Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

13 julio 2012

José Martí: libertador, poeta

Pienso, no sin un importante poso de melancolía, que una gran parte de la poesía que se lee en nuestros días en España está fatalmente influida por la dictadura del pensamiento blando, el rechazo a todo esfuerzo intelectual, tanto por parte del escritor como por parte del lector.
Tras la famosa diatriba entre la Poesía de la Experiencia y la Poesía de la Diferencia y sus secuelas, tengo la impresión de que se impone la Poesía de la Ocurrencia. Y lo hace en cada una de las dos corrientes que he señalado antes. Por un lado, los ocurrentes experienciales hacen poemas con especie de anécdotas muy menores o con chistes. Por delante y por detrás de la ocurrencia (generalmente infantil) colocan unos cuantos hemistiquios y lo denominan poema.

Por otro lado, los ocurrentes diferenciales hacen sus versos con una incomprensible chilindrina lo más epigramática posible y también acaban llamándolo poema.

Lo uno suele ser un insulto a la inteligencia y a la sensibilidad y lo otro un creer que todos los demás somos tontos de capirote y no reconocemos la estafa versificada.

No reivindico, en absoluto, la abstrusividad (perdón por el neologismo) del gongorismo pero sí que reclamo el debido reconocimiento y admiración a aquellos poetas que han impuesto su saber hacer al impulso relampagueante de la primera idea.

Pienso en esos momentos en Leopardi (…Ben mille volte / fortunato colui che la caduca / virtú del caro immaginar non perde / per volger d’anni…), o en Martí, poeta éste demasiado olvidado. Leopardi aún se ha salvado de la desmemoria con recientes ediciones, si no de su poesía, sí de sus reflexiones y pensamientos (Zibaldone… “Resulta curioso observar que casi todo los hombres que valen mucho son de maneras sencillas; y que casi siempre las maneras sencillas se toman por indicio de poca valía”), pero Martí está relegado injustamente al mausoleo de la nada. Acusado de un supuesto formalismo sin mensaje. Nada más lejos de la realidad.

Martí es un poeta esencial que en sus escasísimos cuarenta y dos años de existencia vivió con inusitado entusiasmo, con la vehemencia de quien destila la experiencia vital a cada segundo para crecer en sí mismo. Pero que además tiene el don de la palabra y es capaz de trasformar su personal peripecia en trascendencia común. Y por si fuera poco lo hace con una belleza cuya contundencia precisa del lector un decidido esfuerzo de concentración para extraer como en una alquitara todo el destilado tuétano de la verdad de Martí.

Tal vez algunos jóvenes y no tan jóvenes lectores se sientan rechazados por la rima de Martí. Pero la rima a los más los domina y los lleva por donde ella quiere. Y sólo los verdaderos poetas, como Martí, se sirven de la rima, sin dejar que ésta escriba por sí misma los hemistiquios, para crear la forma exacta en la que el significado del poeta se acomoda con la perfección del agua por el cauce que va creando a su propio paso, con su propio fluir.

Poeta integral Martí (y tanto, que hasta escribía cartas completamente rimadas a Enrique Estrázulas, a Néstor Ponce de León…), poeta, digo, sin duda, pero se negó a oficiar sólo de versificador, ajeno a las realidades, ajeno a la vida que está al otro lado de la ficción, al otro lado de la emoción. Sí, también en esa diferente latitud de la existencia humana donde la esencia de las cosas transforma no sólo la vida de un hombre, sino la existencia de todos los seres humanos, es donde habitó Martí por voluntad propia, sacrificando en muchas noches su verso a su acción. Martí: luchador, libertador, filósofo, republicano, político, guerrero revolucionario que murió a caballo en medio de una batalla que no por perdida en ese momento dejó de ser la contienda que el hombre ha ganado siempre a la historia.

He aquí, pues, otro de mis libros de cabecera que deseo compartir con quien esté al otro lado de la orfandad de estas palabras.

Os dejo aquí con una selección muy breve de los poemas de José Martí. Salud.


MIS VERSOS

Éstos son mis versos. Son como son. A nadie los pedí prestados. Mientras no pude encerrar íntegras mis visiones en una forma adecuada a ellas, dejé volar mis visiones: ¡oh, cuánto áureo amigo que ya nunca ha vuelto! Pero la poesía tiene su honradez, y yo he querido siempre ser honrado. Recortar versos, también sé, pero no quiero. Así como cada hombre trae su fisonomía, cada inspiración trae su lenguaje. Amo las sonoridades difíciles, el verso escultórico, vibrante como la porcelana, volador como un ave, ardiente y arrollador como una lengua de lava. El verso ha de ser como una espada reluciente, que deja a los espectadores la memoria de un guerrero que va camino al cielo, y al envainarla en el sol se rompe en alas.

Tajos son estos de mis propias entrañas, -mis guerreros-. Ninguno me ha salido recalentado, artificioso, recompuesto, de la mente; sino como las lágrimas salen de los ojos y la sangre sale a borbotones de la herida.

