Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

25 mayo 2016

Presentación de "...Y más allá de mi vida"

Presentación del libro de poemas “… Y más allá de mi vida” (Ed. Cuadernos del Laberinto) de Jaime Alejandre, 24 mayo 2016.

… la poesía de amor sufre hoy un desprestigio, ridículo a mi modo de ver. Sólo la tristeza parece poética en la posmodernidad. Será cuestión de las sombras que produce la elevación a la categoría de Dios Omnipotente del Relativismo cuya única fe verdadera es dudar de todo… Frente a la iluminación que habita en el amor. Pero es normal que el amor no genere tantas adhesiones como su especular y trágica imagen, el desamor, porque, como recuerda Erich Fromm “las personas capaces de amar en el sistema actual, constituyen por fuerza la excepción y hacen que el amor sea inevitablemente un fenómeno marginal en la sociedad occidental contemporánea”. Y eso que, sin embargo, “el amor es la única respuesta satisfactoria al problema de la existencia humana”.
No obstante hay que reconocer que buena parte del desprestigio de los poemas de amor se lo han ganado ellos mismos a pulso por sobredosis de almíbar y empalago…
… hay quien dice que el amor es una enajenación mental transitoria. Se equivoca. O se confunde con otra cosa. El amor verdadero transforma la realidad con un efecto duradero, sereno y firme. Por eso he elegido para invitar a la lectura del libro el anónimo adagio latino que dice: hieme et aestate, et prope et procul, usque dum vivam et ultra (en invierno y en verano, de cerca y de lejos, mientras viva y más allá de mi vida).
Así es, el amor auténtico transforma la realidad con un efecto duradero. Si no fuera así no habríamos sabido de la pasión que unió a Aurora y Titono, a Dido y Eneas, a Shakespeare o Cernuda con sus respectivos amores, aunque fueran secretos.
Precisamente porque el amor verdadero, el que se erige imbatible frente a las miserias de lo efímero,  es el de largo aliento. Ya lo dijo Benedetti, uno de los pocos que se atrevió a publicar poesía amorosa:

“Después de todo qué complicado es el amor breve
y en cambio qué sencillo el largo amor
digamos que éste no precisa barricadas
contra el tiempo ni contra el destiempo
ni se enreda en fervores a plazo fijo
el amor breve aún en aquellos tramos
en que ignora su proverbial urgencia
siempre guarda o esconde o disimula
semiadioses que anuncian la invasión del olvido
en cambio el largo amor no tiene cismas
ni soluciones de continuidad
más bien continuidad de soluciones…”.

… en mi caso, tras una infructuosa búsqueda, en la más oscura confusión vital, en el momento en el que tuve la fortuna de conseguir convertirme en mí mismo (“Ojalá llegues a ser el que eres”, dijo Píndaro), fue cuando encontré este amor. Por ello celebrar tal hallazgo, tal plenitud se ha convertido en algo de asombrosa naturalidad en mi poesía en la que los versos fluyen intensamente. Celebrantes y siempre dedicados al amor real, amor desposeído de impostada perfección, amor maduro, consciente de sus límites, sabedor de que no se vive impunemente, y el pasado y las heridas se encaraman siempre a nuestro hoy.

Celebración


         Hoy bendigo
                                      tus enfermedades.
Y las mías.
La vida, la vida entera
es una gozosa enfermedad.
Si no lo fuera, si estuviera
encerrada en la asepsia de un laboratorio,
sin contagios, sin heridas,
siempre envuelta
en las estériles gasas de lo inane;
si no se doliera a cada paso,
pérdida, caída;
si no se reventara
con todo cuanto encuentra
que la colma;
si no tropezara, mirara para atrás,
y aún al contemplar
pedazos de sí rotos,
siguiera hacia adelante
sabiendo que reír, llorar
son una misma cosa, la pasión;
si no encontrara, extraviara,
hallara, abandonara;
si no sanara y se rompiera…

la vida no sería
más que una imagen
muerta en la vitrina
de un museo
que nadie jamás visitará.

Pero más importante aún que este primer poema anunciando un libro de celebración serena de la gozosa realidad, no del quimérico sueño, está la dedicatoria, que he puesto al final del libro mismo, a Marga, evidentemente y por dos motivos concretos fundamentales, a Marga, salvífica y sanadora.
En efecto, a mí como a Fernando Pessoa me sucedía lo que él escribió: “hace mucho vivo olvidado de quien soy. Por un adormecimiento oblicuo, he sido otro. Sufrí un ligero desvanecimiento en mi vida. Vuelo en mí sin memoria de lo que he sido. Existe en mí una noción confusa, un esfuerzo fútil de una parte de la memoria por querer encontrar la otra parte. Si he vivido me olvidé de saberlo…”
Pero tras el encuentro inesperado del amor cambió ese desconocerme y recordé que también había dicho Pessoa que “para ser feliz es preciso saber que se es feliz”. En ese sentido precisamente descubrí que este libro mío es esa conciencia ahora compartida con todos de ser feliz.

