Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

22 junio 2019

No hay tres sin cuatro. Y estrambote


Hace apenas una semana navegaba la felicidad de los últimos libros de Ana Montojo, J.M. Barbot y Murdoch Mallako. Y en estos días ha sido la embriagadora continuidad de la dicha de leer obras magistrales, ahora a bordo de un ferrocarril. El del “Diario de Cercanías” de Rafa Mora, ese hombre sin el cual la dignidad del mundo estaría demasiado cariacontecida.
En estos tiempos de clones y artificiales inteligencias que deben suplir la falta de natural agudeza, encontrar escritores que se parecen a ellos mismos y nada más, es proeza que hace abrir tanto los ojos que a veces se desgarran. Pero ahí están los versos y los soliloquios de Rafa Mora para enseñarnos que uno puede ser él mismo y universal y todos. Y siempre para todos.
Su libro (Huerga&Fierro Editores) me parece indispensable, pero sépase, para no aducir engaño luego, que su lectura se resuelve en un agotador (salvífico) ejercicio de pleamar de talento en el que hay que bucear, apnea mediante, entregándose sin mirar por la propia supervivencia. Ahogarse en la belleza, la entereza moral, el compromiso humano de Rafa Mora es lo mejor que puede sucederle a un homínido que aún desee serlo. Y no pretenda seguir sometido a ser máquina, mero objeto parido por influencers de la oligofrenia.
Todo libro, toda obra de verdad auténtica, nos conecta con algún interno paisaje nuestro. Yo he recorrido en el alma estos días la memoria de mi padre epigramista. Nuestro poeta dice que naufragio a naufragio se convirtió al final en su propia brújula. Pero también, amigo, la de muchos otros. La mía, querido autor, sed de paisajes…
No obstante he de reconocer dos plañidos. Uno, la cosa ya empieza molestarme.  Que otros escriban los libros que yo desearía “autorizar”. Y que me gaste tanto pastizal en bolígrafos de colores de los que uso para subrayar versos ajenos y que últimamente se me agotan que no veas… Vale ya, amigos autores y desconocidos escritores, dadme cuartelillo un rato, dejad que me crea útil leyendo solo versos instagrámicos de adolescentes de cuarenta años tan cursis como tarjetas de felicitación…
Por cierto, me ha encantado también, la admonición de género con la que el libro se nos presenta: “texto literario”. Frente a la monomanía de tantos críticos apasionados por la parafilia del estabular los géneros para entenderse ellos mismos, me parece tan acertada la definición del libro de Rafa Mora que creo que pediría que mis “sobras completas” así se apostillen cuando yo falte, si es que merecen el gasto de celulosa. Tampoco sería mal epitafio para poner en mi tumba, pero prefiero mis cenizas esparcidas en una papelera.
En fin, al margen de las inabarcables virtudes literarias de este libro, debo reseñar también el placer de leer la obra de un hombre bueno, de un ser que dignifica el aire, un guerrero que se pone con cada uno de sus versos en el paredón de los humildes, de los ajusticiados justos que no conocieron la justicia, ni a Dios.
En fin, entréguense a la emoción integral de los textos de Rafa Mora (con precioso prólogo de su hermano Juanlu. Mayor sea mi envidia, por cierto, yo, tipo de muy menguante familia), integral emoción. Que no solo hay rebeldía, dolor, lucha, también planea ese humor imprescindible que es amor escrito con hache. Déjense invadir pacíficamente por los inacabables hallazgos que no pretenden epatar al burgués (pero pásmense con el de “Vaivén”, página 21), sino que nos sirven a todos para comprender el mundo en que vivimos y a la mayoría a entender lo que compone nuestro propio espíritu de humanos.
El libro está estructurado en tres partes (“Deshilando horizonte”, “Destejiendo distancias” e “Hilvanando futuros”). Todas indispensables, pero de la primera, estremecedora, no creo que me recupere en mucho tiempo. Elegir una sola muestra me parece la hazaña más complicada para un pobre reseñador que con estas palabras solo pretende hacer profesión de admiración. Todas las páginas las tengo subrayadas (la serie “Aprendizaje” vale por sí misma lo que una parte de la ardida biblioteca de Alejandría; epigramas como “El desamor es un espejo de ambas caras”, contienen más certeza que buena parte de las incomprensibles circunvoluciones de Kant redactadas por él para su propio ditirambo). Pero me someteré a ello, trascribiré aquí unos “textos literarios” de Rafa. Por hacerme la ilusión al teclearlos de que fueran míos. Por darme ese placer que a nadie causa daño…

APRENDIZAJE I
De dios, aprendí a crear sin control de calidad.
Del espantapájaros, a ser respetado siendo uno mismo.
De la luna, que las distancias son relativas.
De la muerte, aprendí a desear la vida.
De los espejos, que el reflejo es un espejo más.
De la oscuridad, que no siempre es la ausencia de luz.
De la rosa, que la belleza también está en la espina.
De la tierra, aprendí a luchar para dar frutos.
Y del ser humano, aprendo que todo lo anterior es humo cuando la duda le invade.

CANCIÓN DE HIEL
Como un dios sin títere al que abandonar.
Como un silencio agazapado en el ruido.
Como la libertad maquillada con sangre.
Como la gota, a punto de caer.
Como la lluvia que descansa en el cristal.
Como un ángel que deserta del paraíso.
Como un verso libre en mitad de un soneto.
Como un poema en plenas fiestas patronales.
Así hay gente que vive,
sin batalla.
Con la luz destemplada y el corazón reiniciando.
Como un pájaro herido que busca el calor de su jaula y confunde el horizonte con el papel pintado de la casa.

APRENDIZ DE GEOMETRIA (APRENDIZAJE IV)
Del círculo, aprendí...

Bueno, éste ya no lo trascribo (solo os apunto que del triángulo aprendió Rafa Mora que el amor es complejo; y ¡tanto!, ya dijo en una novela suya Jorge Franco Ramos: ‘Siempre he pensado que en el amor no hay parejas, ni triángulos amorosos, sino una fila india donde uno quiere al que tiene delante, y éste a su vez al que tiene delante de sí y así sucesivamente, y el que está detrás me quiere a mí y a ése lo quiere el que lo sigue en la fila y así sucesivamente, pero siempre queriendo a quien nos da la espalda. Y al último de la fila no lo quiere nadie’. A lo que un tal Jaime Reis añadió: ‘Y el primero de la fila no quiere a nadie, pero es el único que ve sin obstáculos hacia dónde va’).
No, no trascribo el poema/texto de Rafa Mora, quedaos con las ganas, buscadlo, conseguid el libro, descubríos leyéndolo y sed felices y completos.

