Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

10 noviembre 2016

Homenaje a Carlos Montero

Si hace cuarenta años, cuando vivía literalmente pegado a un destartalado tocadiscos escuchando a Aute, a Patxi Andión, a Marina Rossell, Hilario Camacho, Joaquín Díaz, Dylan, a Silvio Rodríguez, a Cohen, Olga Manzano y Manuel Picón, a Pablo Guerrero, Luis Pastor, Suburbano, Raíces y tantos otros… Si entonces me hubieran dicho que un día compartiría escenario con algunos de éstos, como ayer en el Homenaje a Carlos Montero, habría pensado que eso no sería sino uno de tantos imposibles, un sueño ridículo y  adolescente.
Y sin embargo sucedió. Y hasta para concluir el homenaje cantamos todos a “descoro” el tango “Victoria” de Discépolo…
Así que una intransmisible felicidad conquistada recorre mis venas en estas horas. Aunque la tristeza que siento es aún “más infinita”. Y no es frase hecha. Siento una cruel desolación porque es como si hubiera llegado el tiempo en el que mi hogar interior se fuera despoblando, como si los muebles de mi alma los estuvieran desahuciando hacia las almonedas del olvido...
Menos mal que ya lo dijo Aute, “queda la música”… y la poesía… refugios… shelthers from the storms contra ciertos diluvios que quieren ahora y siempre ahogarnos, arrasarnos.
Gracias a los organizadores y a los participantes Marco de Gregori, María Luisa García Sánchez, Fernando Lucini, Pablo Guerrero…
Os dejo aquí las palabras que escribí para Carlos y los tangos que recité:
Buenas tardes y gracias a todos por compartir amistad en el recuerdo de Carlos Montero a quien tras admirar durante muchos años finalmente pude conocer en persona gracias a un concierto en el café Libertad 8 a principios de los 90, hace más de 25 años en el que aproveché para entregarle mi primera novela, más vieja aún, pues era de 1986, novela en cuya trama se incluía un tango cuya primera versión curiosamente yo había escuchado en el disco “Basta” de Quilapayún y que leeré al terminar mi intervención.
Desde aquel día en que nos conocimos, nuestra amistad se consolidó siempre precisamente en compartirnos poesía. La otra gran pasión de Carlos junto con la música, la poesía. Y cada vez que nos veíamos no dejaba de proponerme que me atreviera a escribir letras a las que él pusiera música de tango... Que no dejara pasar más el tiempo y me decía, como el tango, Jaime, recuerda: “se va la vida / se va y no vuelve. / ¿Quién la detiene? / ¡Si ni Dios la sujeta! / Lo mejor es vivirla y largar / las penas a rodar. / Pasan los días / pasan los años, / es fugaz la alegría. / ¡No pensés en dolor ni en virtud! / ¡Viví tu juventud!…”.
Bueno, pues la última vez que me propuso trabajar juntos fue en la última Feria del Libro de Madrid cuando con su infinita generosidad, como cada año, vino a la caseta en la que yo estaba firmando. Aquella vez parecía que iba a atreverme y quedamos comprometidos para hacer unos tangos. Aunque él ya, tras un ictus, tuviera que componer la música en un ordenador y no en su extraordinaria guitarra de ocho cuerdas. Pero yo, necio como pocas veces, retrasé una vez más aquella cita a la que ya jamás podré acudir. Por ese motivo que tanto me pesa en el corazón quiero leeros primero el tango que resume mi tristeza desde su pérdida y luego aquel tango primero que nos unió.
El primero es el tango: “Sin piel”, de Eladia Blázquez.

¡Ya sé! Llegó la hora de archivar el corazón...
De hacer con la ilusión, que no me va a servir
un lindo paquetito con una cinta azul,
guardarlo en el baúl y no volverlo a abrir...
Es hora de matar los sueños,
es hora de inventar coraje
para iniciar un largo viaje
por un gris paisaje...
¡sin amor!

Después de haber sentido hasta el dolor a los demás,
de darme sin medir, de amar sin calcular,
llegó la indiferencia metiéndose en mi piel
pacientemente cruel, ¡matando mi verdad!
Saber que no me importa nada...
de alguna vibración pasada;
y caminar narcotizado
por un mundo helado...
¡sin amor!

Voy a aprender a llorar sin sufrir,
sin detenerme a mirar una flor,
a encallecer lentamente
¡igual que la gente sin alma y sin voz!
Voy a entender que se puede morir,
y latir... tic tac tic tac… al compás del reloj;
como una máquina fiel
igual que un robot...
¡sin piel!

Y ahora mi tango favorito que él interpretaba como nadie y que creo que le habría encantado escuchar en este homenaje en el antiguo cine California de mi infancia, que entonces tenía su telón.

“La última Curda”, de Cátulo Castillo y Anibal Troilo:

Lastima, bandoneón,
mi corazón
tu ronca maldición maleva...
Tu lágrima de ron me lleva
hasta el hondo bajo fondo
donde el barro se subleva.
¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón!
La vida es una herida absurda,
y es todo tan fugaz
que es una curda, ¡nada más!
Mi confesión.

Un poco de recuerdo y sinsabor
gotea tu rezongo lerdo.
Marea tu licor y arrea
la tropilla de la zurda
al volcar la última curda.
Cerrame el ventanal
que arrastra el sol
su lento caracol de sueño,
¿no ves que vengo de un país
que está de olvido, siempre gris,
tras el alcohol?...

Contame tu condena,
decime tu fracaso,
¿no ves la pena
que me ha herido?
Y hablame simplemente
de aquel amor ausente
tras un retazo del olvido.
¡Ya sé que te lastimo!
¡Ya sé que te hago daño
llorando mi sermón de vino!
Pero es el viejo amor
que tiembla, bandoneón,
y busca en un licor que aturda,
la curda que al final
termine la función
corriéndole un telón…
al corazón.


“Victoria”, de Discépolo.

¡Victoria!
¡Saraca, Victoria!
Pianté de la noria:
¡Se fue mi mujer!
Si me parece mentira
después de seis años
volver a vivir...
Volver a ver mis amigos,
vivir con mama otra vez.
¡Victoria!
¡Saraca, Victoria!
Pianté de la noria:
¡Se fue mi mujer!

¡Me saltaron los tapones,
cuando tuve esta mañana
la alegría de no verla más!
Si es que al ver que no la tengo,
corro, salto, voy y vengo,
desatentao...¡Gracias a Dios
que me salvó de andar
toda la vida atao
llevando el bacalao
de la Emulsión de Scott..!
Si no nace el marinero
que me tiró esa piolita
para hacerme resollar....
yo ya estaba condenao
a vivir sacrificao
como el último infeliz.

¡Victoria!
¡Saraca, victoria
Pianté de la noria:
¡Se fue mi mujer!
Me da tristeza el panete,
chicato inocente
que se la llevó...
¡Cuando desate el paquete
y manye que se ensartó!
¡Victoria!
¡Cantemos victoria!
Ya estoy en la gloria:
¡Se fue mi mujer!