No zurcí de éste y aquél, sino sajé en mí mismo…


(Prologa así el mismo Martí sus “Versos libres”, del mismo modo que cuando publica sus “Versos sencillos” nos confiesa):

“Mis amigos saben cómo se me salieron estos versos del corazón. Fue aquel invierno de angustia, en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispano-americanos (Primera Conferencia Internacional Americana, 1889)…

¿Por qué se publica esta sencillez, escrita como jugando, y no mis encrespados VERSOS LIBRES, mis endecasílabos hirsutos, nacidos de grandes miedos, o de grandes esperanzas, o de indómito amor de libertad, o de amor doloroso a la hermosura…

Se imprimen estos versos… porque amo la sencillez, y creo en la necesidad de poner el sentimiento en formas llanas y sinceras”.


VERSOS LIBRES (1878-1882)

“A los 25 años de mi vida escribí estos versos; hoy tengo cuarenta; se ha de escribir viviendo, con la expresión sincera del pensamiento libre, para renovar la forma poética.”

POLLICE VERSO (Fragmento)


…Y yo pasé, sereno entre los viles,
Cual si en mis manos, como en ruego juntas,
Las anchas alas púdicas, abriese
Una paloma blanca. Y aún me aterro
De ver con el recuerdo lo que he visto
Una vez con mis ojos. Y espantado,
¡Póngome en pie, cual a emprender la fuga!...


CRIN HIRSUTA

¿Que como crin hirsuta de espantado
caballo que en los troncos secos mira
garras y dientes de tremendo lobo,
mi destrozado verso se levanta?...
Sí, pero ¡se levanta! A la manera,
como cuando el puñal se hunde en el cuello
de la res, sube al cielo hilo de sangre.
Sólo el amor engendra melodías.


BANQUETE DE TIRANOS

Hay una raza vil de hombres tenaces
De sí propios inflados, y hechos todos,
Todos del pelo al pie, de garra y diente;
Y hay otros, como flor, que al viento exhalan
En el amor del hombre su perfume.
Como en el bosque hay tórtolas y fieras
Y plantas insectívoras y pura
Sensitiva y clavel en los jardines.
De alma de hombres de unos se alimentan:
Los otros su alma dan a que se nutran
Y perfumen su diente los glotones,
Tal como el hierro frío en las entrañas
De la virgen que mata se calienta.

A un banquete se sientan los tiranos,
Donde se sirven hombres: y esos viles
Que a los tiranos aman, diligentes
Cerebro y corazón de hombres devoran:
Pero cuando la mano ensangrentada
Hunden en el manjar, del mártir muerto
Surge una luz que les aterra, flores
Grandes como una cruz súbito surgen
Y huyen, rojo el hocico, y pavoridos
A sus negras entrañas los tiranos.

Los que se aman a sí, los que la augusta
Razón a su avaricia y gula ponen:
Los que no ostentan en la frente honrada
Ese cinto de luz que en el yugo funde
Como el inmenso sol en ascuas quiebra
Los astros que a su seno se abalanzan:
Los que no llevan del decoro humano
Ornado el sano pecho: los menores
Y los segundones de la vida, sólo
A su goce ruin y medro atentos
Y no al concierto universal.

Danzas, comidas, músicas, harenes,
Jamás la aprobación de un hombre honrado.
Y si acaso sin sangre hacerse puede,
Hágase... clávalos, clávalos
En el horcón más alto del camino
Por la mitad de la villana frente.
A la grandiosa humanidad traidores,
Como implacable obrero
Que un féretro de bronce clavetea,
Los que contigo
Se parten la nación a dentelladas.


ENVILECE, DEVORA…

Envilece, devora, enferma, embriaga
La vida de ciudad: se come el ruido,
Como un corcel la yerba, la poesía.
Estréchanse en las casas la apretada
Gente, como un cadáver en su nicho:
Y con penoso paso por las calles
Pardas, se arrastran hombres y mujeres
Tal como sobre el fango los insectos,
Secos, airados, pálidos, canijos.

Cuando los ojos, del astral palacio
De su interior, a la ciudad convierte
El alma heroica, no en batallas grandes
Piensa, ni en templos cóncavos, ni en lides
De la palabra centelleante: piensa
En abrazar, como un haz, los pobres
Y adonde el aire es puro, y el sol claro
Y el corazón no es vil, volar con ellos.


SÓLO EL AFÁN….

Sólo el afán de un náufrago podría,
Compararse a mi afán:
Lejos el cielo y hondo el mar;   [… ] 
A un alma sin amor, que en el tumulto
De rostro en rostro, por su tarda amante
En vano inquiere, y lívida jadea:
¡Yo sé, madres sin hijos, la tortura
De vuestro corazón! ¡Yo sé del triste
Sediento, y del hambriento, y del que lleva
Un muerto en las entrañas! Asgo el aire,
Suplico en alta voz, desesperado
Gimo, a la sorda sombra pido un beso:
De mí no sé. Me olvido. Me recoge
La desesperación: y entre los brazos
Del hambre, a tanto el plato, me despierto!