[[[Estrambote.
Aunque cada vez queda menos tiempo en la lunática, menguante biografía de uno, qué indescriptible placer las relecturas.
A la luz del homenaje operado hace tres días “contra” Jesús Urceloy, vivito él y coleando, he regresado a su “Diciembre. Noticias desde el yermo”, con el Claro de Luna de Debussy acolchando los pliegues de mis insatisfacciones. Va aquí uno de tantos tesoros del escritor principal, “colúmnico”, de nuestros tiempos que es Urceloy:
LA CASA DEL POETA
El poeta llega a su casa y ve la puerta rota,
ve la puerta que rompe siempre la policía para entrar,
que sangra toda la vida, derribada, siempre,
una puerta que aguanta incendios y galernas, que a menudo sirve
también como asidero los días de diluvio.
…
El poeta llega a su casa desde la frontera de los inciertos,
un horizonte desposeído,
y entra en su casa, pues el acto de entrar en su casa es salir del mundo, salir de toda posguerra, salir de toda libertad
y entrar en otro concepto de democracia…
…
El poeta no sale de su casa: entra en el mundo,
no llega a su casa: sale a la plaza
a contar en silencio las astillas,
el voto de los que carecen de lo imprescindible:

De los que dejaron un mechón de pelo, una tira de piel, un rostro desconcertado, un zapato sin pie, un cuerpo sin vida tras el terror y los homenajes.
De los que hallaron la gracias y el sosiego tras una curva peligrosa, en un hoyo, en el tajo, de un tajo, en un trasbordo, en la sucia mentira con distintivo azul.
De los que fueron encontrados en soledad junto a unas bolsas, un muero caído, un canal, del regreso feliz de las vacaciones.
La sangre urgente de los necesitados.
La sangre urgente que regresa a casa]]].







17 junio 2019

TRES MOMENTOS DE FELICIDAD



“Balas de Plata”, de Murdoch Mallako (Ed. Huerga & Fierro Charo Fiero). Un libro de esos en los que te cortas la yema de los dedos con cada página y su escozor incurable te recuerda a cada instante que estás vivo aunque te empeñes en pasar entre el dolor como si nada.
Emparentadas por primer lazo de consanguineidad con el “Diccionario del Diablo” de Ambrose Bierce (“Amistad: barco de tamaño suficiente para llevar a dos con buen tiempo pero a uno solo en caso de tormenta”, “Perseverancia: humilde virtud por la cual la mediocridad consigue un vergonzoso éxito”…), las Balas de Plata de Mallako son un prodigio de inteligencia contundente. En tiempos en los que la brevedad se ha convertido en el recurso de demasiados incapaces, sin embargo en Mallako es muestra de que el talento está al alcance de muy pocos. Lee uno de primeras alguno de sus balazos y se queda sorprendido, pero lo relee con detenimiento, no solo con entretenimiento, y entonces entiende hasta el tuétano su intención, la profundidad de su ironía, su sagacidad exquisita. Así cae el lector desarmado por este pistolero del que ya esperamos su regreso. Como Gary Cooper, solos ante el peligro. Vuelve pronto escritor de largo recorrido. (“El tiempo todo lo cura, pero nada duele tanto como él”, “Lo que somos es como las arenas movedizas, cuanto más nos movemos para intentar huir más nos hundimos”, “El misterio de la melancolía: a pesar de que se alimenta de sí nunca se agota”, “El perdón no existe: solo hay expiación”, “Hay naufragios en los que hasta que uno no se ahoga y lo pierde todo no logra llegar a tierra”… y así hasta 310 balazos).

“Daños colaterales”, de Ana Montojo (Ed. Huerga & Fierro Charo Fiero). Ana es ya una escritora consagrada. En el más amplio sentido de la palabra. Entre sus versos algunos podemos sentir el privilegio, el de sabernos a refugio pese a ser hueste de los perseguidos.
El dominio del endecasílabo de Ana, la conecta con la mejor tradición de la poesía española de los mejores tiempos, que no son precisamente todos los tiempos de hoy. Su voz en ocasiones evoca a la de Luis Alberto de Cuenca, y eso la hace doblemente grande, porque Luis Alberto no es solo un poeta indispensable sino una persona extraordinaria. Y Ana también.
Montojo ya se había convertido por derecho propio en la poeta del dolor, como apenas pudo serlo recientemente una Elvira Daudet, pero en este libro trasciende de su propia palabra conocida para alcanzar la esperanza más allá de lo vivido. Imágenes en sus versos que no pueden encontrarse en la inanidad de poetastritos cantarines autores de infantiles ripios que pueblan hoy con demasía las redes que no atrapan un solo pez.

TEDIO
“Parece que tengo
la dura obligación de ser feliz…
…
No sé cómo inventarme cada día
una razón que acabe con el tedio,
un motivo, aunque sea
de ayer –como el pan duro-…
…
Hoy me dejo llevar por los relojes
derretidos de hastío
y voy aquí y allá como un autómata
sin más motivación que la costumbre…
…
Ya no sé en qué recóndito rincón
de mi cuerpo se esconde
el impulso de amar, la dulcísima fiebre
de sentirme en unos brazos,
sinuosos humedales de deseo,
sin proyectos ni horarios ni planes ni futuro,
esa clase de amor sin condiciones
que siempre acaba mal pero era hermoso”.


“Agua serás y lo olvidaste”, de J.M. Barbot (Ed. Lastura, Lidia López Miguel). ¡Ay, uno de los libros que más me ha zarandeado en los últimos años! Zarandeado. A mí. Al mí más yo. Y menos mío. Y me llevan los diablos. ¿Dónde estaba el Alejandre despistado tan lejos y tan fuera de la génesis de estos versos?
Extraordinario libro que deja sin aliento al lector. Como al que en el agua se ahoga, supongo, y no lo olvida. Y sí lo olvidan, a él.
Barbot está destinado a ser una de las voces esenciales de nuestra poética actual. Aunque sabiendo cómo está desde hace tantos años el patio, la excelencia indiscutible de sus versos tal vez no halle pronto el eco que merece. A Zeus ruego que no sea el caso, porque un escritor como él es justo y necesario que obtenga ya ese galardón con el que los grandes escritores reciben el espaldarazo que los empuja a escribir una obra inmortal. Y esta ya lo es.
En fin, tanta es la envidia que siento por estos versos, versos que yo no he escrito, que he remitido a la editora una muy justa “fe de erratas”. Confío que salga en la portada de las posteriores ediciones: “Donde dice J.M. Barbot, debe decir Jaime Alejandre”.
Elegir uno solo de los 28 poemas literalmente indispensables que componen el poemario es delito de lesa humanidad, pero sea para que los más iluminados salgan ya a la búsqueda de este libro exterminador de indiferencias.

AUTORRETRATO EN SEPIA
“A pesar de estar solo,
vienen a acompañarme esos hombres que fui,
los que pude haber sido,
los que nunca seré,
el azogue que escapa de los ángulos
y el que sigue encerrado mirándome a los ojos,
memorioso y tenaz como el cauce del agua.

Y vuelvo a ser el niño que esquiva los perfiles
y bucea en los charcos,
ese niño que salta la rayuela
sin mirar hacia tras,
aunque nunca termine de aprender a pintar
sin rebasar los bordes.

También soy el anillo y el barro de las botas,
esa tarde que muere cada tarde
y el olvido por dentro de los párpados,
el corsario latente en mis silencios,
fugaz en mi mirada delatora,
valiente y victorioso, pero falso.

Desvelo los secretos del ladrillo,
del asfalto y el verde que crece en sus heridas.
Soy la tierra que pisé y la que estoy pisando,
y esa que algún día
                            será peso y cobijo,
negro en el que fundirme para ser
sustancia y alimento,
como un anillo anónimo y oscuro.
Ese anillo que alguien encontrará en el fango,
lo limpiará con agua y desmemoria
y, descifrando solo a medias
la leyenda grabada y sus misterios,
se lo pondrá en el dedo y seguirá adelante,
hacia un cielo de tiza
                                 dibujado en la acera”.


