Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

12 febrero 2017

Pataxú, la inspiración de El Principito


 Ediciones Evohé presenta un libro delicioso: El pequeño Pataxú.
Se trata de la primera edición habida en castellano del libro Patachou, petit garçon del escritor francés Tristán Derème, publicado en 1929.
Portal para su adquisición:
Tristan Derème, seudónimo del narrador y poeta francés Philippe Huc (1889-1941), quien también utilizó los nombres de Théodore Decalandre y de Philippe Raubert, fue autor de una importante obra poética y en prosa (novela y artículo periodístico) de lo intimista, lo sencillo y lo cotidiano. En 1938 recibió el Gran Premio de Literatura de la Academia Francesa.
Fue fundador, junto a poetas como Francis Carco, de la L’École fantaisiste (Escuela Imaginativa, en la línea de la “Alta Imaginación” representada en España por autores como Rafael Pérez Estrada, 1934-2000), movimiento renovador de la poesía francesa de principios de siglo XX en contraposición a la figura de Stéphane Mallarmé y los simbolistas. Su repercusión fue limitada en el tiempo por el estallido de la I Guerra Mundial y la subsiguiente deriva desde la fantasía al realismo.
Según Michel Cointat, la estética de Derème se resume con las palabras: elegancia, simplicidad y amor a la naturaleza, así como por un característico uso del humor.
El motivo de publicar ahora este libro suyo es doble. Por un lado estamos ante un texto de una belleza espectacular por sí mismo.
El impacto que causó en su momento este libro no fue menor. Ya en la hora de su publicación tuvo enorme repercusión. Fue terminado de escribir el 17 de marzo de 1929 y se publicó inmediatamente, en Edition Émile-Paul Fréres. Como jamás ha sido editado en España hasta ésta nuestra publicación, el original sobre el que Carmen Álvarez Hernández ha realizado una inigualable traducción, lo conseguimos gracias al mercado global de libros de segunda mano. El ejemplar recibido era del mismo año de su presentación, 1929, pero ya señala la cubierta que se trata de ¡la vigésimo octava edición! (Como sorpresa adicional para nosotros, el ejemplar que adquirimos llevaba una dedicatoria autógrafa del autor a “Mademoiselle Yvonne V*** et qu’elle fasse bon accueil a Patachou, en respectueux hommage, Tristan Derème”).
Pero además de la importancia y belleza de la novela de Derème por sí misma, queremos traer a colación aquí el hecho de que diversos estudiosos consideran que esta novela fue la inspiración directa de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry (el libro más traducido de la historia tras la Biblia, desde su publicación en 1943).
Este descubrimiento nos ha supuesto uno de los más bellos momentos de nuestra editorial. Y queremos colocar en resonancia perfecta uno y otro libro, ambos obras excepcionales de la literatura universal, que se engrandecen el uno al otro.
No obstante, no se trata del único texto que pudiera haber influido a Exupèry. Pero sí que creemos que es el definitivo.
También inspiraron a Exupèry ciertos acontecimientos autobiográficas que en el relato son innumerables, como es sabido: el accidente del aviador en el desierto de Libia; los baobabs de sus escalas en Senegal; su amigo de doce años, Pierre Sudreau que siempre llevaba bufanda y al que llamaba “le petit Pierre”; o los volcanes de la tierra natal de su esposa Consuelo Suncín (viuda del escritor Enrique Gómez Carrillo de quien, por cierto, Ediciones Evohé publicó en la colección “El Periscopio” su libro Tierras mártires, 2015).
Pero las otras fuentes literarias de El Principito, además de la novela de Derème,  también son numerosas. Destacan los cuentos de su infancia, entre los que el propio autor señalaría los «de hadas de Hans Christian Andersen»; obras como El farolero de Marie Cummins (1854); País de 36.000 voluntades de André Maurois (1929); o El hombre de la Pampa de Jules Superville (1923) (libro escrito originalmente en francés pese a ser uruguayo su autor y que se abre con esta frase: «Ensueño y realidad, farsa, angustia, he escrito esta pequeña novela para el niño que fui y que me pide historias…». Aunque a nosotros, fuera de esta referencia concreta se nos hace más difícil encontrar relaciones influyentes directas con la obra de Exupéry).
También creemos que Mary Poppins influyó al autor. No en vano, Eugene Reynal, editor de la novela de Pamela Travers, fue impulso fundamental para que Exupéry escribiera su cuento (única obra de Exupèry escrita por encargo, en concreto como un cuento de Navidad), y después fue el primero en publicarlo.
Pero, a nuestro parecer y, por supuesto, el del profesor Denis Boissier, que mostró numerosas referencias cruzadas: la rosa, las estrellas, la boa, el zorro, el cordero…:
el relato que abunda en referencias y textos que muy razonablemente habrían iluminado, siempre para bien, a Saint-Exupéry y su Principito sería Patachou, petit garçon de Tristan Derème. Novela que relata las aventuras de la imaginación de un niño también de seis años, juguetón y curioso, especial y soñador. “Hábil en las fantasías, me recuerdas un niño que fui, en otro tiempo…”, dice el narrador de él, igual que Exupèry de su Principito.
Aunque historiadoras como Annie Renonciat niegan la deuda directa de la obra con Patachou, vinculando El Principito a la tendencia propia de la época, de busca de la simplicidad y la claridad. Algo que a nosotros nos parece improbable teniendo en cuenta que esa “tendencia” bien pudo ser la previa a la Gran Guerra en los movimientos contrapuestos al simbolismo francés, o la de los alegres años 20’, pero no, definitivamente, la del momento en que Saint-Exupéry comienza a escribir su obra universal, en plena II Guerra Mundial (inicios del verano de 1942).
Así, con esta edición lo que pretendemos es reivindicar un texto admirable, injustamente olvidado, y de paso incitar a todos a leer (o releer) El Principito con una nueva óptica.
En todo caso, nada disminuye para nosotros la valía de la obra del aviador francés el hecho de que pudiera estar influida o inspirada en la deliciosa historia Patachou de Derème. Como afirma certeramente Denis Boissier «…decir que Saint Exupéry plagió Pataxú es exagerado. Pretender que solamente se inspiró, es decir demasiado. En el primer caso, se insulta la memoria de Saint-Exupéry. En el segundo, no se hace justicia a Tristan Derème».
Las influencias literarias en la historia de la literatura universal muy a menudo no restan sino que complementan a las autobiográficas y viceversa. Del mimso modo aquí. El zorro es claro que evoca al fénec que domesticó Saint-Exupèry cuando estaba destinado en Cabo Juby (1927); pero tal vez fuera en el recuerdo de Patachou cuando lo imaginó como personaje. “¿Querrás enseñarme a domesticarlos?”, dice Patachou de los pájaros de los plataneros… “Haces avergonzar a los zorros”… cita más adelante. Y también encuentra un pozo imposible:
¡Un pozo, hay un pozo al final del jardín! Es la sorpresa. Pataxú se precipita…
… ¡Horror! Es un falso pozo. Es un mísero cilindro de cemento, instalado sobre el suelo, y coronado de un doble arabesco de hierro, cuya cima deja caer inocentemente una cadena demasiado corta y la vanidad de un cubo…
… Hemos colocado una tapa de madera sobre el pozo. ¿Qué ocurre bajo esa tapadera? Ya no lo sabemos muy bien. Basta con estar alejado de las cosas o no verlas más para imaginar libre y felizmente sobre ellas y atribuirles todos los misterios…
Así, avanzando por la extraordinaria narración de Derème, sentimos a Patachou como un hermano primogénito de El Principito al que éste, como todo hermano menor, emula. De este modo, como ya hemos apuntado más arriba, varios símbolos de uno aparecen en el otro.
Como el bozal que la tía Matilde pone a la cabrita con la que viajan en tren; o elefantes, boas y baobabs:
… centenas de elefantes que barritaban mientras afilaban sus impresionantes defensas contra los baobabs de tus ensueños…
… ¿Ignoras que su trompa es tan terrible como una boa, y que una boa puede asfixiar un buey? Los elefantes son enormes animales que tienen una boa en la punta de la nariz:
“Mon dessin ne représentait pas un chapeau. Il représentait un serpent boa qui digérait un éléphant”, El Principito. (“Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digería un elefante”).
Las montañas en las que el eco responde al Principito: “Estoy solo… estoy solo… estoy solo...”, evocan a Pataxú:
Lo esencial, ¿no es que él sea feliz, y que usted sea feliz como él? Y se puede ser muy feliz sin vivir en la gloria y sin ir a sentarse, al revuelo de ovaciones, a la cima del Himalaya. Piense que hace mucho frío en la cima de las montañas; se resfría uno fácilmente. Es un lugar peligroso y se está un poco solo…
La caja en la que podemos reconocer al único cordero que será por siempre el nuestro, o donde retendremos a nuestra estrella:
La otra noche, me pidió una estrella. Le dije que, quizá, con una red de mariposas que tuviera un largo mango... Vamos, que le prometí que atraparía una estrella y que la colocaría sobre la esquina de su almohada. Diez minutos después, dormía dulcemente. Pero al despertar:
¡La estrella! —gritaba— ¿Dónde está la estrella?
¿No ves que es de día? Se volvió a marchar. Tenías que levantarte más temprano. Ella estaba ahí, cerca de tu mejilla. Hubieras podido cogerla con tu mano.
Él me respondió:
La próxima vez, la pondrás en una cajita. Ya no podrá irse.
De nuevo he hecho lo que él quería. Tenemos una pequeña cajita.
 —No la abras —le digo—. La estrella se escapará.
Él gira la caja y la vuelva a girar:
¡No pesa mucho, tu estrella!
Pero está muy orgulloso de su tesoro. En secreto, le ha dicho a la vieja cocinera:
¡Chis! Tengo una estrella
¡Guárdala bien!...