                  Yo sé que de las rosas
Holladas al morir brota un gemido:
Yo he visto el alma pálida que surge
De la yerba que troncha el casco duro
Cual lágrima con alas: yo padezco
De aquel dolor del agua cristalina
Que el sol ardiente desdeñoso seca.
Sé de mis náuseas mortales y el deseo
De vaciar de una vez el pecho ansioso,
Como en la mesa el bebedor cansado
Vuelca la copa del inútil vino.


POR DIOS QUE CANSA

Por Dios que cansa
Tanto poetín que su dolor de hormiga
Al Universo incalculable cuenta.—
¿Qué al mar, qué a los pilares de alabastro
Que sustentan la tierra, qué a las cumbres
Que echan el hombre al cielo, qué a la mole
Azul que enrubia el Sol, qué al orbe puro
Donde se extingue en pensamiento el hombre
Y el mundo acaba, acrisolado, en ala,
Qué al festín de los astros doler puede
Que porque a Francisquín prefiere Antonia
Un recio Capitán, Francisco, llore?
¿Que engaña Antonia? ¡Antonia siempre engaña!
¡A trabajar! a iluminar! piqueta
Y pilón, astro y llama, y obelisco
De fuego, y guía al Sol, el verso sea!
Ya las mieles de amor llegan al cuello.
Con la mujer del brazo, ámese al hombre.
Quien pida amor ha de inspirar respeto.
Y si una pena bárbara, ceñuda,
Y vasta como el mar, te invade y come,
Muere, muere en silencio, como muere,
Sorbida por el mar, una montaña.



TODO SOY CANAS YA…

Todo soy canas ya, y aún no he sabido
Colmar mi corazón: como una copa
Sin vino, o cráneo [........], rechazo
La beldad insensata;–y el sentido
Ay! no lo es sin la beldad! El sumo
Sentido es la beldad: ¿en qué soñadas
Cárceles, nubes, rosas, joyas vive
La que me rinda el corazón y dome
Con doble encanto mi ansia de hermosura?
Con su bondad me obliga la que en vano
Quiere mi mente acompañar: la astuta
Que con ágil belleza y luces de oro
Llega volando, y en mis labios secos
Bebe la última miel, y en mis entrañas
Con el ala triunfante se abre un nido,–
Antes que el sol que me la trajo abroche
Su cinto rojo al mundo, antes que muera
El insecto que vive sólo un día,
Ya me enseñó la máscara, y la horrenda
Desnudez y flacura de los huesos.
Como vapor, como visión, como humo
Ya la beldad de las mujeres miro.
Velos de carne que el tablado esconden
Donde siega cabezas el verdugo
O al más alto postor, cual bestias en cueros
Vende el rematador la mercancía.
Feria es el mundo: aquella en blando encaje
Como un cesto de perlas recogidas;
Aquélla en sus cojines reclinada
Como un zafiro entre ópalos; aquélla
Donde el genio sublime resplandece
En el alma inmoral, cual vaga el fuego
Fatuo entre las hediondas sepulturas,
Ni fuego son, ni encaje, ni zafiro
Sino piara de cerdos.

¡Flor oscura,
A ti, para morir, el alma ansiosa
Tras sus jornadas negras se encamina!
Tú no te pintas, flor del campo, el rostro
Ni el corazón: no sepas, ay, no sepas
Que no aplacas mi sed, pero tu seno
Honrado es sólo de ampararme digno.
Mancha el vicio al poeta, o la locura
De amar lo vil: con la coraza entera
Ha de morir el hombre: me lastima
Ya la coraza!: endulza, novia, endulza
El dolor de dejarte: luego, luego
Será el festín: no ves que donde muere
El hueso nace el ala?: tú de estrellas
Sabes y de la muerte: tú en las ruinas
Reinas, flor de bondad, dulce señora
Del páramo candente, o el fragoso
Campo de lava en que el jardín expira!
En las luchas de amor las palmas rindo
A la virtud constante y silenciosa.


DE FORMA EN FORMA…

De forma en forma, y de astro en astro vengo;
viejo nací:  ¿Quién soy?  Lo sé.  Soy todo:
El animal y el hombre, el árbol preso
y el pájaro volante:  Evangelista
y bestia soy:  Me place el sacrificio
más que el gozo común:  con esto sólo
sé ya quién soy:  ya siendo do mi mano
ceder las puertas fúlgidas del cielo.