17 abril 2019

Netflix y Satán



Un karma, incomprensible para mí, se ha instalado en el mundo del cine y de las series… un karma contra Netflix, considerado como el magíster lucifer del pensamiento único que ya sin paliativos va a conquistarnos. Gran parte con quienes hablo se echan a temblar augurando un mundo donde los “contenidos” audiovisuales estarán dominados por los pérfidos netflixadores y acabará la heterodoxia intelectual. (Curiosamente estos que hablan no se espantan de igual manera por HBO o Amazon Prime, o… Misterios).
Mi visión del tema no puede ser más distinta.
Para pensamiento único del de verdad de toda la vida ya tenemos decenas de años de la dictadura hollywoodiense del happy end, la dialéctica de la venganza en superhéroes y meros mortales, y el sacrosanto modelo de familia cristiana del pleistoceno.
Sin embargo, muchas series y películas que hoy por fin se producen y a las que tenemos acceso (por el precio de dos paquetes de tabaco) incluyen narrativas de la diversidad humana en un amplísimo sentido. En la oferta convive la posibilidad de optar por series trasgresoras o puras comedias, películas románticas o documentales sobre el heroísmo en las guerras del siglo XX.
Creo que gracias a las plataformas están llegando a la pantalla propuestas que antes se perdían en el olvido. ¿Qué televisión, qué distribuidor, qué sala de cine habría emitido "Black man, white skin", un documental del director español José Manuel Colón sobre las atrocidades cometidas sobre los albinos en África?
¿De verdad creemos que una serie tan extraordinaria como “After life” (gracias Iñigo Pereyra Urdíroz por el soplo. No os la perdáis, amigos) habría visto la luz en los canales tradicionales?
Bienvenida sea la oferta cultural que hoy se ha ampliado considerablemente y que permite elegir (o rechazar) con mayor libertad. De un modo más ancho y profundo que el de gran parte de la industria cinematográfica norteamericana. Industria que también producía rarezas, no lo dudo, pero en menor medida y a menudo solo visibles en festivales.
En fin, tal vez me equivoque. Eso ni siquiera sería lo peor. Ya lo dijo Gregorio Marañón: “El hombre que no duda es un peligro para los demás”.

06 abril 2019

Buen viaje, compañero. Jaime Alejandre


Palabras para la presentación de “Buen viaje, compañero”, de Jaime Alejandre, Ed. Cinca:

