Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

12 mayo 2016

Aviones de papel, Saint-Exupéry

“Antoine de Saint-Exupéry”, aviones de papel”, Montse Morata, Editorial Stella Maris, 2016, (313 pp), finalista del II Premio Stella Maris de biografías y memorias.

Por fin una biografía de Saint-Exupéry escrita por una autora española. Una biografía que tal vez alcance a desmontar el triste lugar común que tergiversó malintencionadamente la obra de Saint-Exupéry presentándola como la de un escritor juvenil si no infantil. Nada más lejano de la realidad. Saint-Exupéry es uno de los grandes humanistas del siglo XX a la altura de Albert Camus. Otra cosa es que el cainismo de turbios personajes como el general Charles de Gaulle se impusiera la tarea de vilipendiar al hombre libre que fue siempre el autor de “Tierra de hombres” y otros libros inmensos entre los que destaca “El Principito”, obra maestra de la concisión, la reflexión y la sensibilidad del Hombre Nuevo que aspiraba alentar Saint-Exupéry en el momento mismo (la II Guerra Mundial) en el que toda la Humanidad pendía del hilo de la extinción.
Montse Morata, magnífica periodista y escritora de la que apenas conocíamos su poesía, viene a cubrir un vacío incomprensible, el del conocimiento del autor francés, apenas ocupado por algunas buenas publicaciones pero menores por su alcance, como lo escrito sobre el novelista y aviador francés en Letras Libres por Pedro Sorela, prologuista también de la edición del volumen que contiene “Tierra de los hombres”, “Carta a un rehén” y Carta al general X”, traducidos por Gabriel Mª Jordà Lliteras, en Círculo de Lectores, 2000.
Biografías, memorias o escritos conexos sobre Saint-Exupéry ya conocíamos traducidos al español estudios indispensables como el de Luc Stang “Saint-Exupéry visto por sí mismo”, Editorial Magisterio Español, 1971, un texto preciso y precioso que ahonda en la etopeya del autor “más soñador que travieso”, Señor del Desierto, que “junto con T.E. Lawrence y André Malraux es el prototipo del escritor que comprometió su vida en su obra”.
A esta biografía podemos añadir en español dos más editadas en álbumes ilustrados, “El piloto y el Principito. La vida de Antoine de Saint-Exupéry” de Peter Sís, Editorial Sexto Piso, 2014, y esa delicia polícroma a cargo del creador de Corto Maltés, Hugo Pratt, que se tituló “El último vuelo”, Editorial Norma, 1995, con prólogo de Umberto Eco y extenso estudio preliminar de Frédéric d’Agay (“la vida siempre se impone a las fórmulas. La derrota puede llegar a ser el único camino hacia la resurrección”). Hugo Pratt nos relata y dibuja con su sorprendente economía de medios ese último vuelo de Exupéry del 31 de julio de 1944 poblado de entusiasmo (en-theus, estar poseído por el espíritu de la divinidad) en una conversación del piloto consigo mismo alumbrando relevantes momentos como sus recuerdos sobre su madre sobrevolando su casa (“Si me hieren, tendré quien me cuide. Si me matan, tendré a quien esperar en la eternidad. Si regreso, tengo a quien volver…”), el ya final encuentro con su Principito entre nubes que parecen corderos, la enigmática aparición de la Patagonia, hombres del desierto, el accidente de Guatemala, amigos, compañeros del aire, amores, España en su guerra incivil, y ese final estremecedor mientras su avión se precipita en las aguas del Mediterráneo: “Si quisiera despertarme, lo haré únicamente al norte del último sueño… Saint-Ex, no tomes la dirección de los recuerdos… es como visitar un cementerio…”. Y la viñeta final dibujando un horizonte solitario en el mar, especular imagen de la línea de la duna del desierto en la que desapareció El Principito.
Y ahora a ello sumamos el extraordinario libro de Montse Morata que con un inicial enfoque de memoria literaria nos desvela las claves esenciales de la peripecia vital de Exupéry en un contexto marcado por lo político (las guerras), lo aventurero (pionero de la aviación), lo literario (periodístico como novedad) y también por las contradicciones amorosas de una existencia marcada por la soledad pese a (o más bien “debido a”) sus relaciones sentimentales, muy especialmente en lo concerniente a su madre y a Consuelo, su esposa y “rosa” de El Principito.
Y precisamente porque cuando Montse Morata se deja arrebatar por su pasión literaria es cuando nos ofrece sus mejores y más emocionantes páginas es por lo que creo que cuanto más despoje a su texto de su inicial carácter de tesis doctoral más contundente será para nosotros, lectores. Lo que tiene sentido en un pasaje académico, la repetición de algunos extremos como la premeditada venganza de de Gaulle y algunas otras que se encuentran en el libro, no son necesarias en un ensayo literario y le pueden restar frescura a la narración de una biografía de una viada que como la del aviador es más novelesca que una auténtica novela. Algo que además tiene que ver con la propia manera de redactar de Exupéry, cuyos libros navegan las engañosas aguas de la novela y del ensayo… tanto como para que alguno de sus libros se publicara como novela en unos países y como ensayo en otros.
Por todo ello las más altas cotas de emoción se encuentran en el libro de Morata en su primer capítulo que no casualmente se titula “¡Hay que ser un incendio!”, y que tengo subrayado de principio a fin; igual que el de la conclusión “Escribir con la muerte” donde la autora y doctora en periodismo por la UCM nos agarra por el pecho, nos zarandea el alma y nos deja sin resuello. Como debe ser.
En todo caso la prosa de Morata, a imagen y semejanza de la de su biografiado, rezuma lirismo y es de una altura a la que ya estamos poco acostumbrados. Y hay que agradecer a Morata su esfuerzo de años para ofrecernos este libro. Como dice Luc Stang, “hace falta heroísmo y genio para dar cuerpo siendo ya hombre a lo que de niño se ha soñado”. Montse Morata ha derrochado heroísmo, talento y generosidad en su obra.
Finalmente, por todo esto, en las “peticiones del oyente” me atrevería a solicitarle a Montse Morata y sus editores que en la segunda edición de su libro (ya pronto en imprenta imagino, pues todo parece indicar que ha vendido en tiempo récor dos mil ejemplares, inquietante señal de que en España no todo es Belén Esteban… ¡renace la esperanza!) se incluya un anexo con la traducción de la propia Montse Morata de esos artículos periodísticos de los que nos habla y que bien merecen ser publicados (más aún si, como dice nuestra autora, -páginas 168 y 210- ni siquiera están recogidos en las Oeuvres complètes de La Pléiade). Esta petición mía se basa en que precisamente Montse Morata en esta biografía dedica especial atención a una faceta muy poco conocida de Exupéry, la de periodista (algo que hizo a la fuerza movido por necesidades económicas), y es uno de los grandes aciertos de su premiada biografía.  
No obstante, al menos los artículos periodísticos de Exupéry en L’Intransigeant y en Paris-Soir referentes a la Guerra Civil española (y hasta su “Carnets”, Cuaderno de notas) se pueden consultar íntegros en “Un sentido a la vida. Visiones de España 1936-1938”, Antoine de Saint-Exupéry, edición, traducción y prólogo de Gabriel Mª Jordà Lliteras, Círculo de Lectores, 1995.
Quiero añadir que la extraordinaria biografía de Morata además nos permite conocer la visión de Exupéry de la dolorida España del 36 así como la interpretación de la iconografía de El Principito en la auténtica vida del escritor francés.
En definitiva no dejen de leer esta magnífica obra con la que no sólo conocerán en profundidad al autor del libro más vendido y traducido del mundo junto con la Biblia y el Corán, (incluida la decepción que a uno le puede causar saber que Exupéry consultaba a videntes… lo que se compensa, en todo caso, con las hazañas que protagonizó recorriendo desiertos y montañas, cruzando inmensidades a través del cielo) sino que ahondarán, ustedes, lectores, en los valores del humanismo, el individuo (que nada tiene que ver con su contrario, individualismo), la libertad de pensamiento, la resistencia a los arquetipos y prejuicios, el papel esencial de la amistad para entender el mundo, el heroísmo y la audacia, contrarios a la temeridad, la importancia de la acción (y de la inacción), la necesidad de la invención para progresar pero la cautela a la vez ante la amenaza del maquinismo asolador del hombre, la responsabilidad moral de cada uno de nosotros por crear lazos y no exclusiones, etcétera. Y también en relación con el pequeño mundo de los escritores aprenderemos en esta biografía gracias a Exupéry que “la perfección no se consigue cuando no hay nada más que sumar (a lo escrito) sino cuando no hay nada más que restar”. Sí sus concisos libros ofrecen una contundencia inigualable, tan difícil de conseguir que él bien sabía que su escritura estaba impregnada de elitismo, pero no del que establece una superioridad moral sino el que pretende atraer a todos hacia lo más alto. No obstante Exupéry siempre dijo preferir vender apenas cien ejemplares de un libro que no le hiciera enrojecer que seis millones “de un nabo”.