LA POESÍA ES SAGRADA

La poesía es sagrada. Nadie
De otro la tome, sino en sí. Ni nadie
Como a esclava infeliz que el llanto enjuga
Para acudir a su inclemente dueña,
La llame a voluntad: que vendrá entonces
Pálida y sin amor, como una esclava.
Con desmayadas manos el cabello
Peinará a su Señora: en alta torre,
Como pieza de gran repostería,
Le apretará las trenzas; o con viles
Rizados cubrirá la noble frente
Por donde el alma su honradez enseña;
O lo atará mejor, mostrando el cuello,
Sin otro adorno, en un discreto nudo.
¡Mas mientras la infeliz peina a la dama,
Su triste corazón, cual ave roja
De alas heridas, estará temblando
Lejos ¡ay! en el pecho de su amante,
Como en invierno un pájaro en su nido.
¡Maldiga Dios a dueños y tiranos
Que hacen andar los cuerpos sin ventura
Por do no pueden ir los corazones!


VERSOS SENCILLOS (1891)

POESÍA I

Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.

Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.

Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.

Alas nacer vi en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros,
Volando las mariposas.

He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.

Rápida, como un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós.

Temblé una vez - en la reja,
A la entrada de la viña,-
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.

Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca: - cuando
La sentencia de mi muerte
Leyó el alcaide llorando.

Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro, - es
Que mi hijo va a despertar.

Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor,
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.

Yo he visto al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La víbora del veneno.

Yo sé bien que cuando el mundo
Cede, lívido, al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.

Yo he puesto la mano osada,
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayó frente a mi puerta.

Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla y muere.

Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.

Yo sé que el necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto.-
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.

Callo, y entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor.

POESÍA XLVI

Vierte, corazón, tu pena
Donde no te llegue a ver,
Por soberbia, y por no ser
Motivo de pena ajena.

Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho,
Parto la carga contigo.

Tú me sufres, tú aposentas
En tu regazo amorosa,
Todo mi amor doloroso,
Todas mis ansias y afrentas.

Tú, porque yo pueda en calma
Amar y hacer bien, consientes
En enturbiar tus corrientes
Con cuanto me agobia el alma.

Tú, porque yo cruce fiero
La tierra, y sin odio, y puro,
Te arrastras, pálido y duro,
Mi amoroso compañero.

Mi vida así se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.

Y porque mi cruel costumbre
De echarme en ti te desvía
De tu dichosa armonía
Y natural mansedumbre;

Porque mis penas arrojo
Sobre tu seno, y lo azotan,
Y tu corriente alborotan,
Y acá lívido, allá rojo,

Blanco allá como la muerte,
Ora arremetes y ruges,
Ora con el peso crujes
De un dolor más que tú fuerte,

¿Habré, como me aconseja
Un corazón mal nacido,
De dejar en el olvido
A aquel que nunca me deja?

¡Verso, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!

Por mucho que la desmemoria haya pretendido condenar al olvido a algunos de los más grandes y fecundos escritores que en español han escrito, en el caso de Martí será siempre más cierto que se “salvaron los dos”: el poema y el hombre.

(“Poesía Completa”, José Martí, dos volúmenes, Ed. Letras Cubanas, 1993)

(Fotografías de www.damisela.com)

17 junio 2012

Del buen uso de la lentitud, Pierre Sansot


Hace once o doce años leí un libro que ahora quiero compartir en esta sección de mi blog dedicada a señalar, en la noche de la urgencia de estos tiempos voraces, lecturas que no deberían desaparecer consumidas por mediocres novedades que se sobreponen a veces a los verdaderos tesoros de la literatura.

Entonces, en el turbulento (más bien turburápido) cambio de Milenio, habían empezado a proliferar ciertos libros de autoayuda y lecturas sobre la serenidad como contraposición, supongo, a los apocalípticos augurios milenaristas (convertidos pronto en mileuristas).

De entre esos libros destacó uno que se convirtió en “best-seller”. Y como suelo decir, en “best-forgetter”. Mejor olvidarlo, vamos, un texto prescindible, plano como el encefalograma de demasiados politicastros. Ese libro era “El primer trago de cerveza” de un tal Philippe Delerm de cincuenta años entonces que tal vez intuía que hay una verdad más grande que los hombres, pero no llegaba siquiera a entreverla en la bruma simple de sus propios párrafos.

Sin embargo, en la misma colección de la Ed. Tusquets (“Los 5 sentidos”), a continuación se publicó un libro esplendoroso, imprescindible, estremecedor. Como es natural dados los signos de los tiempos que vivimos o nos viven, ese libro pasó sin pena ni gloria, sin alcanzar una sola de las listas de más vendidos en España.

El libro se titulaba “Del buen uso de la lentitud” y lo firmaba Pierre Sansot, que lo había escrito con setenta años a las espaldas, espaldas cargadas de iluminación, de sabiduría.

El libro se convirtió en uno de mis textos de cabecera y corazonera y pese a no ser yo digno en absoluto de hablar de él sin mancillarlo quiero recomendároslo con esa sensación de felicidad que deja en el espíritu de uno compartir con otros un hallazgo inmerecido.

