
Ayer tuve una de esas oportunidades cada vez más escasas de recuperar la confianza en este mundo. Y mundillo, dramáticamente hablando.
No sé si las breves palabras de este blog expresarán suficientemente mi admiración por Juan Carlos Pérez de la Fuente y Rosario Calleja y por su proyecto teatral, pero sí sé que no las trascribo aquí para cubrir el expediente de la amistad, la amabilidad, la buena educación y la urbanidad sino porque lo siento en las asadurillas (ya más bien asablandillas en mi caso, decrepitudes físicas y sobre todo morales mediante).
La obra “Angelina o el honor de un brigadier” del maestro, Enrique Jardiel Poncela, es un lujo, una demostración de que quien sabe hacer y ama lo que hace lo hace siempre extraordinariamente bien. Ahí están Juan Carlos y Rosario, con sus caras de agotados pero resistentes a la devastación en una lucha cuyo único sentido es la emoción que causa en los demás. En mí.
La obra, cuyo ensayo general vi ayer y que hoy se estrena en la sala Verde de los Teatros del Canal, donde estará en cartel sólo hasta el 17 de enero, es además una muestra de respeto para ese genio que fue Jardiel.
Cómo me irritan esos directores y compañías que porque consideran al humor un arte menor (cuando menor es el humor de patochada y escatología barata, pero el inteligentísimo humor de Jardiel –véase “Madre el drama padre”, “Cuatro corazones con freno y marcha atrás”, “La tourné de Dios” !!!!!!!!- se edifica sobre impresionantes textos que indagan luminosamente en la naturaleza humana del mismo modo que Albert Camus, André Maurois, Rafael Soler o Marguerite Yourcenar, ellos en sus dramas)… Decía, cómo me irritan los que a los textos de humor de Jardiel les hacen una puesta en escena de apaño, cuando no de desapaño, dejando así en las tablas de la representación apenas los chistes y las ocurrencias, geniales, sí, de Jardiel, pero que son sólo parte de su obra. Una obra sagaz, trasgresora, audaz, arriesgada como pocas… (¿o no es atrevido escribir “Madre, el drama padre” en plena España de posguerra del requetegeneralísimo Franco bajo palio, una obra en la que en un momento el texto explícitamente justifica y hace prevalecer el amor, por verdadero, sobre el supuesto incesto de cuatro hermanos y cuatro hermanas dispuestos a casarse pese a todo?). (Así, en este país de envidias, qué otra cosa que la muerte a los 50 años, arruinado y olvidado, podía recibir Enrique Jardiel Poncela en pago a sus desvelos. Alguien tan inalcanzable para los humanos de a pie de mediocridad no recibe en España otra medalla que la Gran Cruz del Desdén).
Vuelvo a lo que decía: Jardiel es mucho más que sus alardes lingüísticos. Es sensibilidad, introspección, clarividencia en estado puro. Como me comentaba ayer Juan Carlos, Jardiel es capaz de convertir en personaje a un muro. Pero para que eso se materialice ante los ojos necios de espectadores como yo hace falta un director de escena (y una compañía) como la de Juan Carlos Pérez de la Fuente y Rosario Calleja detrás.
Abochornado salía anoche de su representación teatral sabedor de que aunque alguien como yo no puede hacer mucho más en la vida que aplaudir, tal vez debería esforzarme, superarme más e intentar dejarle al mundo escritas maneras de entenderlo también a mi manera.
No espero ya alcanzar alturas de conocimiento y capacidad de reflejo de la existencia como Jardiel Poncela, pero lo ridículo es que una vez entrevistas tales alturas no eche las horas y su resto en tratar si acaso de entremostrar un poco las visiones del universo en mi cerebro, por decepcionado que esté ya, de mí mismo sobre todo, y también de la bochornosa realidad.
En fin, tras años de ver obras de distintísima ralea de Juan Carlos Pérez de la Fuente, no me cabe duda de que en España no hay ningún otro Director y proyecto teatral como el suyo, que ahora, en este diciembre desabrido, estrena “Angelina o el honor de un brigadier”. La sensibilidad dramática con la que Juan Carlos, Rosario y sus gentes nos cuentan cuantas historias caen en sus manos dignifica estos tiempos de atonía, mediocridad, vulgaridad, facilismo, amor por el mínimo esfuerzo y frivolidad.
Mi admiración y respeto a todos cuantos hacen realidad ésta y tantas otras obras. Enhorabuena a todos los actores y actrices. A esas gatas maullantes, a ese magnífico Rodolfo. Y todos los minutos de mis futuros aplausos para Chete Lera (el brigadier), literalmente más que magistral.
Así que gracias, gracias por hacernos pensar, por hacernos sentir, por hacernos reír, por hacernos llorar. O sea, por hacernos hombres en tiempos de vida mineral y naturalezas muertas.