Gracias al cielo y pese a sus bochornosos detractores, Exupéry trascendió su propia existencia, corta (apenas 44 años) pero intensa, y hoy y siempre pervive y perdurará para señalarnos a cada uno el camino de ascensión a nosotros mismos, habitando él el lugar que le corresponde, seguramente un asteroide cercano al B 612, en la inalcanzable gloria de los más luminosos soñadores.

29 marzo 2016

La conquista del Polo Sur

En estos cuatro días festivos he aprovechado para leerme “Amundsen-Scott: duelo en la Antártida. La carrera al polo sur”, de Javier Cacho Gómez, Fórcola Ediciones, 492 pp, una obra que tal vez sería más interesante su aprendizaje como materia obligatoria en las escuelas que algunos de los libros de texto con los que se imparte la educación en este país (aunque sólo fuera para evitar obtener lo que proporciona nuestro sistema educativo según lo dijo David Crane: “el producto medio, en el término medio de un sistema diseñado para producir mediocridad”).
En él se nos cuentan unas hazañas inimaginables realizadas por unos seres humanos inmensos movidos (Manuel Toharia dixit) “por una característica esencial que nos distingue de nuestros primos hermanos los primates más evolucionados: la curiosidad”.
Claro que esa curiosidad unos la satisfacen aprendiéndose de memoria las alineaciones de los clubes de fútbol y otros descubriendo la penicilina, un arpegio de violoncelo o la iluminada cordura de un orate universalmente manchego.
Y, sí, aquellos exploradores curiosos y sacrificados, caminando jornadas de treinta y hasta cincuenta kilómetros por la estepa helada, arrastrando trineos de centenares de kilos con temperaturas de 40º bajo cero (“hasta encender una cerilla en la tienda era una odisea ya que su propia respiración creaba una capa de hielo sobre el fósforo impidiendo que ardiese”) en busca del último reducto virgen de nuestro planeta buscaban no sólo la meta deportiva de alcanzar el Polo Sur sino el mayor conocimiento de cuanto nos rodea. Por eso, “dominados” apenas por su entusiasmo y su sentido del deber, fueron capaces de morir de inanición en el camino de regreso después de tirar todo peso “superfluo”, en el que no consideraron los 16 kilos de piedras para futuras investigaciones científicas que habían recogido. (Incluso tuvieron que deshacerse de un equipo fundamental para caminar sobre la superficie helada de los glaciares que atravesaron, los crampones… un objeto entonces de lujo que hoy uno ve usar en el parque del Retiro de Madrid a cualquier patán si caen tres copos de nieve por el mero placer de la presuntuosidad). Ellos “no buscaban la fama ni triunfar”, quisieron ser exploradores polares “como aspiración vital que encontraba la recompensa en sí misma; no necesitaba los elogios de los demás sobre lo que habían hecho, tan sólo querían poder seguir afrontando nuevos desafíos: seguir explorando”. Con la entereza de ánimo inimaginable en la que en el cúmulo de desgracias que se abatían sobre ellos cada día, de repente, que la temperatura subiera hasta los 25º bajo cero lo recibían como una bendición porque ello les permitía que pudieran dormir a ratos.

En tiempos, los nuestros, en los que parece no haber más dios que el de lo banal, lo inmediato y lo llevadero; en los que germina la amoralidad y la vaga búsqueda de sensaciones a través de anuladoras drogas, “el intoxicador deleite del esfuerzo” puede erigirse como el acicate único ya para que el hombre aún pueda superarse a sí mismo. Pero para eso hace falta una virtud casi desconocida hoy, la tenacidad, ese motor del espíritu que te hace ser capaz de pasar medio año en la gélida oscuridad del invierno austral entrenando tu resistencia, preparando tu equipo y haciendo incursiones científicas en condiciones imposibles (centenares de kilómetros bajo un frío de 60º bajo cero para recoger unos huevos de pingüino), esperando a que la luz te permita acometer un viaje hacia lo desconocido de más de tres mil kilómetros durante ciento cincuenta días sin descanso. Y todo ello tras haber dejado atrás sus hogares un año y medio antes, sabiendo incluso que, si conseguían alcanzar el Polo Sur probablemente estarían de regreso en el campamento base después de que el barco anual de suministros tuviera que regresar para no quedar apresado por los hielos, lo que supondría esperar otros seis u ocho meses en la Antártida para regresar a la “civilización”, incluso para poder informar, como hizo Amundsen, de su proeza… Claro que más brutal fue el caso de Scott (tenía 43 años, por cierto, algo que deberían recordar los prematuros ancianos que de todo se quejan en las oficinas) que sin parar de escribir en la tienda hasta el mismísimo momento de su muerte dejó dicho “si hubiéramos vivido, habría podido contar una historia que hablase de la audacia, la entereza y el coraje de mis compañeros (Evans, Wilson, Bowers y Oates, muertos de hambre y congelación con él. Oates, para no retrasar más al grupo, cuando ya era inevitable el desenlace de su brutal congelación salió de la tienda y dijo a sus compañeros “Voy a salir un momento. Puede que tarde un poco”… No hay forma más gallarda y generosa de morir)… tendrán que ser estas improvisadas notas y nuestros cadáveres los que la cuenten”. Lo que incluye otra enseñanza para algunos de nosotros, que nos la damos de escritores y a los que cualquier contratiempo nos sume en la inactividad: Scott estuvo escribiendo con sus manos congeladas hasta quedar muerto con la mano fuera del saco, saco de morir más que de dormir, allá en el Polo Sur. “Agotado, terminado, yace para no volver a levantarse, con la certeza der los fríos ojos de la muerte fijos sobre él. Mientras, tranquilamente escribe en su diario”, dijo de Scott el explorador noruego Nansen.
Justo hoy, un 29 de marzo de hace 104 años, en 1912, morían los cinco exploradores británicos y es para mí tremendamente emocionante recordarles en estas líneas. A ellos y a los otros expedicionarios también los noruegos cuyos nombres no recordamos: Lashly, Cherry-Garrard, Campbell, Lindstrom, Hassel, Hjalmar Johansen… Es así, el sentimiento trágico del Hombre nos lleva siempre a recordar a los que perecieron y al líder “triunfador”, al escandinavo, Amundsen, diluyendo en el olvido a los demás. Pero todos ellos merecen ser recordados. El explorador Crean, por ejemplo, que salió a buscar ayuda para dos compañeros que no podían más, a los que dejó reguardados como pudo y recorrió de un tirón (no llevaba saco de dormir para ir más rápido, sólo cogió tres galletas y dos trozos de chocolate, ¡como lo leen!) en más de 24 horas sin parar, los 50 kilómetros de frío y desolación que le separaban del refugio de Punta Hut.
Quede para ellos, como recoge Javier Cacho en su insuperable biografía (que es “más que la simple descripción de una aventura, es el viaje al interior de los propios exploradores, una búsqueda del sentido de su acciones”, lo que dijo Tennyson: “Luchar, buscar, encontrar y no rendirse jamás”. Y lo que el mismo Javier Cacho escribe: “… la eterna búsqueda del ser humano por llegar un poco más lejos de lo que otros han llegado, por alcanzar lo que nadie ha logrado, por descubrir lo que todavía está oculto: por explorar la naturaleza, tanto la física del planeta como la interior de su propia alma… porque detrás de todas esas apariencias externas se encuentra la misma fibra humana que despliega toda su vitalidad y su pasión…”

Ahora sólo me queda reconocer y reconocerme que mis sentimientos (admiración, estupor, congoja, pasión…) cuando leía estas hazañas se perderán cuando yo ya no esté. La nieve cae sobre la nieve, borra el rastro que dejamos. Así sea.