Pierre Sansot me enseñó en un momento esencial de las tsunámicas tumultuosidades de mi existencia la necesidad siempre de conservar otra vida posible, compatible también, por qué no, con esa pasión de vivir vehementemente para conocer y comprender en la acción.

Este libro se convirtió para mí en el símbolo del alejamiento de lo terrenal, el símbolo de la contemplación, de la “emboscadura”, pero libre de esa cierta soberbia de otros grandes, magníficos textos (como el extraordinario aunque ciertamente elitista “La emboscadura” de Ernest Junger, por ejemplo).

Con “Del buen uso de la lentitud” comprendí la navegación que podía decidir surcar en mi porvenir sin renunciar a quien había creído ser en mis primeros cuarenta años de vida, cuando sabía, diagnóstico mediante, que como el Dante en su Divina Comedia, me encontraba ya más allá de la mitad del viaje de mi vida. ¿En una selva oscura? Poco importaba al fin eso…

El libro de Sansot se abría con una cita de Pascal: “Toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber estar inactivos dentro de una habitación”. Cuando un sabio que ha sabido desentrañar multitud de enigmas de la existencia y la verdad como Pascal, hombre de infatigable actividad, matemático, físico, filósofo y escritor, que murió a los 39 años y dejó innumerables legajos enciclopédicos, nos lanza tal admonición y sabemos no sólo que es sincera sino que no le sumió a él en la pereza y la molicie sino en una feracidad asombrosa de la que hemos salido beneficiados sus lectores, debemos aprender humildemente su magistral lección.

Pierre Sansot comenzaba su libro al fin reconociendo una de las graves (si no mortales) afecciones de nuestros tiempos: la velocidad, la urgencia. “Los seres lentos no tenían buena reputación”, decía.

Cuando leí aquella primera frase me acordé de alguien que había sido yo mismo. Yo había pasado el año 1992 trabajando en Angola, con una intensidad nada desdeñable pero a un ritmo tan humano que cuando regresé a España todo me daba vértigo. Todo y todos iban demasiado deprisa. O era yo el que iba demasiado lento y, literalmente, las gentes me empujaban por la calle  y me pitaban en las autopistas, aunque yo intentaba no molestar a nadie. Lo que les irritaba era, creo, mi placidez, mi insultante gozo del tiempo. De alguna tienda a la que había entrado a comprar me echaron con cajas destempladas porque les debía parecer el monstruo de la ineficiencia…

De repente Sansot, en la segunda página de su libro me decía “A mis ojos, la lentitud era sinónimo de ternura, de respeto, de la gracia de la que los hombres y los elementos a veces son capaces… Los árboles centenarios cumplían su destino siglo tras siglo y tal lentitud era semejante a la eternidad”.

Y yo, que también a través de Jacques Brel ya no creía en dios pero sí en la ternura, quedé inmediatamente enamorado de aquel escritor, de aquel libro que devoré con la parsimonia del que puede pensar que hace algo por última vez. Y fui subrayando sus párrafos casi hasta la extenuación.

Escribo esto ahora mientras atardece en el jardín, el sol se desliza entre las hojas de las glicinias y muy bajito suena “If” de Michael Nyman y hay una armonía integral que transporta mi espíritu a un lugar donde están todos mis yos sonriendo por fin en “la ebriedad de superarse”, que dice Sansot, para quien su “lentitud no es un rasgo de carácter, sino una elección vital”. Dicho esto por alguien que tenía setenta años y apenas le quedaban siete de vida no es cosa desdeñable. Y él bien lo sabía, pues desvelaba esto: “Con la edad, muchos apresuran el paso. Se dan cuenta de que hay muchas cosas que ver, muchos platos que probar, muchos países que visitar, muchas existencias con las que codearse. ¿Cómo se explica semejante bulimia?... Esperan descubrir por fin sus pasiones. El pensamiento de la muerte les incita a no dejarlo para más tarde… Por indolencia, y también porque me parece improbable agotarlo todo, y porque me fue posible encontrar la felicidad allí donde yo la situaba, manifiesto menos gula y prisa… Sé lo que alejó de todo esto: la palabrería, la mezquindad, y en el fondo, ‘las vanidades’… Pienso que lo esencial no se apresa. ¿Quién soy? ¿Quién fui? ¿En qué circunstancias he hecho daño a mis semejantes?... Como apenas salgo de mi casa, atribuyen mi inmovilidad al cansancio y a una falta de curiosidad… No sospechan que emprenderé otro viaje que me llevará hasta la infancia. Mi pasado aún no ha adquirido forma. Aún tengo que recorrerlo, acabarlo, vivirlo con unos colores más vivos…”

El libro continuaba, y no se recreaba en un mundo ensoñado, utópico. Hablaba de nuestra realidad, incluso de cómo esa creciente velocidad nuestra había hecho que en apenas cuarenta días las divisiones acorazadas nazis recorrieran y ocuparan su Francia. Hablaba del hombre común que es y puede ser cada cual, sin necesidades concretas, sin tesoros ocultos. Incluso dudaba de lo que afirmaba y polemizaba consigo mismo. Y eso que en toda circunstancia comprendía que “tendremos que reconquistar pasa a paso la dulzura de vivir y se largará cuando, bajo el peso del desaliento, hayamos renunciado a la lucha”.