… querría explicar que la brevedad de mi “novelita” se debe a dos circunstancias. Por un lado, la historia fue escrita en un momento de arrebato, en dos tardes y una mañana de agosto pasado. Por otro lado, la contundencia emocional de lo que se relata creo que habría caído en el exceso y por tanto en la irrelevancia de haber alargado el texto.
A este respecto, para no dar una falsa impresión de que no le haya puesto todo mi saber y mis ganas al libro que hoy presentamos, recordaré la frase de la pintora Carle Vernet a propósito de un cuadro suyo que, al parecer, vendía bastante caro. Dijo “Es verdad, pintarlo me requirió solo una hora de trabajo… y toda la vida”. Ciertamente, en estas pocas páginas está todo lo que he aprendido en cuarenta años escribiendo libros y cincuenta y seis habitando este planeta.
A menudo me he preguntado por qué tantos cientos de miles de personas se dejaron conducir dócilmente hacia las cámaras de gas. Sin rebelarse. A veces imagino que era porque conservaban una última esperanza en la clemencia, en que tanta maldad no pudiera producirse. Pero en otras ocasiones pienso que era porque ya solo la muerte podía tener la fuerza de devolverles la dignidad humana perdida en los campos de concentración, los guetos, los trenes de ganado. Aunque enseguida me desdigo y pienso que en verdad la muerte no dignifica nada en absoluto, porque extingue ese postrer reducto de nobleza humana que es la vida, la vida sea como sea.
Este pensamiento se unía en mi corazón con una verdad que había conocido hace casi diez años, al entrar en un contacto íntimo con el mundo de la discapacidad y aprender de madres de personas sordociegas, o autistas, o parapléjicas o con profundo síndrome de Down, el hecho de que ellas llegaran a creer, que cuando ellas, las madres, faltaran, solo la muerte de sus hijos podría garantizar la pervivencia de su dignidad. En efecto, no pocas madres me han venido confesado su espeluznante deseo de que antes de fallecer ellas, murieran sus propios hijos. Para que no se quedaran solos, desamparados en un mundo inhumano que los excluye.
Esto me zarandeó y ha estado rondando mis reflexiones todos estos años. Hasta que el pasado mes de agosto entré en una especie de arrebato que me hizo escribir esta novelita en unas horas, como he dicho.
En fin, me parece perfecto que haya una literatura de puro y simple entretenimiento. Pero yo he preferido siempre la literatura que pretende interpretar el mundo como parte del proceso de cambio, de transformación de la realidad. Una literatura donde uno puede reconocerse, encontrarse, y encontrar a otros; una literatura que permite entender lo que apenas se vislumbra. Esa es la que yo he anhelado escribir.
Por eso, finalmente di el paso de escribir esta novela, inclemente, pero intentando llenarla de espiritualidad y de emoción positiva. Un poco al darme cuenta de que el mundo de la discapacidad estaba siendo asaltado, no solo por magníficas obras como “Campeones” de Javier Fesser, sino por advenedizos. Películas como la de Fesser, o antes “Intocable”, mantenían un reconfortante equilibrio entre el humor y la tragedia. Muy necesaria la visión no catastrofista ni victimista pero de repente sentí el peligro de lo contrario, o sea de que por películas de “buen rollito” como la francesa “Sobre ruedas”, caigamos en la banalización de la existencia de cuatro millones de españoles, más su familias, para quienes la desigualdad de oportunidades supone una vida infinitamente más complicada. Tengamos cuidado para no colaborar en mandar un mensaje contrario a la realidad de las personas con discapacidad y la carrera de obstáculos que una sociedad no inclusiva les pone por delante todos y cada uno de los minutos de su existencia. Cuando el humor es vehículo para hacer que las personas con vida estandarizada y facilona identifiquemos las azarosas vidas de otros, bien está, pero no caigamos en el hecho de desposeer de épica unas vidas que no deberían jamás estar obligadas a superar barrera tras barrera. Obstáculos que dicen muy poco bueno de nuestra sociedad.
Sentí que con mi novela había “peleado la buena batalla”, como acostumbra a decir Luis Cayo, cuando en diciembre pasado, con mi texto ya en galeradas en la editorial, compartí charla pública con mi amigo Jesús Martín, quien me hizo ver que el extendido uso del término “personas con capacidades diferentes” se había convertido en un perjudicial eufemismo tras el cual los biempensantes podíamos amparar nuestras propias vergüenzas. Todos somos personas, todos tenemos capacidades diversas unos de los otros. Eso es una penosa obviedad. Pero resulta que hay cuatro millones de personas en España que, por culpa de una condición concreta de su personalidad y por una sociedad egoísta, deben afrontar cada día hazañas impensables. Digamos, pues, “personas con discapacidad”… con toda su crudeza. Hasta que una sociedad plenamente inclusiva permita que la palabra persona no precise de adjetivos.
Pero, mientras tanto, entendamos la verdad de qué significa decir persona con discapacidad contraponiéndolo a persona con vida normalizada, quiero decir con una vida estándar. Yo lo entiendo, por ejemplo, cada vez que me detengo en una gasolinera y me atiende un hombre o una mujer con síndrome de Down y salgo de allí mucho más feliz y equilibrado por su infinita amabilidad, su educación, su simpatía y las ganas de vivir que derrochan y transmiten.
Así que, sencillamente, se trataba en mi novela, como me decía Jesús Martín, de ponerme a la tarea de hacer de la discapacidad una “circunstancia corriente”. Aunque para ello comprendí que tenía que empezar por hacer patente la verdadera dimensión d las implicaciones de la discapacidad. Desvelar sus múltiples elementos a todos los lectores. No solo a las personas sin discapacidad sino también a muchos discapacitados. Y a sus familias. Ese era el granito de arena que pretendía ofrecer mi novela, sabedor con Atahualpa Yupanqui que la arena es un puñadito pero que hay montañas hechas de arena.
Por ello, el relato no solo aborda la exclusión social en su forma más cruel, la de las vejaciones públicas, las burlas, los desprecios, sino la exclusión por omisión, por ser ignorado, por no contar para el mundo, por resultar irrelevante para los otros, una exclusión que en el más doloroso de sus aspectos empieza a veces en los propios familiares: padres que rehúyen su paternidad, como el Javier de mi novela. Pero exclusión de la que más a menudo somos responsables el resto de ciudadanos. Y cuidado, sutil puede ser la denigración que provoquemos, ya lo hagamos activa o pasivamente, pero sepamos que ello no resta un ápice de brutalidad a  nuestros actos. Y por eso a todos los causantes de discriminación debemos denominarlos “verdugos”.
Porque, cuando alguien detecta el rechazo social por una característica intrínseca suya, por algo absolutamente trivial como su propio aspecto, algo de lo que no puede desprenderse, contra lo que no puede hacer nada, como cambiar el color de su piel, la forma de sus ojos, o su cociente intelectual… Entonces, ¿podemos comprender qué desamparo se instala en esos corazones? ¿Es lícito consentir que se acepte la injusticia de que unos pocos decidan arrogarse el derecho a definir qué es la “normalidad”, perdón, qué es lo estándar, y además se permitan el lujo de organizar la convivencia y la sociedad entera según tal concepto de normalidad, generando entornos invencibles de exclusión?
Muchos podemos sentir ser ninguneados en algún momento de nuestra vida: en la familia, el trabajo, el mercado, la autopista, pero demasiados experimentan este ninguneo diariamente, y ello por la fortuna (ni buena ni mala) de la apariencia de sus atributos personales, físicos o cognitivos. Nada más atroz. Sobre todo porque jamás debemos olvidar que lo que queda al final de la exclusión es el sufrimiento gratuito causado a un ser humano.
Como dice el profesor Morales en la introducción del extraordinario estudio de mi amigo Saulo Fernández sobre la humillación y la acondroplastia, la sociedad pretende olvidar que las personas excluidas no han elegido su destino, que son otros los que lo han elegido para ellas. Y añado yo que la sociedad olvida asimismo que los excluidos tampoco han elegido las características físicas o sicológicas que los hacen “merecedores” de la exclusión. En definitiva es la sociedad la que genera la exclusión.
Pero, como señala mi novela, apuntar a la sociedad no debe utilizarse como un karma salvífico, una eximente de la responsabilidad individual. Todos y cada uno de nosotros hacemos sociedad y somos motores de los cambios del mundo. Cito a Saulo Fernández: solo cada uno de nosotros en su día a día cotidiano puede conseguir que los miembros de colectivos excluidos en un plano personal se sientan dignificados. Y mientras esto no ocurra, nuestra sociedad será el territorio de la indecencia. Porque la humillación, en palabras del filósofo Avisahi Margalit, es un atentado “DEL” hombre contra la esencia del ser humano, contra aquello que nos distingue y nos hace únicos como especie.
De modo que la discapacidad no se sufre, solo se vive, porque se basa en unas características propias de un ser humano, que son suyas y se viven, repito, no se sufren. Lo que se sufre es la exclusión, lo que se sufren son las dificultades gratuitas, que algunos afrontan en su cotidiana lucha por conquistar la normalización. Una “normalidad” que, precisamente al contrario, para las personas con discapacidad no es gratuita sino infinitamente cara en términos económicos y también emocionales.
Citando otra vez a los pensadores Saulo Fernández y Avishai Margalit, probablemente la esencia de nuestra humanidad reside en nuestra necesidad de pertenencia, que se desarrolla gracias a la interrelación comunicativa, emocional y empática de hombres y mujeres. Por ello quienes son excluidos de la interrelación humana son cosificados, y nada hay más humillante que te consideren como un objeto y no un sujeto. La dignidad de todo ser humano, dicen estos dos pensadores, reside en la capacidad para sentirse aceptado por los otros, aceptación que deberíamos con justicia sentir todos los seres humanos independientemente de nuestros logros, méritos, aptitudes y capacidades.
En este sentido, el pretendido mensaje de mi novela viene a destacar, más que ninguna otra cosa, más que la humillación y la exclusión, el amor. Cuando alguien lea la novela quiero creer que no le quedará finalmente el amargo regusto de la injusticia y de la indecencia de nuestra sociedad sino la conmoción ante el poder inigualable del amor. Porque la dignidad humana se nutre principalmente de nuestra capacidad de amar y de sentirnos unidos a los otros.
Voy terminando. Otra de mis obsesiones que se ha colado irremediablemente en mi novela es mi afinidad chomskiana. He querido traer el tema a mi relato en relación con que el ser humano se caracteriza fundamentalmente por su capacidad lingüística, el hecho de que de que solo existe lo que se nombra. El hombre nombra todas las cosas y precisamente al nombrarlas no solo las define sino que las crea.
En todos los idiomas (orales y de signos) existen palabras para definir cualquier concepto, todos ellos. En español por ejemplo existe una palabra para definir la pelusilla que se forma debajo de las camas, el tamo; o esa imperceptible humedad de la piel que no llega a ser sudor, el mador. Y sin embargo, hay un solo concepto que no tiene palabra que lo defina en idioma alguno del mundo. No es sorprendente que así sea. Me explico: podemos decir huérfano para definir al hijo que ha perdido a sus padres. Yerno para precisar una relación de parentesco. Pero no hay ningún idioma en el que una palabra nombre lo inimaginable: el padre que ha perdido un hijo. No existe. Creo que porque es un concepto inconcebible, demoledor, que destruye la propia esencia de la existencia humana. Es el hecho contra natura por excelencia y por eso el hombre se resiste a nombrarlo, en un deseo final de que, por no nombrarlo, no exista jamás tal realidad. En Madagascar ni siquiera bautizan a los niños hasta los cinco años. Así los muchos que mueren antes no han existido y no haberlos bautizado es el único modo de sobrellevar la pena. Lo que no se nombra no existe.
Concluyo ya. Los que leáis la novela y tal vez os arrebate su apasionamiento pensad que no se trata de una novela triste, en la medida que la vida jamás puede serlo. Las circunstancias de una vida, algunos instantes, sí, pero la Vida con su mayúscula, ese milagro, la Vida nunca puede ser triste. Así en mi novela he querido traer el legado de la emoción, porque la emoción crea la belleza. Y a la vez estoy convencido de que la propia belleza genera la emoción humana en una simbiosis increíble.
Pondría el punto final al acto de hoy recordando que entre los papeles póstumos de mi madre encontré apuntada de su puño y letra una frase de un tal Fares Asad con la que querría, entonces, despediros. Con la invitación a la voluntad de ser felices que subyace en mi novela: “hay que sonreír cada mañana porque dios se ha despertado antes que tú y ha colgado el sol en tus ventanas”.
Sea.