22 marzo 2016

A veces es mejor que no haya final


Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Sí, un par de mudanzas (lo que según Jardiel Poncela es un incendio sin fuego) y otros lópeces han hecho que haya tardado demasiado tiempo en leer la reconfortante “novela” de David Gutiérrez, “Ferdinand Bancuver” Ediciones Amargord, 2014, ISBN: 978-84-16149-10-0, 179 pp. Tanto me he demorado que, al ponerme a escribir esta reseña y reconocimiento del gran libro que es, recibo la noticia de que apenas dentro de diez días David Gutiérrez presenta nuevo libro. Pero qué más da la tardanza de esta loa y alabanza si libros como el que hoy les traigo están al margen del tiempo y se libran de los rigores cretinos de la “novedad”, de los textos de circunstancias escritos más por motivos comerciales que por ese ente, inútil para cualquier emebeá, que es la literatura.
En fin, David Gutiérrez nos ha dado una “novela” que entrecomillo porque lo es, novela, en el sentido más contemporáneo y posmoderno posible, texto narrativo en el que se entreveran poemas y reflexiones colaterales. Colaterales pero sin daños. Inventario de sueños, o sea, al fin y al cabo, se mire como se mire, filosófica o físicamente: la vida. Historia sin historia, entiéndase, repito, la vida misma. Y cuando se va a hablar de la vida, la de uno y la de cualquiera, la de todos y la de nadie, intriga y peripecia (¿qué va a ocurrir con la aparición de Paula, la cajera?... pues que se va a vivir con Ferdinand... eso, como le sucede a todos los humanos que conocemos; pero, claro, con eso no se hace una obra de arte, luego hay que saberlo escribir como magistralmente lo hace David Gutiérrez, sin desenlace necesario ni posible, pues todos sabemos que cualquier vida termina con la muerte, así que al menos en la ficción “a veces es mejor que no haya final” ) serían obstáculos en la comprensión de la verdad llena de ficción, y viceversa; verdad que no es otra que la existencia de un tal Ferdinand David Bancuver Gutiérrez. Bueno de él y quién sabe si no de más personajes. Y, muy seriamente, de este propio lector diletante que les escribe.
No sé, es que últimamente los únicos libros que no se me caen de las manos son aquellos en que me encuentro a mí mismo. Para ególatra yo, debe ser, ¡quién lo habría dicho! (Y Ferdinand Bancuver Alter Ego, que ya dice tener “la extraña costumbre de imbuirse, aunque sea temporalmente, en los personajes de los relatos que lee...). Menos mal que los personajes con los que me identifico nunca son héroes sino más bien inútiles soñadores presas del insomnio (con y sin subtítulos). Así que cuando entre las páginas impresas encuentro tipos con los que comparto paranoias y obsesiones me siento a gusto. Estar entre extraños desde hace un tiempo me produce hastío. Pereza. Pero en muchos de los cien capítulos de esta novela puedo reconocerme y verme muerto de frío en cualquier lugar público por culpa de ese aire acondicionado con el que alguna secta universal pretende acabar con la raza humana. Tipo que de tanto ponerlo es capaz de “rayar” un cedé. Ser que ha acabado por comprender que “el poniente está para mirarlo, no para pensar lo que es”. Protagonista con el que coincido en mitos literarios y musicales (Cohen, Pessoa –¡¡“quien ama es diferente de quien es”!!-, poetas Hazversos como Rafael Soler o Elvira Daudet, Matisse, Siddartha…) con lo que me siento no ya como en casa sino en el Sancta Sanctórum de mí mismo. Ridículo compulsivo sereno (de los de chuzo) que soy, cerrador de puertas de armarios y habitaciones que nombra a sus amigos sin la menor liturgia, como Bancuver: Tomé Lasenda, Sepelio Scrotto, Fulgencio Baylón… Aunque luego sea incapaz de decir “no” a ninguno de ellos y esté dispuesto (Ferdinand) a torear en la Feria de San Isidro en las Ventas sustituyendo a un torero dipsómano. Iconoclasta hermano mío que también se detiene a admirar los extintores en los museos, que sabe que hay jueves que huelen a domingo y que “guarda cosas porque sabe que la vida está llena de símbolos y que hay que acompañarla de ellos…”.
En fin, disfruten de esta novela que es una tesela de apuntes del natural que, como con las erráticas pinceladas de una acuarela (que no se pueden corregir, a diferencia de las hechas con óleo), dibujan la vida de un personaje que gana nuestro cariño tal vez más que especular, pese a que desde los primeros párrafos David Gutiérrez nos obliga a preguntarnos si no será todo lo que leemos “mero” sueño y cuantos personajes salen (si no son sólo uno, como decíamos antes, ¿no somos todos un poco Gregorio Samsa…?”) apenas la precisa expresión de la inexistencia. Pero ya lo desvela el autor: “A veces solo durmiendo se sueña lo que se es. Se trata d sueños teñidos de realidad o la simple realidad desconectada…”.

