Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

18 septiembre 2026

El vino del estío


Hace años que apenas leo novela.

Sin embargo, afortunadamente, acabo de hacer caso a la recomendación (una vez más) de ese portento de humanidad, ese regalo que inmerecidamente el azar puso en mi tiempo y en mi espacio, Simón Arriaga. (Por cierto, él mismo, Simón, autor de uno de los libros que quiero que me acompañe hasta el último latido de mi declinante existencia, el titulado “A veces sucede”, Ediciones Evohé).

La novela es: “El vino del estío. Green Town 1”, de Ray Bradbury (Ed. Minotauro). Relato repleto de la emoción de las cosas sencillas. Emoción indispensable, justa y necesaria, nuestro deber y salvación. Lo demás es ser objetos inanimados, prescindibles. Una novela bien escrita (¡que haya que destacar esto!, en fin) que rebosa de pasajes “simples” que son pura poesía.

Belleza y emoción sin pretenciosidad, pero sí con la sola pretensión de hacer resonar en un eco rotundo el gris latido de los corazones marchitos y el verdeazulado también de los corazones debutantes.

Novela de la conexión entre las generaciones que han llegado y las de los que ya se van. Bien está que la haya concluido unos días antes del Keironohi, el Día del Respeto a los Ancianos en Japón.

Qué fortuna la mía saber que un segundo volumen (“El verano del adiós. Green Town 2”) me aguarda para alargar el goce infinito de leer.

Aunque, por paradójico que parezca, me he pasado llorando todas sus páginas. Ya sé que so no es nada nuevo en mí. He sido un llorón toda mi vida. Jamás un plañidero. Pero ver un bombardeo en Gaza en el Telediario, leer el adiós de una desahuciada joven, escuchar una canción de Erland Cooper… todo eso, me hace llorar. Y cada vez más.

Cada vez más, ahora, porque el fin y al cabo, vivo despidiéndome. Ese es el verbo que mejor define mis horas hoy. No hay tristeza en ello. O sí.

Y resulta que esta novela de Bradbury es también una historia de despedidas. Pero de bienvenidas también. Así es la vida, como la estremecedora canción de Joni Mitchel, que también me hace llorar lo mío, lo suyo y lo de todos, “The circle game”.

En fin, yo que ustedes no dejaría pasar el regalo de leer estas novelas.

 “Bill, cuando tenga usted mis años, descubrirá que las cosas pequeñas, las alegrías pequeñas, cuentan más que las grandes. Un paseo en una mañana de primavera es preferible a un viaje de cien kilómetros en un coche que corre a los saltos. ¿Sabe por qué? Porque en el paseo hay aromas, cosas que crecen. Hay tiempo de buscar y de encontrar. Ya sé. Ustedes buscan ahora lo grande, y quizá tengan razón…

 Y luego llegó ese día, cuando alrededor, en todas partes, se oyen caer las manzanas, una a una, del árbol. Al principio, solo una aquí y una allá, y luego son tres, y luego son cuatro, y luego son nueve, y veinte, hasta que al fin las manzanas se precipitan como una lluvia, golpean como cascos de caballo la hierba suave, y cada vez más oscura. Uno es la última manzana del árbol, y espera que el viento lo libre lentamente de los lazos que lo unen al cielo y lo hagan caer. Mucho antes de golpear la hierba, uno ha olvidado ya que había un árbol, u otras manzanas, o hierba verde abajo. Uno cae en la oscuridad…”.

 https://youtu.be/GXvalUTsu6c?si=hlFAIGbsXFGoj-_q