Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

16 julio 2015

De derechos y de autores

El tema de los derechos de autor es siempre controvertido. En mi vida hace tiempo opté por que la verdad no existe, apenas las percepciones de la realidad y que a menudo la percepción más justada para mí es la que encuentra ciertos equilibrios, compromisos, mutuos bienestares, luces y sombras por igual.
El problema de los precios de objetos culturales, como en casi todo ¿tendrá que ver con la rapacidad de los autores, los individuos, las empresas, los propios consumidores?
Si nos centramos en el mundo literario convendría recordar que si alguien compra un libro por quince euros el autor recibe entre 1,2 y 1,5 euros. Quien pretendiera “vivir” de lo que escribe, para alcanzar el salario mínimo interprofesional (650 euros más o menos) tendría que vender unos 500 libros al mes todos los meses. Seis mil libros al año. Si ya nos hemos recuperado del ataque de risa podemos seguir con otro matiz.
En fin, la rapacidad del autor con ese 8-10% de derechos de autor queda bastante menguada que digamos. El otro 90% se lo llevan el editor, el distribuidor y el librero. Tampoco es que uno encuentre multimillonarios en esos sectores así que lo mismo todo está razonablemente medido y compensados los gastos de personal, papel, vehículos, vendedores…
Respecto a los lectores hay que reconocer que tampoco es que en este sector del libro estén entregados a una cruzada pirata descargándose fraudulentamente todo libro que desean caiga en sus manos. Cuando las ediciones digitales tienen un precio acorde a los costes de producción, por debajo de 5 euros, por ejemplo, el aficionado a la lectura lo descarga y compra.
Sin embargo, volviendo a los derechos de autor, lo que ya no encuentro razonable en modo alguno es que en literatura, después de muerto el autor, sigan obteniendo las regalías los herederos… hasta 70 años después del óbito. Los derechos de autor deberían extinguirse con la existencia del creador. O tres o cuatro años después, si se quiere. Ello redundaría en un mejor acceso continuado a la cultura. Ahora hablo con mi gorro de editor para decir que me parece penoso no poder republicar a autores fallecidos por las exorbitantes y ridículas y rapaces pretensiones de sus, a menudo iletrados, herederos. Los ciudadanos tienen también su derecho de “autor”, el de poder leer una edición nueva de un Wenceslao (es un decir, ya me entiende quien me entienda) o cualquier otro libro, demasiadas veces descatalogados, sin tropezar con las económicas demandas de los familiares del artista.
Claro que, contradictoriamente, hay algunas otras cuestiones de derechos de autor que tal vez no deberían caducar nunca. Por ejemplo cuando las obras literarias se utilizan por empresas u organizaciones para obtener beneficios. Tal vez en esos casos habría que crear un fondo público que se dotara del pago de esos derechos de autor para usarlo en la promoción general de la literatura o vaya usted a saber.
Me explico con la fotografía que aparece acompañando a este texto (ya lo sé, demasiado largo para ámbitos internéticos donde prima la inmediatez). Como se puede ver en la foto, una gran empresa, para vendernos un coche, se sirve de una frase literaria que ya ha calado en el imaginario colectivo. Dicen en su anuncio: “Todo cambia para que nada cambie”. Se basa por supuesto en la novela “El gatopardo”, escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa (sarcasmos de la vida: publicada un año después de su muerte). El personaje de Tancredi declara a su tío Fabrizio: "Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie" ("Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi"). Esta frase se conoce en  la actualidad en el ámbito de las ciencias políticas como "gatopardismo" o "lampedusiano": "cambiar todo para que nada cambie".
Lo mismo puede decirse del famoso “Preferiría no hacerlo” (“I would prefer not to”, en el original) de Bartleby, el escribiente de Melville… y de tantas otras frases literarias incorporadas al acervo cultural de nuestro mundo.
Así que si una empresa, organización, publicista o quien sea se vale de una frase como esta, letra por letra, sin aportar un mínimo de creatividad, entonces tal vez debería financiar con un mínimo un Fondo de Promoción de la Creación Literaria o qué sé yo. Porque las personas que hayan diseñado la campaña de publicidad del coche de la foto en cuestión, ¿qué han puesto de su magín?
Sé que exagero. Tampoco es que vayamos a llevar al extremo el asunto. No se trata de que por poner una frase de Séneca en el colofón de un  libro tengamos que pagar por ello a ese Fondo, pero al ver la campaña de publicidad de ese coche sentí que algo se había usurpado a Lampedusa. Que demasiada gente pensaría que qué buena frase la del anuncio sin saber que su autor es otro que merece el reconocimiento de los humanos.
Así que aprovechemos mi desnorte de hoy para leer o releer tamaña novela como “El gatopardo”. De ella hizo Luchino Visconti en 1963 una extraordinaria adaptación con Claudia Cardinale, Burt Lancaster y Alain Delon. Sin embargo la novela la supera, entre otras cosas porque el “The end” de la película se produce antes del desenlace real y final de la novela. Y esos últimos capítulos del escritor Lampedusa contienen algunos de los pasajes y reflexiones más bellos de la novela…

Lo dicho, insensateces mías, pero si están eligiendo lecturas de verano, ¡no lo duden!