21 marzo 2016

La Venecia de Casanova. Y tu Venecia


Hasta hace poco, el viajero que quería servirse de una auténtica guía de Venecia que no fuera el pastiche de lugares comunes al uso, tenía a su alcance dos libros extraordinarios: “Venecias” de Paul Morand y “La Venecia secreta de Corto Maltés” de Guido Fuga y Lele Vianello. Ahora podemos al fin sumar una tercera obra indispensable para el viajero renuente a los clichés. Se trata de “La Venecia de Casanova por cinco ducados al día”, de Daniel Muñoz de Julián, Ediciones Akal, 2015, ISBN: 978-84-460-4220-4, 176 p.p.
Más de sesenta años de impresiones personales, desde 1908 a 1971, recogidas por aquel cosmopolita Paul Morand que nos dijo que “Las casas en Venecia (donde el hombre experimenta la alegría nueva de no tener coche y donde hay que venir en otoño despiojada de turistas, salvo los hippies, budas sin curiosidad, inamovibles) son inmuebles con nostalgias de barco: por eso sus plantas bajas a menudo están inundadas. Satisfacen el deseo de un domicilio estable y del nomadismo”.
Fuga y Vianello desvelándonos “los tres lugares mágicos y escondidos en ella: uno en la calle dell’Amor degli Amici; el segundo cerca del Ponte delle Maravegie; y el tercero en la calle dei Marrani, en los alrededores de San Geremia, en el Ghetto Vecchio. Cuando los venecianos se cansan de su autoridades oficiales, van a alguno de estos tres lugares secretos y, abriendo las puertas que están en el fondo de esos patios, se van para siempre hacia lugares bellísimos y hacia otras historias…”.
Y ahora, también hacia otras historias, nos conduce el insuperable relato nómada de Daniel Muñoz de Julián en su libro sobre Venecia, ese lugar donde “todo era original: la Serenísima tenía su propio calendario, que empezaba el 1 de marzo; los días se contaban a partir de la puesta de sol”.
Daniel Muñoz Julián, dieciochista hombre de la Ilustración transustanciado a nuestros paisajes y nuestros días, es licenciado en Derecho y también en Ciencias Políticas. Asesor en la Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales de España, en la actualidad prepara su Doctorado en Historia del Arte sobre el mercado del arte veneciano entre los siglos XVI y XVIII. Asimismo, dedica las “seis o más otras mitades” de su centuplicado tiempo a la escritura, la musicología y el viaje. Viaje tanto geográfico como literario, tanto del camino como del alma.
En su libro, Daniel Muñoz de Julián, italianófilo, ajedrezófilo, exwagneriano y conferenciante, sabedor precisamente de que en cualquier viaje todo depende de lo que uno esté buscando, nos hace navegar por las venas de la verdadera esencia de Venecia, esa vieja libertina, aprendiendo en sus capítulos no sólo su historia o cómo moverse por sus calles, unas de agua otras de piedra, sino su gobierno, la vida y la manera de ser de los venecianos, la diversión, las leyes (gracias a las cuales podemos entender mucho más de este lugar de rebeldía ciudadana. Véase que entre 1700 y 1732 estuvo vigente una ley que prohibía llevar a la mujeres otro color que no fuera el negro y, como nos recuerda nuestro autor, “aún resuenan las risas en los palacios”), las máscaras, los libros, los personajes célebres (Casanova a la cabeza)… Todo en torno a una ciudad tan mítica que cuenta de sí misma que se fundó “a eso de las doce del mediodía del viernes 25 de marzo del año 421”, y cuyo nombre podría proceder de “veni etiam”, que, como era previsible, significa “venid otra vez”.
Regresar siempre. Siempre, sí, pues Venecia no puede apreciarse en un solo viaje. Tal vez ni en toda una vida allí mismo vivida. Los caballos de bronce de San Marcos, traídos de Constantinopla en 1204 o la fastuosa Pala d’Oro y sus tres mil piedra preciosas, el ara sobre el que decapitaron a san Juan Bautista, una costilla de san Esteban, la espada de san Pedro, un dedo de María Magdalena… infinitos sus tesoros, e insospechados si no fuera porque el enriquecimiento de Venecia debe mucho a la costumbre desde 1075 de que cada barco que atraca ha de volver con un regalo para San Marcos.
No abundo más en estas trascripciones de párrafos de Daniel Muñoz de Julián. Mejor les dejo el apetito de conseguir el libro y disfrutarlo. Para que descubran ustedes mismos el origen de la palabra italiana por antonomasia, “ciao”, o la fórmula para obtener la triaca, que cura todo mal que no sea grave, o el origen del helado, o las diferentes campanas con que se indican las condenas a muerte o la convocatoria de los senadores…
Deliciosa les parecerá la lectura de este texto que literalmente nos guía por el tiempo y el espacio de la Venecia de los carnavales que duraban seis meses, la alquímica Venecia, la Venecia del rinoceronte de Rialto, la del tabaco y las marionetas. La añorada ciudad en la que se ejecutó a unos jueces que habían dictado sentencia a galeras contra un panadero que resultó ser inocente; no sólo pagaron con su vida su execrable error sino que hasta su propiedades se subastaron y con los réditos se costeó esa pequeña luz roja que brilla día y noche delante del mosaico de la Virgen en la fachada de San Marcos… ¡Ah, cuánto bien haría a nuestra dolorida España contar con esa misma luz que pudiera iluminar la insultante impericia de tantos jueces y tantas juezas patrias!

En definitiva, déjese, lector viajero, inundar por el acqua alta del relato de Daniel Muñoz de Julián y dirija ya sus pasos hacia su propia Venecia, pues cada cual tenemos una por descubrir. Pero sepa el nómada que es distinta cada vez que a ella regresemos… Veni etiam, veni etiam…

16 marzo 2016

La abolición de lo transitorio

“Cuarteto para un concierto final”, Juan Vicente Monte, Ed. Evohé, 398 pp.,
ISBN 978-84-15415-93-0