06 marzo 2019

Las calles del perro cojo, Fernando Sanz Félez


La fortuna a veces nos hace un regalo inesperado. Por ejemplo, cuando apareció aquel “baúl lleno de gentes” en el que Fernando Pessoa guardó sus infinitas páginas inéditas. Tardamos cincuenta años en que alguien las recogiera y ordenara y editara, pero al final pudimos leer “El libro del desasosiego”, uno de los pilares de la literatura humana del siglo XX.
Menos mal que en esta ocasión apenas hemos tenido que aguardar diez años, los que median entre que Fernando Sanz Félez escribiera una de las mejores novelas del siglo XXI español, y que algunos tuviéramos no solo el privilegio de leerla sino de publicarla.
En efecto, “Las calles del perro cojo” (ediciones Evohé, https://bit.ly/2UIXJKx) es una novela de esas, muy pocas, con las que a uno le vuelve arrebatado el gusto por la narrativa, después de haberse refugiado en el ensayo huyendo de tanta mediocridad novelística contemporánea.
La forma de narrar y el contenido de la propia historia de Fernando son absolutamente extraordinarios. Y se lee de un tirón, con esa facilidad con la que solo los verdaderos maestros saben urdir párrafos de una dificultad que muy pocos son capaces de afrontar como escritores. Así, como si nada. Igual que las piruetas del trapecista parece que las haría cualquiera… Ya, ya... cualquiera…
No voy a desvelar el contenido de la novela para mayor disfrute de los que se decidan a poner a un lado tanta tontuna y entregarse al placer absoluto de esta historia de historias en la que la descripción de los personajes (la más perfecta descripción que yo recuerdo en años), no se hace mediante adjetivos y retratos, sino escogiendo con inigualable ojo las experiencias esenciales de una persona imbricándolas desde el pasado en el presente. Componiendo así la verdadera personalidad de los protagonistas, personalidad que reside en contar que sea alto o bajo, rubio o moreno, ni en relatar de pé a pá las vicisitudes de su existencia pretérita y actual, sino precisamente en saber escoger las claves, sencillas o complejas, de un ser para hacérnoslo identificable claramente y que sea imposible confundirlo ya con nadie.
En fin, hay novelas que a uno lo noquean, como “Viaje al fin de la noche” de Celine… Ésta no dejará indiferente a ningún lector. Y nos causa envidia y sonrojo a más de uno de los que nos la damos de escritores. Ya, ya… escritores…
Eso sí, como “las perfección es fascista”, que dijo aquel, tendré que señalar un error garrafal de esta imprescindible novela de Fernando Sanz Félez. Es insoportable el hecho de que solo tenga 224 páginas cuando uno habría deseado disfrutar de ella en un millar de resmas… Esperemos a la siguiente con quijotesca expectación.