Ovejas, sombreros, y la reivindicación de que el entendimiento de las gentes menudas es más profundo que el de los mayores:
Qué sería de mí si no tuviera a Pataxú, si no pudiera a todas horas oír sus silogismos, y si no me demostrara, cuando él gustase, la inutilidad de los sombreros. Es un peligroso sofista que le demostraría muy fácilmente, si se le antojara, que los niños pequeños conocen los secretos del universo mucho mejor de lo que pueden hacerlo los mayores. Pero el próximo verano, si hace mucho sol, me preguntará por qué las ovejas no tienen sombrillas…

También la máquina voladora a modo de cometa tirada por pájaros silvestres con que el Principito vaga entre los asteroides (cuya inspiración gráfica pudiera estar en The Man in The Moone, Londres, 1638, de Francis Godwin. Véase la imagen en http://www.lindahall.org/francis-godwin/):
… yo no te aconsejo cabalgar una nube; pasarías a través de ella.
Pero si pusieras un mango más grande a mi red de mariposas, y si atrapara una nube, quizá ella me llevaría… Cuando sea mayor, tendré una bella caballeriza, llena de nubes; tendrán cada una un nombre y una caseta; y cuando quiera pasearme en el aire, ¡engancharé dos o tres a mi carro volante!
¡Qué crío! Vaya a hablarle pues de prudencia. Repítale que simplemente solo hay que tratar de estar contentos, sin soñar que en otro lugar haya más felicidad: le responde enganchando nubes; y luego ríe, balanceando sus pies desnudos…

Ahora bien, el viejo tío de Patachou, quien nos narra sus peripecias, parece dirigirse al propio niño, mientras que Saint-Exupéry se diría que le habla a todos cuantos le leen. Pero de igual manera vemos a menudo reminiscencias del tono del tío de Patachou en las palabras de nuestro aviador a la espera de la amabilidad de alguien que le informe de que el Principito ha vuelto:
¡Cuántos hombres se parecen a Pataxú! En el fondo, quizá los hombres no sean más que niños cuyo candor está un poco marchitado.
Todo está en Pataxú: el sol, las estrellas y la misma luna. Todo le corteja. Habíamos viajado todo un día para venir a Passy. Habíamos atravesado Francia. Al anochecer, Pataxú, la nariz en el cristal del vagón, suelta un gran grito:
¡La luna!
Sí, es la luna.
Me ha seguido…

Finalmente, al margen de símbolos concretos, también las reflexiones del narrador o del propio niño nos evocan al Principito. Por ejemplo aquellas sobre rosas y estrellas “Una rosa marchita, una estrella apagada, ¿no es lo mismo?...”; o ésta sobre los pájaros:
… es así cómo podía darnos el sabio consejo de recolectar los días; es decir, de coger, de la rama, las rosas y las naranjas en el momento en que están a nuestro alcance. Pero es algo, me temo, que nosotros jamás sabremos hacer. Nosotros siempre estamos esperando, y mientras tenemos ante nosotros una pequeña alegría permitida, miramos al aire, pensando en los bellos pájaros de ayer, que ya han levantado el vuelo. Cuando bajamos la mirada para volver a las cosas reales, la dicha sencilla, que nos esperaba sin embargo con paciencia, también ha echado a volar. Ese será nuestro arrepentimiento de mañana. Y le pregunto, ¿acaso nuestro arrepentimiento de hoy nos ha hecho alcanzar los pájaros de ayer?...