Hacía además una reivindicación de la expresión artística como la actividad no sólo más elevada del ser humano sino la que precisamente le otorga tal nombre: “Escribir, pintar, bailar, componer obras musicales, no para comprobar el propio talento o para decir al mundo o para ayudar a los semejantes a dar un sentido a su vida, sino para tratar de acercarse a uno mismo y no ‘desperdiciarse’ durante toda una existencia… Hay que hacer continuamente más viva y más eficaz la acción cultural, porque la cultura y la democracia no podrían estar disociadas. Un hombre libre es un individuo que toma conciencia de las necesidades que pesan sobre él e intenta contrarrestarlas para desarrollarse. La alienación por el trabajo no es lo único que obstaculiza el destino de una persona o de un país. La persona puede ser desposeída de sí misma en lo que concierne a su palabra, sus deseos, por toda clase de confiscaciones, de manipulaciones, por una ideología difusa de la que hay que apartarse. La cultura no es un lujo, una diversión –como con frecuencia se repite-, sino una tarea para ser uno mismo y para que los otros se conviertan en ellos mismos. No es solamente un conjunto de bienes de los que dispondremos para nuestro mayor contento. Nos compromete en un proceso de creación, sea para inventar por nosotros mismos, sea para acoger, dando el último toque, a lo que se nos propone…”

El último de sus capítulos (tras reclamar incluso una ciudad diferente, un urbanismo moroso) se titulaba “Nacimiento del día”. Toda una declaración de intenciones para quien, insisto, sabía no tener ya por delante sino apenas unos breves años de vida. Y en ese capítulo se desbordaba para ofrecernos un testigo que atesorar en la morosa carrera de relevos que para él parecía ser la vida. Yo, al menos, así lo sentí y lo siento en mí. “Para mí vivir es una suerte que pienso preservar mientras pueda. Presentarme como un ser vivo frente a la muerte sería el más hermoso de los finales. Me maravillo de ser un vidente y de que, de esa forma, el universo se me aparezca en su visibilidad, de ser un individuo que siente y, por lo tanto, de no permanecer insensible, y de que, al gozar de cinco sentidos y tal vez de más, algunas cosas multipliquen sus ofrendas a través de todos los poros de mi ser. Me alegro de poder descifrar sin esfuerzo las emociones, las alegrías y las iras de mis semejantes, y si me he perdido en la lectura de sus gestos, el malentendido que trato entonces de disipar, más que angustiarme, me divierte… La infinita diversidad de los rostros me llena de alegría… Mañana nacerá un nuevo día. Mañana volveré a convertirme en un vidente. Acercaré mis manos a las cosas. Haré girar la rueda de las estaciones: primavera, verano, otoño, invierno, da igual. Acompañaré la luz hasta su desaparición y a la noche hasta su desgarro. Vestiré este mundo harapiento con un atuendo real, o más  bien, conociendo mis verdaderos impulsos, le arrebataré algunos andrajos”.

En fin, vaya aquí esto que es, con todo mi corazón, un regalo que os hago a todos cuantos no conocieseis este libro indispensable y tal vez ahora salgáis a buscarlo para edificar, continuar edificando, con él, la arquitectura de vuestra propia existencia.

Algunos dirán que estos textos míos son demasiado largos para un blog, que nadie tiene tiempo ya para leer tanto en los tiempos que vivimos. Que lo importante son los mensajes que se pueden resumir en un centenar de caracteres. Que la verdad está en twitter. Yo sé que se equivocan. Porque pierden, desperdician su existencia en la urgencia creyendo, precisamente, hacer lo contrario, imaginando aprovecharla más. Una quimera. Porque lo que tocan no es la vida real, intensa, llena de emoción, sino apenas el frío resumen de lo vicario, jamás de lo auténtico.

Pierre Sansot no tuvo jamás esa prisa, esa urgencia homicida o suicida, sino la lentitud clarividente y sabia de quien, siete años antes de morir, cerró su libro así: “Mañana volveré a valorar la suerte de estar vivo todavía”.