12 diciembre 2018

Paso a tres, Juan Vicente Monte

Hace casi tres años presentaba Juan Vicente Monte su primera novela, extraordinaria y, en el mejor sentido de la palabra, desasosegante, “Cuarteto para un concierto final” (Ed. Evohé). Hoy nos enfrenta a una nueva trama, titulada “Paso a tres” (ed. Evohé) (https://bit.ly/2St6U0v).
Integrada de alguna manera en la anterior novela (aunque puede ser abordada de forma independiente, sin haber leído previamente la anterior) ésta nos adentra, como espeleólogos sin carburero, en los subterráneos de la vida, para dejarnos sorprender por la iluminación propia solo de las cavernas del conocimiento.
Juan Vicente Monte (nacido en Madrid en 1960), Doctor en Filosofía de la Ciencia por la Universidad de Missouri en el área de Genética, ha compaginado su actividad de investigador con el mundo de la empresa, aunque, según él mismo, sus pasiones más íntimas desde su infancia son la búsqueda introspectiva de respuestas al misterio que nos envuelve y su devoción por la música clásica. O sea, nos encontramos ante un melómano exégeta. “Exégeta melómano”. “Exégeta melómano”. No es descripción que yo desdeñara si se me diera la oportunidad de elegir el epitafio de mi propia sepultura. Aunque lo cierto es que, si hay algo que sí podemos elegir en la existencia es precisamente eso, la frase que acompañe nuestra lápida. Lo que sucede es que pocos tienen la gallardía y el pundonor de hombres como Juan Vicente de atreverse a ser ellos mismos.
Hoy Juan Vicente sigue siendo ese muchacho fotografiado para la solapa de su segunda novela que lleva puesto un verdugo, como se llamaba entonces al pasamontañas. Verdugo. Lo que demuestra que nada cuanto es obra del hombre es inocente y menos que nada el lenguaje, invención humana para denominar cuanto existe.
En fin, pese a mi proverbial descreimiento, llego a pensar hoy que nada es casual, y me malicio que fuera cosa prescrita en las circunvoluciones del cerebro del Universo y de la Creación que justo un día como hoy (11 de diciembre), hace muchos años, fusilaran a un ciudadano tan heterodoxo como nuestro autor, al general Torrijos. Y que también en esa fecha naciera el compositor Héctor Berlioz.
Pero hablaba más arriba del lenguaje, evidentemente, porque nos reencontramos hoy con un autor una de cuyas máximas bienaventuranzas es el magistral uso de la palabra, palabra que, en contra de tantos pésimos componedores de historias huecas, Juan Vicente, justo al revés, la orienta al servicio de su imaginación prodigiosa, esa misma imaginación de la que era maestro Sören Kierkegaard. No es de extrañar que uno sienta hermanarse al brutal e inclemente Johannes, perversor de Cordelia en la novela “Diario de un seductor” del filósofo danés, con el Ricardo Quesada de nuestro Juan Vicente, un donjuán, un calavera contemporáneo que merced a su desvergonzada intromisión en donde nunca le llaman, se topa con sujetos atormentados (Luciano, Casimiro…), tan envilecidos como él, a través de los cuales, graciosamente, sin embargo, podemos vislumbrar el destino de la humanidad. Destino, ¿absurdo o sistemático? Eso nadie podrá nunca saberlo.
Dejó dicho John Donne en el prefacio de su “Biathanatos” que Gorionides observa que son cuatro los tipos de lectores. Me valgo de la idea para transformar la tipología a cuatro categorías, pero de escritores. Los escritores esponja, que atraen todo sin distinguir y nos arrean novelones infumables donde vierten todo cuanto han vivido aunque sus peripecias no importen un carajo a la humanidad; no está entre ellos Juan Vicente Monte. Los escritores reloj de arena, que sueltan tan rápidamente como reciben y creen que su inspiración vale por todo el trabajo del mundo y nos ofrecen bodrios sin refinar; no busquen tampoco en esta categoría al autor de “Paso a tres”. Siguen los escritores saco, que retienen sólo los posos de las especias y dejan escapar el vino porque no saben distinguir lo importante de lo anecdótico y nos aburren con ficciones desabridas y tediosas; jamás Juan Vicente Monte en ese anaquel. Y por fin, sí, el lugar de nuestro autor, el de los escritores auténticos, los escritores cedazo, que sólo retienen lo mejor y lo vierten al lenguaje de los humanos para hacernos comprender lo inefable. Por ejemplo aquello que nos dijo Enodio de Pavía, hagiógrafo, poeta galorromano y Padre de la Iglesia, algo que con tanta maestría destila Juan Vicente Monte en su “Paso a tres”: que está en la naturaleza de los más malvados pensar de los demás el mal que ellos mismos merecen; y éste es todo el consuelo que tienen los culpables: no encontrar a ningún inocente...
Ahondando en lo formal en la obra de Juan Vicente Monte, diremos que las aventuras de Ricardo Quesada, nuestro libertino, plagadas de apuntes siniestros en los que una galería de figuras mitológicas ahonda en las llagas existenciales, quedan dispuestas, como no podía ser menos, en forma de tríptico (Abismo, Los durmientes, y La antorcha). Un tríptico dantesco en el más concreto sentido del término.
Diáfanas correspondencias existen entre la famosa obra del Dante y la de Juan Vicente. Nada que objetar sino, muy al contrario, todo para celebrar. Del mismo modo(véase Joseph Cambell), el poeta florentino fallecido hace ochocientos años tomó a su vez la inspiración para su Divina Comedia del místico sufí Ibn ‘Arabi de Murcia. Las regiones infernales, los paraísos astronómicos, los círculos de la rosa mística, los coros de ángeles alrededor del centro de luz divina, los tres círculos que simbolizan la Trinidad: todos estos elementos están descritos por Dante exactamente como los representó Ibn ‘Arabi un siglo antes. Aquel nos relata cómo a medida que iba a ascendiendo en el Paraíso, su amor se fortalecía y su visión espiritual se intensificaba al contemplar la belleza cada vez mayor de Beatriz. Y ello del mismo modo que el siglo anterior el poema de Ibn ‘Arabi cantaba a Nizam, platónico amor del filósofo hispanoárabe. Ambos poetas, por supuesto, ante la ortodoxia campante y rampante, tuvieron que declarar en su momento que entender sus versos como de amor sensual más que intelectual o piadoso era mero equívoco. Hubo de jurar el italiano que nada había en sus versos de pasión carnal sino solo de puro, inmaculado canto a la asunción virginal a los cielos; y también el musulmán tendría públicamente que asegurar que no era su poesía sino celebración del Mi’raj, o sea, de la Ascensión del Profeta Mahoma.
¿Deberá hoy Juan Vicente confesar “sensu contrario” cuál es la inspiración terrenal de sus ficciones místicas, de su Antorcha, su Espejo del Arcángel, la Caverna de Babar, la Escalera Celeste, o el Círculo Blanco…? Téngase en cuenta que, preguntado por ello expresamente, asegura Juan Vicente de su propia obra que la idea principal del texto es la redención, la capacidad de sobreponernos a nuestros genes y circunstancias, de romper los muros de la cripta social y avanzar hacia la Luz. Porque hasta el Diablo se redime, afirma el autor, lo que parece muy cierto pues Diablo y Dios son en nuestra mitología universal un mismo ser. Y aún sigue Juan Vicente arrojando entendimiento sobre su propia obra asegurando que la vida es un preludio maravilloso aunque caigamos en una sima; porque lo mejor está siempre por llegar, y esa es la clave por la que, pese a la apariencia engañosa del tiempo, podemos ser eternamente jóvenes. Porque solo podemos ser felices aquí y ahora; porque el Amor, con su mayúscula, ya sea traducido en amistad o en entrega incondicional a un hombre o a una mujer, es lo único esencial, de modo que nos convierte en inmortales.
Y todavía añade Juan Vicente más señales para recorrer el camino de su ficción cuando asevera que el universo interior es muchísimo más vasto de lo que miden los astrofísicos y no existe lo interior y lo exterior en un universo holográfico; que somos chispas divinas condenadas a una ascensión interminable. Y que por todo ello, en este mundo hoy ensombrecido por la confusión de la velocidad y la tecnología, y por la ausencia de reflexión, “la humanidad debe despertar de una puñetera vez de esta insidiosa pesadilla”.
Sí, Juan Vicente Monte, en la más estricta línea hispánica de Calderón nos sume en unos encuentros sucesivos, enloquecidos y de naturaleza épica donde lo onírico y lo metafísico convergen con los últimos avances de la ciencia en un intento de identificar a través de la niebla el misterio que envuelve a la humanidad.
Y muy al contrario de lo dicho por Novalis de que “La vida no es un sueño, pero puede llegar a ser un sueño”, el relato de Juan Vicente, todo él en clave tan desenfadada que alcanza la jocosidad sarcástica (el único regalo indispensable para el hombre, la risa), a través de la historia antedicha de redención y heroísmo, amistad y sacrificio a lo largo de una laberíntica pesadilla, simboliza la existencia. Pesadilla de la que sus protagonistas, no obstante, no consiguen despertar. Pero, ¿quién lo hace, quién lo hizo acaso una sola vez en la historia de los hombres, que no somos sino eso, chispas divinas, diminutas briznas de polvo sideral revoloteando en un planeta insignificante en el caos de un Universo inimaginable?
Y sin embargo, tras el sarcasmo de Juan Vicente Monte, (sarcasmo, mimbre narrativo recurrente sobre el que se sustenta su propio instinto de supervivencia), se vislumbra la poética del amor. Porque, como dice nuestro autor: él quiere con toda su alma a sus amigos y a las personas bondadosas, vivas o ya a la vera de Dios, que en su vida ha conocido. Y por si fuera poco pone en los labios de su personaje Bertha Oblak estos versos que sonrojarían hasta inducir al harakiri a los marwanes que por las redes sociales impunes habitan. Dice Bertha:

Búscame detrás del horizonte de los sueños, sal de la bruma,
corre los visillos del crepúsculo, nada en sus reflejos,
danza con mi eco entre las estrellas, sé mi salvación,
préstame tus lágrimas, nace con mi risa,
bébeme a pequeños sorbos como un joven dios.

Órdago… ¡Ay, cómo querría cualquier hombre verdaderamente razonable alcanzar la sosegada lentitud de Juan Vicente Monte, que permite entrar en la resonancia perfecta de algo como la antraquinona y descubrir la Iluminación desde lo pequeño a lo inefable, guiado por el sabio aserto de Wittgenstein de que, “ante lo sagrado, se impone el silencio”.
Javier Baonza dijo que si la literatura no sirviera para otra cosa, con que nos permita conectar a dos extraños que jamás se habrían conocido si no fuera por un libro, ya sería suficientemente necesaria e indispensable para la felicidad. No hay que desdeñar esta gran verdad y optar entonces por un libro que construirá a los lectores un vínculo con un ser humano indispensable como es Juan Vicente Monte.
Concluyo. Una admonición final hago: para disfrutar y a la vez sentiros atrapados por el mensaje subliminal de esta novela bosquiana, sabed que tenéis que dejaros llevar por sus páginas como ante el Tríptico del Jardín de las Delicias de El Bosco: sin interrogaros por racionalidad aparente alguna. Ya llegará la Iluminación, pero para ello no os resistáis ante las imágenes, los paisajes, las arquitecturas desnortadas de Juan Vicente. Recordad a ese genio insultante para los meros mortales que fue Manuel Vázquez Montalbán cuando imaginó un palacio donde vivirían realmente los presidentes norteamericanos, los cuales apenas de cara a los ciudadanos, seguirían simulando habitar en la Casa Blanca. Este palacio presidencial yanquee, supuestamente construido por Reagan en el aire,  quedaba oculto por una sustancia gaseosa y superfría que transparentizaba (perdón por el palabro, es cita textual de don Manuel), transparentizaba, digo, la corporeidad de la construcción… Tramas urbanas e intelectuales como ésta aparecerán y desaparecerán en la novela de Juan Vicente haciéndoos creer que se trata apenas de las artimañas de un escritor del caos, pero los lectores avisados tendréis al final la oportunidad de vislumbrar la Iluminación última tras la cual, desgraciadamente, solo queda el eterno apagamiento. Ya lo dice el omnisciente narrador de esta esencial novela: este canalla primero te salva y luego te ejecuta…

