Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

18 marzo 2014

El arte en el esfuerzo



A raíz de ver cuatro piezas de videoarte de Bill Viola [“En diálogo”: The Quintet of the Silent (2000), Dolorosa (2000), Silent Mountain (2001) y Surrender (2001)] en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (está sólo hasta el 30 de marzo, no os la perdáis, http://www.realacademiabellasartessanfernando.com/es/actividades/exposiciones/bill-viola-en-dialogo) especulaba conmigo mismo una vez más sobre la contraposición entre el arte como disfrute simple y llano y el arte como acicate de la reflexión íntima y personal. El arte en el que el espectador es eso, mero receptor, y el arte en el que la persona completa la obra del creador con su propio esfuerzo de entendimiento.

De ello habla en más extensa medida Alessandro Baricco en su ensayo “Los bárbaros” (Ed. Anagrama) en el que describe la tendencia actual del arte como dominado por la espectacularidad y la superficialidad donde se huye de la profundidad para saltar de una a otra sensación “navegando”. Es ese uno de los verbos principales de la civilización de Internet; contrapuesta a la visión del lector, el escuchador, el espectador que ante un libro, una sinfonía, un cuadro, por ejemplo, tienen que aportar un esfuerzo no desdeñable para desentrañar todo el mensaje de esas obras. No porque las obras en sí sean arcanas, oscuras o confusas, ni siquiera elitistas, y deban ser interpretadas unívocamente, sino porque el hombre contemporáneo para alcanzar la plenitud debería interpretar esas obras desde sus propios conocimientos. No se trata de recibir el estímulo como un pelele sin voluntad sino de implicarse en la obra de arte para obtener de ella cada cual más de lo que el conjunto de hombres podría obtener de manera maquinal.

Los cuatro videos de Bill Viola precisan de esa concentración, ese esfuerzo del espectador y a cambio recompensan con una hondura de conocimiento y sentimiento inimaginables. Tienen una duración de unos diez minutos cada uno y son escenas grabadas a cámara muuuuyyyy lenta. El arquetípico visitante de museo, ese que invierte más segundos leyendo la cartela que mirando la propia obra, si pretende echar un vistazo rápido a los vídeos no entenderá nada (y típicamente se irá diciendo que el arte contemporáneo son mamarrachadas), aunque pudiera incluso, tal vez, emocionarse “algo”.

El video-díptico “Dolorosa” junto a una talla de una clásica del XVII de una Dolorosa, es imposible que no impresione aunque se detenga uno ante él unos pocos segundos. Pero si uno se olvida de las prisas, a menudo inexistentes, y se deja llevar por la oleada de emoción y se da cuenta, por ejemplo, de que una lágrima discurre por el rostro del hombre y de repente cae sobre su camisa dejando una diminuta casi inapreciable mancha que es más que de agua de la sangre del sufrimiento humano de siglos, entonces ese espectador descubre la profundidad del mensaje de Bill Viola. El mensaje que ya no es ni puede ser el del creador, sino el del espectador.

Del mismo modo con “Surrender” cuando tras observar la imagen especular de un hombre y una mujer doblándose el uno sobre el otro descubrimos que lo que veíamos no era la imagen real sino el reflejo sobre un agua en el que al entrar las figuras provocan una distorsión de ondas donde comprendemos la interacción del dolor, la soledad y la fragilidad humanas.

Quienes desdeñan el esfuerzo y sacralizan el “todo incluido” se pierden las mejores cosas del arte, las cosas que no están “solo” en la misma obra sino en el propio ser que las admira y disfruta. Algo muy similar, por ejemplo, a lo que ocurre con los viajes. Como recuerda el doctor José Ramón Trujillo, viaje, en inglés, “travel”, procede del francés “travail”, trabajo. Un viajero debe esforzarse; una mera cabeza de ganado en un grupo organizado sólo sabe dejarse llevar. “… El acceso al sentido profundo de las cosas presuponía esfuerzo: tiempo, erudición, paciencia, aplicación, voluntad”, Baricco.

Disfrutar está bien, pero comprender nos proporciona algo más duradero, algo más sólido para el trascurso inevitable de la existencia. Y comprender supone concentración, esfuerzo. La espectacularidad convertida en el valor supremo (como sigue diciendo Baricco), más aún, convertida en el valor único debido a la dictadura del mercado capitalista de masas, conduce a la banalización, olvidados ya aquellos tiempos en que “no (se) elegía la calidad en vez del mercado; encontrába(mos) la calidad en el mercado… (hoy tenemos) el éxtasis comercial, la simplificación, la superficialidad, la velocidad, la medianía, el pacífico acomodo a la ideología del imperio americano…” (Baricco).

Colofón: el esfuerzo en el arte y para disfrutar el arte es un ejercicio que contradice todas las leyes de la termodinámica pues produce finalmente mucha más energía en el interior del hombre que la que éste haya tenido que invertir para gozar de la propia obra de arte…