12 junio 2012

Los Vencidos, de Ricardo Ruiz

Queridos amigos, os anuncio la aparición de otro poemario indispensable de nuestro gran poeta (y futuro Hazverso en 2013) Ricardo Ruiz (el tipo este que sale en la foto de aquí al lado con aspecto de imprescindible referente ético y moral para un mundo en naufragio urgente): "Los vencidos", Ed. Devenir.
Ricardo, una vez más, ha cuajado un libro sin concesiones del que yo particularmente me siento parte consustancial de cada una de sus palabras. Desde el título, inmejorable, hasta el colofón está repleto de contundencia, sabiduría, lirismo e imagen. Pocos son los escritores con el talento y la sensibilidad suficientes como para entender el mundo en que se vive (mundo público y peripecia privada, también) y transmitirlo en unos versos universales. Ricardo es uno de esos pocos escritores.
Libro de una contundencia poco frecuente y una contención abrumadora. En él es capaz Ricardo de incluir un poema que tiene un sólo verso aunque en ese verso incluye todos los que en la Historia se han escrito: "La vida no dura toda la vida".
Este libro ahonda en la espesura del viaje vital de Ricardo que empezó en "Kilómetros de nostalgia" (2000) y que pasando por "Tatuajes" (2002) y "Estación lactante" (2006) había desembocado en esa joya "El hombre crepuscular" (2009) (todos ellos en Devenir, afortunada editorial que cuenta con tamaño poeta). Y de ese periplo personal y compartido trasciende a la existencia de todos y cada uno de nosotros hoy y siempre.
Al fin y al cabo es éste un libro de y para los Vencidos que sin embargo no son derrotistas...

Me permito ahora trascribiros la presentación que del libro de Ricardo hizo Rodrigo Pérez Barredo el mes pasado en Burgos y que expresa mejor que yo sin duda el valor de este libro: Hoy estamos aquí para presentar un libro importante. Importante por muchos motivos. Los vencidos es esencia y resumen de toda una obra, de la trayectoria, me atrevo a decir impecable, de un poeta que es desde hace mucho tiempo imprescindible. Aunque este libro tal vez sea el más furioso, sin duda el más moral, encierra las coordenadas que han marcado su voz, los cimientos sobre los que el poeta ha sustentado su obra. Una obra que cautiva primero desde el lenguaje: este poeta se ha obsesionado tanto por su economía y desnudez, ha depurado tanto la expresión, la ha adelgazado con tanto talento que uno de sus grandes hallazgos, por inasible, ha sido el silencio. Es el suyo un lenguaje exacto, preciso. Quienes trabajamos con palabras sabemos que no hay forma más difícil de escribir que esa, con sencillez. Ricardo ha hecho de esa máxima su sello de estilo. Lleva años diciendo tanto con tan poco...

