Diez años ya de Ediciones Evohé… Ello merece comentario aparte un día de estos, pero valga ahora señalar que comenzamos las celebraciones de nuestro Décimo Aniversario con la presentación ayer del extraordinario libro “La integración del conocimiento” de Carlos Blanco.
Autor que ha venido a sumarse al
extraordinario elenco de nuestra colección Didaska (Fernando Lillo, José Tono
Martínez, Pilar González Serrano, Fernando R. Genovés, Alberto Bernabé, Fernando
Castelló, Daniel Tubau, María R. Gómez Iglesias, Manuel J. Prieto, Carlos García
Gual…).
Y lo ha hecho con un ensayo
filosófico de una profundidad indispensable en la atonía intelectual que nos asalta
por doquier. Libro que constituye la teoría de la epistemología de Carlos
Blanco y que está destinado a ser un hito en la filosofía, no solo hispánica,
sino universal. Enorme el desafío aceptado por nuestro autor de acometer los
resultados de las diferentes ramas del saber insertándolas en un marco más
amplio y por lo tanto más claro e iluminador de la realidad en la que vivimos
(a la manera de Peter Watson en su libro de divulgación científica “Convergencias”).
Pero valga este comentario no
sólo para reseñar lo evidente, la altura intelectual de la obra de Carlos Blanco,
sino también para permitirme compartir su excelencia personal, tan rara avis en
el mundo de las vanidades de los escritores que demasiado a menudo convierten
la labor del editor en un gólgota por obra y gracia de una fatuidad injustificada.

No en vano Carlos viene a ser un
moderno Athanassius Kircher, aquel jesuita barroco de talento tan variado que
fue llamado “el último hombre en saberlo todo” (no en vano publicó 44 volúmenes,
como su obra “El arte de cómo pensar”, incluyendo estudios de chino, copto, matemática,
magnetismo, geología…). Así a la luz de la biografía de nuestro autor (ha publicado
una veintena de libros, se licenció simultáneamente con 21 años en filosofía,
química y teología, ingresó en la Asociación Española de Egiptología a los once
años y ha sido elegido miembro de la World Academy of Art and Science, entre
otra miríada de hazañas intelectuales), tal vez hubiéramos de cambiar el epíteto
de Kircher por el de “el penúltimo hombre
que los upo todo”.
En definitiva, lean el nuevo
libro de Carlos Blanco pues es todo un privilegio sumergirse en el pensamiento de
un hombre sencillo que pese a ostentar una sabiduría enciclopédica se nos
presenta siempre cercano a los que ni con un telescopio astral podremos
alcanzar a vislumbrar sus alturas. Y tanto. Si un cráter de la Luna recibió en
su día el nombre de Kircher, estamos seguros de que pronto algún cuerpo celeste
llevará el nombre de Carlos Blanco.
Aprovecho antes de que tal evento
ocurra para hacerle una petición. Ahora que ya contamos con su Teoría
Ontológica y su Epistemología, cuando cree su personal Teoría del Lenguaje nos
permita a la editorial hacernos partícipes de sus hallazgos.
Finalmente no quiero dejar de reseñar
aquí la participación esencial, profunda y restauradora de las esperanzas de
este descreído mortal, del doctor Ricardo Pinilla, director del Departamento de
Filosofía de la Universidad Pontificia de Comillas. Infinitas gracias por su
apoyo al libro de Carlos.
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