Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

16 mayo 2014

Quien lee vive más

“QUIEN LEE VIVE MÁS”
DE
JAVIER LOSTALÉ
EN
LA ESPADA EN EL ÁGATA, EDITORIAL POLIBEA
(2013, 88 páginas)




Hay libros tan delicados como sus autores. Raramente ocurre, pero cuando sucede, cuando las páginas que tenemos en las manos y la imagen de la persona que las escribió se acoplan como Alicia a su espejo, entonces una serena pasión se apodera de nosotros convenciéndonos de que otro mundo es posible.
Yo termino ahora mismo de leer con unción “Quien lee vive más”, de Javier Lostalé. Un libro, tan delicado como su creador, escrito para hacer compañía al ser humano en esta implacable soledad que llamamos Europa. Y siento precisamente que más que un libro leo a un hombre que dignifica las latitudes en las que habita con su andar quedo, igual que la garza sobre el agua. Sin provocar siquiera un onda en la superficie pero agitando deliciosa, salvíficamente las profundidades del espíritu del lector.
Quien lee este libro de libros (que me recuerda a otro tesoro impagable, “La felicidad de los pececillos”, de Simon Leys) sólo podrá sentir agradecimiento (¿”agrandecimiento”?) por Javier Lostalé, que ha dispuesto de sus horas, siempre breves en la vida humana, para ofrecernos su entusiasmo. Y ya es sabido que entheusiasta es aquel poseído por theus, por dios.
Javier Lostalé nos ofrece casi una cuarentena de breves textos, que son  a su vez una cuarentena que nos separa durante su lectura de las mortales fiebres de nuestra civilización. Así, con sus palabras, en el fondo se acerca a todos cuantos, lectores, sabemos que la gran literatura se encuentra en peligro de ruina y derribo. Y los apasionados decadentes que aún rebuscamos en ella somos ya como enfermos que recibimos los textos de Lostalé con fervor agradecido por ponerse de nuestra parte, la parte de los que sufren sabedores de que “uno de los actos más morales que existen, -es el mismo autor quien habla-, es estar cerca de quien sufre…”).
Los hombres de esta sociedad inventada en beneficio de unos pocos vivimos cada vez más años. Sí. Pero menos vida. Paradojas de lo que llaman progreso. Y en ese paisaje algunos apenas ya alcanzamos a vivir lo que vivimos en lo que leemos. Lo demás nos es simple ficción, hologramas de nosotros mismos que habitan cuerpos provisionales, van puntuales al emético trabajo, compran el pan innecesario… pura invención de quienes creemos ser.
Pero lo que sabemos es que nuestro yo real se aparece sólo leyendo. Por eso, porque la lectura es “nuestra casa”, este libro de Javier Lostalé es una tabla de salvación que, en el acantilado de sombras que a menudo es nuestra existencia, nos recuerda las palabras del escritor japonés Tanizaki: “una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una irradiación, y expuesta a plena luz pierde toda fascinación de joya preciosa”. Con ello nuestro autor está describiendo sin pretenderlo (pues si algo es ajeno a Lostalé es la vacua pretenciosidad tan en boga) su propio libro, que como como los otros que él mismo glosa, es amor regalado a los lectores. Con cuánto acierto Lostalé nos recuerda que “los libros son amigos tan fieles que dejan de ser ellos para ser nosotros”, algo que no tiene precio en un mundo donde todo se tasa.
Así podemos afrontar las horas confiando en lo que afirma nuestro autor, que “cuando todo nos falla nos queda la lectura”, encomendados por él a que leamos “para que nos reconozcamos y aceptemos tal cual somos y algo se encienda dentro de nosotros que nos haga capaz de ver lo que antes no veíamos y de generar ilusión por el mismo hecho de vivir”. Porque todo el tiempo en el que transcurramos leyendo (y leyendo a Javier Lostalé) sabremos que es posible sobrevivir, porque es “tiempo recibido, no tiempo restado…”.
Demasiado pronto se acaba la primera lectura de este libro delicioso. Miro desde mi ventana las bandadas de aves dibujando flechas en el cielo de Madrid, emigrando con obstinado entusiasmo, infatigables ante el tiempo (miles de años llevan haciéndolo) y el espacio (miles de kilómetros sin posarse recorren), y entonces, con las reflexiones de Javier Lostalé aún entre mis manos frías, algo muy parecido a la armonía, a la serenidad, me permite seguir de este lado de la ventana. Mirando, leyendo.

Si ustedes son de los que quieren aún sobrevivir, aprendan con el imprescindible libro de Javier Lostalé que “Quien lee, vive”. Incluso vive “más”.

Fotografía www.conoceralautor.com