Yo te busqué, te habría buscado
en cada una de mis muchas
autodestrucciones, mis miserias
sin esperanza alguna. Y con descrédito.

Entonces comprendí: no habías llegado
a nuestras vidas para rehacerlas como suelen
aquellos que naufragan pasados los cincuenta.
Tan sólo para serme a mí llegaste,
para hacernos ya, unánimes, comunes.

Así por ti acepto
la vida y mis errores
con la olímpica
naturalidad de los domingos.

Así vivo una felicidad única e intensa en la actualidad, una confianza a pecho descubierto en mí mismo y en quien amo, que permite dejar las corazas, blindajes y armaduras para que se oxiden en ese desván al que uno jamás regresará a por ellas. Por eso me siento alegremente desbordado. Porque el amor auténtico tiene siempre algo de desmesura, de no guardarse nada, de no escatimar lo más mínimo. El amor verdadero es más cigarra que hormiga, jamás ahorra emociones, las consume con entusiasmo. Pero porque sabe que son inagotables, renovables como el viento, el sol y las mareas.

                          Entraste al corazón sin la violencia
que roba; con la paz que ofrece.
Deshiciste mi cama de ataúd.
Cambiaste mis sábanas mortaja,
húmedas sábanas de las peores
lágrimas que hay, las no lloradas.
Me cubriste literal-
mente de risas y de luz.
Me levanté, más lázaro que cristo,
para andar tu milagro, el sacrificio,
incruento, al fin, de ser felices.

… en mi obra poética anterior transité los clásicos temas de la lírica tradicional española: origen y destino, muerte y brevedad de la vida, ironía y desengaño de la realidad, en definitiva el sentimiento trágico de la existencia. Ello en un empeño por la obra total, que aspira a la trascendencia. Pero ahora he querido entregarme a un libro que explora la simplicidad de una emoción que merece ser celebrada. Aunque sólo sea para desmentir a Schopenhauer que citaba a su vez a La Rochefoucauld diciendo que “con el amor apasionado sucede como con los espectros, que todo el mundo habla de él y nadie lo ha visto”.
Yo lo he visto, lo veo cada día:

         “Me muero de amor”, dicen,
los que sólo festejan lo que duele.
De envidia, o de ganas,
por ir o por volver,
se mueren. También por ignorar
la felicidad de aquellos que se cruzan.

Yo me vivo
de amor por ti, me vivo
de vivirme y que mi cuerpo
sea vuelo con el tuyo.

Muéranse de lo que quieran los que quieran
sin quererse, ni saber ser luz o aire,
dulzura inalcanzable.

                       Yo me vivo
de amor por ti y a ti te entrego
el don del que invirtió
sus jornadas, su camino
en la empresa de crecer
porque la luz del mediodía
oculta las sombras siempre bajo
el mismo ser que las proyecta.

Tú mi anticiclón
de las Azores, toda sol
trópico me vuelves,
agreste floración de los milagros.

Y porque lo he visto y lo veo, habito una iluminación que desoye con tenacidad los ecos de la tristeza:

         Hay quienes tachan días
con cruces en los calendarios.
Y no es casual que sean cruces.
Y sienten que perdiendo se liberan.
Porque para ellos es un día menos,
aunque no saben para qué.

Yo, que te amo, no tacho
los días, los construyo, y marco
con un círculo de luz
el que ha pasado, para verlo
bien de lejos, como un faro.
Como un faro donde yo nos reconozca
y sepa a dónde bracear.

         Hay quienes borran días y “uno menos”
se dicen neciamente, ufanos
de su hallazgo ruin de la tristeza.

Yo los marco con colores y “otro más”
me digo con soberbia de proscrito
al que el muro de la cárcel jamás puede
arrebatar la libertad de un alma indomeñable.

         Hay quienes arrancan
las páginas del calendario y las arrojan
al fuego que desbarata lo vivido
para que no siga haciendo daño
la nada que en la nada contenían.

Yo guardo cada hoja, cada pliego
con la unción del porvenir
como el constructor de la escalera sabe
que no existe la escalera sin peldaños.

         Hay quien dice que sus días son ceniza
y se sienten aliviados cuando sopla
el viento final de sus deseos
llevándose en el aire cuanto hubo.

Yo mezclo con sudor esas pavesas.
Amalgama son entonces del compacto,
del sólido edificio de una vida
que nunca se acaba y persevera.

         Sí. Hay quienes tachan, arrancan,
queman, borran, se desviven.
Pero yo me construyo. Y permanezco.