El poeta sabe, como Borges, que “sólo una cosa no hay: el olvido”. Y sólo hay una medicina contra el olvido, que es la memoria, pilar esencial en la obra de Ricardo. La memoria porque somos memoria; porque todo es memoria. Y la memoria es recorrer kilómetros de nostalgia. “Te quiero -dice el poeta- casi tanto como te recuerdo”. Y en ese cántico, que es tantas veces clamor, ya se asume la derrota de manera anticipada; y ya, desde el principio, con intachable dignidad, con admirable decencia. Ya es demasiado tarde, escribe Ricardo, para perder lo que nunca tuvimos. Demasiado tarde. Pero no lo dice un hombre vencido, no lo dice un poeta marcado con el estigma de un fracaso. Lo dice un hombre que se sabe mortal, que lleva siglos admitiendo que sólo se es pleno en el silencio; un hombre que lleva toda la vida habitando el vacío, acariciando las cosas innombrables, despojándose de todo para adentrarse desnudo en el mar de su destino.
Hay, a menudo, fatalismo en su discurso poético, un sentimiento de desposesión inevitable porque el tiempo es el enemigo, el que nos devora, el que nos van hurtando los sueños. La reflexión que sobre el paso del tiempo nos ha regalado Ricardo a lo largo de toda su obra es excepcional, y está tan medida, tan filtrada, que no puede evitarse el estremecimiento. Ha vertido en esa reflexión toda la angustia, una carga de existencialismo que, en tono elegíaco, deslumbra por su condición certera. Esa reflexión es un fogonazo en el que hay, decíamos, derrotismo, pero también asombro, perplejidad, desde luego incertidumbre, pero también resistencia. “Un día abrirás los ojos al invierno para comprobar que nadie te venció pero nunca ganaste la batalla”. Hay amargura también, pero también ternura. Tiene este poeta unos versos impagables que acreditan esta última afirmación. Con dedicatoria a su hijo Álvaro escribe: “En tus ojos saltan los peces del gran río de la vida”. Son versos demasiado hermosos para no intuir cuánto dolor hay tras ellos, cuánto de feliz lamento tienen, porque aquí el hombre se enfrenta a la fugacidad de la vida a partir del brillo poderoso que emite quien tiene todo el tiempo delante; alguien que es una extensión del primero, que es su carne, que tiene una parte de su alma.
Y llegamos al amor, un territorio expresivo que el poeta atraviesa siempre con apasionamiento, a pecho descubierto. Una evocación del amor que siempre está transida de sensualidad, donde el deseo palpita con el rugido de la sangre pero en la que también hay dolor, frustración, nostalgia. Por eso ruge, por eso se desliza -y recurro aquí a la terminología que siempre emplea al poeta- por los muslos de la vida, que ha sido filtrada a través de los labios del destino con boca, lengua y saliva, símbolos todos ellos que definen al poeta en esta intimidad. Hay evocación animal, puramente instintiva “Desnúdate, no perdamos tiempo hablando del amor”, escribe. También remembranza melancólica, definitiva: “Del amor regresas vencido, abandonado, enamorado. Tan lleno y tan vacío”. Amor acechado siempre por la condición azarosa de la vida y del tiempo; sometido a desgastes y trampas, ajado por la letra pequeña de los días, las urgencias, las miserias en las que tantas veces nos reconocemos. Pero amor con mayúsculas, amor de amante voraz que necesita ser amado con el mismo apetito. Y que añora con una voz antigua, que a veces es un grito, el deseo. Que clama desesperadamente contra la pasión que se extingue. “Con algo. Ámame. Al menos con tus ojos”.
Y está el hombre. Ese poeta que se enfrenta a sí mismo. A todos sus fantasmas. Un hombre que observa cuanto le rodea, que escruta la realidad de lo que es, de lo que somos, de la manera más pura y valiente, que es afrontándolo solo. Un poeta ante el vasto horizonte del futuro incierto. Un poeta en los límites del vacío, al que no agota el sufrimiento y explora en su ser, doliéndose. Un hombre consciente de su inmensa fragilidad. “Hay días que hasta la soledad me deja solo”, escribe en Los vencidos. Es un poeta escéptico, que rechaza toda contaminación, que se aferra al único asidero posible: la dignidad. Y que acepta lo que es aun cuando no sea como imaginaba. Un tipo solitario. Un lobo que aúlla. Muchas de las referencias icónicas de sus últimas obras son esclarecedoras a este respecto. El poeta se presenta solo en territorios reconocibles que beben de un cine y una literatura concretos para habitarlos como aquellos personajes desesperanzados, seres humanos que emanan piedad; que, como escribe el poeta, saben que” la vida es el aprendizaje de la despedida”.
Me gusta mucho mirar ahora a Ricardo. Es, definitivamente, un hombre tranquilo. En paz. Todo lo que es ya lo ha escrito. Todo lo que soñó un día. Todo lo que ha vivido. Es John Wayne mirando el horizonte en Centauros del desierto. Ese hombre que ha exorcizado sus demonios interiores desde la más profunda soledad. Que los ha combatido con honestidad y audacia, sin ningún temor al abismo, en una lucha cuerpo a cuerpo que le ha llenado de cicatrices; heridas que, él lo sabe, le morderán siempre, porque no se puede extinguir todo el dolor cuando se ha vivido furiosamente. Hoy es Ricardo un hombre que se está observando a sí mismo desde un lugar lejano. Es un poeta cuya voz no es sólo inconfundible, sino que es importante y necesaria, porque su eco trasciende y las palabras son zarpazos, disparos a la conciencia y al corazón de un tipo lúcido, descarnado y tierno a la vez. Terriblemente humano. Un hombre que tiembla. Pero también un hombre que se sigue muriendo por vivir.

Apenas para abrir la boca de vuestros espíritus y corazones, os transcribo tres poemas:

POEMA PRÓLOGO

Los vencidos duermen en las ramas de los árboles.
Los vencidos caminan sobre las aguas del desierto.
Los vencidos hablan verbos de silencio.
Los vencidos extirpan el corazón de los tiburones.
Los vencidos arrancan las alas de los cuervos.
Los vencidos regalan a las bestias su ternura.
Los vencidos arden en el fuego del paraíso.
Los vencidos juegan a la ruleta rusa de la felicidad.
Los vencidos dibujan sueños con la tinta de la noche.
Los vencidos construyen castillos de arena en las playas del infierno.
Los vencidos disparan balas cargadas de memoria.
Los vencidos bailan eb la cuerda floja de la vida.
Los vencidos esconden caramenlos en los bolsillos del corazón.
Los vencidos conservan la dignidad de la derrota.


En otra edad fui un hombre afortunado.
Amé la vida y la vida me amó en ocasiones.
Amé mujeres que también me amaron.
Bailé y canté hasta el amanecer de mis huesos.
Coleccioné sueños como los piratas tesoros.
Hoy soy el hombre cansado de jugarse la vida
a los dados esquivos de la felicidad,
de perseguir mi destino en busca de El Dorado.


Un día abrirás los ojos al invierno para comprobar
que tus hijos se han hecho a la mar
que la noche te agarra por el cuello
que el amor dejó de mirarte a los ojos
que en tu corazón sólo se oye el eco de un viejo tocadiscos
que el viento de la tarde arrastra tus sueños como frágiles hojas de otoño
que nadie te venció pero nunca ganaste la batalla.

Querido Ricardo, enhorabuena con toda mi envidia. Y por una vez, sin que sirva de precedente, envidia sana de quien se sabe hermano tuyo en esto de ser quienes somos. jaime alejandre