Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

19 septiembre 2016

Calle Elvira Daudet, Cuenca.

Texto leído en el Homenaje a Elvira Daudet el 17 de septiembre de 2016 en Cuenca.

Extravagante homenaje a la mayor poeta española actual, Elvira Daudet, Dama de la Poesía de España. Extravagante homenaje, digo, por contar con ella en vida, ya que este país adicto al gorigori, sólo se acuerda de sus talentos y genios cuando faltan.
Podría empezar contándoos cómo nos conocimos Elvira y yo hace veinte años pero cada uno de nosotros tiene una primera vez con Elvira y a todos nos une la experiencia de que tras conocerla y leerla cambió de arriba a abajo nuestra existencia así que me ahorro la anécdota y comparto sólo que, como a todos, mi mundo de la emoción y el compromiso en el hecho y la palabra tiene un antes y un después del Big Bang de la llegada de Elvira Daudet a mi biografía.
En todo caso, con el pudor de los ignorantes que al menos son conscientes de sus limitaciones, doy las gracias a la Fortuna por haberme puesto inmerecidamente en el camino de una escritora esencial. Novelista, periodista, poeta imprescindible de estos atribulados tiempos de atonía intelectual en los que malvivimos.
Mujer. Mujer de una pieza que nadie puede imitar. Ni los chinos, que todo lo copian. Mujer con una vida más ardiente y apasionante que sus propias obras. Mujer desconcertante que, por ejemplo, tenía el carné del Partido Comunista pero no el carné de conducir. Y conducía.
Mujer, sí, desconcertante, porque llamará posiblemente la atención que alguien con su abrumadora vitalidad nos hable con tanta profundidad del desaliento, la amargura, la pérdida y la muerte, y lo haga con esa voz suya terrible, que sin embargo no nos provoca en el alma la destrucción del tsunami sino que nos sacude como quien nos acuna, no para dormirnos, precisamente, sino para despertarnos a la vida.
Pero esto ocurre porque Elvira Daudet es Mujer, auténtica Mujer, verdadera Mujer hasta el tuétano. Porque conoce como pocos qué es esa creatura a la que llamamos vida. Y como la vida real no es más que un sumatorio infinito de contradicciones, cuando ella la describe con sus versos o sus prosas alcanza insospechadas cotas de emoción y clarividencia. Porque Elvira Daudet es esencialmente memoria en la palabra, de su norte a su sur, las 24 horas del día y de la noche, yendo y viniendo, here, there and everywhere que dijeron los Beatles.
Y por eso, por la palabra y la memoria, que son lo único que trasciende a la mortalidad de los hombres y mujeres, por eso, sí, estamos aquí hoy homenajeándote. Mira, Elvira, en el bellísimo documental “Searching for Sugarman” se habla de un cantante olvidado que sólo vio reconocido su talento treinta años después de publicar su obra y ello apenas por una pirueta del destino. En el documental, alguien dice: “Tu propio sueño, la forma más elevada de tu mismo ser, es que algún día te reconozcan y que tu talento se haga visible para el mundo. La mayoría morimos sin acercarnos lo más mínimo a esa magia…”. No es tu caso, no, Elvira. Pues míranos, aquí nos tienes entregados a la magia de saberte, más que visible en el mundo, la columna vertebral de su dignidad. Y por eso venimos a ofrecerte nuestra admiración. Con este acto, Elvira, todos tus devotos y amigos hemos querido entregarte en tu propia mano nuestro reconocimiento. El reconocimiento de todo y todos los que gracias a ti aún resistimos la ofensiva de la miseria.
Concluyo. El replicante de Blade Runner nos dijo “he visto cosas que no creeríais…” y añadió después que todas esas cosas “se perderán como lágrimas en la lluvia”. Pues bien, yo también he visto. Sí, cada vez que he asistido a un recital de Elvira Daudet he visto lágrimas, lágrimas en los ojos de los asistentes, lágrimas que no se perderán jamás en la lluvia del olvido porque nos acompañarán siempre en tus versos.
En nombre de todos, Elvira, gracias por haber consentido vivir en nuestros años. Gracias por ser.