También el inquietante concepto del regreso de viajes tanto reales como ficticios:
… querría tener alas.
¿Para hacer el qué?
Para ir a otro lugar.
Y, ¿cuándo estés en otro lugar?
Regresaré.
Entonces no merece la pena moverse. Tú estás aquí, sentado a mi lado; solo tienes que suponer que has hecho un gran viaje…
Y qué decir del hecho de ver lo esencial con más clarividencia con los ojos cerrados:
¿Por qué los hombres no caminan hacia atrás?
No lo sé, Pataxú. Es, tal vez, porque no tienen ojos detrás de la cabeza. Siempre quieren ver dónde van. ¿Siempre…? Se podría reflexionar sobre eso. Sé de muchos que, en la vida, cierran los ojos. Se abandonan a las bellas esperanzas, y para estar más seguros de que el destino no contradice sus sueños, solo se miran a sí mismos, donde están todas sus quimeras…

En definitiva, queremos compartir con todos vosotros este libro de Tristan Derème, una de las más reconfortantes narraciones que hemos leído, cargada de inocencia, de significados (una gallina que se llama Clitemnestra, acaso hermana de Cástor, convertido aquí en perro de la familia; el gato Clodomiro, rebosante de filosofía, que no conoce el resentimiento; la tortuga Ulises, como el intrépido guerrero y navegante, que también se replegaba sobre sí mismo para volverse más fuerte…), de alegría, y de profundas reflexiones vitales. Todo ello hoy tan necesario en un mundo que tal vez se va deshaciendo de sus referentes éticos en un viaje “directo a bandazos” hacia el caos. Como diría con fina ironía Patachou: “voy derecho como una zeta a la inmortalidad”.
Finalmente, con este extraordinario libro que aquí glosamos, Ediciones Evohé presenta el lanzamiento de su nueva colección: “Ultravagantes”, dedicada a autores que ya hace años se marcharon a escribir a los Campos Elíseos, el Nirvana, los Campos de Aaru, el Jardín del Edén, el Valhala, la Yanna…
Recuperar aquí textos tal vez desconocidos junto a otros famosos (como nuestra próxima publicación, que será La lámpara maravillosa de Ramón María del Valle-Inclán acompañada de un pormenorizado estudio de Juan José Martín Ramos, titulado Poética de una matemática celeste) se convertirá para nosotros en una empresa de infatigable entusiasmo que haga más ciertas aún las palabras del tío de Patachou “los hombres viven así, por lo general, con una vana pero agradable esperanza”.
Os recomendamos vivamente compartir con nosotros el extraordinario goce de leer las historias del pequeño Patachou. Dice Derème en su novela que en una cuba, o bajo el hocico de una cabrita, uno puede llegar a descubrir la imagen de los recuerdos que se querrían olvidar. Pero que a veces, aunque uno pueda tratar de bebérselos, permanecerán en el fondo de la cuba, precisamente los más amargos.
Muy al contrario, tras leer este indispensable libro, en el fondo de la cuba de vuestros corazones quedarán unos recuerdos que desearéis no olvidar jamás. Precisamente los más dulces.
Jaime Alejandre, editor


“… Pataxú no se inmuta; pone su gesto más serio:
No puedes estar más en lo cierto: hecho.
¿Cómo?
Sí, he hecho un gran viaje.
¿Y eso cuándo, caballero? No nos hemos enterado.
La otra noche.
Y, ¿dónde has ido? ¿Qué has visto?
Me fui de puntillas cuando creí que dormías. Había un gran claro de luna. Atravesé el prado. Todos los pequeños champiñones blancos, que tienen la parte de abajo rosa, danzaban sobre un pie.
¿Danzaban?
Sí. Durante el día tienen miedo de que los cojas; se hacen muy pequeñitos, no se mueven. Pero cuando estás dormido, todos bailan y saltan por encima de las luciérnagas…
Y luego,  ¿dónde fuiste?
¿Luego…? ¡Oh! Sabes, aún soy muy pequeño. Así que no puedo mentir durante mucho tiempo.
¿Cómo? ¿Mientes?
¡Oh! Ya no miento, puesto que digo que mentía… Pero, ¿por qué dices que los viajes son inútiles porque luego se vuelve a casa? Es muy necesario volver a contárselos a alguien.
Es, en efecto, el mayor disfrute de los viajes.
Las avutardas y las torcaces continúan pasando por encima de las colinas.
¿Qué haces, Pataxú…?
Sacude los pequeños plataneros y mira los pájaros gritando: «¡Inútil!».
No ves que —me responde Pataxú—muevo los plataneros para que los pájaros los vean bien. Van a creer que están en África, y les digo que es muy inútil ir más lejos ya que deben volver a pasar por aquí en primavera. Si lo consigo, se posarán en el prado y podremos retenerlos todo el invierno. ¿Querrás enseñarme a domesticarlos?
¡Agitemos los plataneros para hacer descender a los pájaros hermosos! Los hombres, Pataxú, no hacen otra cosa; pero los sueños alados continúan deslizándose en el firmamento, sin oír nuestros deseos ni saber de nuestras lágrimas…”.


(Fragmento de El pequeño Pataxú, Ed. Evohé, Colección Ultravagantes, 2017).

(Diseño de la Colección Ultravagantes: Juan Pedro de Gaspar)
(Diseño de la portada y autora de la ilustración: Sandra Delgado)