Hace años que apenas leo novela.
Sin embargo, afortunadamente, acabo de hacer caso a la recomendación
(una vez más) de ese portento de humanidad, ese regalo que inmerecidamente el
azar puso en mi tiempo y en mi espacio, Simón Arriaga. (Por cierto, él mismo,
Simón, autor de uno de los libros que quiero que me acompañe hasta el último
latido de mi declinante existencia, el titulado “A veces sucede”, Ediciones
Evohé).
La novela es: “El vino del estío. Green Town 1”, de Ray Bradbury
(Ed. Minotauro). Relato repleto de la emoción de las cosas sencillas. Emoción indispensable,
justa y necesaria, nuestro deber y salvación. Lo demás es ser objetos inanimados,
prescindibles. Una novela bien escrita (¡que haya que destacar esto!, en fin)
que rebosa de pasajes “simples” que son pura poesía.
Belleza y emoción sin pretenciosidad, pero sí con la sola
pretensión de hacer resonar en un eco rotundo el gris latido de los corazones
marchitos y el verdeazulado también de los corazones debutantes.
Novela de la conexión entre las generaciones que han llegado
y las de los que ya se van. Bien está que la haya concluido unos días antes del
Keironohi, el Día del Respeto a los Ancianos en Japón.
Qué fortuna la mía saber que un segundo volumen (“El verano
del adiós. Green Town 2”) me aguarda para alargar el goce infinito de leer.
Aunque, por paradójico que parezca, me he pasado llorando
todas sus páginas. Ya sé que so no es nada nuevo en mí. He sido un llorón toda
mi vida. Jamás un plañidero. Pero ver un bombardeo en Gaza en el Telediario, leer
el adiós de una desahuciada joven, escuchar una canción de Erland Cooper… todo
eso, me hace llorar. Y cada vez más.
Cada vez más, ahora, porque el fin y al cabo, vivo
despidiéndome. Ese es el verbo que mejor define mis horas hoy. No hay tristeza
en ello. O sí.
Y resulta que esta novela de Bradbury es también una
historia de despedidas. Pero de bienvenidas también. Así es la vida, como la
estremecedora canción de Joni Mitchel, que también me hace llorar lo mío, lo
suyo y lo de todos, “The circle game”.
En fin, yo que ustedes no dejaría pasar el regalo de leer
estas novelas.

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