No sé si las breves palabras de este blog expresarán suficientemente mi admiración por Juan Carlos Pérez de la Fuente y Rosario Calleja y por su proyecto teatral, pero sí sé que no las trascribo aquí para cubrir el expediente de la amistad, la amabilidad, la buena educación y la urbanidad sino porque lo siento en las asadurillas (ya más bien asablandillas en mi caso, decrepitudes físicas y sobre todo morales mediante).
La obra “Angelina o el honor de un brigadier” del maestro, Enrique Jardiel Poncela, es un lujo, una demostración de que quien sabe hacer y ama lo que hace lo hace siempre extraordinariamente bien. Ahí están Juan Carlos y Rosario, con sus caras de agotados pero resistentes a la devastación en una lucha cuyo único sentido es la emoción que causa en los demás. En mí.
La obra, cuyo ensayo general vi ayer y que hoy se estrena en la sala Verde de los Teatros del Canal, donde estará en cartel sólo hasta el 17 de enero, es además una muestra de respeto para ese genio que fue Jardiel.
Cómo me irritan esos directores y compañías que porque consideran al humor un arte menor (cuando menor es el humor de patochada y escatología barata, pero el inteligentísimo humor de Jardiel –véase “Madre el drama padre”, “Cuatro corazones con freno y marcha atrás”, “La tourné de Dios” !!!!!!!!- se edifica sobre impresionantes textos que indagan luminosamente en la naturaleza humana del mismo modo que Albert Camus, André Maurois, Rafael Soler o Marguerite Yourcenar, ellos en sus dramas)… Decía, cómo me irritan los que a los textos de humor de Jardiel les hacen una puesta en escena de apaño, cuando no de desapaño, dejando así en las tablas de la representación apenas los chistes y las ocurrencias, geniales, sí, de Jardiel, pero que son sólo parte de su obra. Una obra sagaz, trasgresora, audaz, arriesgada como pocas… (¿o no es atrevido escribir “Madre, el drama padre” en plena España de posguerra del requetegeneralísimo Franco bajo palio, una obra en la que en un momento el texto explícitamente justifica y hace prevalecer el amor, por verdadero, sobre el supuesto incesto de cuatro hermanos y cuatro hermanas dispuestos a casarse pese a todo?). (Así, en este país de envidias, qué otra cosa que la muerte a los 50 años, arruinado y olvidado, podía recibir Enrique Jardiel Poncela en pago a sus desvelos. Alguien tan inalcanzable para los humanos de a pie de mediocridad no recibe en España otra medalla que la Gran Cruz del Desdén).
Vuelvo a lo que decía: Jardiel es mucho más que sus alardes lingüísticos. Es sensibilidad, introspección, clarividencia en estado puro. Como me comentaba ayer Juan Carlos, Jardiel es capaz de convertir en personaje a un muro. Pero para que eso se materialice ante los ojos necios de espectadores como yo hace falta un director de escena (y una compañía) como la de Juan Carlos Pérez de la Fuente y Rosario Calleja detrás.
Abochornado salía anoche de su representación teatral sabedor de que aunque alguien como yo no puede hacer mucho más en la vida que aplaudir, tal vez debería esforzarme, superarme más e intentar dejarle al mundo escritas maneras de entenderlo también a mi manera.
No espero ya alcanzar alturas de conocimiento y capacidad de reflejo de la existencia como Jardiel Poncela, pero lo ridículo es que una vez entrevistas tales alturas no eche las horas y su resto en tratar si acaso de entremostrar un poco las visiones del universo en mi cerebro, por decepcionado que esté ya, de mí mismo sobre todo, y también de la bochornosa realidad.
En fin, tras años de ver obras de distintísima ralea de Juan Carlos Pérez de la Fuente, no me cabe duda de que en España no hay ningún otro Director y proyecto teatral como el suyo, que ahora, en este diciembre desabrido, estrena “Angelina o el honor de un brigadier”. La sensibilidad dramática con la que Juan Carlos, Rosario y sus gentes nos cuentan cuantas historias caen en sus manos dignifica estos tiempos de atonía, mediocridad, vulgaridad, facilismo, amor por el mínimo esfuerzo y frivolidad.
Mi admiración y respeto a todos cuantos hacen realidad ésta y tantas otras obras. Enhorabuena a todos los actores y actrices. A esas gatas maullantes, a ese magnífico Rodolfo. Y todos los minutos de mis futuros aplausos para Chete Lera (el brigadier), literalmente más que magistral.
Así que gracias, gracias por hacernos pensar, por hacernos sentir, por hacernos reír, por hacernos llorar. O sea, por hacernos hombres en tiempos de vida mineral y naturalezas muertas.