Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

29 marzo 2016

La conquista del Polo Sur

En estos cuatro días festivos he aprovechado para leerme “Amundsen-Scott: duelo en la Antártida. La carrera al polo sur”, de Javier Cacho Gómez, Fórcola Ediciones, 492 pp, una obra que tal vez sería más interesante su aprendizaje como materia obligatoria en las escuelas que algunos de los libros de texto con los que se imparte la educación en este país (aunque sólo fuera para evitar obtener lo que proporciona nuestro sistema educativo según lo dijo David Crane: “el producto medio, en el término medio de un sistema diseñado para producir mediocridad”).
En él se nos cuentan unas hazañas inimaginables realizadas por unos seres humanos inmensos movidos (Manuel Toharia dixit) “por una característica esencial que nos distingue de nuestros primos hermanos los primates más evolucionados: la curiosidad”.
Claro que esa curiosidad unos la satisfacen aprendiéndose de memoria las alineaciones de los clubes de fútbol y otros descubriendo la penicilina, un arpegio de violoncelo o la iluminada cordura de un orate universalmente manchego.
Y, sí, aquellos exploradores curiosos y sacrificados, caminando jornadas de treinta y hasta cincuenta kilómetros por la estepa helada, arrastrando trineos de centenares de kilos con temperaturas de 40º bajo cero (“hasta encender una cerilla en la tienda era una odisea ya que su propia respiración creaba una capa de hielo sobre el fósforo impidiendo que ardiese”) en busca del último reducto virgen de nuestro planeta buscaban no sólo la meta deportiva de alcanzar el Polo Sur sino el mayor conocimiento de cuanto nos rodea. Por eso, “dominados” apenas por su entusiasmo y su sentido del deber, fueron capaces de morir de inanición en el camino de regreso después de tirar todo peso “superfluo”, en el que no consideraron los 16 kilos de piedras para futuras investigaciones científicas que habían recogido. (Incluso tuvieron que deshacerse de un equipo fundamental para caminar sobre la superficie helada de los glaciares que atravesaron, los crampones… un objeto entonces de lujo que hoy uno ve usar en el parque del Retiro de Madrid a cualquier patán si caen tres copos de nieve por el mero placer de la presuntuosidad). Ellos “no buscaban la fama ni triunfar”, quisieron ser exploradores polares “como aspiración vital que encontraba la recompensa en sí misma; no necesitaba los elogios de los demás sobre lo que habían hecho, tan sólo querían poder seguir afrontando nuevos desafíos: seguir explorando”. Con la entereza de ánimo inimaginable en la que en el cúmulo de desgracias que se abatían sobre ellos cada día, de repente, que la temperatura subiera hasta los 25º bajo cero lo recibían como una bendición porque ello les permitía que pudieran dormir a ratos.

En tiempos, los nuestros, en los que parece no haber más dios que el de lo banal, lo inmediato y lo llevadero; en los que germina la amoralidad y la vaga búsqueda de sensaciones a través de anuladoras drogas, “el intoxicador deleite del esfuerzo” puede erigirse como el acicate único ya para que el hombre aún pueda superarse a sí mismo. Pero para eso hace falta una virtud casi desconocida hoy, la tenacidad, ese motor del espíritu que te hace ser capaz de pasar medio año en la gélida oscuridad del invierno austral entrenando tu resistencia, preparando tu equipo y haciendo incursiones científicas en condiciones imposibles (centenares de kilómetros bajo un frío de 60º bajo cero para recoger unos huevos de pingüino), esperando a que la luz te permita acometer un viaje hacia lo desconocido de más de tres mil kilómetros durante ciento cincuenta días sin descanso. Y todo ello tras haber dejado atrás sus hogares un año y medio antes, sabiendo incluso que, si conseguían alcanzar el Polo Sur probablemente estarían de regreso en el campamento base después de que el barco anual de suministros tuviera que regresar para no quedar apresado por los hielos, lo que supondría esperar otros seis u ocho meses en la Antártida para regresar a la “civilización”, incluso para poder informar, como hizo Amundsen, de su proeza… Claro que más brutal fue el caso de Scott (tenía 43 años, por cierto, algo que deberían recordar los prematuros ancianos que de todo se quejan en las oficinas) que sin parar de escribir en la tienda hasta el mismísimo momento de su muerte dejó dicho “si hubiéramos vivido, habría podido contar una historia que hablase de la audacia, la entereza y el coraje de mis compañeros (Evans, Wilson, Bowers y Oates, muertos de hambre y congelación con él. Oates, para no retrasar más al grupo, cuando ya era inevitable el desenlace de su brutal congelación salió de la tienda y dijo a sus compañeros “Voy a salir un momento. Puede que tarde un poco”… No hay forma más gallarda y generosa de morir)… tendrán que ser estas improvisadas notas y nuestros cadáveres los que la cuenten”. Lo que incluye otra enseñanza para algunos de nosotros, que nos la damos de escritores y a los que cualquier contratiempo nos sume en la inactividad: Scott estuvo escribiendo con sus manos congeladas hasta quedar muerto con la mano fuera del saco, saco de morir más que de dormir, allá en el Polo Sur. “Agotado, terminado, yace para no volver a levantarse, con la certeza der los fríos ojos de la muerte fijos sobre él. Mientras, tranquilamente escribe en su diario”, dijo de Scott el explorador noruego Nansen.
Justo hoy, un 29 de marzo de hace 104 años, en 1912, morían los cinco exploradores británicos y es para mí tremendamente emocionante recordarles en estas líneas. A ellos y a los otros expedicionarios también los noruegos cuyos nombres no recordamos: Lashly, Cherry-Garrard, Campbell, Lindstrom, Hassel, Hjalmar Johansen… Es así, el sentimiento trágico del Hombre nos lleva siempre a recordar a los que perecieron y al líder “triunfador”, al escandinavo, Amundsen, diluyendo en el olvido a los demás. Pero todos ellos merecen ser recordados. El explorador Crean, por ejemplo, que salió a buscar ayuda para dos compañeros que no podían más, a los que dejó reguardados como pudo y recorrió de un tirón (no llevaba saco de dormir para ir más rápido, sólo cogió tres galletas y dos trozos de chocolate, ¡como lo leen!) en más de 24 horas sin parar, los 50 kilómetros de frío y desolación que le separaban del refugio de Punta Hut.
Quede para ellos, como recoge Javier Cacho en su insuperable biografía (que es “más que la simple descripción de una aventura, es el viaje al interior de los propios exploradores, una búsqueda del sentido de su acciones”, lo que dijo Tennyson: “Luchar, buscar, encontrar y no rendirse jamás”. Y lo que el mismo Javier Cacho escribe: “… la eterna búsqueda del ser humano por llegar un poco más lejos de lo que otros han llegado, por alcanzar lo que nadie ha logrado, por descubrir lo que todavía está oculto: por explorar la naturaleza, tanto la física del planeta como la interior de su propia alma… porque detrás de todas esas apariencias externas se encuentra la misma fibra humana que despliega toda su vitalidad y su pasión…”

Ahora sólo me queda reconocer y reconocerme que mis sentimientos (admiración, estupor, congoja, pasión…) cuando leía estas hazañas se perderán cuando yo ya no esté. La nieve cae sobre la nieve, borra el rastro que dejamos. Así sea.