Con Juan Vicente Monte me he sentido desde el principio como con un amigo incomparable con el que uno ha sufrido las penas de la adolescencia de los solitarios. Y esta sensación de hermanamiento instantáneo no hizo sino irse afianzando a cada página que yo leía de su extraordinaria novela.
Novela que recomiendo vivamente. Y que yo haga eso es un brutal atrevimiento por mi parte pues soy de los que creo con Schopenhauer que precisamente el arte de “no” leer es muy importante. Sí, el filósofo existencialista nos dejó dicho con su implacable sagacidad que “el arte de no leer consiste en no interesarse en todo cuanto llama la atención del gran público en un momento dado. Porque cuando todo el mundo habla de cierta obra, recordad que todo aquel que escribe para los imbéciles no dejará nunca de tener lectores. De modo que para leer buenos libros (como éste), la condición previa es no perder el tiempo en leer cosas malas, pues la vida es corta”, apostillaba el genial escritor alemán.
Que este libro es excepcional es algo que salta a la vista pues resulta que en apenas unos párrafos la novela de Juan Vicente Monte nos atrapa literal y literariamente. La trama se convierte en absorbente en apenas unas páginas. Tan imparable como aquella de Tabucchi que apenas con su primera frase “Sostiene Pereira que el día de su detención…” nadie en sus cabales podía dejar de leer. Pues lo mismo sucede con este “Cuarteto para un concierto final”. Trepidante y sin concesiones en su inicio, nos esclaviza y obliga gozosamente al trascurso de casi cuatrocientas páginas más que al llegar a la última se nos antojan demasiado pocas y desearíamos seguir inmersos en el delirio del autor otro par de millares de páginas más donde ironía, sarcasmo, reflexión de profundidad, parodia de nuestros inanes tiempos, imaginación y grandeza se unen para conformar una novela destinada a ser referente de una época.
Pero no sólo me refiero a lo que cuenta, sino a cómo lo cuenta. Qué delicia, tristemente tan inusual ya hoy en día, este español pulcro, certero, bellísimo que utiliza Juan Vicente Monte. Esos diálogos potentes como cargas de profundidad que se alejan tanto de las líneas imbéciles con las que demasiados escritorzuelos hoy en día simplemente alargan la planicie de sus textos. Y otra seña digna de mención es cómo nuestro autor se sirve de su elevado lenguaje (elevado también cuando desgrana vulgarismos sabiamente utilizados) en beneficio concreto de la trama. Por ejemplo cuando presente, pasado y porvenir se entremezclan en la redacción de la historia precisamente como lo hacen los pensamientos en el cerebro humano. Realismo que de mágico tiene el talento de su autor transitando lo sobrenatural con una envidiable naturalidad (valga el pleonasmo).
Así es la novela de Juan Vicente Monte, un relato que nos arranca de nosotros mismos. Nos arranca lágrimas, risas, emociones… Lágrimas sí como en la estremecedora declaración de amor de Ramiro a Lea en un hospital. Lea, por cierto, un personaje imborrable para cualquier lector sensible y eso que apenas aparece en seis páginas. Pero esa es otra de las virtudes inmensas de Juan Vicente Monte, su capacidad para la creación demiúrgica de personajes. Otros que nos la damos de escritores llevamos toda la vida publicando libros sobre un solo y triste y agotado personaje. Aunque bien es cierto que en algún momento el lector del “Cuarteto para un concierto final” se interroga si nuestro autor no será el personaje Jorge de la novela, o bien todos los personajes. Sí, novela de personajes fascinantes como Valentín y Yuri, escoltados por presuntos personajes reales – estúpidas ministras de defensa escasamente alfabetizadas, por ejemplo…- apenas trasmutados sus nombres para excitar la habilidad identificativa del lector… No desvelaremos quiénes se cuelan por las páginas de la novela, corifeos de grandes compañías de alimañas que aparecen aquí como Ibertrola, Ferrodial o Telofónica… pero déjenme asegurarles que la contundencia descriptiva del autor ante ciertas “excelencias innovadoras, sostenibles, ecológicas y multiculturales” se erige como un homenaje a la más grande literatura de todos los tiempos (véanse las páginas 164-165).
En fin, novela esta de Juan Vicente Montes de la que yo resumiría su elevadísima calidad literaria con una simple frase. Se trata de una novela muy fácil de leer y dificilísima de escribir. Con ello estaría todo dicho, pero es un placer ahondar en esta novela. Novela de humor negro y jardeliano (uno recuerda sin sonrojo “4 corazones con freno y marcha atrás” o “La Tournée de Dios”) que a veces te hiela la sonrisa en la cara dándote ganas de acabar con tu existencia… y la de los demás.
Novela que diría sicotrópica pero desprovista de la inane banalidad de la típica “On the road” de Kerouac, más bien cargada de intención y objetivo concreto, como aquellas espectaculares “Crónicas Marcianas” de Bradbury. Novela más divertida y con sentido que la aburrida “Conjura de los necios” de Kennedy Toole escrita sin tener que suicidarse para llamar la atención, menos mal. Con sutil narrativa salpimentada de explicaciones no explícitas, donde tiempo y espacio se estrujan en un texto de absoluta contemporaneidad, también canto a Madrid –villa tan malherida siempre por sus dirigentes y sus ciudadanos-.
Así, según avanzaba en la novela me preocupaba cómo sería capaz de resolver la envolvente trama que había creado nuestro autor. A Zeus le pedía que no se cargara su propia ficción como Saramago con “Ensayo sobre la ceguera”, relato en el que tras mostrarnos lo más implacable de la naturaleza humana el portugués escritor jesuítico y comunista (perdón por el pleonasmo, y van dos) acaba resolviendo el desenlace mediante una milagrosa redención. No es el caso de esta apocalíptica narración de Juan Vicente Monte pero “hasta aquí puedo leer”, que decíamos en el “Un dos tres”… no quiero desvelar nada de su trama. Aunque no dejaría de aconsejar al lector que, en algún momento de su lectura de la novela, intercalara otra, la de ese texto escrito a la luz de alucinógenas sustancias por Juan en su aburridísimo destierro de Patmos.
No obstante, déjenme desvelarles algo. Siempre me ha parecido que toda obra literaria cuenta con una clave, una columna invisible sobre la que se sostiene todo el edificio de su ficción. En este caso yo la encuentro en las páginas 118 a la 130 en el capítulo titulado “Despertando a las estrellas”: “… la sensación le impactó con tal violencia que se encogió en el sofá y le costó respirar, y fue entonces, al volver a la asfixia de su infancia, cuando se dio cuenta de que lo que en realidad le había asado en los últimos años era que, dando por descontada la opinión generalizada de los materialistas que dominaban la opinión pública, había dejado de creer en la existencia de un más allá. No lo quiso asumir en un primer momento, pero la claridad de aquella idea no se podía ignorar. El contacto cotidiano con gente que incluso diciéndose religiosa vivía como si este mundo fuera lo único que existiera había minado su fe en la trascendencia. Todas las personas que conocía vivían sólo para sí mismas, la egolatría y sordidez presidían el sentido de sus actos. En el fondo nadie creía que hubiera nada después de la muerte. Era obviamente un engaño para poder soportar el miedo al trayecto final… … Cuando llegó a la cima de la colina el éxtasis arrobaba hasta los más remotos confines de su alma, esta vez el misterio no le estaba esperando sino que era él quien lo ofrendaba. Se giró lentamente en un círculo completo, levantó los brazos a la noche y empezó a dirigir la gran sinfonía estelar: galaxias, soles y planetas danzaron al ritmo marcado por el movimiento de sus manos, océanos de gemas luminiscentes brotaron con su mirada, caudalosos ríos de estrellas surcaron la cúpula celeste obedeciendo a sus caprichos, enjambres de cometas traviesos zumbaron juguetones entre sus brazos aboliendo la oscuridad…”.
Pero en este caso la complejidad de la novela de Juan Vicente Monte creo que precisaba de dos columnas que sujeten y sean clave de su relato. Así la Segunda Parte de la novela está dedicada a la mítica Discontinuidad, base esencial del relato que se desvela en toda su amplitud en el escatológico discurso de pag 271-277. Discurso que hace patente, al fin y al cabo, que esta es una novela inclemente, divertida, brutal y tierna que nos habla de la Iluminación. Así lo compartía conmigo el propio autor. Trascribo aquí su personal visión de su misma novela:
“Escribir sobre la Iluminación parece cuanto menos pretencioso pero es algo que tenía que hacer, una obligación impuesta quiero pensar que desde arriba, motor de mi novela. No es que me considere un Buda viviente, un nuevo Krishnamurti, o algo parecido, pero como todos los tontos tienen suerte, sin saber cómo llegó un día, cuando ya había desesperado de buscar, en el que se me permitió separarme de mi ego y ver lo que había detrás: un lugar en el que no solo seguía existiendo sino en el que además reinaba la Alegría, y fue algo tan cercano y natural, como si me hubiese acompañado desde siempre, que me resultó risible que me lo hubiera imaginado tan artificioso. Desde entonces me acompaña como un murmullo de fondo que cada cierto tiempo me produce arrebatos de felicidad. Se manifiesta de una forma renovada, me rescata de mis compulsiones cuando me vuelvo a extraviar,  y se extiende como un cortafuegos que me protege del mal del mundo, y del que me procuro a mí mismo, cuando me agobia. Como poeta me vacunó del miedo a envejecer y morir, y me instaló en un continuo presente más joven de lo que nunca había sido.
“He intentado transmitir que por muy pobres que seamos todos tenemos lo suficiente para ser felices y soportar con entereza los envites del espacio-tiempo, que forma parte de la herencia que se encuentra en nuestros genes, que nos morimos de sed junto a la fuente de la que mana la Vida, que el problema del ser humano no es el abandono de Dios sino el no saber hacia dónde mirar, y sobre todo que en lo que a eso se refiere nuestra civilización se merece una condena.
“Mi novela también trata de mis amoríos con la mal llamada música seria, de cómo me fue abriendo el camino hacia lo anterior y me trasladó a mundos intangibles, en suma de la Metafísica del Arte. Igualmente muestra mi adoración del Eterno Femenino, de la mujer hecha música o de la música hecha mujer, ese principio que cantó Goethe en su Fausto o Mahler en su Octava sinfonía, y de los otros mitos que me han ido acompañando desde mi infancia en afinidad con Joseph Campbell.
“En cuanto a crítica social me temo que no he dejado títere con cabeza en lo que se refiere a la política, a sus credos y  a sus valedores, gramática parda cuya sola  mención me provoca urticaria. He dado un repaso general a las miserias de la condición humana sin que pueda, por desgracia, erigirme en juez al cargar como uno más con ellas: he tratado la soberbia, la codicia y la envidia, entre otras lindezas, en clave satírica”.
En fin, lectores futuros, encontrarse uno mismo en una novela escrita por otro es siempre una experiencia que nos seduce en lo que leemos. Eso me ha sucedido a mí: sentimientos propios, evocaciones de tiempos pretéritos que fueron los de mi infancia y mi adolescencia me han enamorado de esta novela. Y estoy absolutamente convencido de que ese enamoramiento se dará en todos ustedes.
Al fin y al cabo, Chéjov ya dijo: “las obras de arte se dividen en dos categorías: las que me gustan y las que no me gustan. No existe otro criterio”. A ustedes estoy seguro de que les gustará esta novela indispensable ya en la historia de la narrativa en español de este siglo XXI.


02 marzo 2016

Soledad Serrano Fabre sucede

“Pudo suceder así…” (Diálogos apócrifos de la Historia), Soledad Serrano Fabre, Ediciones Amargord, 168 pp.

