Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

21 marzo 2016

La Venecia de Casanova. Y tu Venecia


Hasta hace poco, el viajero que quería servirse de una auténtica guía de Venecia que no fuera el pastiche de lugares comunes al uso, tenía a su alcance dos libros extraordinarios: “Venecias” de Paul Morand y “La Venecia secreta de Corto Maltés” de Guido Fuga y Lele Vianello. Ahora podemos al fin sumar una tercera obra indispensable para el viajero renuente a los clichés. Se trata de “La Venecia de Casanova por cinco ducados al día”, de Daniel Muñoz de Julián, Ediciones Akal, 2015, ISBN: 978-84-460-4220-4, 176 p.p.
Más de sesenta años de impresiones personales, desde 1908 a 1971, recogidas por aquel cosmopolita Paul Morand que nos dijo que “Las casas en Venecia (donde el hombre experimenta la alegría nueva de no tener coche y donde hay que venir en otoño despiojada de turistas, salvo los hippies, budas sin curiosidad, inamovibles) son inmuebles con nostalgias de barco: por eso sus plantas bajas a menudo están inundadas. Satisfacen el deseo de un domicilio estable y del nomadismo”.
Fuga y Vianello desvelándonos “los tres lugares mágicos y escondidos en ella: uno en la calle dell’Amor degli Amici; el segundo cerca del Ponte delle Maravegie; y el tercero en la calle dei Marrani, en los alrededores de San Geremia, en el Ghetto Vecchio. Cuando los venecianos se cansan de su autoridades oficiales, van a alguno de estos tres lugares secretos y, abriendo las puertas que están en el fondo de esos patios, se van para siempre hacia lugares bellísimos y hacia otras historias…”.
Y ahora, también hacia otras historias, nos conduce el insuperable relato nómada de Daniel Muñoz de Julián en su libro sobre Venecia, ese lugar donde “todo era original: la Serenísima tenía su propio calendario, que empezaba el 1 de marzo; los días se contaban a partir de la puesta de sol”.
Daniel Muñoz Julián, dieciochista hombre de la Ilustración transustanciado a nuestros paisajes y nuestros días, es licenciado en Derecho y también en Ciencias Políticas. Asesor en la Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales de España, en la actualidad prepara su Doctorado en Historia del Arte sobre el mercado del arte veneciano entre los siglos XVI y XVIII. Asimismo, dedica las “seis o más otras mitades” de su centuplicado tiempo a la escritura, la musicología y el viaje. Viaje tanto geográfico como literario, tanto del camino como del alma.
En su libro, Daniel Muñoz de Julián, italianófilo, ajedrezófilo, exwagneriano y conferenciante, sabedor precisamente de que en cualquier viaje todo depende de lo que uno esté buscando, nos hace navegar por las venas de la verdadera esencia de Venecia, esa vieja libertina, aprendiendo en sus capítulos no sólo su historia o cómo moverse por sus calles, unas de agua otras de piedra, sino su gobierno, la vida y la manera de ser de los venecianos, la diversión, las leyes (gracias a las cuales podemos entender mucho más de este lugar de rebeldía ciudadana. Véase que entre 1700 y 1732 estuvo vigente una ley que prohibía llevar a la mujeres otro color que no fuera el negro y, como nos recuerda nuestro autor, “aún resuenan las risas en los palacios”), las máscaras, los libros, los personajes célebres (Casanova a la cabeza)… Todo en torno a una ciudad tan mítica que cuenta de sí misma que se fundó “a eso de las doce del mediodía del viernes 25 de marzo del año 421”, y cuyo nombre podría proceder de “veni etiam”, que, como era previsible, significa “venid otra vez”.
Regresar siempre. Siempre, sí, pues Venecia no puede apreciarse en un solo viaje. Tal vez ni en toda una vida allí mismo vivida. Los caballos de bronce de San Marcos, traídos de Constantinopla en 1204 o la fastuosa Pala d’Oro y sus tres mil piedra preciosas, el ara sobre el que decapitaron a san Juan Bautista, una costilla de san Esteban, la espada de san Pedro, un dedo de María Magdalena… infinitos sus tesoros, e insospechados si no fuera porque el enriquecimiento de Venecia debe mucho a la costumbre desde 1075 de que cada barco que atraca ha de volver con un regalo para San Marcos.
No abundo más en estas trascripciones de párrafos de Daniel Muñoz de Julián. Mejor les dejo el apetito de conseguir el libro y disfrutarlo. Para que descubran ustedes mismos el origen de la palabra italiana por antonomasia, “ciao”, o la fórmula para obtener la triaca, que cura todo mal que no sea grave, o el origen del helado, o las diferentes campanas con que se indican las condenas a muerte o la convocatoria de los senadores…
Deliciosa les parecerá la lectura de este texto que literalmente nos guía por el tiempo y el espacio de la Venecia de los carnavales que duraban seis meses, la alquímica Venecia, la Venecia del rinoceronte de Rialto, la del tabaco y las marionetas. La añorada ciudad en la que se ejecutó a unos jueces que habían dictado sentencia a galeras contra un panadero que resultó ser inocente; no sólo pagaron con su vida su execrable error sino que hasta su propiedades se subastaron y con los réditos se costeó esa pequeña luz roja que brilla día y noche delante del mosaico de la Virgen en la fachada de San Marcos… ¡Ah, cuánto bien haría a nuestra dolorida España contar con esa misma luz que pudiera iluminar la insultante impericia de tantos jueces y tantas juezas patrias!

En definitiva, déjese, lector viajero, inundar por el acqua alta del relato de Daniel Muñoz de Julián y dirija ya sus pasos hacia su propia Venecia, pues cada cual tenemos una por descubrir. Pero sepa el nómada que es distinta cada vez que a ella regresemos… Veni etiam, veni etiam…