba al contemplar la belleza cada vez mayor de Beatriz. Y ello del mismo modo que el siglo anterior el poema de Ibn ‘Arabi cantaba a Nizam, platónico amor del filósofo hispanoárabe. Ambos poetas, por supuesto, ante la ortodoxia campante y rampante, tuvieron que declarar en su momento que entender sus versos como de amor sensual más que intelectual o piadoso era mero equívoco. Hubo de jurar el italiano que nada había en sus versos de pasión carnal sino solo de puro, inmaculado canto a la asunción virginal a los cielos; y también el musulmán tendría públicamente que asegurar que no era su poesía sino celebración del Mi’raj, o sea, de la Ascensión del Profeta Mahoma.
¿Deberá hoy Juan Vicente confesar “sensu contrario” cuál es la inspiración terrenal de sus ficciones místicas, de su Antorcha, su Espejo del Arcángel, la Caverna de Babar, la Escalera Celeste, o el Círculo Blanco…? Téngase en cuenta que, preguntado por ello expresamente, asegura Juan Vicente de su propia obra que la idea principal del texto es la redención, la capacidad de sobreponernos a nuestros genes y circunstancias, de romper los muros de la cripta social y avanzar hacia la Luz. Porque hasta el Diablo se redime, afirma el autor, lo que parece muy cierto pues Diablo y Dios son en nuestra mitología universal un mismo ser. Y aún sigue Juan Vicente arrojando entendimiento sobre su propia obra asegurando que la vida es un preludio maravilloso aunque caigamos en una sima; porque lo mejor está siempre por llegar, y esa es la clave por la que, pese a la apariencia engañosa del tiempo, podemos ser eternamente jóvenes. Porque solo podemos ser felices aquí y ahora; porque el Amor, con su mayúscula, ya sea traducido en amistad o en entrega incondicional a un hombre o a una mujer, es lo único esencial, de modo que nos convierte en inmortales.
Y todavía añade Juan Vicente más señales para recorrer el camino de su ficción cuando asevera que el universo interior es muchísimo más vasto de lo que miden los astrofísicos y no existe lo interior y lo exterior en un universo holográfico; que somos chispas divinas condenadas a una ascensión interminable. Y que por todo ello, en este mundo hoy ensombrecido por la confusión de la velocidad y la tecnología, y por la ausencia de reflexión, “la humanidad debe despertar de una puñetera vez de esta insidiosa pesadilla”.
Sí, Juan Vicente Monte, en la más estricta línea hispánica de Calderón nos sume en unos encuentros sucesivos, enloquecidos y de naturaleza épica donde lo onírico y lo metafísico convergen con los últimos avances de la ciencia en un intento de identificar a través de la niebla el misterio que envuelve a la humanidad.
Y muy al contrario de lo dicho por Novalis de que “La vida no es un sueño, pero puede llegar a ser un sueño”, el relato de Juan Vicente, todo él en clave tan desenfadada que alcanza la jocosidad sarcástica (el único regalo indispensable para el hombre, la risa), a través de la historia antedicha de redención y heroísmo, amistad y sacrificio a lo largo de una laberíntica pesadilla, simboliza la existencia. Pesadilla de la que sus protagonistas, no obstante, no consiguen despertar. Pero, ¿quién lo hace, quién lo hizo acaso una sola vez en la historia de los hombres, que no somos sino eso, chispas divinas, diminutas briznas de polvo sideral revoloteando en un planeta insignificante en el caos de un Universo inimaginable?
Y sin embargo, tras el sarcasmo de Juan Vicente Monte, (sarcasmo, mimbre narrativo recurrente sobre el que se sustenta su propio instinto de supervivencia), se vislumbra la poética del amor. Porque, como dice nuestro autor: él quiere con toda su alma a sus amigos y a las personas bondadosas, vivas o ya a la vera de Dios, que en su vida ha conocido. Y por si fuera poco pone en los labios de su personaje Bertha Oblak estos versos que sonrojarían hasta inducir al harakiri a los marwanes que por las redes sociales impunes habitan. Dice Bertha:

Búscame detrás del horizonte de los sueños, sal de la bruma,
corre los visillos del crepúsculo, nada en sus reflejos,
danza con mi eco entre las estrellas, sé mi salvación,
préstame tus lágrimas, nace con mi risa,
bébeme a pequeños sorbos como un joven dios.

Órdago… ¡Ay, cómo querría cualquier hombre verdaderamente razonable alcanzar la sosegada lentitud de Juan Vicente Monte, que permite entrar en la resonancia perfecta de algo como la antraquinona y descubrir la Iluminación desde lo pequeño a lo inefable, guiado por el sabio aserto de Wittgenstein de que, “ante lo sagrado, se impone el silencio”.
Javier Baonza dijo que si la literatura no sirviera para otra cosa, con que nos permita conectar a dos extraños que jamás se habrían conocido si no fuera por un libro, ya sería suficientemente necesaria e indispensable para la felicidad. No hay que desdeñar esta gran verdad y optar entonces por un libro que construirá a los lectores un vínculo con un ser humano indispensable como es Juan Vicente Monte.
Concluyo. Una admonición final hago: para disfrutar y a la vez sentiros atrapados por el mensaje subliminal de esta novela bosquiana, sabed que tenéis que dejaros llevar por sus páginas como ante el Tríptico del Jardín de las Delicias de El Bosco: sin interrogaros por racionalidad aparente alguna. Ya llegará la Iluminación, pero para ello no os resistáis ante las imágenes, los paisajes, las arquitecturas desnortadas de Juan Vicente. Recordad a ese genio insultante para los meros mortales que fue Manuel Vázquez Montalbán cuando imaginó un palacio donde vivirían realmente los presidentes norteamericanos, los cuales apenas de cara a los ciudadanos, seguirían simulando habitar en la Casa Blanca. Este palacio presidencial yanquee, supuestamente construido por Reagan en el aire,  quedaba oculto por una sustancia gaseosa y superfría que transparentizaba (perdón por el palabro, es cita textual de don Manuel), transparentizaba, digo, la corporeidad de la construcción… Tramas urbanas e intelectuales como ésta aparecerán y desaparecerán en la novela de Juan Vicente haciéndoos creer que se trata apenas de las artimañas de un escritor del caos, pero los lectores avisados tendréis al final la oportunidad de vislumbrar la Iluminación última tras la cual, desgraciadamente, solo queda el eterno apagamiento. Ya lo dice el omnisciente narrador de esta esencial novela: este canalla primero te salva y luego te ejecuta