Soledad Serrano, escritora y actriz, también conocida en la intrahistoria contemporánea de los proscenios como Andrea Navas, nos regala un delicioso (y perturbador) elenco de visiones concretas de las peripecias de ciertos personajes históricos. Nos adelanta así con plausible realismo cómo pudieron suceder algunos momentos de la intimidad de la Historia. Con ello desviste a los protagonistas de la impostada magnificencia con la que a menudo observamos las circunstancias históricas en las que reconocemos más arquetipos y personajes que puramente hombres y mujeres con sus normales pasiones, sus conversaciones sencillas, sus naturales necesidades más allá de la púrpura y el boato. Así la rotundidad de estos relatos nos llega más hondo pues pronto sentimos que lo que leemos afecta a personas, no a los conocidos personajes históricos. Personas. Como cualquiera de los lectores.
Protagonistas históricos (y también dos míticos, en concreto Adán y Eva) como el bíblico David, el Cid, doña Urraca, Al-Mutamid, Abenámar, Almanzor, Gonzalo de Berceo, Isabel y Fernando, Carlos I, Felipe II, y Ada Byron se dan cita en la envidiable prosa de Soledad Serrano para poner verosimilitud a lo que con el paso del tiempo ha llegado a nosotros y se recuerda apenas con las galanuras de las crónicas oficiales.
Diversas historias relatadas, sí, pero, sumergiéndose en lo que nos ha desvelado Soledad Serrano, encontramos un cierto nexo de unión. La traición. La traición al amor y a la amistad que devienen en traición a todo y a todos los demás (sean súbditos o compañeros de viaje). La traición a esa confianza que ponemos en quien amamos, incluso en Dios.
Y las dobles visiones conque nos relata Soledad (Al-Mutamid, el Cid, David…) de acontecimientos, si no iguales sí conexos, es lo que enriquece poderosamente la trama de tramas en las que, como digo, yo veo a la traición como el nexo de unión (tal vez ni siquiera pretendido por la autora).
Pero la gravedad de este complicado tema, el de la traición (“… el odio siempre destruye al que odia y al odiado…”), es abordada por Soledad Serrano con la más admirable de las virtudes de un escritor: con ligereza. Ligereza que jamás tiene que ver con falta de peso cuando es desarrollada por una autora comedida y sabia, como es Soledad, cuya prosa sigue la mejor de las estelas de aquella Marguerite Yourcenar que tanto supo de la naturaleza humana, como la propia Soledad Serrano.
Aunque hay que reseñar que muchos otros temas particulares conforman las teselas de esta magnífica colección de relatos: el paso del tiempo y la efimeridad de los instantes de felicidad (“Carlos I”) , la sordera de Dios y de los soberanos ante el pueblo (“David y Jonatán”, cuento en el que se revela y rebela el íntimo saber  de nuestra autora, experta en teología, religiones comparadas y antropología), la reivindicación de género para un porvenir de paz (“El Cid y una joven…”), el valor de la adversidad (“Urraca”), algo tan actual como la torticera tergiversación de la memoria histórica (“Gonzalo de Berceo”), o hasta la visión de un mundo trabajado por autómatas (“Carlos I y Juanelo”)…
La frescura de la prosa de Soledad Serrano es muy bienvenida, porque huye de las frases simples. Las frases de tres palabras y punto. Y tres palabras y otro punto. Nuestra autora consigue una innovadora naturalidad en su prosa mediante acotaciones (teatrales en la práctica) y diálogos de una fluidez inusitada, pero, como digo, sin buscar esa sencillez en la inanidad, sino aceptando la carga de profundidad de pensamientos y sentimientos sólidos y abrumadores.
Así, todos los relatos nos enganchan desde la primera acotación y la entrada en tromba de los diálogos cargados de autenticidad. Todos, pero yo quiero aquí resaltar el titulado “Felipe II e Isabel de Valois” porque relata un momento espeluznante y lo hace con una economía de medios y una precisión literaria no al alcance de émulos y primerizos. También querría resaltar el de “Adán y Eva” con que se abre la colección, por su reflexión sobre la felicidad.
Además, como sólo los buenos libros de literatura histórica logran, los cuentos de Soledad Serrano nos sumen en la duda –dominada por nuestra ignorancia- de la que surge la consulta y el florecer de un conocimiento más profundo. ¿Será cierta la ambientación “real” de las peripecias históricas de la princesa de Éboli o de Gonzalo de Berceo?, nos interrogamos. Y, estudio mediante, refrescamos nuestros muy enciclopédicos analfabetismos para ganar en altura, no sólo emocional por el relato de personas (repito, que no personajes) de Soledad Serrano, sino también en altura intelectual por acabar sabiendo más y mejor momentos de nuestra Historia al encajar en nuestros saberes e ignorancias lo una vez aprendido y tal vez hoy olvidado. Y eso que un protagonista de uno de los relatos de Soledad Serrano ya nos amonesta conque “quizá sea necesario vivir sin saber. A lo mejor el Paraíso es eso, no saber”.

Pero nosotros lo negamos. El Paraíso es siempre conocer y gozar de la belleza que viene de manos creadoras como las de Soledad Serrano. Soledad que tanto nos atrapa en sus relatos porque tiempo atrás tal vez fuera llamada Rumaykiya…

24 noviembre 2015

La conquista de la Felicidad

Queridos amigos, ayer fue una gran día para mí. Presenté rodeado de mi amor y mis amigos (la familia que no me vino dada sino que yo mismo elegí) mi novela “El cumpleaños”.
Sería inacabable el capítulo de agradecimientos, así que lo resumo en mandar todo mi cariño y admiración a Rafael Soler y Arturo Gonzalo Aizpiri (que ejercitaron la hipérbole sobre mí y mi obra), Javier Baonza (entusiasta infatigable editor) y Donato Goyeneche (que  nos inundó de belleza con sus piezas musicales).
Como veis se trata de una novela corta en la que he pretendido abordar algunos temas que son muy necesarios para mí en la peripecia vital en la que habito.
Por un lado, el valor del tiempo que conquistamos para estar junto a las personas que hemos decidido amar (véase la fotografía de mis hijas acompañándome en la firma de ejemplares).
Por otro el “perdón”. El más difícil de los perdones, el que nos debemos a nosotros mismos, pero también el perdón a quienes más queremos. El perdón merecía bien mi tentativa de incursión en esta novela, pues es una de las pocas características esenciales que identifica unívocamente a los humanos. Hombres y mujeres somos los únicos seres de la naturaleza que perdonan. Así me he sentido yo en mi cuento respecto de la etimología de la palabra perdón, que procede del hebreo arcaico “rechem”, que significa útero, de modo que simboliza la posibilidad del nacimiento de una nueva vida. Cuando perdonamos y sobre todo cuando “nos” perdonamos impedimos que el pasado siga cerniéndose como un buitre sobre nuestro presente y nuestro futuro y surge la posibilidad de una nueva vida.
Ya lo dijo Hannah Arendt: “el hombre fue creado con el poder de recordar el pasado pero sin capacidad para cambiarlo. Sólo el uso de la humana facultad de perdonar puede conseguirlo”. Pero Arendt también dijo que el hombre asimismo fue creado como el único ser de la naturaleza con la potestad de imaginar el futuro, aunque sin el poder de controlarlo, salvo si hacemos un firme uso de nuestra capacidad y habilidad para mantener y cumplir nuestras promesas. Entonces sí conseguimos construir el futuro según lo imaginábamos.
Y ello entronca con el otro de los temas de mi novela (bajo el paraguas del poder de la fantasía): el de que la felicidad es un acto de la voluntad. De nosotros y de nadie más depende nuestra felicidad. La narración que cada uno hace de su propia existencia es algo puramente volitivo pues la realidad nadie ha dicho que sea una u otra cosa. Ya se sabe, todo es relativo. Y en esa relatividad radica nuestro más preciado bien, nuestra libertad.
En fin, tras tantos libros míos de “realismo sucio” vaya éste de “realismo limpio” cargado de luz para el porvenir.
Salud.