21 septiembre 2018

55 años, 187 días, 18 horas, 14 minutos


Tras 55 años y 167 días habitando esta apasionante tierra, preparados los ánimos, las piernas, la voluntad y los riñones, el sábado pasado viví las siguientes 18 horas y 14 minutos de mi existencia disfrutando de mi sierra, mi querida Sierra de Guadarrama. La re“corrí” de este a oeste y la crucé de sur a norte en un ultra maratón de 102,5 kilómetros: desde Plaza de Castilla a Tres Cantos-Colmenar Viejo-Manzanares el Real-Mataelpino-Cercedilla (pasando por la Barranca, oh oh)-Puerto de la Fuenfría y por Riofrío dejarse caer hasta el Acueducto de Segovia. Todo con un desnivel de subida de +2.092 metros y -1,820 de bajada.
Siempre he dicho que el verdadero triunfo de alguien que hace atletismo (en mi caso desde hace 40 años, cuando empecé a entrenar 400 metros vallas en Vallehermoso con el mítico entrenador Martin Siebelist, imbatido plusmarquista de pentatlón desde 1969), el verdadero triunfo, digo, es ponerse en la línea de salida. Lo de llegar a la meta es magnífico y reconfortante. Pero el mayor esfuerzo se hace antes.
Por eso nunca hay que deprimirse si es que uno no consigue los resultados deseados (mi objetivo era hacer 16 horas y media). Ya lo dijo Wilma Rudolph (una atleta que, pese a haber tenido poliomielitis a los seis años, llegaría con un tesón inimaginable a conseguir ser record mundial de los 100 metros lisos y ganar tres medallas de oro en las Olimpiadas de 1960, además de ser activista contra la segregación racial en EEUU): “la clave para ganar es saber perder; nadie gana siempre; si puedes levantarte después de una derrota devastadora y vuelves a intentarlo, algún día serás una campeona”.
Sí, lo bueno del atletismo, en especial cuando ya se es viejuno como yo, es que uno solo tiene que intentar ser campeón de sí mismo.
No obstante, la satisfacción de llegar a la meta es cosa que también a veces merece celebrarse, como hago ahora. Aunque lo hago hoy porque es de justicia reconocer que son muchos los copartícipes en la marca que pueda conseguir uno (en esta última Madrid-Segovia llegué el 22 de mi categoría, la de los más viejunos).
La familia son los primeros indispensables de todo triunfo. Marga. Y nuestras hijas. Sin ellas y su generosidad nunca llegaría yo a las metas. Ellas me apoyan cómplices cuando me escuchan estupefactas salir a las seis de la mañana en pleno mes de agosto y su ola de calor, dispuesto a mi entreno de cuatro horas metiéndome algo más de 30 km por Cabeza Líjar y Peguerinos. Y me acompañan pacientes un fin de semana a hacerme la (durísima) media maratón del Ocejón, y encima me esperan empapadas (literalmente) en la línea de llegada bajo el órdago de una granizada de gota fría, pero que muy fría…
Otros sin los que no habría podido hacer ninguna de mis carreras en estos 40 años de atletismo y a los que quiero mencionar al menos hoy, tras mis 102,5 km del sábado, son Martin Siebelist, al que ya he citado; Jose Kili, con el que he corrido los últimos años (y con quien ascendí el Kilimanjaro en 2015).
Y, en este último año, muy especialmente quiero reseñar y recomendaros a quienes tanto me han ayudado con su excelencia. A Sergio, mi fisio; y Alex, mi nutricionista, ambos extraordinarios en su profesionalidad y sensibilidad. Os dejo sus datos pues son absolutamente recomendables:
Sergio, Fisioterapia Aequilibrium, 918429718
 Alejandro Gómez, Dietista-Nutricionista, 610853558, alexgomezvivas@gmail.com
¡Vaya aquí mi agradecimiento a todos por mis marcas, que no son mías sino nuestras!
En fin, un ultra maratón, como me dijo ingeniosamente alguien, en el fondo no es una carrera, es un viaje. Muy cierto en el más amplio sentido de la palabra viaje… El sábado pasado tuvimos que sobrellevar primero un calor excesivo subiendo La Barranca, inmediatamente una tormenta que nos dejó empapados, y, después de un rato, tras habernos secado, ya subiendo hacia el puerto de la Fuenfría, una granizada de cuarenta minutos que nos dejó helados. Pero la visión de la lejanía, los pinares y helechos de Valsaín, el atardecer incomparable no se pueden disfrutar de mejor manera que hoyando la tierra bajo las zancadas del que corre y siente su sangre bombear infatigablemente.
40 años entrenado, y le he dado más de una vuelta a la tierra, no exageran mis cálculos, más de 40.000 kilómetros han caído, sí… pero todavía no me jubilo de las zapatillas, las distancias y los caminos, porque en ellos encuentro la belleza inabarcable del horizonte y converso conmigo mismo sin disimulos, siendo quien soy.
Bueno os dejo ya, con la carrera del sábado a vista de pájaro… cinco minutos que resumen muchas horas de triscar por los bellísimos paisajes de nuestra sierra madrileña…


25 agosto 2018

Memoria (histórica) de poetas olvidados


Gentes hubo ya entonces, hace cuarenta años, que se rebelaron contra una Transición en la que unos ponían el olvido y otros la impunidad. También los hubo que se plegaron, y con razón, ante la damocles amenaza del muy hispano espadón golpista.
Al final, la Transición la decidieron los muchos que salían ganando con que se mirara hacia otro lado y allí nos las den todas: venga la reconversión industrial a redimirnos, temamos más a la inflación que a los muertos de hace decenios. Amén.
Los defraudados, generosamente, aceptaron esa “Tra(ns)ición”, sabedores de que su voz de ciudadanos agotados en la discriminación y la persecución, esa voz suya doliente, a tan poco volumen ya llegaba que apenas ellos la escuchaban.
Entre los que se negaron a aceptar el olvido de los muertos, no solo los de las cunetas sino de los que perdieron su vida civil, recuerdo hoy a la poeta Ángela Figuera Aymerich (1902-1984). Fue, para empezar, una de las primeras mujeres en la peculiar historia de España en conseguir el título de bachiller. Y en 1933 superó las oposiciones de catedrática de Lengua y Literatura para Institutos de Segunda Enseñanza. Pero ignoraba ella entonces que este título, como el de tantos otros perdedores de la Guerra Incivil, estaba al albur de las vesanias de los golpistas. Al finalizar la guerra, como represalia por haber permanecido fiel a la II República, perdió su plaza y su título universitario; al igual que el resto de la familia, quedó literalmente en la calle, sin trabajo ni bienes. A unos se los mataba de un tiro en el paredón o la cuneta y se acabó. A otros, con refinada mezquindad, se les daba muerte civil día tras día durante incontables años.
Así, creo que hoy, personas como la poeta Ángela Figuera Aymerich se merecen, aunque sea tardía, la satisfacción moral de que el tirano sea desenterrado y sepultado en un lugar a la ridícula altura de su propia persona. Y si la familia de Franco decidiera no hacerse cargo de sus despojos, tal vez no sería mal osario echarlos en cualquiera de las fosas comunes de tantos pueblos como hubo y hay. Aunque por respeto a los allí fusilados mejor sería naufragarlos al oscuro fondo de alguno de sus muchos pantanos.