Pero hay que recordar que el amor no es algo que se siente y nada más, sino algo que se trabaja. La pasión efímera, la que dura un solo día, esa se cuida (y descuida) por sí misma y se agota y extingue también en sí misma. Pero el amor de largo recorrido, cuando se encuentra con tristezas amenazantes, con desconfianzas y malentendidos, entonces, si es amor sereno, se pone a trabajar. El amor no se corresponde con lo automático e irreflexivo (por impulsivamente apasionado que sea) sino precisamente con lo volitivo. La voluntad de amar.

         Te vi quemar las naves del pasado
y proponerme
descubrir para nosotros
un océano pacífico tan ancho
como es todo el porvenir,
que inunda de color tus decisiones.

Te vi quemar las naves, proponerme
descubrir que somos nuestros,
darnos cobijo, darnos sombra,
darnos nombre y alcanzarnos.

Sea la paz, la hemos ganado.
Ancha, inabarcable es la felicidad
la unción de quienes somos.

Dice Erich Fromm: el amor infantil sigue el principio “amo porque me aman”; el amor maduro obedece al principio “me aman porque amo”; el amor inmaduro dice “te amo porque te necesito”; el amor maduro dice “te necesito porque te amo”.
De este concepto de amor es del que habla mi libro, porque el amor verdadero, a ciertas edades, no sólo nos emociona sino que nos salva y nos sana. Este libro recoge mi experiencia personal sanadora y salvífica, profunda como una sonda oceánica, en esta ocasión el amor de largo aliento y enfebrecida serenidad, único antídoto contra las miserias del paso del tiempo.

         El año que dejé de tener edad
fue el que llegaste a mí y desbarataste
el paso insidioso de las horas.
De tal amor llenaste el tiempo
que no pudo avanzar y se detuvo.
Demasiada la carga, tanto el peso
que no tuvo fuerzas más para marcar
las horas, la ceniza, su trascurso.
El día que muramos aún tendremos
la edad que detuvimos al besarnos.

Pero todo ello, insisto, celebrando un amor real, tangible, expuesto a los avatares de la intemperie. Así, cuando llegan los días complicados, trágicos a veces, los días de los desencuentros, algunos piensan que lo principal es “recuperar” a la persona amada, volver a enamorarla, pero eso jamás se consigue sin que precisamente se recupere uno antes así mismo, se enamore uno a sí mismo. Porque amar es asumir, no “aceptar”; amar no es “tolerar” sino incorporar; amar no es transigir sino celebrar la diversidad de quien amamos:

         Sabes a tabaco y a café,
y a lo prohibido conquistado
por hombres que altos se rebelan
contra dioses que inventan infortunios.

Sabes al silencio de los montes
y al regalo de los árboles meciendo
la sombra que te aguarda con su sed
olvidada ya, que todo es agua.

Sabes a la luz que desbarata
y al porvenir tan promisorio
que va envuelto en horas y paisajes
dispuestos al azar, y no al olvido.

Sabes a ti, y a mí tú sabes,
que es uno el cuerpo, una la vida,
alcanzada al fin la plenitud
de ti, de mí, que prevalece.

Lo dicho, siendo como soy yo, siempre descomedido, este amor que aquí pongo en palabras, tiene un mucho de desmesura, de no guardarse nada:

         Hoy, que no te he visto,
cojo este domingo
con todos sus alardes,
sus muchachos corriendo en los jardines,
sus maridos en limpieza general,
sus novios yendo al cine,
sus estadios y forofos;
con todos sus helados,
sus barcas, sus estanques,
sus manteles de cuadros y hamburguesas,
sus cometas, sus promesas y sus misas;
y hoy, hoy que no te he visto,
cojo este domingo,
lo envuelvo en un vulgar papel de estraza
y hasta le pongo un cordelito,
me voy con él a un cementerio,
que es cosa, también, de los domingos,
y lo entierro junto al prescindible
almanaque de los días
que yo no estoy contigo.

En fin, el amor es uno de los pocos acontecimientos esenciales de nuestras vidas de los que nos “acuñan”. Como si fuéramos monedas. O sea, nos hacen reconocibles por la efigie del anverso; y a la vez nos confieren un valor pecuniario en nuestro reverso. Por eso….

         El día que detuve el tiempo.
El día que detuve el tiempo
no hubo noticias que anunciaran
al mundo lo ocurrido.
Y fue mi mano,
hoja de arce caída sobre tu sexo,
quien lo detuvo. El tiempo.

Si al tiempo lo hubieran detenido
otro Holocausto, una y mil guerras,
la hambruna que no cesa,
un mundial de fútbol o la crisis,
las corrupciones de los avariciosos.

Si al tiempo lo hubieran detenido
ellos, sus miserias,

entonces todos los periódicos,
las televisiones todas de este mundo
lo habrían proclamado en las portadas.

Pero como al tiempo lo detuvo
mi lengua en tu boca, mis ojos
en tu espalda, mi vientre contra el tuyo,
entonces el mundo, unánime y herido,
miró hacia otro lado y se hizo el loco.