16 noviembre 2015

"El cumpleaños", mi nueva novela

Queridos amigos, más o menos he venido escribiendo una novela cada diez años. Esta es más bien una "nouvelle" (ese tipo de narraciones que están entre la novela corta y la novela tradicional, o sea un centenar de páginas), pero en ella he puesto toda mi pasión literaria. Y vital.
Ha sido tan importante para mí que desde el primer manuscrito, terminado en 2010, la he reescrito íntegramente en tres ocasiones y he introducido cambios radicales al menos en otras cuatro o cinco versiones... Para un escritor como yo, que nunca antes había reescrito ni retocado y que acostumbro a llevar a imprenta los textos tal y como salen de la mano (sigo escribiendo con papel y rotulador) ha sido un ejercicio esclarecedor. Creo que al final he conseguido decir, desnudamente, lo que quería transmitir a los posibles lectores. Y a mí mismo. Así, querría que os gustara y que os hiciera pasar unos breves momentos de emoción...
Por ello, a los que podáis/queráis os espero el día 23 de noviembre en la SGAE, Calle Fernando VI de Madrid a las 1930.
(Como sabéis la SGAE es muy estricta respecto al aforo de las salas del bello palacete en que tiene su sede, y ya en alguna presentación de la editorial hubo personas que no pudieron entrar, de modo que a los que tengan la intención de venir el próximo lunes me permito recordároslo).
Muchas gracias. Salud. Y paz.

07 octubre 2015

Miquel Martí i Pol

En esta hora de fratrías y odios entre nacionalismos (el españolista y el catalanista) quiero recordar a un poeta heterodoxo, catalán, periférico, olvidado y ninguneado -como es norma habitual- por el resto de esta dolida y doliente España.
Nacido en 1929 y autor de poesía social en su momento (poesía social a la que llegó tras la crisis existencial producida por su rebelión frente al catolicismo imperante con que se le había educado; muchos poetas de esta generación acabarían en la poesía social como modo de resolver este conflicto personal) se le debería adscribir a la Generación del 50, pero seguramente es uno de esos que como Rafael Pérez Estrada son poetas inclasificables.
A los 19 años contrajo una tuberculosis pulmonar que le provocó, como a tantos otros, ciertamente, una indomeñable afición por la lectura. Lo que la literatura debe a la tuberculosis es cosa para estudiar…
En fin, a los 25 años publica su primer libro al que seguirían otros casi cuarenta que editaría en vida, sin contar sus traducciones al catalán (como la de la obra de Saint-Exupéry).
Como ha dicho Pere Farrés, estudioso de su obra, la poesía de Martí i Pol entra de lleno en la corriente que se ha llamado "realismo histórico”. Los obreros que van a trabajar cada día, en la fábrica o subiéndose por los andamios, las mujeres que hacen el trabajo de casa, los jubilados, son los protagonistas de estos poemas, sus "héroes", porque el poeta los eleva a esta categoría al considerar su trabajo, su vida, una auténtica gesta casi épica. El poeta, finalmente, se siente comprometido con la gente de su pueblo y su fábrica y, por extensión, con la clase social de la que forman parte, hasta el punto de poner su voz y su gesto -discurso y acción- a su servicio: "De ellos quiero hablar, al hablar de la gente de ahora. / De ellos quiero hablar. Sin ellos, yo no existo". Obviamente, una poesía de este tipo se expresa a través de un lenguaje directo y asequible; sin embargo, lejos de caer en el peligro del panfletismo, Martí i Pol consigue mantener el valor poético de sus textos a través de una elección esmerada del léxico y del uso recurrente de metáforas e imágenes sencillas.
Sin embargo a finales de los 60 se le diagnostica una esclerosis múltiple y su poesía se interioriza; ahora se imponen la soledad, la angustia, una cierta presencia de la muerte, y el poeta define un mundo reducido y cerrado, lo único que percibe como posible en las nuevas circunstancias que le toca vivir. En este contexto, los sentidos desempeñan un papel importante -en especial la vista y el tacto- porque son los instrumentos que le permiten fijar los límites de su realidad. Sin embargo no cae nunca en la desesperanza, sino que se afana siempre por aferrarse a la vida: con las limitaciones que sean necesarias, pero vivir. Y ello en unas condiciones difícilmente imaginables. Él mismo nos las describe: “la enfermedad me impide casi totalmente andar y, aparte otra amenidades de menor cuantía, me plantea serios problemas de equilibrio, me obliga a una penosa lentitud en cualquier actividad manual por falta de coordinación, y casi me ha paralizado la musculatura del cuello y de la boca, con la consiguiente dificultad para tragar alimentos y sobre todo para hablar”.
No obstante a mediados de los 80 fallece su esposa y progresivamente la poesía de Martí i Pol da un nuevo giro, definido por el desconcierto, el desencanto, la inseguridad. Hasta desembocar en sus últimos libros, en especial  “Después de todo”, en un sereno canto a la muerte.
Un poeta para releer…

De Estimada Marta. (Amada Marta)

Debades plou en algun lloc remot.
Tot és suau, i aquests instants que passo
configurant records que no he viscut
són uns instants d'intimitat extrema
densament plens de tot allò que vull;
moments de vida il.limitada i clara.
Debades plou. També debades xisclen
els falciots ran de finestra, i s'omple
molt lentament el càntir de la tarda.


En vano llueve en un lugar remoto.
Todo es suave, y los instantes  que paso
dando forma a recuerdos no vividos
son instantes de extrema intimidad,
densos, colmados por lo que deseo;
tiempo de vida ilimitada y clara.
Llueve en vano. También en vano gritan
junto al cristal vencejos; de la tarde
con lentitud el cántaro se colma.


Molt més auster que mai, i més adust,
ara que bé podria aparentar
una actitud llunyana i displicent,
atès que els anys no compten per a mi
com per a l’altra gent, faig el que puc
-ben poca cosa-per mantenir tens
tot el cordam dels versos i el teixit
d’aquesta vida fonda i vehement
que em toca viure. No desistiré.
Ho faig per mi i ho faig, també, per tots.
Hi ha un cert espai i un molt incert destí,
destí i espai els omple cadascú.
La veritable mort és desertar.


Más austero que nunca, y más adusto,
ahora que podría aparentar
una actitud lejana y displicente,
ya que los años no cuentan para mí
como para otros, hago cuanto puedo
-bien poca cosa- por mantener tensa
la trama de los versos y el tejido
de esta vida profunda y vehemente
que me toca vivir. No abdicaré.
Lo hago por mí, pero también, por todos.
Hay un espacio y un destino inciertos:
destino, espacio, cada cual los llena.
La verdadera muerte es desertar.


De Després de tot. (Después de todo)

Principis

He endreçat el calaix; ja l’hi tenia
però no se sap mai què pot passar
si ve que, fet i fet, em globalitzen.
Amb l’endreça defenso una misèrrima
quota de poder: la de pensar
lliurement el que vulgui i comportar-me
discretament d’acord amb el que pensi.
Funambulesc, faig tràgics equilibris
entre el silenci i la procacitat
i menjo poc i bec encara menys
per si tornen els dies de penúria.
No passaré de vell, però confio
que sempre hi haurà algú per recordar
que el sol surt per tothom, i cada dia.


Principios

He ordenado el cajón; ya lo estaba
pero nunca se sabe qué puede suceder
si ocurre que, después de todo, me globalizan.
Al ordenarlo defiendo una misérrima
cuota de poder: la de pensar
libremente lo que quiera y comportarme
discretamente con arreglo a lo que piense.
Funambulesco , hago trágicos equilibrios
entre el silencio y la procacidad
y como poco y bebo todavía menos
por si regresan los días de penuria .
No pasaré de viejo, pero confío
que siempre habrá alguien para recordar
que el sol sale para todos, y lo hace cada día.