Miedo
“También yo tendría miedo de los ángeles.
Son demasiado puros para mí”.
(Ernst Wiechert)
        
Señor, guarda tus ángeles contigo.
Son demasiado puros para mí. Me dan miedo.
No pesan. No vacilan. Tienen cuerpos sin hambre,
sin fiebre, sin lujuria. Pies que no dejan huella.
Labios sin sed que saben tu palabra.
Sus ojos que no lloran son atroces.
En sus cándidas manos
llevan cálices, palmas, incensarios, coronas,
pavorosas espadas con el filo candente.

Me dan miedo tus ángeles. Los pienso luminosos.
Terribles de pureza. Crueles de hermosura.
Impávidos, ungidos por suavísima sangre.
Sus alas sobre todo, sus alas, ¿te das cuenta,
Señor que me soldaste los pies a esta montaña,
de cómo me dan miedo sus alas poderosas?
Y Tú, que me humillaste la frente con ceniza,
¿no ves cómo me espantan sus frentes inmortales?

Te alabo por tus ángeles, Señor, pero los temo.
Consérvalos contigo. Son tus pájaros, cantan
en tu oído el hosanna de la dicha perfecta.
Te rodean y giran decorando tu gloria.
Movilizan la brisa que perfuma tu trono.
Pero Tú solo puedes contemplarlos sin miedo.
Sólo Tú disciplinas sus magníficas huestes.

Me dan miedo tus ángeles. Si yo encontrara alguno,
Si un día, al despertarme,
lo viera intacto y fúlgido a los pies de mi cama,
yo carne castigada, llorosa podredumbre,
pecado repetido hacia la muerte,
tendría que clavarme las uñas en los ojos.

Belleza cruel

Dadme un espeso corazón de barro,
dadme unos ojos de diamante enjuto,
boca de amianto, congeladas venas,
duras espaldas que acaricie el aire.
Quiero dormir a gusto cada noche.
Quiero cantar a estilo de jilguero.
Quiero vivir y amar sin que me pese
ese saber y oír y darme cuenta;
este mirar a diario de hito en hito
todo el revés atroz de la medalla.
Quiero reír al sol sin que me asombre
que este existir de balde, sobreviva,
con tanta muerte suelta por las calles.

Quiero cruzar alegre entre la gente
sin que me cause miedo la mirada
de los que labran tierra golpe a golpe,
de los que roen tiempo palmo a palmo,
de los que llenan pozos gota a gota.

Porque es lo cierto que me da vergüenza,
que se me para el pulso y la sonrisa
cuando contemplo el rostro y el vestido
de tantos hombres con el mido al hombro,
de tantos hombres con el hambre a cuestas,
de tantas frentes con la piel quemada
por la escondida rabia de la sangre.

Porque es lo cierto que me asusta verme
las manos limpias persiguiendo a tontas
mis mariposas de papel o versos.
Porque es lo cierto que empecé cantando
para poner a salvo mis juguetes,
pero ahora estoy aquí mordiendo el polvo,
y me confieso y pido a los que pasan
que me perdonen pronto tantas cosas.

Que me perdonen esta miel tan dulce
sobre los labios, y el silencio noble
de mis almohadas, y mi Dios tan fácil
y este llorar con arte y preceptiva
penas de quita y pon prefabricadas.

Que me perdonen todos este lujo,
este tremendo lujo de ir hallando
tanta belleza en tierra, mar y cielo,
tanta belleza devorada a solas,
tanta belleza cruel, tanta belleza.

Si no has muerto un instante
“Todas las mañanas al alba
mi corazón es fusilado en Grecia”
(Nazim Hikmet)

Si no has de permitir que tu corazón tierno
trabaje un cupo diario de horas extraordinarias
para sentirse fusilado en Grecia;
si tu pulida frente no llega a golpearse
contra el hierro y la roca
de una cárcel distante de mil o dos mil kilómetros;
si no has caído nunca con la nuca partida
por las balas que silban en algún rincón de Asia;
si no has notado nunca que se hielan tus huesos
porque los fugitivos duermen en las cunetas;
si no dejas a veces que tu estómago aúlle
porque a orillas del Ganges no hay arroz para todos;
si no has sentido nunca tus manos desolladas
cuando un hombre concluye su jornada en la mina;
si no has agonizado cualquier noche sin sueño
en la sala de un blanco pabellón de incurables;
si tus ojos no crecen
hasta los cuatro puntos de la tierra
para encontrar las vetas del dolor escondido
y aumentar los caudales represados del llanto,
si no has muerto tú mismo solamente un instante,
una vez tan siquiera, porque sí, porque nada,
porque todo, por eso: porque el hombre se muere,
entonces no prosigas. Al hoyo y acabado.

El cielo

Colegas queridísimos, estetas defensores
del pájaro y la rosa y el mundo está bien hecho
etcétera, y cantemos al cielo en primavera
porque es azul y estala de gracia y poesía,
amigos y enemigos, es cierto, estáis sobrados
de sólidas razones. Seguir vuestro camino
acaso lograría salvarme de estas cosas.
De tantos anatemas comiéndose mis versos.
Pensándolo, es loable. El cielo azul tan lindo.
El cielo bondadoso de Dios y de sus ángeles.
Precioso. Pero, amigos, decidme, por los clavos
de Cristo, por los clavos del hombre, ¿estáis seguros?
¿Creéis que un bello cielo nos cubre todavía?
¿Aún brilla luminoso sobre el cieno?
¿Y sigue siendo alegre sobre el llanto?
¿Y sigue siendo azul sobre la sangre?
Yo, así, lo cantaría con toda unción. Palabra.
Con versos bien rimados, para dormir tranquila
sabiendo que tenía mi puesto asegurado
en las Antologías del Arte más conspicuo.
Pero es casi imposible. Pues yo no veo el cielo.
No acierto a verlo, hermanos, desde hace largas fechas.
Desde hace mucho llanto me falta de los ojos.
Porque no puede verse vuestro cielo perfecto
desde un mundo entoldado con las nubes más hoscas.
Y no puede mirarse con la espalda doblada.
Ni se goza su lumbre con la nuca partida.
No puede verse el cielo con el pecho quemado
en la boca del horno,
ni se ven sus fulgores con los párpados sucios
del sudor más espeso,
ni su luz nos alcanza tanteando en las simas
de las cuencas mineras,
ni podemos mirarlo retirando las redes
con la sal en los ojos.
No es posible encontrarlo a través de la efigie
coronada de gloria del tirano sangriento,
ni se encuentra en las togas de los negros fiscales
ni en el frío destello de los sables de gala
en los bellos desfiles,
ni durmiendo en la iglesia mientras suenan las preces
por los fieles difuntos.

No se llega hasta el cielo desde tantas prisiones,
desde tantos cuarteles con sargentos y piojos,
desde tantas escuelas con los bancos helados,
desde tantos lugares con letreros que dicen:
se prohíbe la entrada.

No puede verse el cielo desde el fondo del cáncer,
desde el fondo más honde del infiernos más negro,
desde el fondo de todos los que están en el fondo,
los que son tierra sucia que pisáis sin mirarla
cuando vais extasiados
por las líricas nubes.

Poemas del libro “Belleza cruel”, de 1958, publicado en México para driblar a la censura franquista, con prólogo del indispensable León Felipe.
Sesenta años han trascurrido pero la voz de Ángela Figuera Aymerich resuena con contundente y estremecedora actualidad. Cuántos poetas hoy deberíamos tomar el testigo de la denuncia de la humana injusticia con la contundencia poética de esta indispensable escritora hoy apenas celebrada en el olvido…