A tall d’exordi

Qualsevol de nosaltres, perdedors
irreverents i lúcids, i també
qualsevol d'ells, els altres, instal·lats
en castes de poder i privilegi,
un matí qualsevol, des de la trista
permuta del mirall, podem sentir-nos
exiliats sense sortir de casa.
I què farem, llavors? Invocarem
lleis i preceptes? Cridarem a comptes
els descreguts? Renegarem els déus?
Així s'expressa el temps, sense cap llei
d'impietat, i és bo saber-ho i dir-ho
per assajar de viure amb els sentits
i els sentiments en perpètua vigília.
Mirar la vida cara a cara és un
recomanable i prudent exercici
d'humilitat, una activa i discreta
conspiració que ens apropa a aquell nucli
tan oblidat de nosaltres mateixos
en què a vegades és dur descobrir-se.
Créixer també és saber que la tristesa
i fins i tot l'afront no són, per sort,
exclusiva dels vils, sinó un grotesc
patrimoni de tots, i que pels ulls
dels marginats, dels pobres, dels vençuts,
se'ns en va a tots plegats el goig de viure
harmoniosament i amb alegria.


A modo de exordio

Cualquiera de nosotros, perdedores
irreverentes y lúcidos, y también
cualquiera de ellos, los otros, instalados
en castas de poder y privilegio,
una mañana cualquiera, desde la triste
permuta del espejo, podemos sentirnos
exiliados sin salir de casa.
¿Y qué haremos, entonces? ¿Invocaremos
leyes y preceptos? ¿Pediremos cuentas
a los descreídos? ¿Renegaremos de los dioses?
Así se expresa el tiempo, sin ningún tipo
de impiedad, y es bueno saberlo y decirlo
para probar a vivir con los sentidos
y los sentimientos en perpetua vigilia.
Mirar a la vida cara a cara es un
recomendable y prudente ejercicio
de humildad, una activa y discreta
conspiración que nos acerca a aquel núcleo
tan olvidado de nosotros mismos
en el que a veces es duro descubrirse.
Crecer es también saber que la tristeza
e incluso la afrenta no son, por suerte,
exclusiva de los viles, sino un grotesco
patrimonio de todos, y que por los ojos
de los marginados, de los pobres, de los vencidos,
se nos va a todos el gozo de vivir
armoniosamente y con alegría.


Plets

Pledejo amb mi mateix i mai no sé
si guanyo o si perdo. Ja fa més
de no sé pas quants anys que dura el joc
i cada nit hi ha uns ulls que m'interroguen.
Onsevulla que vagi m'enduré
l'ombra estrafeta i el farcell dels dubtes
i els desenganys, perquè el blau dels miratges
no em faci perdre el nord i si envelleixo
sigui a ritme de plets amb mi mateix
per entendre, si puc, quin vent m'impulsa:
moriré més tranquil, quan sigui l'hora.


Pleitos

Tengo pleitos conmigo y nunca sé
si gano o pierdo. Ya hace más
de no sé cuántos años que este juego dura
y cada noche unos ojos me interrogan.
Dondequiera que vaya llevaré conmigo
la sombra contrahecha y el fardo de las dudas
y los desengaños, para que el azul de los espejismos
no me haga perder el norte y si envejezco
sea a ritmo de pleitos conmigo mismo
para entender, si puedo, qué viento me impulsa:
moriré más tranquilo, cuando llegue la hora.


Primera proclama

Tinc ancorades a no sé quin port
les barques  del retorn, i m’avindria
potser a desarborar-ne tots els pals
a canvi de no res, perquè ara ja
no em  sedueix intensament cap ruta
i em fa falta ben poc per sobreviure.
En clau de vell faig recomptes furtius
d’enganys i desenganys, i amb la mirada
més que amb el gest em desvetllo capricis
que mai no s’acompleixen. A recer
d’aquesta vida visc i encara em queda
sorprenentment l’humor de proclamar-ho,
com aquell que no vol, en aquests versos.


Primera proclama

Tengo ancladas en no sé qué puerto
las barcas del regreso, y aceptaría
quizá desarbolar todos sus mástiles
a cambio de nada, porque ahora ya
no hay ninguna ruta que me seduzca intensamente
y me hace falta muy poco para sobrevivir.
En clave de viejo hago recuentos furtivos
de engaños y desengaños, y con la mirada
más que con el gesto despierto en mí caprichos
que nunca se cumplen. Al abrigo
de esta vida vivo y aún me queda
sorprendentemente el humor de proclamarlo,
como quien no quiere la cosa, en estos versos.



(Traducción de los poemas Carles Duarte y el propio autor; fotografía miquelmartiipol.cat)

27 julio 2015

Café Comercial

Era 1979. Tal vez 1980. Acudía a mi primera tertulia literaria. Fue en el Café Comercial de la Glorieta de Bilbao de Madrid. Tras encontrarnos en la Calle Covarrubias esquina con Sagasta dirigíamos nuestros vehementes pasos hacia el Comercial. Los contertulios de entonces siguen siendo mis mejores amigos de hoy, mis cómplices, mis compañeros, mis hermanos. Julio, Arturo, Kintas, Simón… Nos sentábamos los sábados por la mañana en una mesa al fondo a la izquierda. Creo que la misma en la que los martes se reunían unos pilotos republicanos… Allí nos leíamos cuentos y versos, sabiéndonos parte de una historia más larga que nuestras vidas, más profunda que nuestros deseos de hacer grandes cosas en el mundo.
Y ahora recibo lejos de Madrid la noticia del cierre del Café Comercial. Qué desolación. Qué sensación de impotencia ni siquiera poder acercarme ahora a rendir un homenaje al lugar donde mis Poetas Hazversos desplegaron tanto talento. Donde Juanjo Martín Ramos, uno de nuestros mejores editores patrios, y yo hablábamos de cuando en vez de lo único que importa en nuestras vidas: la palabra escrita. El paisaje en el que encontraba a nuestro nobelable novelista Rafael Soler y echábamos pestes de la caterva de poetastros, nosotros los primeros…

Apenas hace cinco días reuní allí a una veintena de mujeres y hombres solidarios para involucrarnos en un proyecto a favor de las personas con discapacidad de un país muy lejano de España. Y ahora no queda nada de los ecos de mis días y mis noches allí...

Ya Discépolo dedicó un tango a un Café de Buenos Aires… vaya hoy como póstumo homenaje… en un adiós que espero sea tan largo como para que antes de acabar haya regresado nuestro Café Comercial con renovada sangre y nuevas palabras escritas y en el aire…

De chiquilín te miraba de afuera
como a esas cosas que nunca se alcanzan...
La ñata contra el vidrio,
en un azul de frío,
que sólo fue después viviendo
igual al mío...
Como una escuela de todas las cosas,
ya de muchacho me diste entre asombros:
el cigarrillo,
la fe en mis sueños
y una esperanza de amor.

Cómo olvidarte en esta queja,
cafetín de Buenos Aires,
si sos lo único en la vida
que se pareció a mi vieja...
En tu mezcla milagrosa
de sabihondos y suicidas,
yo aprendí filosofía... dados... timba...
y la poesía cruel
de no pensar más en mí.

Me diste en oro un puñado de amigos,
que son los mismos que alientan mis horas:
(José, el de la quimera...
Marcial, que aún cree y espera...
y el flaco Abel que se nos fue
pero aún me guía....).
Sobre tus mesas que nunca preguntan
lloré una tarde el primer desengaño,
nací a las penas,
bebí mis años
y me entregué sin luchar.

La versión, inmejorable, de mi muy admirado amigo Carlos Montero…

Sé que la nostalgia a menudo sólo conduce a la melancolía, un lugar a prescindir donde todo se pudre y nada florece. Que hay que dar paso a nuevas ideas, pero arrancar de mi biografía las mesas del Comercial se parece mucho a la irreparable pérdida de un amor que no volverá jamás…

Mi abrazo más sentido para Fernando y todos los trabajadores del Comercial.


(Fotos abc y madridvillaycorte)